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23.4.26

La Conferencia del Doctor Hunamuno por Carlos Rojas

 Un punto de vista

La Conferencia del Doctor Hunamuno

por Carlos Rojas*
criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

 

Carlos Canales.  Foto: Archivo Personal del Escritor © 2026.

Para mí, es un placer analizar una obra de este creador, siempre me ha gustado leer teatro. A continuación, querido lector, se presenta el más reciente texto dramático del dramaturgo puertorriqueño Carlos Canales (Río Piedras; Puerto Rico, 1955), entendido como un dispositivo escénico que organiza una sucesión de imágenes y una lógica sostenida de reducción progresiva del sentido, aquí les dejo el texto completo para que disfruten del teatro breve:

La Conferencia del Doctor Hunamuno

de

Carlos Canales

 

Personaje:

Profesor

La acción se desarrolla en un salón de conferencia.

En el centro del escenario, hay un caballete y sobre él hay una libreta gigante.

El profesor Hunamuno está ubicado en el centro del caballete.

El profesor Hunamuno observa a los espectadores.

PROFESOR: Gracias a todos por estar aquí. Voy a hacerles una presentación. Debo agradecer a Alberto, que fue mi alumno en la universidad, quien tuvo la gentileza de invitarme a compartir con ustedes unas reflexiones mías. Estas reflexiones están basadas en la observación y en la experiencia. Llevo décadas pensando en lo que voy a compartirles. Demás está decir que esta es la primera vez.

El profesor Hunamuno se mueve y queda detrás del caballete.

El profesor Hunamuno observa a los espectadores, como si fuera el mago Houdini.

El profesor Hunamuno descorre la página de la libreta gigante.

Los espectadores se enfrentan con un círculo verde y fondo blanco.

El dibujo está encabezado con el año 1960.

En el centro hay 35 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo azul y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 1968.

En el centro hay 30 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo amarillo y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 1971.

En el centro hay 27 figuras indefinidas.

 

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo violeta y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 1974.

En el centro hay 25 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo naranja y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 1980.

En el centro hay 20 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo gris y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 1990.

En el centro hay 17 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo marrón y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 2000.

En el centro hay 13 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo rojo y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 2010.

En el centro hay 9 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo marrón chocolate y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 2020.

En el centro hay 7 figuras indefinidas.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno pasa a la próxima página.

Los espectadores se enfrentan con un círculo negro y fondo blanco.

El nuevo dibujo está encabezado con el año 2026.

En el centro hay 1 figura indefinida.

Mientras los espectadores observan el dibujo, el profesor Hunamuno los observa.

Cuando se entienda prudente, el profesor Hunamuno cubre la libreta gigante.

El profesor Hunamuno observa a los espectadores.

El profesor Hunamuno camina y se ubica en el centro del escenario.

Pausa larga.

 

PROFESOR: Cualquier pregunta que quieran hacerme, háganla.

El profesor Hunamuno queda esperando.

 

Norwich, CT, USA, 16 de febrero del 2026.

La escritura escénica que tiene como título La Conferencia del Doctor Hunamuno (2026) de Carlos Canales aquí analizada no se inscribe en los parámetros del desarrollo dramático tradicional. Más bien, se nos coloca frente a un dispositivo escénico que promete discurso y entrega silencio, que anuncia conocimiento y ejecuta una progresiva operación de vaciamiento.

No se trata de una conferencia en el sentido académico del término, sino de su desmontaje. El gesto inicial -un profesor, un caballete, una libreta- activa en el lector-espectador una expectativa clara: aprender algo. Sin embargo, Canales subvierte esa lógica desde el primer trazo. En lugar de argumentar, el profesor muestra. Y en ese desplazamiento, el teatro se convierte en una demostración sin tesis.

La estructura es de una precisión casi matemática: círculos de colores, años, cifras decrecientes. 1960, 1968, 1971… hasta llegar a 2026, donde sólo queda una figura. El procedimiento se repite con una insistencia que no busca variar, sino intensificar. No hay progresión dramática en el sentido clásico; hay una curva descendente que sustituye la acción.

 

La dramaturgia breve de Canales abandona cualquier anclaje narrativo o psicológico para instalarse en una lógica de reducción. Cada página arrancada de la libreta no añade información: la sustrae. Y es en esa sustracción donde emerge el conflicto. No entre personajes, sino entre lo que el espectador espera comprender y lo que efectivamente se le niega.

El profesor no explica. Observa. Y ese detalle, aparentemente menor, desplaza el eje de la pieza. Mientras el público intenta descifrar los signos, el profesor lo contempla. La conferencia deja de ser un acto de transmisión para convertirse en un espejo incómodo. El verdadero acontecimiento no ocurre en la libreta, sino en la mente del espectador.

La obra funciona como una máquina de sentido mínimo. No define qué está desapareciendo, y precisamente ahí radica su potencia. Puede tratarse de comunidades, de pensamiento crítico, de vínculos humanos, de memoria histórica o del propio sujeto contemporáneo. La ambigüedad no es evasión: es un campo abierto de interpretación donde cada presente queda implicado.

El nombre “Hunamuno” activa inevitablemente la resonancia con Miguel de Unamuno, y con ello una tradición de pensamiento atravesada por la tensión entre vida y muerte, fe y razón, permanencia y desaparición. Sin embargo, Canales no desarrolla una reflexión filosófica en términos discursivos; la condensa en una imagen. Una imagen que se repite hasta desgastarse.

El uso del color acompaña esta deriva. De tonos vivos a la opacidad final, el recorrido cromático sugiere no sólo una disminución cuantitativa, sino un oscurecimiento del tiempo. El último círculo negro, con una única figura no es un clímax dramático, sino una constatación: la soledad convertida en dato.

Hay en esta pieza una lectura profundamente contemporánea. Vivimos rodeados de estadísticas, gráficos, curvas descendentes, informes que anuncian crisis. Sin embargo, la saturación de información ha producido una paradoja inquietante: acumulamos datos, pero perdemos sentido. La Conferencia del Doctor Hunamuno parece operar precisamente sobre esa fractura. Muestra cifras sin contexto, imágenes sin relato. El resultado no es claridad, sino desasosiego.

Formalmente, la pieza se inscribe en una línea de teatro posdramático donde la acción se desplaza hacia la idea. No hay conflicto interpersonal ni desarrollo psicológico. El conflicto es perceptivo y ético:

¿Qué hacemos frente a una evidencia que no comprendemos del todo? ¿Cómo reaccionamos ante una desaparición que se nos muestra sin explicación?

 

El riesgo de esta apuesta es evidente. El minimalismo no admite fisuras. La repetición puede construir tensión o caer en la monotonía. Todo depende de la precisión del ritmo, de las pausas, de la mirada del profesor. Si el dispositivo se ejecuta con rigor, la pieza adquiere una potencia inquietante; si no, se diluye en su propio procedimiento.

Pero cuando funciona, el efecto es devastador. La reducción no sólo ocurre en la libreta; ocurre en la percepción del espectador. Algo se está perdiendo y no sabemos exactamente qué. Y quizá ese sea el punto: la imposibilidad de nombrar la pérdida es parte de la pérdida misma.

El momento más contundente no es la llegada a la cifra final, sino la frase que cierra la obra:

“Cualquier pregunta que quieran hacerme, háganla”.

Después de un silencio prolongado, la invitación resulta casi violenta. La conferencia no ha entregado respuestas; ha transferido la responsabilidad de formularlas.

La pieza no concluye: se abre. Y en esa apertura radica su dimensión ética. El teatro no como lugar de certezas, sino como espacio de interrogación. El lector/espectador debe decidir si pregunta o si calla.

En definitiva, La Conferencia del Doctor Hunamuno de Carlos Canales no representa la desaparición: la convierte en estructura. Es un teatro de reducción formal que habla del desgaste sin nombrarlo, que construye sentido a partir de la ausencia y que instala al espectador en un territorio incómodo donde comprender ya no es suficiente.

El autor propone aquí una pedagogía radical: no enseñar, sino confrontar. No explicar, sino exhibir. Y en ese gesto austero y preciso, profundamente contemporáneo, deja flotando una pregunta que no se resuelve en escena: cuando sólo quede una figura en el círculo, ¿seremos nosotros quienes la miramos… o quienes estamos dentro de ella?

CR (@mipuntocritico)

 *Carlos Rojas. Crítico e Investigador teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).                                                                                                                                     

Nota: Las referencias de diálogos que aquí se utilizan fueron extraídos de la obra La Conferencia del Doctor Hunamuno de Carlos Canales, escrita en febrero del 2026 en Norwich; CT - EEUU

Carlos Canales ha publicado las obras de teatro: María del Rosario, Margie, Vamos a seguir bailando, La casa de los inmortales, Bony and Kin, Luz Celeste, Salsa, tango y locura, El cine del pueblo, ¡Qué bueno está este país!, Los intocables, Vórtice, Trilogía de los Dictadores, Ecuajey, El generalísimo Brujillo, Teatro del lado de allá y ¡Maldita sea el Capitán América!

En narrativa: (Relatos) Los hombres de los rostros tristes.       

Aquí les dejo algunos enlaces para consultar más sobre el autor:

Carlos Canales Cintrón - Wikipedia, la enciclopedia libre: https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Canales_Cintr%C3%B3n

Carlos Canales Cintrón: Professor, Writer (1955-) | Biography, Facts, Career, Wiki, Life
https://peoplepill.com/people/carlos-canales-cintron/

http://worldcat.org/identities/lccn-n96027411/

https://leamoscuentosycronicas.blogspot.com/2020/06/ni-connery-ni-bond.html


Colombia. EL FIAV: ¿Un festival para todos o son artes vivas para algunos privilegiados en un escenario con ley de cultura?. por Carlos Rojas

                                                        Un punto de vista

A OTRO GALLO CON ESE CANTO
EL FIAV: ¿Un festival para todos o son artes vivas para algunos privilegiados en un escenario con ley de cultura?
por Carlos Rojas
criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

FIAV BOGOTÁ 2026. Imagen cortesía Prensa FIAV Bogotá.

Hay algo que el FIAV 2026 dejó absolutamente claro, aunque haya hecho todo lo posible por maquillarlo con cifras y muchos cacareos: aquí no hubo ninguna transformación cultural. Hubo, eso sí, una optimización del viejo modelo. Una versión más pulida, más eficiente, más sagaz en el uso del lenguaje y, por qué no decirlo sin tanta vanagloria, más hábil para disfrazarse de revolución mientras reproduce exactamente lo que dice combatir.

Porque si algo caracteriza esta segunda edición no es su audacia artística ni su supuesta disposición democrática, sino su impecable capacidad para simularlo todo: inclusión, acceso, territorio, diversidad, paz…Palabras elocuentes para una estructura burocrática que, en lo esencial, no transformó absolutamente nada.

La ciudad de Bogotá, por supuesto, hizo lo que siempre hace frente a este tipo de aparataje: aplaudir y recibir lo que le dan. Plazas llenas, espectáculos de alto impacto, cuerpos suspendidos en el aire, música reconocible, prensa complaciente, cifras redondas, ausencia de críticos. Mucha bomba. Mucho ruido. Mucho teatro. Pero, cuando se apaga la pirotecnia, el aplauso deja de oírse y la urbe vuelve a su rutina, aparece la pregunta que nadie quiere hacerse:

¿Y tanto despliegue para qué? ¿El mundo en un escenario? ¿Es en serio?

Porque detrás de toda esa maquinaria perfectamente maquillada, lo que queda no es una transformación del sector cultural, sino la repetición de un viejo modelo de gestión: un circuito de legitimación cerrado, una red de validación controlada y una política cultural que sigue privilegiando la imagen sobre el proceso. Lo demás es otro canto.

Para entender este déjà vu festivo no hace falta ser profeta ni extranjero; basta con tener memoria. El modelo no nació ayer ni con este gobierno que se autoproclama transformador. Viene de lejos. El Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, aquel gigante que durante décadas definió qué era visible y qué no en la escena capitalina, no surgió de la nada: fue heredero directo del Festival Internacional de Teatro de Caracas impulsado por Carlos Giménez.

Es decir, el modelo ya estaba ahí desde el inicio: el festival como evento de ciudad, como vitrina internacional, como acumulación de nombres, países, funciones y espectadores. Luego, vino Fanny Mikey, con una capacidad empresarial que nadie discute, y convirtió ese modelo en una marca global. Y lo logró: el Iberoamericano fue, durante años, el festival más grande del mundo y porque no, de Colombia.

En ese crecimiento descomunal también se generó su límite: el tránsito silencioso de un espacio de encuentro artístico a una maquinaria de espectáculo donde el acceso estaba cuidadosamente segmentado. Lo importante para unos pocos; lo visible para muchos como prueba de una inclusión que, en realidad, era truqueada. La calle como escenario democrático. El centro como territorio restringido.

Obra Nexus de Zenit Aerial Ballet (España) Foto: Juan Diego Castillo.

Y ahora aparece la segunda edición del FIAV con la promesa de ruptura, de renovación, de nueva política cultural. ¿Ruptura? Ninguna. El FIAV no rompe con ese modelo. Lo perfecciona. Lo vuelve más selecto, más discursivo, más contemporáneo y exactamente igual en su lógica de fondo. Ya no separa lo elitista de lo popular de manera burda. Ahora lo integra todo en una narrativa impecable donde la inclusión no transforma nada, lo cierto es que lo representa todo.

Y ahí está su mayor logro: hacer pasar la representación por transformación en un gobierno que se vende como histórico. La trampa, como siempre, está en las palabras: democratización, acceso, territorio, diversidad, paz. Discursos intocables, incuestionables, blindados ideológicamente y, sin embargo, profundamente vacíos cuando uno se toma el trabajo: cada vez más sospechoso para algunos de mirar cómo operan en la práctica. Porque decir “todos” no implica que todos participen. Implica que todos son nombrados. Y hay una diferencia brutal entre ser nombrado, tener el poder de ser visibilizado y de que participes.

FIAV BOGOTÁ 2026. Imagen cortesía Prensa FIAV Bogotá.

El FIAV ha entendido esto a la perfección. Ha construido una maquinaria donde la inclusión funciona como imagen, no como estructura. Donde la participación es visible, y la decisión sigue concentrada. Donde la calle absorbe el relato democrático mientras el verdadero festival: el que legitima, el que define, el que decide quién existe y quién no en el mapa cultural ocurre en otro lugar, menos visible y mucho más restringido.

Porque aquí hay que dejar de dar papaya: el problema no es el festival. El problema es quién decide qué es teatro hoy. Quién programa. Quién repite. Quién circula. Quién queda afuera. Y bajo qué criterios. Y cuando uno revisa con un mínimo de rigor la operatividad del FIAV, lo que aparece no es diversidad, sino repetición sistemática. Nombres que regresan, redes que se fortalecen, afinidades que se consolidan. ¿Casualidad? Por favor. Aquí no hay nada fortuito. Eso es control con elegancia.

¿El festival es para el público bogotano? Sí, claro: durante diez días, en la plaza, en las fotos, en las cifras. El verdadero FIAV no ocurre ahí. Sucede en los circuitos donde se decide qué obra viaja, qué artista se legitima, qué estética se valida. Y ese espacio no es público: se administra selectivamente.

Y ahí la pregunta se vuelve incertidumbre:

¿Para quién se está haciendo realmente este festival? ¿Para la ciudadanía o para los amigos del circuito? ¿Para los creadores que sostienen procesos en condiciones precarias o para los nombres que ya orbitan entre IDARTES y los afectos institucionales de turno? En serio, pregunto porque tengo mis dudas.

Porque aquí conviene dejar la ingenuidad en la puerta: cuando los mismos nombres aparecen, cuando las mismas redes operan, cuando las mismas lógicas se repiten, no estamos ante una política pública. Estamos ante una administración de cercanías y amiguismos. Y eso lo saben ustedes muy bien. Así operan. Así se manejan entre ustedes. Y nadie dice nada por miedo a que lo cancelen. O no lo vuelvan a invitar. Si es que lo invitan a participar en la fiesta más grande de la capital.

Y en medio de todo esto hay un silencio que resulta, francamente, escandaloso: la ausencia total de un espacio real para la crítica y la apreciación teatral. No hubo un lugar donde el festival pudiera tener un diálogo abierto con la crítica, los creadores y el público. No hubo confrontación de ideas.

Hubo, sí, conversatorios inofensivos, agendas académicas decorativas, espacios diseñados para confirmar lo evidente: que todo está bien. Y eso no es un descuido. Es una decisión. Diversidad programática, sí. Dicho esto, hay unanimidad discursiva. Sin disenso, sin confrontación, sin crítica que arroje juicios de valores, lo que tenemos no es un sector cultural vivo, sino una puesta en escena bien iluminada: todo parece plural… siempre y cuando nadie cuestione nada.

Aquí es donde la ironía alcanza niveles desfasados. Todo esto ocurre bajo un discurso político que habla de transformación, de ruptura con las lógicas de la derecha, de democratización cultural. Y uno no sabe si reír o pedir explicaciones. Porque lo que estamos viendo es exactamente lo contrario: la continuidad de un modelo que privilegia el evento sobre el proceso, la visibilidad sobre la sostenibilidad, la circulación sobre la creación. Se habla de fortalecer el sector teatral.

Los grupos independientes siguen, para decirlo sin medias tintas, bien jodidos. Se habla de estímulos. Sólo que las becas parecen tener nombre propio antes de abrirse. Se habla de acceso. Sin embargo, los precios no fueron precisamente solidarios. Se habla de lo público. Aun así, lo gratuito fue mínimo frente a lo cobrado. Y aquí surgen otras preguntas:

¿Cómo se justifica que un festival financiado con recursos públicos termine siendo, en buena parte, inaccesible para ese mismo público que lo financia? ¿De qué democratización estamos hablando cuando el acceso real sigue mediado por la capacidad de pago? Porque llenar una plaza con un espectáculo gratuito no compensa una programación mayoritariamente costosa. Eso no es política cultural.

Ministra Yannai Kadamani. Foto: Prensa Mincultura.

Y entonces aparece la otra gran ilusión quizás la más sofisticada de todas: la jurídica. Porque mientras el FIAV desplegaba su maquinaria impecable de cifras: 125.000 asistentes, 52.000 boletas vendidas, expansión a diecinueve ciudades, crecimiento de participación regional, cuantificación de descentralización y diversidad: el país celebra, casi en simultáneo, un proyecto de fortalecimiento de la Ley General de Cultura que promete exactamente lo mismo que el festival ya dice estar encarnando: dignificación del sector, participación efectiva, ampliación del acceso, democratización de la toma de decisiones, sostenibilidad y apoyo al sector cultural.

Y aquí la pregunta deja de ser delicada para volverse pragmática:

¿Estamos frente a una transformación real o ante una sincronización perfecta entre discurso político y demagogia institucional?

Porque si la ley habla de abrir el sistema, de redistribuir el poder, de garantizar incidencia directa de los agentes culturales, si el principal evento cultural del país sigue operando bajo lógicas de concentración, repetición de redes, validación cerrada y acceso condicionado, entonces lo que tenemos no es un avance sino una coherencia inquietante entre lo que se dice y lo que se simula.

¿De qué gobernanza hablamos cuando los mismos deciden? ¿De qué participación cuando los mecanismos siguen filtrados? ¿De qué dignificación cuando el teatro independiente continúa en precariedad estructural mientras la institucionalidad celebra su eficiencia?

Porque el riesgo no es que la ley falle; el riesgo es que funcione exactamente igual que el festival: como una arquitectura discursiva impecable donde la inclusión se enuncia, con todo no se ejerce, donde el acceso se promete, la realidad es que se dosifica, donde el cambio se redacta, pero no se ejecuta. La sospecha ya no es un discurso vacío sino metodológica: si el FIAV es el espejo inmediato de esa política cultural en construcción, lo que refleja no es una redistribución del poder sino su refinamiento.

Y mientras tanto, fuera del escenario institucional, sigue existiendo el otro teatro. El que no aparece en los informes. El que no tiene presupuestos millonarios. El que sostiene la vida cultural durante todo el año en condiciones precarias, sobreviviendo a punta de convocatorias intermitentes y una terquedad casi suicida. Ese teatro independiente no está en el FIAV. No porque no exista, sino porque no pertenece al sistema.

Por eso, al final, la discusión no es si el festival funciona. Ya sabemos que funciona perfectamente. Demasiado bien. La discusión es para quién funciona. Y la respuesta, por necesaria que resulte, es bastante evidente: funciona mejor para quienes ya están y tienen amigos dentro, para quienes entienden el código, para quienes circulan en las redes correctas, para quienes no sólo participan del evento, sino del sistema que lo sostiene.

Obra Nexus de Zenit Aerial Ballet (España) Foto: Juan Diego Castillo.

Lo demás la multitud, la plaza llena, la narrativa de inclusión: es validación simbólica. Es el aplauso como argumento. Pan y circo. Más de lo mismo. No importa el color del gobierno de turno: seguimos repitiendo los patrones de siempre.

Así que no. No estamos ante ninguna revolución cultural. Estamos ante lo mismo de siempre, con mejor estrategia promocional, mejor discurso y una habilidad notable para convertir la continuidad en cambio. Y frente a eso, más que indignación, lo que queda es una certeza fatigosa.

Porque cuando la inclusión es pura tramoya, cuando el acceso es puro cuento, cuando el poder no se redistribuye y cuando la crítica no tiene espacio para dialogar, no estamos ante una política cultural real de Estado.

Estamos ante una puesta en escena bien diseñada. Y como todo buen montaje, está hecha para que no veamos sus mecanismos internos sólo el aparataje externo. No obstante, están ahí. Funcionando. Afinados. Eficientes. Intocables. Por ahora. A otro gallo con ese canto, ministra.

 CR (@mipuntocritico)

19.4.26

Táchira teatral: Jornada histórica, espacio histórico (escena 1), por William Leal

 Jornada histórica, espacio histórico (escena 1)

Preparando la escena

Voces, luz, movimientos y el teatro se hizo presente dejándose acompañar de la música, la poesía, la narración oral, el stand-up comedy, las artes circenses y las muñecas de trapo para festejar su Día Mundial.

El Ateneo del Táchira, emblemática edificación de la ciudad de San Cristóbal inaugurada en 1938, diseñada por Luis Eduardo Chataing (1906-1971), hijo de Alejandro Chataing (1873- 1928) artífice del Teatro Nacional de Caracas, abrió sus puertas a la escena regional. La jornada vespertina realizada el 25 de marzo por el Movimiento Teatro Escena Táchira (MOTESTA) se caracterizó por la diversidad estética de la docena de agrupaciones e individualidades presentes.

El encuentro.  Yolanda Jiménez y Héctor Rodríguez

El Encuentro, creación escénica de la Misión Cultura-Táchira dio la bienvenida a los espectadores; Yolanda Jiménez y Héctor Rodríguez nos deleitaron con esta pieza costumbrista cargada de humor. El hombre a quien el llamado progreso le arrebató los peces se convirtió en El pescador de ilusiones, interpretación y dirección de Abelardo Chavarriaga (Odraleba Teatro); tragicomedia donde el performance art, el payaso y el teatro se dan la mano.

El pescador de ilusionesAbelardo Chavarriaga, Odraleba Teatro. 

La lucha por los derechos de la mujer continúa en el siglo 21 y el teatro no la abandona, así lo hizo saber Arte y Movimiento, agrupación integrada principalmente por adultos y adultas mayores, con Alza tu voz, obra escrita y dirigida por Irma Sánchez Segovia a quien acompañan en la actuación: Ana Murillo, Aura Galindo, Digna Leal, Aura Correa, Rosa Alviarez, Rosario Herrera, Wilerma Guerrero, Luz Delia Manzanero y Belquis Carrero; la música en vivo está a cargo de Javier Pineda (guitarra) y Oliver González (piano).

Alza tu voz. De Irma Sánchez Segovia, Arte y Movimiento.


Cerca de cuatro décadas en los escenarios le han dado a Oscar Rovira la seguridad escénica y el alcance vocal exhibido en la dramatización de los poemas Las Hilanderas (Andrés Eloy Blanco) y Galerón con una negra (Aquiles Nazoa). 

Oro azul. De William Leal, grupo UPTAIET.

La agrupación de la Universidad Politécnica Territorial del Táchira (UPTAIET) presentó Oro azul, dramaturgia y dirección de William Leal, un llamado a conservar nuestras fuentes de agua libres de impurezas. En esta ocasión actuaron en el grupo Teatro Universitario UPTAIET los estudiantes Leonard Sanguino, Sinaí Camperos y Luis Ángel Márquez contándose con la participación musical, en vivo, del maestro violinista Luis Ramírez.

Los hijos que se van.  Interpreta: Margarita Acevedo.

La polifacética Margarita Acevedo (muñequera, actriz, poetisa, gestora cultural) llegó con sus muñecas de trapo para conmovernos con la interpretación de Los hijos que se van. Cumpliendo la mitad de la actividad Edwar Dugarte, actor y especialista en artes circenses, director de la agrupación Sacienzen Teatro de Vanguardia entró a escena de la mano de Raúl Sánchez y Deiby Holmos con los Cuentos de gatos y ratones.

Algunos participantes de la jornada del 25 de marzo.

Fecha histórica para el teatro en el Ateneo del Táchira conocido también como el Salón de Lectura de San Cristóbal que inauguró el 25 de marzo las actividades del Día Mundial del Teatro que se extendieron hasta el 27 en la sala Rafael Daboin de la Universidad Nacional Experimental del Táchira (UNET), El Museo de Artes Visuales y del Espacio del Táchira (MAVET) y la Escuela Regional de Teatro del Táchira.

Jornada histórica, espacio histórico (escena 2) abordará próximamente la segunda parte de lo acontecido en el Ateneo del Táchira con motivo del Día Mundial del Teatro 2026.

William Leal S.C, abril de 2026 

Maneras de mirar

Maneras de mirar

Miradas al escenario nace como resultado  del taller de Crítica Teatral organizado por la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela durante e...