Por Miguel Flores
Si el teatro es el arte del habitar continuo,
el cine es el misterio de la fe fragmentada. El paso de las tablas al plató
exige del intérprete una mutación absoluta. Mientras el escenario nos regala
una hora de progresión lineal, el cine nos quiebra en tomas y planos cerrados,
desafiando la lógica del cuerpo. Es allí donde ocurre una de las lecciones más
humildes y hermosas de la gran pantalla: la revelación de la totalidad.
Viví esta experiencia de manera imborrable en La
Casa del fin de los tiempos, ese hito monumental de nuestro cine dirigido
por Alejandro Hidalgo. Recuerdo leer el guión una y otra vez en las lecturas de
mesa; la historia se me escapaba, compleja, tejida en laberintos temporales que
Alejandro tenía clarísimos en su mente desde hacía años. Fui a grabar
encarnando al detective Carlos; presté mi presencia, mi mirada fija ante el
lente, su comportamiento en una sola escena, y aun así, al dejar el set, sentía
que solo tenía la pieza aislada de un misterio invisible.
El verdadero milagro del cine ocurrió después.
Llegó el estreno. Nos vestimos con nuestras mejores ropas, nos perfumamos para
la gala y nos sentamos frente a la pantalla gigante con el corazón latiendo con
fuerza. Al encenderse el proyector, la fragmentación desapareció. Frente a mis
ojos se desplegó un peliculón descomunal que transformó aquel personaje pequeño
en una presencia gigante y viva dentro de la trama. En esos minutos, el
detective Carlos cobró una dimensión total, con un pasado y un destino justificados
por la magia del montaje.
Esa noche comprendí que en el cine el actor
entrega su verdad en pequeñas ráfagas de absoluta intensidad, confiando
ciegamente en la mente del director. Hoy, el orgullo profundo de haber dejado
una huella en una película tan trascendental para la historia de nuestra
cinematografía venezolana reafirma mi creencia en el poder de la máscara. No
importa si se proyecta ante mil personas en un teatro o si se inmortaliza para
siempre en el celuloide, el oficio exige siempre la misma moneda: la verdad de
nuestro propio cuerpo.
Este ensayo expandido es el segundo pilar de
mi trilogía (Teatro, Cine y Metodología). Lo comparto con las nuevas
generaciones como un mapa vivencial, una invitación a confiar en el proceso y a
honrar cada plano, porque en el cine, cada fragmento de verdad cuenta.

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