Por Miguel Flores
El teatro, como la vida misma, a veces nace en los rincones más insospechados.
Mi formación académica me exigía el rigor propio de la Escuela Juana Sujo, pero
mi verdadero laboratorio de desinhibición escénica no tuvo lugar bajo las luces
de un proscenio convencional, sino en el kiosco del área recreacional del
Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA). Este recinto, que
aún hoy se erige en Los Próceres, en Caracas, como una vital institución de
servicio social para los militares y sus familiares, se convirtió en mi
peculiar sala de ensayos. Allí, al mediodía, entre los preparativos para bodas
y bautizos o el cumpleaños de un hijo del ministro, yo ensayaba mis monólogos.
Mis primeros espectadores —y mis críticos más frontales— fueron los mecánicos y
el personal de mantenimiento que descansaban en la zona. Sus bromas y su
camaradería fueron el crisol donde dejé para siempre el miedo escénico. Cuando
regresaba a las aulas, lo hacía con la piel curtida y una soltura que me valió
las mejores notas.
Esa audacia recién descubierta fue el detonante de lo que vendría. Rápidamente
fui convocado para conformar un elenco y montar una obra para la fiesta
institucional de diciembre. Mil almas —entre empleados, obreros y militares—
atestiguaron aquel experimento. El éxito fue tan rotundo que el aplauso se
transformó en una propuesta formal: al regresar de las vacaciones, en enero de
1988, nació oficialmente el Grupo de Teatro IPSFA.
Visto en retrospectiva, éramos inmensamente ricos. No solo por el privilegio
de hacer Teatro, sino por el respaldo tangible que recibíamos. Contábamos con
un presupuesto que hoy parece extraído de la ficción: cien mil bolívares de los
de antes para la producción, cien mil para nuestros viáticos y otros cien mil
destinados a las celebraciones tras el telón. Aquella bonanza nos permitió,
tres años más tarde, sumar una nueva partida para invitar a otras agrupaciones.
Habíamos logrado algo insólito: democratizar el arte a la hora del almuerzo.
Una vez al mes, la gente devoraba su comida con prisa para ir a sentarse en las
butacas. Hacíamos tres montajes anuales y, aun así, no dábamos abasto ante el
apetito cultural de la institución.
Nuestro repertorio estaba diseñado para el alivio. Las comedias eran nuestro estandarte; brindábamos entretenimiento puro para aligerar la carga de la rutina. Para lograrlo, nos nutrimos de la pluma de grandes escritores: nuestro punto de partida fue la genialidad de Aquiles Nazoa, el primer autor que llevamos a escena. A partir de allí, el abanico se expandió para dar voz a la dramaturgia de José Gabriel Núñez, Rodolfo Santana y el argentino Osvaldo Dragún. También nos medimos con las letras universales, escenificando las inmortales comedias de William Shakespeare y la inigualable agudeza de las obras cortas de Antón Chéjov. Sin embargo, entre tanta variedad, hubo un montaje que rompió el molde y que atesoro con particular orgullo: Partícula de polvo. Nacida de una idea mía sobre el milagro del origen y el trascendental trayecto de la existencia, esta obra cobró vuelo gracias a la genialidad de Arturo Herrera, quien compuso e interpretó la música. Aunque el tono reflexivo y profundamente humano se alejaba de la comedia habitual, el público nos regaló su más absoluto silencio y atención.
Entendí, con una claridad rotunda, que un artista no puede habitar donde la hostilidad institucional y humana roza los linderos de la muerte. Aunque es innegable que toda acción humana es, en el fondo, política, la militancia partidista ciega no es el lugar para un creador. El arte exige libertad, alma y luz, no la ceguera de la pólvora. Así, priorizando mi tranquilidad espiritual y mi propia vida, opté por la elegancia del mutis.
Fotos: José Melchor y Eduardo Carrero.




