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| Suenan las campanas, escrita y dirigida por Carlos Canales |
“La locura, a veces, no
es otra cosa que la razón
presentada bajo diferente forma.”
— Johann Wolfgang von Goethe
Por Mario Antonio Rosa
No puede escribirse de otra manera: Michel Focault, en uno de sus tantos
libros, titulado Historia de la locura en la época clásica examina cómo
las sociedades occidentales han construido, definido y confinado el concepto de
la locura a lo largo de la historia. Lejos de verla, como una simple enfermedad
natural o biológica, Foucault la analiza como una construcción social y
cultural ligada al ejercicio del poder y a los límites de la razón. ¿Qué puede
ser la locura? ¿Qué nos abraza a la razón? El filósofo francés es tácito,
concluyente, cuando nos dice que la locura no existe en un vacío natural, sino
que se define en contraposición a la razón. Para que una sociedad establezca
qué es el pensamiento "normal", útil o cuerdo, necesita crear un
margen oscuro: la sinrazón. Planeta brillante y habitable de muchas
generaciones esta sinrazón. Basta recordar a Alonso Quijano, el bueno,
allá en los Campos de Castilla, en el rodeo del sol, el destiempo, y su
escudero Sancho, interpretando la lógica de una vida natural, y escribiendo su
versión de la filosofía, el hombre y su aguacero de circunstancias. Después, y
cada uno con su caligrafía personal desde Nietzsche, Descartes, Juan Ramón
Jiménez, y el propio Focault han brindado al desvío delicioso de la locura su
lugar justo en las letras y la composición humana.
Vamos ahora a las letras, y en franco término, el teatro. El teatro
proyecta siempre las revoluciones que el hombre no ha pensado o mejor, decide
detonar. Alguien dijo—sin altavoz—,
que las revoluciones comienzan en los teatros, porque la cercanía a la
condición humana en todas sus lagunas, mareas, y desiertos, es irrefutable. El
dramaturgo tiende a ser un suculento prestidigitador capaz de descubrir y
desenmascarar, imponer y desterrar, denunciar...y destronar la naturaleza
humana bajo cualquier intemperie, sin tiempo o circunstancia. Ni vivir, ni
morir, ese lenguaje del drama contra la página en blanco cae como cualquier
estación del año, con cielo claro, o nubarrones.
De modo que, cuando un escritor
aborda esa aún incomprensible cartografía del ser, la mente, y el tiempo, el
referente puede ser avasallador. Siempre se asoma una luna mágica de sueño,
triunfo, zozobra y amargura y eso sucede en Suenan las campanas, homenaje
a la salsa clásica del dramaturgo y narrador puertorriqueño Carlos Canales.
¿Por dónde empezamos dentro de la esencia de este monólogo? ¿Dónde pueden estar
sus puntos cardinales?
La historia se desarrolla en un asilo
de envejecientes y está protagonizada por un anciano en silla de ruedas que
oscila constantemente entre la lucidez y los estragos de la demencia o el
deterioro cognitivo. A través de sus llamadas desesperadas a "Mai"
—María del Rosario, la grande—, y de la recreación de una estación de radio
(WVOZ Radio Voz, Carolina, Puerto Rico) emisora que sigue caminando con
nosotros bajo la constante de Luis Raúl Striker, y Manolín Martínez, el
personaje revive la música de su juventud, sus delirios de grandeza, su
religiosidad sincera y el dolor de su aislamiento. Salsa gorda, con
aspiraciones cósmicas, rebelde y sandunguera. Este monólogo dramático en
primera persona ("Él"), donde el protagonista es tanto la voz
que enuncia como el sujeto de su propio flujo de conciencia. La narrativa se
fragmenta mediante "transiciones" y en repeticiones que reflejan el funcionamiento de una mente fragmentada por
la vejez y el olvido. Brinda la visión de una “locura de todos” el desdoblamiento del personaje
en figuras mesiánicas o proféticas frente a su realidad vulnerable en una silla
de ruedas. La radio es un hilo conductor y en ella, la música, es su salvador incondicional. Ahí se detiene el tiempo, no hay
punto de origen pues dentro de la locura o el desdoblamiento, una juventud
arrecia suave y seductora, derrotando con su sinrazón la herida contumaz que
puede ofrecer el tiempo. La memoria sirve de periplo y de paisaje, satura la
esencia del personaje y el espectador se arrastra, pensando quizás, que podría
ser el próximo número, de la existencia.
El entorno de vida del protagonista
se reduce a las frías paredes de un asilo, lo cual contrasta intensamente con
la nostalgia vibrante por su natal Carolina (Puerto Rico), sus barrios, la
calle, la religiosidad popular y las fiestas donde sonaba la salsa clásica, ese
bailao, ondular y vigoroso donde mientras das la vuelta a tu pareja de
baile, tarareas la canción con sabrosura y ritmo; coito de color y
encanto...vida revelada.
Hay otros protagonistas. La salsa
clásica no funciona meramente como un fondo musical, sino como el ancla vital y
el archivo de la memoria del personaje. Temas como “El día de su suerte”
de Héctor Lavoe, “Amor y control” o “Maestra vida” de Rubén
Blades expresan los dolores, aprendizajes y verdades de su propia existencia. A
través de la música, el protagonista recupera la dignidad, el orgullo de su
tierra y los sentimientos que el asilo y el tiempo le han arrebatado. Es la
prueba de que, aunque su mente flaquee, su espíritu sigue bailando y cantando "a
su manera". ¿Acaso nuestro tiempo ha sido construido con nuestras
propias paredes listas para el encierro? ¿Nos azota la nostalgia y lo
disimulamos? ¿Tenemos además de la asfixia alguna sombra? Las reflexiones
sitian al espectador que comienza a ver su rodaje en el respiro...y piensa.
Lo existencial se aborda desde la
vulnerabilidad de la condición humana ante el paso del tiempo. La obra
reflexiona sobre cómo el ser humano se aferra a ilusiones, delirios de grandeza
o a la fe para soportar la soledad y la incomprensión de su entorno. Las
referencias a la muerte, el destino y los ciclos de la vida confrontan al
espectador con la fragilidad de la vida, planteando que, al final, todos
transitamos por un camino de pérdidas donde lo único que verdaderamente
permanece son los sentimientos genuinos y la memoria de lo que fuimos. Pero lo
discursivo es el reflejo de la locura, que al fin y al cabo, es la diestra
mensajera de una verdad contundente y amarga, una pausa tal vez, a nuestra
propia salvación, un canal donde se navega a fuerzas y nos embate con nuestro
desenlace, definidos únicamente como seres vivos...todo llegará...pasará...y
seguirá…
Entonces ya comenzamos a ver la
sinrazón como el protagonista marginado de esta historia. El apogeo de una
liberación, el extinguirse, sucederse, recrearse. Este es el punto de máxima
tensión dramática, donde el protagonista colapsa ante la pérdida absoluta de su
identidad y suplicando la presencia de "Mai" antes de dejar caer,
definitivamente la cabeza y los brazos.
¿Es muerte, fatiga o tránsito? Esa locura que regresa de su
ostracismo y toma posesión del cuerpo, el lenguaje, los sentidos. El hombre
cuerdo se define a sí mismo, marginando aquello que teme o que no comprende de
su propio interior. En la locura y la sinrazón—ya irremediables de sentencia—,
brota el interior que el suelo de la lógica y continuidad deciden abrogar. Todo
ha terminado, dentro de la gravedad del universo.
Carlos Canales nos llama de nuevo al
redil del ser y sus elementos de fundición. Puede tener varias figuras, formas,
cercanas y lejanas; un barrio, las calles, la radio, aquella chica guapa
agazapada en los sueños de los chicos del vecindario, la homilía en la
parroquia, la tarde soberbia en los juegos y andanzas, la calle perdida que
termina en las estrellas, pero en todos esos elementos repetidos y circundantes
gravita algo de nosotros en la memoria y la conciencia, en el partir de una
energía imbatible que nos posiciona, nos fluye, y también nos abandona, desde
luego, con la sinrazón incluida. Digamos que la estancia en la tierra es una
marcha, de respiro y de cadencia y que, siempre llega el momento de invocar los
dioses olvidados, dormidos, o esperando el número del reemplazo.
Carlos Canales, lo ha dicho, en la
realidad que nos define:
“¿Y Mai? ¿Y Mai? ¿Y Mai?
¿Y Mai? ¿Dónde estás, Mai? ¡Mai, ¿por qué no llegas?! Mai, ¿dónde estoy? ...
Mai, ¿quién soy? Mai, ¿tú sabes quién soy? Mai, ¿cuál es mi nombre? [...] ¡Si
alguien me sueña, que despierte! ¡Si alguien me olvida, que me recuerde! [...]
¡Maaaaaaaaaaiiiiiiiiiiii!”
(Suenan las campanas)