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1.8.26

Memorias. Epopeya del mediodía: catorce años de luz escénica en el IPSFA, por Miguel Flores

 

Por Miguel Flores

​El teatro, como la vida misma, a veces nace en los rincones más insospechados. Mi formación académica me exigía el rigor propio de la Escuela Juana Sujo, pero mi verdadero laboratorio de desinhibición escénica no tuvo lugar bajo las luces de un proscenio convencional, sino en el kiosco del área recreacional del Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA). Este recinto, que aún hoy se erige en Los Próceres, en Caracas, como una vital institución de servicio social para los militares y sus familiares, se convirtió en mi peculiar sala de ensayos. Allí, al mediodía, entre los preparativos para bodas y bautizos o el cumpleaños de un hijo del ministro, yo ensayaba mis monólogos. Mis primeros espectadores —y mis críticos más frontales— fueron los mecánicos y el personal de mantenimiento que descansaban en la zona. Sus bromas y su camaradería fueron el crisol donde dejé para siempre el miedo escénico. Cuando regresaba a las aulas, lo hacía con la piel curtida y una soltura que me valió las mejores notas.

​Esa audacia recién descubierta fue el detonante de lo que vendría. Rápidamente fui convocado para conformar un elenco y montar una obra para la fiesta institucional de diciembre. Mil almas —entre empleados, obreros y militares— atestiguaron aquel experimento. El éxito fue tan rotundo que el aplauso se transformó en una propuesta formal: al regresar de las vacaciones, en enero de 1988, nació oficialmente el Grupo de Teatro IPSFA.

​Visto en retrospectiva, éramos inmensamente ricos. No solo por el privilegio de hacer Teatro, sino por el respaldo tangible que recibíamos. Contábamos con un presupuesto que hoy parece extraído de la ficción: cien mil bolívares de los de antes para la producción, cien mil para nuestros viáticos y otros cien mil destinados a las celebraciones tras el telón. Aquella bonanza nos permitió, tres años más tarde, sumar una nueva partida para invitar a otras agrupaciones. Habíamos logrado algo insólito: democratizar el arte a la hora del almuerzo. Una vez al mes, la gente devoraba su comida con prisa para ir a sentarse en las butacas. Hacíamos tres montajes anuales y, aun así, no dábamos abasto ante el apetito cultural de la institución.

Pertenecer al Grupo de Teatro IPSFA se convirtió en un símbolo de prestigio. Las audiciones y la competencia, por un lugar en el elenco de veinte personas, eran intensas. Y es que, aunque nuestro trabajo sobre las tablas era estrictamente ad honorem por nuestra condición de empleados, la recompensa era invaluable. Emprendíamos giras de hasta un mes por diversas guarniciones y regimientos en todo el país. Durante diez años ininterrumpidos, tuvimos además el inmenso honor de asistir como grupo invitado a la Muestra de Teatro de Cantaura, un espacio de resistencia y celebración artística magníficamente dirigido por el maestro Wilfredo Meza.

​Nuestro repertorio estaba diseñado para el alivio. Las comedias eran nuestro estandarte; brindábamos entretenimiento puro para aligerar la carga de la rutina. Para lograrlo, nos nutrimos de la pluma de grandes escritores: nuestro punto de partida fue la genialidad de Aquiles Nazoa, el primer autor que llevamos a escena. A partir de allí, el abanico se expandió para dar voz a la dramaturgia de José Gabriel Núñez, Rodolfo Santana y el argentino Osvaldo Dragún. También nos medimos con las letras universales, escenificando las inmortales comedias de William Shakespeare y la inigualable agudeza de las obras cortas de Antón Chéjov. Sin embargo, entre tanta variedad, hubo un montaje que rompió el molde y que atesoro con particular orgullo: Partícula de polvo. Nacida de una idea mía sobre el milagro del origen y el trascendental trayecto de la existencia, esta obra cobró vuelo gracias a la genialidad de Arturo Herrera, quien compuso e interpretó la música. Aunque el tono reflexivo y profundamente humano se alejaba de la comedia habitual, el público nos regaló su más absoluto silencio y atención.

Nada de esta magia habría sido posible sin el talento y la entrega de un equipo humano irrepetible. Empleados y obreros unidos por el rito escénico. Resulta imperativo nombrar a José Lugo, María Romero, Jorge Guerra, José Pérez, Eduardo Carrero, Luis Eduardo Pérez, "cabeza de piedra" (no recuerdo su nombre) y Yomara Verroes, Yolimar González entre otros, presencias indelebles en mi memoria. A esta familia teatral también se sumaron grandes talentos como actores invitados, enriqueciendo la escena con figuras de la talla de Virginia Gil, Dimas González, Yolimar Rojas y Gregorio Milano, Girana Valecillos entre otros entrañables colegas. Y, de manera muy especial, menciono a José Melchor, un compañero de tablas cuya lealtad artística ha trascendido el tiempo, acompañándome desde aquellos días del IPSFA hasta mis más recientes experiencias escénicas.
Toda epopeya dorada, sin embargo, se enfrenta al inevitable peso de la tragedia. Hacia los años 2001 y 2002, la atmósfera del país y de la propia institución se fracturó. Los ecos de un partidismo cada vez más oscuro penetraron en nuestros pasillos, transformando el espacio creativo en un escenario de discordia donde llegamos a presenciar el horror de ver a personas apuntándose con armas de fuego. A pesar del inmenso presupuesto que aún manejábamos y de las insistentes invitaciones a quedarme tras aquellos incidentes de violencia, supe que mi ciclo había terminado y decidí marcharme hacia otros predios.

​Entendí, con una claridad rotunda, que un artista no puede habitar donde la hostilidad institucional y humana roza los linderos de la muerte. Aunque es innegable que toda acción humana es, en el fondo, política, la militancia partidista ciega no es el lugar para un creador. El arte exige libertad, alma y luz, no la ceguera de la pólvora. Así, priorizando mi tranquilidad espiritual y mi propia vida, opté por la elegancia del mutis.

Hoy, al repasar esos catorce años, me niego a que la nostalgia se tiña de melancolía. A menudo la historia se escribe desde la tragedia, pero yo reclamo el derecho a documentar la luz. Este relato es un manifiesto de gratitud, un testimonio de vitalidad, un espacio para la profunda reflexión y, sobre todo, un homenaje a la inmensa belleza del país que tenemos.

Fotos: José Melchor y Eduardo Carrero.

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