3.2.26

Colombia. El Teatro de la Simulación: Algo huele mal en la cultura por Carlos Rojas

Un punto de vista 
El Teatro de la SimulaciónAlgo huele mal en la cultura
por Carlos Rojas
Especial para Miradas al Escenario

El Teatro de la Simulación.
Foto tomada del Ministerio de Cultura

“Algo huele mal en Dinamarca”, advertía Marcellus en Hamlet. En Colombia, esa peste no proviene de un castillo medieval, sino de los despachos del Ministerio de las Culturas y del Instituto Distrital de las Artes, donde lo público se ha convertido en un sistema de simulación cuidadosamente maquillado y vendido como democratización cultural.

He venido observando este sistema de hace un tiempo, sé que no se trata de errores aislados ni de fallas técnicas: es un modo de gobierno cultural. Un modelo que ha aprendido a representarse a sí mismo como transparente mientras reproduce, con admirable disciplina, los mismos circuitos de poder.

El libreto es conocido y se repite con precisión burocrática: convocatorias “transparentes”, jurados “independientes”, actas “públicas”. Una arquitectura formal impecable. Sólo que, función tras función, los beneficiarios son casi siempre los mismos nombres que circulan de comité en comité, de jurado en jurado, de convocatoria en convocatoria.

Los estímulos que deberían ampliar el acceso terminan concentrados en manos de quienes dominan el arte del amiguismo institucional, de los aliados silenciosos del sistema, de quienes aprendieron cuándo callar, a quién no incomodar y qué discursos repetir para no ser expulsados del reparto presupuestal. La democratización cultural se ha vuelto una ilusión: se invita a todos a la fiesta presupuestaria, pero el convite sigue reservado para una corte reducida, previsible y funcional.


El Ministerio de las Culturas y IDARTES se lavan las manos como Pilatos. Abren convocatorias, becas, estímulos y proclaman inclusión, mientras la historia anual repite listas casi calcadas de los mismos ganadores.

¿Eso es democracia cultural o una administración cerrada del prestigio y del dinero público? -pregunto porque tengo mis dudas.

Obra Los Cuadros Vivos de Galeras.
Foto cortesía de 
Diana Gutiérrez

En las instituciones colombianas se ha instalado una consigna peligrosa: si todo es cultura, entonces nada lo es. Al diluir el concepto hasta volverlo inofensivo, se le arrebata su función esencial: ser espacio de crítica, de conflicto y de transformación social y cultural. Una cultura que no interroga al poder deja de ser fuerza viva y se convierte en escenografía solo para decorar.

El problema no es anecdótico. Es estructural. Se ha perfeccionado una lógica de simulacro: vender inclusión mientras se reproduce exclusión, inflar indicadores de gestión mientras se precariza a quienes sostienen los procesos desde abajo. En lugar de fortalecer trayectorias reales, se multiplican cifras huecas, campañas de autopromoción y relatos de éxito que funcionan más como ejercicios de vanidad institucional que como políticas culturales.

 

La última ocurrencia roza el absurdo administrativo: inventar una matrícula y una tarjeta profesional para gestores culturales. El pretexto es “dar reconocimiento”. El efecto real es otro filtro excluyente, otro mecanismo de control con disfraz técnico. Como si la creación pudiera reducirse a un trámite notarial y la memoria colectiva cupiera en una base de datos.

La cultura no se hace por formularios ni se gobierna con likes. El teatro no se legitima con sellos ni con carnés: se justifica en la escena con el público. Nadie le exigió licencia a Botero para pintar, ni acreditación a García Márquez para escribir, ni tarjeta profesional a Vallejo para incomodar.

¿Ahora nos dirán que una lideresa comunitaria o un colectivo barrial no existen si no portan plástico laminado?

La doble operación es evidente. Por un lado, convocatorias que reparten recursos entre los mismos circuitos mientras venden la ficción de la participación masiva en el “cambio histórico”. Por otro lado, una tarjeta que excluirá a quienes no encajen en la burocracia académica. El resultado es previsible: menos diversidad, más control. Menos cultura viva, más cultura administrada.

Lo verdaderamente incómodo, lo irreverente, lo que no encaja en el discurso oficial rara vez atraviesa esos filtros. Y cuando alguien lo señala, la respuesta es siempre la misma: “no entienden el sistema”. Lo entendemos demasiado bien. No buscan democratizar: buscan regular quién puede hablar, quién puede existir y quién debe desaparecer del mapa cultural. ¿Coincidencia? No lo creo.

Programa Distrital de Estímulos. 
Imagen cortesía de IDARTES

Así se condena al público a consumir proyectos asépticos, vitrinas institucionales que lucen bien en informes de gestión, pero carecen de riesgo, de conflicto y de pensamiento. La cultura convertida en entretenimiento inocuo, no en espejo crítico de la sociedad.

Las preguntas son sencillas, aunque profundamente incómodas:

¿Para quién trabajan realmente las instituciones culturales en Colombia?
¿Quién decide qué voces son legítimas y cuáles deben permanecer marginales?
¿Se gobierna para transformar o para administrar prestigio y asegurar fotografías oficiales?

No necesitamos otra tarjeta ni más convocatorias de pacotilla. Necesitamos procesos reales, acceso equitativo, jurados verdaderamente diversos, escucha honesta. Reconocer tanto la formación académica como la experiencia comunitaria. Apostarle a la cultura viva, no al espejismo burocrático.

En este sistema de simulación, lo grave no es que algo huela mal. Lo verdaderamente intolerable, es que pretendan convencernos de que ese olor es un perfume institucional heredado de gobiernos pasados.

No es la saturación de hashtags oficiales lo que indigna, sino esta representación jactanciosa de transparencia que arrasa con lo esencial: una cultura que nace del conflicto, de la memoria, del desacuerdo y de la creación colectiva.

Y hay algo aún más grave. Si entendemos por cultura el simple montaje de espectáculos vacíos, performances convertidos en cortinas de humo mientras, se guarda silencio frente a la decadencia cultural y política, entonces no estamos ante arte, sino ante una fachada brillante al servicio del poder.

 

El Teatro de la Simulación.
Foto tomada de Getty Images

El teatro no puede seguir funcionando como alfombra roja donde se normaliza la tragedia. Está llamado a ser tribuna incómoda, espacio de memoria y de responsabilidad. No vitrina complaciente, sino lugar donde se sacuden conciencias. Porque la cultura colombiana no necesita permiso. Y mucho menos un carné.


Las convocatorias son necesarias, sí. Pero, de nada sirven si continúan concentradas en los mismos cuatro o cinco beneficiarios recurrentes que monopolizan buena parte del presupuesto público. Democratizarlas de verdad sigue siendo la tarea pendiente. Mientras tanto, lo que tenemos es una maquinaria perfectamente aceitada de simulación: todos somos invitados a participar, aunque el resultado esté decidido de antemano y, a dedo.

Artefactum - Laboratorios de Cocreación e Innovación Social.
 Foto cortesía de IDARTES

Basta ya de relatos épicos que no transforman nada. La cultura colombiana no está en crisis por falta de talento, sino por exceso de administración sin pensamiento y sin sensibilidad artística.

Es hora de bajar el telón sobre los funcionarios que convirtieron el arte en burocracia y abrir otro escenario donde las políticas culturales nazcan de los creadores y no de los escritorios de turno.

Y como coda final, no anecdótica sino reveladora: el 21 de enero del 2026, después de dos años de trabajo para construir un Plan de Acción para el Teatro Profesional de Calle, el Ministerio de las Culturas respondió simplemente, un rotundo: no.

Ese no, no es una decisión aislada. Es la confirmación de una política que prefiere el silencio a la crítica, la obediencia al compromiso y la administración a la reflexión.

Es lamentable que los recursos destinados a las artes no se distribuyan de forma equitativa ni transparente entre las agrupaciones con trayectoria, sino que, por el contrario, parecen estar orientados a favorecer de manera deliberada a un grupo reducido y cercano a la nueva y flamante ministra de Cultura.

La responsabilidad gubernamental permanece.

El conflicto de intereses continúa.

Los mismos beneficiarios de siempre siguen ganando las convocatorias.

Los funcionarios del cambio siguen usando otras máscaras.

El telón cae.

Pero, el sistema sigue pudriéndose en el Teatro de la Simulación.

Sí así es, querido lector, algo huele mal en Cundinamarca.

CR (@mipuntocritico)

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