El teatro originario de Caracas
(Adelanto de un ensayo en curso)
Oscar Acosta
De manera dominante, la historiografía teatral venezolana ha
registrado el teatro de los tiempos antiguos con base en las evidencias
aportadas por los cronistas y los documentos de la época sin someterlos a una
interpretación crítica, limitándose a situar el origen del drama en nuestro
territorio en las representaciones de carácter religioso o político que
tuvieron lugar sobre las tarimas levantadas eventualmente en las plazas y otros
espacios públicos durante la colonia. Si acaso, se mencionan de soslayo las
manifestaciones escénicas practicadas por los pueblos indígenas como referencia
muy secundaria. Al apartarnos de la perspectiva eurocéntrica asumiendo una
concepción más abarcante, descubrimos que los orígenes de nuestra teatralidad
son mucho más remotos en el tiempo y permanecen, en gran medida, por
desentrañar.
La limitación señalada no es un detalle menor. El investigador que más publicaciones dedicó a la historia del teatro venezolano y quien más insistió en proponer un modelo de periodización para profundizarla, Leonardo Azparren Giménez, en su texto Visión general de la dramaturgia venezolana I (Ed. digital de la Academia Venezolana de la Lengua, 2025) fija el punto de partida de ese devenir en 1594, es decir, ya avanzada la colonización, y define esa primera etapa exclusivamente a partir de la acción de la hegemonía española:
PERÍODO DE INTRODUCCIÓN E IMPLANTACIÓN DEL TEATRO
(1594-1816). El teatro es introducido por el conquistador e implantado como una
institución colonial. La iniciativa para representar está reservada a las
autoridades coloniales de acuerdo con fechas oficiales civiles y religiosas y
los intereses políticos, religiosos y culturales de españoles y criollos. El
discurso teatral implanta en la sociedad venezolana en formación el modelo
cultural y teatral de la metrópolis colonial.
La periodización de Azparren, siendo la más rigurosa y
documentada de nuestra historiografía escénica, omite toda manifestación
anterior a la conquista. No hay en su modelo un período indígena, ni un momento
originario que preceda a la implantación colonial. El teatro venezolano, para
esta tradición académica, nace con el conquistador.
Esta concepción no es solo una marca del pasado. Los programas
de formación dramática vigentes en el país se siguen diseñando sin otorgar el
lugar que les corresponde a las manifestaciones escénicas indígenas. El
Componente Disciplinario Historia del Teatro I del Programa Nacional de
Formación de Teatro (2013) de la Universidad Nacional Experimental de las Artes
(UNEARTE) nos lo evidencia en sus contenidos:
ACTITUDES, CONOCIMIENTOS, HABILIDADES Y DESTREZAS.
Aporta conocimientos para interpretar los fundamentos, acontecimientos,
situación social y manifestaciones dramáticas y teatrales dadas entre los
siglos XVI hasta el primer tercio del S. XX haciéndose énfasis en la
producción, circulación y consumo de las formas autóctonas como derivadas del
proceso de sincronización [sic] y mestizaje.
CONTENIDOS: Géneros y formas teatrales de la
colonia. Manifestaciones dramáticas y teatrales en el Teatro Colonial.
Manifestaciones dramáticas en el siglo XIX. Manifestaciones dramáticas del
movimiento de La Alborada. El teatro bajo la época de Juan Vicente Gómez: El
sainete; Autores, Obras y otras manifestaciones escénicas de importancia para
el periodo.
Nótese, además de la genuflexión al eurocentrismo, la confusión
conceptual: el programa habla de "formas autóctonas como derivadas del
proceso de sincronización y mestizaje", es decir, como consecuencia del
contacto colonial, no como origen. El teatro indígena queda así fuera del marco
curricular dramático: no se estudia como teatro, sino, si se da el milagro,
como antecedente folklórico o manifestación derivada de la hibridación o
mestizaje cultural. En otro componente, titulado Teatro Latinoamericano, la UNEARTE
procura salvar la honrilla curricular incluyendo los contenidos "Teatro
precolombino. Manifestaciones escénicas y dramáticas latinoamericanas de los
periodos pre coloniales, colonial y republicano en los principales países de
América del Sur", pero casi con seguridad se refieren a las poquísimas
obras transcritas por los españoles que se tienen por originadas antes de su
llegada. La desorientación continúa: cabe preguntar qué se entiende por
"principales países".
Para comprender la verdadera dimensión del fenómeno, hay que
despojarse del concepto occidental de teatro como manifestación surgida en
Grecia, acudiendo a los aportes del teórico, director y dramaturgo ruso Nikolái
Evreinov (El teatro en la vida, trad. esp. 1936; ed. original rusa, 1912). Poco
divulgado en el ámbito teatral pese a la potencia de sus argumentos, Evreinov
definió la teatralidad como una «ley de carácter obligatorio y general de la
transformación creativa del mundo percibido». Se trata de una suerte de
instinto de la representación que surge a la par de la cultura misma: los seres
humanos imitamos y representamos —es decir, teatralizamos— en tanto forma parte
de nuestra naturaleza reinterpretar y comunicar, con el propio cuerpo, la
percepción de la realidad a nuestros semejantes.
Así, para Evreinov, este instinto y, por ende, el origen del
arte teatral, no dependen de la especificidad ni de las vías de desarrollo o
las expresiones que adopte una cultura determinada, sino que constituyen la
raíz de cualquier cultura humana. Desde este enfoque podemos referirnos a un
claro ejemplo del teatro primigenio. Nos deslindamos, en este punto, de
nuestros maestros de historia teatral, quienes optaron por llamarlo
"prototeatro", "parateatro", "preteatro" o "manifestaciones
escénicas mágico-religiosas"; es decir, una manifestación que está cerca
de ser teatro, pero que no termina de serlo. Cabe agregar el porqué de dicha
subestimación: no se parece al modelo teatral que impuso el conquistador, aún
imperante en la valoración de nuestros escenarios y centros de formación
dramática.
En la relación geográfica de la provincia de Caracas (1578),
redactada y enviada al rey Felipe II por el gobernador Juan de Pimentel, se
registra un testimonio excepcional de la actividad escénica ancestral, aunque
sesgado por la perspectiva demonológica. Fue el historiador Carlos Edsel quien,
en su ensayo inédito El arte escénico precolombino en el valle de Caracas,
advirtió la presencia, en este documento, de una manifestación teatral hasta
ahora única en la región caribeña. Aunque su observación no profundiza en los
detalles estéticos del hecho representado, resulta más que suficiente para
obligarnos a una revisión historiográfica minuciosa.
Transcribimos el fragmento documental en cuestión, manteniendo
la grafía del original:
...y hazen una gran fiesta que ellos llaman ytanera
que quiere dezir borrachera para lo que conbidan a los comarcanos y dias antes
hazen mucho macato y lo mas de la fiesta es bever hasta caer vienen a camaradas
como salen de los barrios en que biven untados con cierto genero de rezina que
llaman orcay y mara semejante a trementina y sobre ella o sin ella se ponen e
pintan de colorado que es como bermellon que ellos llaman bariquiça hecha de
hojas y de cortezas de arboles y enmascarados y con figuras del diablo y asi
entran en la borrachera y el que mas feo y orrible maxcara tiene viene mas
galano otros traen unos pajaritos otros animalejos sobre unas varas hechos de
palo y hilo y colores como ellos naturalmente estan sentados en los arboles y
contrahaziendo y emitando algunos acaeçimientos ssuyos e asi otras sinples
invenciones por las quales entran dançando y cantando en la casa del que los
conbido y tañendo con sus instrumentos y esto es hordinario en todas las
borracheras en las quales presiden los piaches y les dan los mas onrrosos
lugares para sentarse y alli hazen visajes y hablan de papo y esto es en
publico y todos entienden que entonces llama al demonio y cuando tienblan
entienden los demas yndios que ya el diablo esta en el y le van a ofrecer de lo
que traen los mas de los que vienen a la fiesta y son todas cosas de comer y
tienen para si que ya aquello no lo ofrecen al piache sino al demonio y ansi el
indio piache no les habla sino como persona que a venido de lejos y que no es
el el que habla sino el demonio y alli le piden que llueva y que les haga
buenas labranças y que no los maten y que no enfermen y otras cosas y el piache
les responde y ellos entienden que es el demonio y la rrespuesta las mas de las
vezes es dudosa y con mas de un entendimiento tienen puestos nombres a los
demonios y a los sitios y lugares donde presumen que estan aun o reputan por
demonio del agua y a otros del maiz y a otros de las camaras de que suelen
morir muchos y a otros de calentura y a otros de lo que mas an menester algunos
indios ay que esto de los piaches lo tienen en poco y se rrien dello mas al fin
por las costumbres de sus pasados o por el viçio y deshonestidades de las
borracheras vienen a ellas y hazen lo que los otros y estas son sus fiestas y
regozijos y regalos y toda su feliçidad y contento...
El gobernador español utilizó el vocabulario de la superchería
católica, buscando calzar en el imaginario conquistador el arte inmemorial de
las representaciones indígenas. Los "demonios" que Pimentel menciona
repetidas veces no eran entes del infierno cristiano, sino la personificación
de una rica cosmogonía. El piache se asumía como mediador escénico, no como
invocador de demonios.
A diferencia de cualquier otro documento conocido sobre lo que
ahora es Venezuela, este contiene la descripción precisa, sin dejar lugar a
dudas, de una representación teatral indígena del siglo XVI. El texto acota que
los indígenas participaban en una fiesta o "ytanera, contraziendo y
emitando algunos acaecimientos suyos". Emitando (imitando), los indígenas
ejercían la mímesis, la narración de sus mitos. Pero al contrahacer, término
que en el castellano del Siglo de Oro equivalía a remedar, es decir, imitar en
son de burla, traducían esos relatos al lenguaje de la exageración gestual, la
parodia y la farsa. La fiesta Ytanera no era una mera repetición ritual;
existía representación de sucesos, empleo de técnicas extracotidianas del
cuerpo, parlamentos, maquillaje, uso de utilería como pájaros y animalejos de
palo, y la clara intención de provocar la risa.
Una de las precisiones más reveladoras de esta crónica es la
constatación de que existía un público con plena conciencia teatral. La
relación señala que "algunos indios hay que esto de los piaches lo tienen
en poco y se ríen dello". Había, como se deduce claramente, un sector de
los espectadores-asistentes al evento que, ya fuera por costumbre o por el
festejo mismo, reconocía la convención teatral del trance y se distanciaba de
la intención extraescénica (mágica-ritual-religiosa). Esta dualidad en la recepción
revela una expresión cultural compleja, ajena a la ingenuidad, simpleza o
superficialidad con que aún hoy se la sigue calificando.
En este ambiente festivo, el espectador escéptico que "se
ríe" no está cometiendo un sacrilegio o irrespeto a las creencias
metafísicas; está ejerciendo el derecho de comportarse como audiencia lúdica,
disfrutando el espectáculo y separando la performance del actor de la fe en las
fuerzas sobrenaturales. Podemos afirmar entonces que en el valle prehispánico
caraqueño existía un público con óptica crítica teatral, con capacidad de
distanciarse del mito o ritual para disfrutar del artificio actoral, ejerciendo
la "mirada del otro" que, siglos después, teorizarían algunos
estudiosos de la escena.
La fiesta de la Ytanera descrita por Pimentel no fue un simple
ritual, sino también teatro en el sentido más pleno: los indígenas del valle de
Caracas no se limitaban a repetir un ceremonial sagrado, sino que a la par de
los significados para comunicarse con las potencias cosmogónicas, transformaban
creativamente el mundo percibido mediante la máscara, el disfraz, la pintura
corporal, la utilería (pájaros y animalejos de palo), la danza, el canto y la
parodia de sus propios acaecimientos. El piache, lejos de ser un simple
oficiante religioso, operaba como un actor que alteraba su voz y su cuerpo para
encarnar fuerzas sobrenaturales, asumiendo un papel mediador entre la comunidad
y las entidades sobrenaturales. Y el público, esos indios que, según el gobernador,
"lo tienen en poco y se ríen dello", ejercía una recepción lúdica que
el teórico ruso consideró sustancial en toda función teatral. Leída desde ese
enfoque, la Ytanera no fue un "casi teatro" ni una mera curiosidad
vernácula, sino teatro originario: una teatralidad que era, a la vez, instinto
y elaboración cultural, florecida antes de cualquier modelo europeo. La mirada
colonial, atrapada en su propia visión, fue incapaz de reconocerla como teatro;
esa misma ceguera se trasvasó a los libros contemporáneos de historia.
Podría objetarse que, si la tesis de Evreinov es tan amplia como
parece, todo es teatro, y que invocarlo para hablar de la Ytanera presupone lo
que se pretende demostrar. Pero no es así. El citado autor no demuestra que la
fiesta indígena fuera teatro, sino que amplía el campo de lo teatral para que
incluya las prácticas que el canon europeo excluyó de antemano. La prueba está
en el documento, en los componentes escénicos ya enumerados. La Ytanera fue
teatro porque reunió ese conjunto de elementos, no porque una teoría universal
lo valide.
Cuando los investigadores y cronistas de los siglos XIX y XX
registraron los orígenes del teatro venezolano como nacido en las plazas o los
portales de las iglesias, siguieron empleando el catalejo de Colón. El
escenario de Caracas no fue el edificio llamado Coliseo del Conde inaugurado en
1784, ni las tarimas emplazadas en las plazas por las autoridades para los
ceremoniales celebrativos; fue el valle mismo, el bohío comunal, las aldeas en
el piedemonte del Guaraira Repano, donde los indígenas disfrutaban colectivamente
durante las fiestas de la Ytanera.
Actualizar la historiografía escénica venezolana implica
considerar, a la luz de las evidencias documentales disponibles, el carácter
teatral de las prácticas escénicas de los pueblos indígenas, sus posibles
significados y el lugar que pudieron haber ocupado en las fiestas y rituales
previos y contemporáneos a la conquista. A ello se suma que, en los pueblos
indígenas que aún existen en el país, podrían persistir otras manifestaciones
escénicas que, al no haber sido entendidas como teatro, tampoco han sido estudiadas.
Al no comprender el mal llamado "Nuevo Mundo", el
español Pimentel catalogó una fiesta indígena como borrachera y acto satánico,
escribiendo involuntariamente uno de los más explícitos testimonios conocidos
sobre la escena de la región caribeña durante la conquista. Ese mismo sesgo
persiste hoy cuando subordinamos nuestro modo de entender y practicar el teatro
a los patrones occidentales. Peor aún: al asumir a Europa como fuente principal
y modelo superior, olvidamos que esa misma Europa se revivificó con expresiones
escénicas no europeas. En su viaje a la Sierra Tarahumara, Antonin Artaud buscó
en las prácticas rituales la confirmación de las intuiciones que ya orientaban
su Teatro de la Crueldad; y fue la fascinación ante el arte dramático asiático
lo que permitió a Bertolt Brecht perfeccionar su teoría del teatro épico.
Reconocer esa deuda no solo relativiza la pretensión de universalidad de la
academia y del canon occidental, sino que devuelve a las prácticas escénicas de
los pueblos indígenas (tanto las ancestrales como las que aún perviven) el
lugar que el discurso colonial les negó: el de fuentes legítimas y activas, y
no simples curiosidades folklóricas.
Descolonizar nuestra historiografía escénica es, en definitiva,
dejar de mirar a Europa como la gran referencia y aprender a reconocer como
teatro lo que la óptica dominante nos impide ver.
















