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21.6.26

Entrevista a Carlos Canales sobre su proceso creativo en la obra "Suenan las campanas" por Carlos Rojas*

 ENTREVISTA A CARLOS CANALES

SOBRE SU PROCESO CREATIVO

EN LA OBRA SUENAN LAS CAMPANAS

por Carlos Rojas*

             criticarojas@gmail.com

                      Especial para Miradas al Escenario

Carlos Canales.  Foto: Archivo Personal del Escritor © 2026.

Después de recorrer ese universo donde la memoria se fragmenta entre canciones, voces y delirios, resultaba inevitable conversar con el propio dramaturgo Carlos Canales (Río Piedras; Puerto Rico, 1955), sobre el proceso de creación de Suenan las campanas (2026).

Más allá de la lectura crítica, me interesaba entrar en el laboratorio íntimo de una obra que atravesó múltiples reescrituras hasta encontrar su forma definitiva: entender cómo nació la figura del anciano, por qué la salsa terminó convirtiéndose en estructura dramática y de qué manera la memoria, el humor y el deterioro emocional fueron moldeando una de las piezas más singulares de su dramaturgia más reciente.

La conversación no busca “explicar” la obra, sino acompañar las reflexiones que deja el texto: las voces, los silencios y las campanas interiores que siguen sonando incluso después de terminada la escena.

En el caso de su autor, no es simplemente una pieza sobre la vejez, la salsa o la memoria: es una inmersión en el momento exacto en que la identidad comienza a fracturarse y sólo quedan esas voces, canciones y los recuerdos de una vida intentando resistir al olvido.

A través de varias reescrituras y versiones sucesivas, Canales ha ido depurando una dramaturgia profundamente caribeña donde el asilo se convierte en escenario existencial, la radio en máquina de memoria y la salsa clásica en una especie de liturgia emocional.

Lejos de la nostalgia fácil, la obra explora el deterioro afectivo, la soledad y el miedo a desaparecer desde un lenguaje atravesado por el humor oscuro, el delirio y la música popular.

Esta obra también representa otro desafío singular: el de un creador que no sólo escribe, sino que además dirige, produce y acompaña el proceso de montaje de una obra que ha mutado constantemente en busca de su forma definitiva.

Conversamos con el creador puertorriqueño Carlos Canales, sobre el complejo proceso de creación de Suenan las campanas, una pieza donde las canciones no funcionan como acompañamiento, sino como restos de identidad; donde las campanas no anuncian una celebración, sino la voz persistente de una memoria que se niega a apagarse. Comienzo por preguntarte:

-¿Qué apareció primero en tu imaginación: el anciano en el asilo, la música salsera o la voz que llama a Mai”?

Lo primero que apareció fue la imagen de un anciano en un asilo. Después descubrí la voz y por último la música salsa, motivada por la primera emisora de salsa del mundo: WVOZ, Radio Voz, Carolina, Puerto Rico.

-¿La obra nació como homenaje a la salsa clásica o la salsa apareció después como vehículo para hablar de la memoria y el deterioro?

La obra nació como vehículo de la memoria, pero de la memoria involuntaria. Y en esa memoria…apareció WVOZ Radio Voz y la salsa.

-¿Por qué decidiste situar la acción en un asilo y no en otro espacio?

Porque así fue como me llegó la imagen.

-¿Qué encontraste teatralmente en ese lugar de abandono?

El lugar no fue parte de mi premisa, sino ver el anciano en el asilo. Es el anciano, su silencio y soledad, lo que me motivó a escribir la obra.

-¿Te interesa escribir sobre la vejez o más bien sobre la desintegración de la identidad?

Me interesó escribir, lo que percibía y decía el anciano. Hablar de la vejez y de la identidad no estuvo en mis planes.

-¿Hasta qué punto el anciano protagonista tiene elementos autobiográficos, familiares o provenientes de personas reales que conociste?

Sin lo autobiográfico no hubiera escrito ninguna de mis obras, menos las de mi familia.

-El personaje parece hablar desde varias identidades a la vez: cantante, predicador, hijo, enfermo. ¿Cómo construiste esa fractura de voces?

El anciano habla desde el recuerdo involuntario que fluye sin él proponérselo. Porque todas esas voces están en su interior, en la memoria y se vuelven protagonistas sin que él lo sepa, no las invoca.

-¿Qué papel juega la figura de la madre; la Mai dentro del núcleo emocional de la obra?

Ese es un elemento autobiográfico, colocándome yo como dramaturgo en la posición del personaje y decir los parlamentos de mis obras. Mai tiene múltiples significados que no te los puedo mencionar, yo sé que están, pero no los puedo identificar.

-¿Crees que Suenan las campanas es, en el fondo, una obra sobre la infancia que regresa al final de la vida?

Es sobre la memoria involuntaria donde queda abolido el tiempo y las etapas de la vida.

-¿En qué momento descubriste que el verdadero protagonista de Suenan las campanas no era el anciano, sino la voz?

Desde el principio lo sabía, la imagen me llevó a descubrir su voz, porque no hay elección por parte del anciano. En esta obra yo tuve que descubrir el silencio del anciano. La incertidumbre me mostró la luz.

-En Suenan las campanas, la música no acompaña la acción: parece ser la acción misma. ¿Escribiste escuchando esas canciones o las incorporaste después? Cuéntame.

Las canciones son el leitmotiv de la obra. Aunque no sé las razones. Pero el anciano canta y canta las canciones que están entrelazadas.

-¿Por qué la figura de Héctor Lavoe y la salsa de los años setenta resultó tan emblemática para la construcción del personaje?

Porque Héctor Lavoe fue el cantante favorito del anciano que lo escuchaba desde la adolescencia. Para el anciano, Héctor Lavoe era el mejor cantante de salsa. También le afectó la muerte de Lavoe.

-La repetición de frases y canciones tienen una fuerza casi hipnótica. ¿Pensaste la obra desde una lógica musical más que dramática?

Escogí las canciones por gusto del anciano, que es mi propio gusto. Después descubrí que las canciones generaban clímax. Sí, sentí lo musical y no lo dramático, pero lo musical lo convertí en dramático.

-¿Cuánto influyó el radioteatro o la radio puertorriqueña en la estructura de la pieza y en la presencia de WVOZ como dispositivo?

Sin la existencia real de WVOZ Radio Voz no la hubiera incorporado en la obra. La emisora es el motivo de la obra porque la emisora marcó la vida del anciano. WVOZ Radio Voz quedaba en Carolina, donde yo me críe, y nosotros, ubicados en la plaza de recreo, veíamos a los cantantes y músicos de salsa subir las escaleras del edificio.

-En una obra tan cargada de referencias musicales, ¿cómo evitar que la nostalgia se vuelva un recurso fácil y no una verdadera estructura dramática?

En la obra no hay nostalgia. Porque la nostalgia es un proceso consciente, que se evoca. La estructura de la obra está montada sobre la música salsa. El anciano canta porque quiere cantar (no estoy muy seguro de que quiera), porque le sale, porque se la dicta la memoria. La estructura es la música salsa.

-Suenan las campanas tuvo varias versiones antes de llegar a escena. ¿Qué implica para ti reescribir constantemente una obra atravesada por la memoria, la fragmentación y el delirio? ¿Ese proceso nace de la obsesión, de la inseguridad o del descubrimiento?

Lo que se repite en las versiones es el personaje del anciano sentado en una silla de ruedas. De la primera versión se desprenden las otras versiones. La tercera tiene una particularidad que no tienen las dos primeras. En éstas era un radioteatro y el actor leía el texto. En la tercera versión se elimina el narrador y se muestra el conflicto del personaje.

-En sus distintas versiones, el texto fue desplazándose de una estructura fragmentaria a una más depurada. ¿Qué te enseñó ese proceso sobre tu propia escritura?

Lo fragmentado se mantiene en las tres versiones. Pero la tercera, lo fragmentado supera a las dos primeras versiones. Me enseñó que el escritor puede escribir una historia de diferentes maneras, hasta que llega la que él entienda la más efectiva.

-¿Qué cambió más entre la primera y la tercera versión: la historia, la estructura o tu comprensión del personaje?

-La historia, el personaje es el mismo. En esta tercera versión la estructura está definida y supone un paso adelante escribiendo un texto que valide lo estático.

-¿Hubo escenas o monólogos que te dolió eliminar en las reescrituras?

Son tres historias distintas, pero la primera contiene la historia de la segunda y tercera. Digamos que separé las historias de la primera versión y las hice independientes. Podría decirte que son tres historias que se completan y se pueden representar separadas, como una obra de tres piezas breves.

-¿Qué te revela una relectura años después que no podías ver cuando escribiste la primera versión?

No se trata de ver, se trata de concisión y depuración. Tal vez el hecho de pensar que no había terminado de escribir la historia, que no había encontrado la historia que mejor plantea el conflicto. El hecho de descubrir misterios y decir: esta es la versión final.

-¿Cómo sabes cuándo una obra deja de necesitar correcciones y finalmente está lista para ser mostrada al público?

Es difícil de decir, pero llega el momento de no tocar más el texto, casi siempre ocurre con las representaciones. Pero los textos no están terminados. Es un misterio que no tiene explicación.

-Al ser autor, actor, productor y director, ¿qué tan difícil fue decidir qué cortar de un texto propio sin apegarte a ciertas escenas o diálogos?

La diferencia de este tercer texto con los dos primeros, es que fui añadiendo y no eliminando. El dramaturgo no debería apegarse demasiado a su texto, porque debe cortar lo que no funcione, más allá de lo que revela y poético que sea el parlamento.

-¿Dirigir una obra escrita por ti mismo te da libertad o te vuelve más exigente y despiadado con el material?

Lo que exijo a los actores cuando dirijo me lo apliqué.

-¿La decisión de actuar o estar dentro del proceso escénico modifica tu manera de escribir los silencios y las pausas?

Muchos silencios en el texto se mantienen, pero he reducido el tiempo en los ensayos. Es el tiempo la variación. Me ayudan a la respiración y a organizarme.

-Cuando además produces el montaje, ¿sientes que la logística y la economía alteran decisiones artísticas del texto o la puesta en escena?

No se pueden separar. Sí, las decisiones alteran el texto dramático, porque lo literario pasa a segundo plano y lo actoral se impone.

-¿Qué ha sido más difícil en este proceso: escribir la obra, montarla o defenderla ante un público que puede verla sólo como unhomenaje salsero”?

Primero, escribirla. Ya veremos cómo reaccionará el público, y como yo me sienta representándola. Yo intuyo que la obra posee varios lenguajes y códigos que debe captar el espectador.

-Suenan las campanas dialoga con otras obras tuyas sobre memoria, locura y familia. ¿Sentías mientras la escribías que estabas entrando en un universo mayor o lo descubriste después?

Digamos que iba profundizando en ese universo de la locura. El diálogo con otras obras mías se debe a situaciones que me fueron exigiendo a la hora de escribir la obra para yo interpretarla. Tomé la decisión de que yo era el anciano. Partiendo de esa ficción dialogué con mis obras.

-Para terminar: Después de haber escrito, actuado, reescrito, dirigido y producido Suenan las campanas, ¿qué crees que sigue sonando en ti cuando la obra termina: las cancioneso las voces que el personaje ya no puede callar?

Esta pregunta la responderé después del estreno que será el 26 de junio del 2026 en la 8va Edición del Spanglish Theater Festival, Union City, NJ, y de las funciones el 27 y 28 de junio del 2026 en la 3er Festival de Artistas en Escena por la Paz, Providence, RI.

CR (@mipuntocritico)

 

*Entrevista realizada por Carlos Rojas. Crítico e Investigador teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).                                                                 

 Dramaturgia Esencial de Carlos Canales
Suenan las campanas (2025)
Yo, el Supremo (2025)
El Candombe del Olvido (2025)
El Reguetonero (2024)
Érase una vez en Buenafortuna (2024)
Yo soy el cantante (2023)
El come panty (2023)
Sopas Campbell (2023)
Invitación a la mesa (2023)
Historias de mi gente (2022)
Esas sombras que se ciernen (2022)
Doñaña (2022)
MAI (2020)
Corrupción (2019)
Los laberintos laberíntikos de Ciudad Ghótica (2018)
Los hijos desamparados de Bukowski (2017)
El seminarista (2017)
Antígona Barrio (2017)
El ángel de la muerte (2017)
Amor de Locura (2016)
Avant-Garde (2015)
Entre tú y yo está él (2015)
Siete lunas señoriales (2015)
El cumpleaños (2015)
El Rey del Tambor y el Rey del Palladium (2015)
Las noches oscuras (2015)
Cuando la memoria se convierte en olvido (2014)
A la luz de la luna (2014)
Inhala y Exhala (2013)
Vive y vacila (2012)
Fue una larga noche que terminó en el día (2011)
Los hijos desamparados de Bukowski (2011)
María del Rosario y sus hermanas (2010)
Juicio Final (2010)
No tengáis miedo (2010)
Representación (2010)
El camino (2010)
El árbol de la filosofía (2010)
Los hermanos Karloff-Lugosi (2009)
Mirando el horizonte con los ojos vacíos (2008)
Ellas revelaron secretos esa tarde (2008)
El Generalísimo Brujillo (2008)
Basta ya (2007)
Las Vecinas (2007)
Esperando el momento (2006)
Cuéntame tu tristeza (2005)
Las Noticias (2005)
Historias de mi barrio (2005)
Breve viaje hacia la madrugada (2005)
Payaso de Carnaval (2004)
¡Qué bueno está este país! (2004)
El Señor exige tu presencia (2004)
La niña de cristal (2004)
La familia de don Piro Noble (2004)
El ángel reconstructor (2004)
Salsa, tango y locura (2003)
Los intocables (2003)
La esquina caliente (2002)
Luz Celeste (2002)
Bony and Kin (2001)
Bajo un fuego celestial (2000)
El viajero del tiempo (2000)
¡Maldita sea el Capitán América! (2001)
Ecuajey (1999)
Las turistas se divierten en el parque (1999)
Gracias, mundo (1999)
Vamos a reír un poco (1999)
Homenaje a la salsa clásica (1998)
Robinson, Cagney and Bogart (1997)
El perro de José Ferrer (1997)
¡Se formó la rumba! (1997)
Me gustan las películas de Charles Bronson (1995)
Vamos a seguir bailando (1993)
Margie (1993)
Juego Divertido (1993)
Los tres reyes magos del plebiscito (1993)
Especialmente para ti (1992)
Vórtice (1991)
Tiempo Siniestro (1988)
Juego Peligroso (1987)
La casa de los inmortales (1986)
María del Rosario (1985)
Corrupción (1984).

Ha publicado las obras de teatro: María del Rosario, Margie, Vamos a seguir bailando, La casa de los inmortales, Bony and Kin, Luz Celeste, Salsa, tango y locura, El cine del pueblo, ¡Qué bueno está este país!, Los intocables, Vórtice, Trilogía de los Dictadores, Ecuajey, El generalísimo Brujillo, Teatro del lado de allá y ¡Maldita sea el Capitán América!

En narrativa: (Relatos) Los hombres de los rostros tristes.      

Aquí les dejo algunos enlaces para consultar más sobre el autor:

Carlos Canales: La salsa como realidad, la locura como escenario y la memoria como último refugio del alma en Suenan las campanas

 

Un punto de vista

Carlos Canales:

La salsa como realidad, la locura como escenario

y la memoria como último refugio del alma en Suenan las campanas

por Carlos Rojas*
criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

Carlos Canales.  Foto: Archivo Personal del Escritor © 2026.

El teatro de Carlos Canales (Río Piedras; Puerto Rico, 1955), pertenece a un género que transgrede la estructura convencional de la escritura escénica y siempre es un viaje leerlo. Sus textos no se limitan a contar anécdotas o a construir personajes: excavan una obsesión y van más allá de la locura.

Cada obra parece regresar al mismo núcleo afectivo, pero desde otro ángulo, como si el autor no estuviera narrando distintas historias sino persiguiendo una imagen que nunca termina de revelarse por completo.

Las tres versiones que he leído recientemente de Suenan las campanas (2026), junto con El Candombe del Olvido II (2025), Mai y María del Rosario y sus hermanas (2026), permiten ver con claridad ese universo. No son piezas independientes. Forman un corpus secreto, una constelación donde la vejez, la locura, la familia, la religión y la música popular se cruzan hasta volverse inseparables.

Canales ha construido quizá sin proponérselo explícitamente: una suerte de gran saga del olvido caribeño; un teatro donde el asilo sustituye al hogar, la salsa ocupa el lugar de la memoria y el delirio se convierte en la última forma de resistencia.

La primera gran intuición de este conjunto es espacial. El asilo aparece una y otra vez. No como simple escenografía, sino como símbolo total. El asilo en Canales, es el lugar donde colapsan todas las ficciones sociales: la familia, la fama, la religión, la cordura. Es el punto final del recorrido humano. Allí terminan los cuerpos que ya no producen, las voces que ya no son escuchadas, los recuerdos que nadie quiere cargar.

Por eso, resulta tan potente que el creador haya situado allí a sus personajes centrales. El anciano de Suenan las campanas y de El Candombe del Olvido II no está solamente en una institución geriátrica; está en la periferia absoluta del mundo. Y, sin embargo, desde ese margen, todavía canta, recuerda e inventa una escena.

Ese es el segundo hallazgo dramatúrgico que encuentro: en Canales, la música no acompaña la acción; la constituye. Las canciones de Héctor Lavoe, Willie Colón, Rubén Blades, Richie Ray, Bobby Cruz, Ray Barretto o Johnny Pacheco no están allí por nostalgia ni por homenaje. Son la estructura misma del pensamiento del personaje.

El anciano no recuerda fechas, no reconstruye hechos, no narra una biografía lineal: recuerda letras. Sonea. Monta una emisora imaginaria. Su conciencia opera como una estación radial. WVOZ no es un recurso fortuito: es la forma en que la mente fracturada organiza sus ruinas.

Allí reside la profundidad de las tres versiones de Suenan las campanas. Leídas en secuencia, muestran un proceso de depuración dramatúrgica extraordinario. La primera es todavía fragmentaria, casi intuitiva: un anciano en silla de ruedas, un playlist de canciones, una ruptura súbita donde la memoria se desploma y aparece el grito por la “Mai”.

Hay algo crudo, casi documental, como si el autor hubiera descubierto la imagen, pero aún no toda su construcción. La segunda versión introduce mayor espesor narrativo y un desplazamiento decisivo: la irrupción del delirio religioso.

El personaje deja de ser solamente un anciano perdido en la música y comienza a confundirse con una figura mesiánica, una especie de predicador delirante que habla como si fuera elegido por Dios.

La tercera, en cambio, es la culminación y cierre de este proceso creativo: allí la repetición de voces, el recuerdo de la madre, la fractura identitaria y la dimensión sonora alcanzan una forma madura. Ya no se trata de un hombre que canta en un asilo; se trata de una conciencia sitiada por voces que intenta no desaparecer.

En El Candombe del Olvido II no se rompe ese trayecto: lo radicaliza. Es la versión más austera y quizá la más brutal. Reduce casi todo al acto de escuchar y cantar. El personaje apenas existe como sujeto dramático; se convierte en canal. La radio habla. La música suena. El hombre sonea. Esa mínima acción produce un efecto devastador: el repertorio sustituye a la biografía.

El individuo ya no tiene historia propia; su identidad está hecha de canciones compartidas por toda una generación. La salsa se vuelve archivo colectivo, memoria de diáspora, testamento sentimental de una comunidad puertorriqueña que envejece entre la isla y el exilio. El hecho de que la pieza se cierre en Norwich no es casual: el asilo deja de ser sólo un lugar clínico para convertirse en la colonización final del destierro.

Sin embargo, el gran salto ocurre cuando este ciclo se conecta con Mai y María del Rosario y sus hermanas. Allí el universo se expande y el personaje deja de ser únicamente elegía senil y se transforma en una cartografía más amplia: la de la locura como refugio y la familia como maquinaria de desintegración. Mai aporta la raíz genealógica. Es el texto donde la madre-abuela deja de ser figura privada para convertirse en símbolo de la memoria emocional.

La casa familiar aparece como mausoleo, y la remembranza doméstica como un campo minado de culpas, secretos y arbitrariedades. No es casual que el grito final del anciano en Suenan las campanas sea precisamente “Mai”. Ese llamado no es sólo a una madre; es un regreso desesperado al último nombre capaz de sostener la identidad.

María del Rosario y sus hermanas llevan esa lógica al extremo. Allí el desdoblamiento ya no es sugerido: es la forma total de la obra. Las hermanas no son personajes autónomos; son fragmentos de la misma subjetividad. Voces que brotan de una conciencia quebrada. Lo que en Mai aparecía como saga familiar, aquí se teatraliza como escisión psíquica. La familia se vuelve coro interno. María del Rosario no está rodeada de hermanas: está rodeada de sí misma y de su locura.

Eso conecta de manera directa con el anciano de El Candombe del Olvido II. A simple vista parecen mundos distintos: un hombre inmóvil en una silla de ruedas y una mujer internada en un manicomio estatal. Pero, ambos son la misma figura dramatúrgica. Él reconstruye su identidad a través de la salsa; ella, a través del delirio religioso y del teatro. Él monta una estación de radio imaginaria en su mente. Ella organiza escenas, reparte papeles, dramatiza recuerdos, convierte el pabellón psiquiátrico en escenario. Ambos están solos. Ambos han sido desplazados por su familia y por la sociedad. Ambos inventan una ficción para no disolverse para ser olvidados.

Ese detalle revela algo central en la obra: Canales concibe el teatro como un mecanismo de supervivencia. María del Rosario no “actúa” porque quiera entretener; actúa porque la realidad se volvió insuficiente. Cuando dramatiza la oficina de Energía Eléctrica o la escena del colmado, está reorganizando el caos. El teatro surge allí como último acto de soberanía. Frente a un mundo que la declara loca, ella produce escena, asigna personajes, crea teatralidad. Lo mismo hace el anciano cuando convierte la radio en autobiografía. Ambos son demiurgos de sus propias ruinas y de sus propios mundos.

La tercera gran obsesión que encontramos en este universo de Canales, es la religión. Pero, no como fe trascendente sino como lenguaje de los desposeídos. El delirio místico de María del Rosario: “Soy la hija de Dios”, “soy el Tercer Testamento” no es simple comicidad absurda. Es una estrategia de redención. Cuando todo le ha sido arrebatado, el personaje se inventa una investidura divina. La locura se convierte en forma extrema de dignidad.

Del mismo modo, en las versiones de Suenan las campanas, el anciano oscila entre cantante, predicador y profeta. En ambos casos, la religión popular aparece como gramática de quienes ya no tienen otro lenguaje para nombrar su dolor. Lo extraordinario es que todo esto ocurre sin caer en la solemnidad. El dramaturgo trabaja desde un humor feroz, incómodo, donde la risa nunca funciona como alivio sino como una forma más aguda del desgarro.

Reímos cuando María del Rosario se proclama elegida, cuando amenaza al colmadero con la autoridad de una profeta delirante, cuando el anciano mezcla un pregón salsero con una prédica religiosa o cuando las hermanas replican sus frases como un coro griego descompuesto.

Pero, esa comicidad no suaviza la escena: la vuelve más cruel. En manos de Canales, el absurdo caribeño no atenúa el trauma; lo desnuda sin piedad. Por eso, su teatro ocupa un lugar singular dentro de la dramaturgia caribeña y latinoamericana contemporánea. No sentimentaliza la locura ni convierte la vejez en estampita melancólica. Las aborda como territorios donde la belleza todavía es posible, pero siempre una belleza fracturada, sostenida por restos y recuerdos.

Su Puerto rico, su Caribe no son postales ni cultura popular gratuita: es un cúmulo de recuerdos en ruinas. Salsa, boleros, prédicas pentecostales, asilos, manicomios, colmaditos, barrios, abuelas e hijos perdidos aparecen como fragmentos de un conocimiento que se resiste a desaparecer incluso cuando ya ha comenzado a olvidarse a sí misma.

Entonces, una pregunta que me hago y que atraviesa este conjunto de piezas, es una sola: -¿Qué queda de una persona cuando la memoria deja de sostener su nombre?  La respuesta de Canales, es brutal en su sencillez: queda la repetición.

El anciano repite canciones; María del Rosario, sermones; las hermanas, voces heredadas; la familia de Mai, secretos que pasan de generación en generación como una enfermedad maternal. Repetir no es aquí un síntoma clínico, sino una forma de resistencia. El sujeto repite para no caer en el vacío, para no ser tragado por el silencio ni por el olvido.

De ahí que estas escrituras escénicas, bajo su apariencia íntima, sean profundamente políticas. En ellas, Puerto Rico emerge como un gran asilo simbólico: una isla donde el pasado colonial, la religión y la música popular sobreviven como residuos de una identidad quebrada, pero todavía obstinada en hablar.

No es casual que los personajes de Canales vivan rodeados de voces: en su universo, la identidad nunca es una certeza, sino una repercusión del tiempo y de esa realidad. Y quizá por eso la imagen más devastadora de toda esta dramaturgia no está en el electroshock, ni en la silla de ruedas, ni en el manicomio. Está en un gesto mínimo: una voz que, al borde de borrarse, llama a su origen.

Un anciano que, después de cantar durante horas, grita “Mai” hacia un vacío que ya no responde. Esa escena condensa Suenan las campanas y, en cierto modo, todo el universo de Canales.

Porque en esa obra las campanas no suenan afuera: suenan dentro. No anuncian misa ni fiesta; repican en la conciencia de un hombre que pierde el mundo mientras intenta retenerlo a través de la música. Cada canción es una campanada de la memoria; cada pregón, una llamada desde el pasado; cada invocación a la madre, el intento desesperado de despertar un tiempo que ya no volverá.

Ahí reside la grandeza de Suenan las campanas: en entender que cuando todo se ha perdido: el nombre, la familia, la cordura, incluso el cuerpo todavía puede quedar una melodía sonando en la cabeza. Una última campana. La prueba de que alguien existió y de que, aun en el asilo del olvido, la memoria sigue haciendo ruido antes de apagarse.

CR (@mipuntocritico)

*Carlos Rojas. Crítico e Investigador teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).                                                 

Nota: Las referencias de diálogos que aquí se utilizan fueron extraídas de las obras citadas del dramaturgo Carlos Canales.

Carlos Canales ha publicado las obras de teatro: María del Rosario, Margie, Vamos a seguir bailando, La casa de los inmortales, Bony and Kin, Luz Celeste, Salsa, tango y locura, El cine del pueblo, ¡Qué bueno está este país!, Los intocables, Vórtice, Trilogía de los Dictadores, Ecuajey, El generalísimo Brujillo, Teatro del lado de allá y ¡Maldita sea el Capitán América!

En narrativa: (Relatos) Los hombres de los rostros tristes.       

Aquí les dejo algunos enlaces para consultar más sobre el autor:

Carlos Canales Cintrón - Wikipedia, la enciclopedia libre: https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Canales_Cintr%C3%B3n

Carlos Canales Cintrón: Professor, Writer (1955-) | Biography, Facts, Career, Wiki, Life
https://peoplepill.com/people/carlos-canales-cintron/

http://worldcat.org/identities/lccn-n96027411/

https://leamoscuentosycronicas.blogspot.com/2020/06/ni-connery-ni-bond.html

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