Leonardo Guilarte
Lamuño / Red de Espectadores
Función del domingo 21
de marzo de 2026
Esta obra comienza diciéndonos que lo que estamos viendo
es teatro; no hay un diálogo que lo exprese, pero la forma de actuar es
teatral, el escenario nos remarca que es teatral y hasta el sonido nos remite a
lo teatral. Es como si nos dijera “Mira, acabas de empezar a ver una obra; la
idea es que la disfrutes y que además pienses; que esto es teatro ¿sabes?”
Ese inicio, me lleva a recordar afiches en Instagram, de
cuentas sobre teatro que están brindando información y conocimiento valioso;
entre ellos, las diferencias entre el teatro de Aristóteles (bueno, lo que él
veía) y el de Bertolt Brecht. Que Aristóteles con lo de la catarsis nos lleva a
vivir una experiencia de la que no salimos con una toma de consciencia y por el
otro lado, nuestro amigo alemán y comunista, con su teatro épico, busca que le
paremos bolas a la vida y pensemos un poco.
El maestro Elio Palencia, mucho antes de que se hicieran
estos afiches, parece que decidió fusionarlos; porque el libreto nos distancia
y nos imbuye en este secuestro que en España llamarían cutre. Rufino Dorta,
como director, comprendió a la perfección este tejemaneje en el que entramos y
salimos, nos olvidamos de nuestras vidas y de repente pensamos.
Los personajes de esta comedia, que confirma aquello de
que los mayores dramas vienen en comedia, son 8 mujeres, 3 hombres y un Hada
Madrina. Con ellos, Palencia hace de Médico Radiólogo y nos da dos
radiografías, la de las mujeres y la de lo empresarial – económico – político -
social. Rufino, por su parte, hace de maestro de ceremonia kitsch, con mucha influencia del pop, unos toques de Tercer Cine (aquello latinoamericano que
todavía tiene vigencia y urgencia) e irreverencia delirante.

El texto es producto del Taller con el 3er curso, del
Taller Nacional de Teatro, del Grupo Rajatabla, de los años 1989 – 1990. Así
que, viene dos años después de que Pedro
Almodóvar, estrenara Mujeres al borde de un ataque de nervios y con ella
nos acercara a la desesperación de las mujeres españolas, pues la película es
de 1988; ocho años antes de que Alejandro Saderman, presentara el film Cien
años de Perdón, en el que Saderman nos muestra la insensible mentalidad de
los banqueros y de cómo el pueblo no tiene suerte ni siquiera cuando se quiere
vengar; trece años antes de que el dramaturgo catalán Jordi Galcerán,
escribiese El Método Grönholm y nos introdujera en lo inhumano de las
personas que dirigen los departamentos de Recursos Humanos en Europa; veintiún años
antes de que Jennifer Aniston, se metiese en la piel de una odontóloga
acosadora sexual en Quiero matar a mi jefe, película de Seth Gordon, en
la que se denuncian injusticias laborales que constituyen violación a las leyes;
31 años antes de que Michael Keaton, protagonizara la serie Dopesick,
sobre la incitación a la adicción a los opioides por una empresa farmacéutica; treinta
y tres años antes de que Martin Scorsese,
con “Los asesinos de la luna” nos mostrará cómo la oligarquía estadounidense va
acabando con los indígenas para quedarse con su territorio y el petróleo que
hay debajo de este. Creo que es más que evidente que el capitalismo (y en
ocasiones su versión neoliberal), va destruyendo la vida de la gente, que en el
caso de Secuestro Rosa se visibiliza en ese universo femenino tan
variado como complejo.
Beatriz, Nancy, Irma y Ana Cecilia, han secuestrado a La
Licenciada, para poder recuperar sus empleos en la empresa Vulbidisch S.A. Las
cuatro son vendedoras de esa corporación extranjera que, debido a las medidas
económicas neoliberales, está realizando una reducción de personal.
¿A quién carrizo se le ocurre secuestrar a una Gerente
General para recuperar un empleo de mierda en una empresa que evidentemente es
un gran fraude? A las protagonistas de esta comedia, a la cual deberías ir con
pañal para que no te orines en la butaca.
Cuando uno como dramaturgo, se baja de la nube y reconoce,
así, de manera natural y cruda, que los seres humanos, más que humanos lo que
somos es un montón de gente estúpida y que es eso lo que nos hace humanos,
alcanzamos el nirvana; luego de esta parte, viene lo de verterlo en papel (así
sea en digital) y con forma de libreto. Esto fue lo que hizo Palencia ¿Ven por
qué le llamo maestro?
Clase número uno para quien desee dirigir teatro (vale
también para cine, pero tienes que pagar más, porque el cine tiene un aura de glamour y eso cuesta plata): toma lápiz
y papel (no lo puedes hacer en computadora o algún dispositivo digital) y
escribe “Menos es más, menos es más, menos es más” y así sigues hasta que hayas
hecho un millón de planas. Supongo que
Rufino las escribió todas.
El texto da para que te vuelvas loco (o loca) y empieces a
meter un montón de cosas y a buscar tener una escenografía “espectacular” y
utilizar todo el escenario, tanto en lo profundo como en lo amplio y haces algo
“grandioso”, pomposo, “maravilloso” y con gigantescas pantallas de video, que
parezca que tienes mucha cultura de teatro contemporáneo, actual, postmoderno y
experimental, gótico y regótico; y entonces viene alguien y te dice que pusiste
la torta porque no reflejaste el mundo interior de los personajes.
Que conste que en el primer párrafo escribí que la obra
comenzaba “diciendo” esto es teatro, es decir, esto viene con humildad. Esta
obra son los personajes y lo que puedes extraer de ellas. ¿Qué son?
Angustiadas, desesperadas, asfixiadas, aterradas, fracasadas, frustradas,
enloquecidas, atrapadas, tiernas, sensitivas, esperanzadas, solidarias. La
escenografía al ser un espacio dentro del escenario, las encierra; que es como
ellas están en su interior; la pared rosa de plástico transparente, impide que
los personajes que estén detrás de ella se vean nítidamente (Madre, Goyo,
Antonio, Amiga), pero es que ellos no están nítidamente en la vida de cada una
de ellas; que las coreografías no utilicen todo el espacio a lo largo, ocasiona
que fijemos la mirada en ellas, que estén más presentes en uno como público y
que ellas se sientan más como grupo; que no se emplee toda la profundidad de
una sala atractivamente profunda, nos refuerza que son seres sin futuro; que el
vestuario sea muy colorido, muy de comercial de televisión, como la fachada que
ellas muestran aunque su interior es casi monocromático, nos hace inevitable
sentir el dolor que las acompaña. Menos es más.

Que el Ama de Casa y el Hada Madrina, estén interpretadas
(espectacularmente) por hombres; nos recuerda que no hay que ser Tarantino para
tener un gran sentido del humor. Esto es como algo de un David Lynch chaborro;
como si los personajes de la serie “Twin
Peaks” se volviesen todos enanos. Metamos al John Waters de “Pink Flamingos” en una licuadora,
echemos un poco de ese desparpajo del Cine de Oro mexicano, pongamos dos gotas
de Teatro Chacaíto, una pizca de “Machete Canibal” de Francisco Denis y Río
Teatro Caribe, aderecemos con “Tropical” de Gregorio Magdaleno y cerremos con la
libertad de José Simón Escalona en “Marilyn, la última pasión” y vamos a tener
estas escenas de divertimento que no paran de sorprender y hacerte reír. La
mejor idea, fue haber llamado a actores para estos papeles y además no tenerle
miedo al ridículo. Es muy grato ver una obra que se sale de la Caracas de
Teresa de la Parra y su Ifigenia.
Impecables, acertadas, eficientes, divertidas, adorables; así
son las interpretaciones de Dora Farías, Yurahy Castro, Angélica Rinaldi, Yendy
Vegas, Ariana León, Jesús Plaza y Omar Churión. Farías es sólida como La
Licenciada, aporta la templanza de esa mujer que ha llevado palos hasta por
debajo de la lengua y los ha superado, y aun así, le queda algo de sensibilidad
y hasta de cierto pudor; Yurahy, convence como Beatriz, la líder que está más
sola que la una, la que tiene consciencia social y política, la que busca una
última oportunidad; Angélica, realiza un registro muy diferente al de La
Lección de Ionesco, dirigida por ella (y que acaba de culminar temporada en
el Centro Cultural Chacao), en este caso, Nancy tiene cansancio en vez de
erotismo, dolor en lugar de inocencia; Yendy, pasó de la Muda en La Quinta
Dayana a interpretar a esta madre, ex esposa, vendedora, que aterrorizada
por la soledad, lo único que busca es un poco de compañía; Ariana, como Irma,
conmueve, divierte, oscila entre la expresión más dolorosa y el diálogo más
gracioso, la escena de su desmayo es quizá la mejor de la obra; Jesús y Omar,
no se roban el show, porque la pieza
es tan equilibrada, que incluso con unas actuaciones tan desternillantes, no
opacan al resto del elenco.
Ese equilibrio es fundamental, porque el libreto es coral
y se mueve entre meternos de lleno en lo que está pasando y sacarnos para que
percibamos con cierta distancia. El manejo del relato no lineal, tanto en el
libreto como en la obra, está logrado; está tan nutrido el mundo de las mujeres
como el contexto, que los cambios de tiempo, como van anclados a ello, no se
sienten como algo que perturbe o que irrumpa de forma innecesaria, muy al
contrario, están muy bien utilizados en el texto y manejados en la obra.
Las actrices componen un mural que conmueve. Es que lo que
se han calado las mujeres no es cosa fácil. Hace unos días, en una sesión del
Taller de Crónicas, dictado por la Profesora Mirla Alcibíades, en el Centro
Nacional de Estudios Históricos, y en el que estoy como Estudiante, la profe
nos contaba que hasta 1830, la Iglesia Católica en Venezuela le tenía prohibido
leer a las mujeres; sólo les permitía que leyeran las Vulgatas, los Misales y
las Vidas de Santo ¡Coño, ni siquiera la Biblia! Así es muy difícil vivir.
Secuestro Rosa nos habla de lo secuestrada que
han estado las mujeres, en sus familias, trabajos, relaciones sociales; en una
época en la que el neoliberalismo hizo estragos en la región; este grupo de
actrices, en este excelente espectáculo de Chabasquen Producciones, nos pasea
por la dureza que se genera por las exclusiones y los engaños, la
desesperación, las contradicciones que parecen muy tontas, pero que están
ligadas a la dependencia emocional y en muchos casos a la material, ver como la
vida te da cachetadas todos los días, unos porque sí y otros porque también,
hay desasosiego, clamor, confusión, eso de dejarse llevar a ver qué tal, porque
así por lo menos se hace algo diferente.
Las mujeres siguen siendo explotadas, ignoradas, golpeadas
física y psicológicamente, excluidas, alejadas, minimizadas. Esta obra grita
que paremos, que nos bajemos del mundo un rato y veamos lo que hemos estado
haciendo; aquí hay un alarido, que si uno pega el oído va a poder escuchar que
están gritando ¡Basta!, ¡No más!, ¡Ni una más! El mundo se nos está yendo al
infierno y una de las razones de este viaje, es que nos seguimos empeñando en
no comprenderlas, sentirlas y amarlas como se merecen y desean, y esto también
las incluye a ellas, que en muchos casos se hacen demasiado daño.
Hay algo que no comparto, aunque lo respeto: la época de
la obra, que es la actual. Esto viene de una preocupación con lo nacional,
somos un pueblo sin recuerdos, sin memoria, sin internalización de procesos de
diversa índole; es que es muy difícil asimilar algo si se le borra. Para mí es
fácil, hacer el paralelismo 1990 – 2026; pero un muchacho de 20 años, dudo que
lo haga, porque están saliendo con una pésima formación en el bachillerato y la
universitaria no se queda atrás. Si la obra se representa en la época en la que
fue escrita y que uno como público viaje a esos años durante hora y media, al
“regresar” al presente, se podrán ver las coincidencias: maltrato a la mujer,
desesperación, políticas económicas en contra del pueblo y a favor de las
grandes empresas, insensibilidad, problemas sociales productos de esas
decisiones, falta de soberanía e independencia. Quizá se salga de la sala con
cierta indignación. Y bueno, es que de los dos amigos, el alemán comunista es
el que se me hace más afín. Para cambiar algo, primero hay que reconocerlo.
FICHA
Agrupación: Chabasquen Producciones
Dramaturgia: Elio Palencia.
Dirección: Rufino Dorta.
Actuación: Dora Farías, Yurahy Castro, Angélica Rinaldi, Yendy Vegas,
Ariana León, Jesús Plaza, Omar Churión
Asistencia
de Dirección: Alejandro Capote.
Producción: Arístides Muñoz, Jason Hernández, Carla Báez.
Musicalización: Chabasquen Producciones
Iluminación: Alejandro Martínez.
Vestuario: Sara Escalona.
Aéreos: Richard Marín.
Coreografías: Yoel Rodríguez.
Leonardo
Guilarte Lamuño (@leonardoguilartel)
Es dramaturgo,
guionista, docente, director y publicista. Con más de 30 años en el mundo
audiovisual, también participa en experiencias teatrales. El año pasado, en
julio, estrenó como dramaturgo y director: “Extraños en el Subte”, en el
Festival de Autores In-visibles”, y posteriormente en noviembre, “¿Qué vaina
esta?”. Actualmente escribe la trilogía de monólogos “Sentir las cadenas”.
Forma parte de “Taima Teatro” y dirige el emprendimiento educativo Cursos
Solidarios (@cursos.solidarios).