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27.10.26

Historia/Memoria: Agrupación Teatral Coordinación desde 1987

 

Lisbella Páez

Desde los inicios, la ATC (1987) ha tenido como director a Lusvio Ramírez y como actriz a Elsy Loyo y se han paseado por diferentes géneros. Hasta la muerte de Rafael Zárraga montaron en su mayoría, sus obras Elisa morirá esta noche, Sueño de pájaros, El Reventador de globos, La ciudad de Cecilia.

A la muerte de Zárraga (2006), el grupo marca otros derroteros y ponen en escena junto al director Armando Holzer, otros autores Ella Imagina y El Jardín de los Abismos o Safo o el Suicidio (2009), Las Bacantes; obras de teatro experimental como Íntimamente Zárraga o las primeras mencionadas al inicio de este texto.

En este primer tiempo de la agrupación, nació un proyecto formativo como lo es el Taller Actoral Coordinación.

El trabajo a lo largo de tres décadas y más se basa en creación y producción teatral; en formación, a través del Taller Actoral Coordinación; investigación y creación teatral con temáticas que buscan el rescate de la memoria ancestral indígena, la ecología, historia local, la fantasía, y el mundo onírico de los sueños y en promoción y difusión, sus variadas temporadas.

Su sede permanente, lo que fue el comedor del Mercado de San Felipe, aunque en muy precarias condiciones, es el lugar para realizar variados eventos relacionados al quehacer cultural.

Prueba de Fuego de Ugo Ulive: ¡Vaya Prueba de Fuego para el actor Benigno Acuña!

 

Por: Eduardo J. Bravo G.

Cuando uno va a la muestra de una obra de teatro y su puesta en escena, siempre se tiene la expectativa de con qué se va a encontrar en esa propuesta. No obstante, no sabemos, por los momentos, qué le ha pasado al equipo de producción, al director o a los actores. Se abre el telón y allí están los artistas prestos para dar lo mejor de sí. Y así arranca la función.

Al tiempo que va transcurriendo la obra, uno va uniendo cabos de la historia y percibe acciones, emociones y empatía que pueden o no estar al gusto de uno. Pero cuando sientes la tensión, la presión y la atmósfera de la escena, tienes la intuición de que algo allí estaba pasando.

En este caso, es digno destacar las actuaciones de dos grandes hombres de trayectoria en la escena venezolana que encarnarían los personajes de los guerrilleros de la obra. Pero valga la pena este aparte para conocer de qué manera ética, con principios de un amor profundo y respeto a la profesión, actuó Benigno Acuña —sin menospreciar a su compañero de escena, Marco Antonio Casanova—. Acuña es actor, director, productor y docente teatral, nacido en Higuerote, estado Miranda (1954), con una carrera iniciada a principios de los años 70 junto a Pilar Romero. Formó parte del emblemático elenco estable del grupo Rajatabla bajo la dirección de Carlos Giménez, con una trayectoria en cine y televisión participando en producciones de la cinematografía venezolana como El rebaño de los ángeles (1979), Zapatos viejos (1985) e Inmensamente tuya (1987), entre otras.

Por otra parte, Marco Antonio Casanova, actor de teatro, cine y televisión, licenciado en Comunicación Social, nacido en Chacao, Caracas (1963), es una destacada figura de la época de oro de las telenovelas venezolanas, especialmente en RCTV: La intrusa (1986), Mi amada Beatriz (1987), el recordado villano Rodolfo Monasterios en Alma mía (1988), Pobre Negro (1989), Por amarte tanto (1993) e Inés Duarte, secretaria, entre otras.

La obra fue llevada a escena el viernes 9 de octubre de 2026 en la Escuela Superior de Arte Dramático Juana Sujo, a sala llena, bajo la dirección de Jesús Bermúdez.

Al culminar la función, nos enteramos de que la madre de Benigno Acuña había fallecido en la mañana. Esto llenó de una fuerte tensión a todos los que estábamos en los asientos, dado que, con sorprendente entereza, el actor se dijo a sí mismo: «La función debe continuar», encarnando su personaje con la mayor altura que puede desplegar un intérprete en un momento así.

Nuestra mayor condolencia en este trance tan difícil que le ha tocado vivir y nuestro más profundo respeto. Pese a lo sucedido, dio lo mejor de sí para encarnar su personaje. Ahora bien, el peso de lo vivido nos coloca en una profunda empatía por la partida de la madre de nuestro compañero.

Así pues, se pudo dar la función y con ella el hecho escénico de lo presentado. La temática de este texto de Prueba de fuego colocó a Benigno Acuña en una verdadera prueba de fuego real, suspendido entre el dolor íntimo que vivía en ese momento y el personaje que debía encarnar, comprendiendo que Prueba de fuego es un drama de alta intensidad psicológica que aborda la confrontación ideológica, la lealtad, los principios morales y la traición. Se vive una tensión en un espacio claustrofóbico, donde la pieza arrincona a los personajes en un callejón sin salida —física y emocional—, obligándolos a quitarse la máscara frente al espectador. Pero en este caso, se diría también que se despojan de la máscara social y de la máscara del contexto histórico ante un hecho que marcaría un punto de inflexión para su propósito. Luis Chesney nos expone que la obra:

"Se sitúa en un sector marginal caraqueño, compuesto por bloques de         apartamentos humildes, en el año 1967. En uno de esos apartamentos se desarrolla la situación dramática inicial: el encuentro de dos exguerrilleros, al comienzo del período de la  deposición de las armas y de su integración a la legalidad en Venezuela. Mariñito y César son los personajes. Mientras esperan el despertar de un moribundo comandante revolucionario, ausente en la obra, buscado intensamente, amigo del primero y protegido por el segundo, se enfrentan a una intensa discusión reflexiva sobre el sentido de la lucha armada." (p. 3).

Permítame el lector un inciso para realizar una estructura comparativa entre Prueba de fuego y El día que me quieras.

En lo tocante, expongo que hubo una situación que puso al público de este espectáculo en profunda reflexión al escuchar un discurso textual que resonaba de manera brutal con lo que muchos tal vez están viviendo en estos momentos actuales. Aunque son hechos históricos distintos, se siente aquel mal sabor que, como lo diría el personaje de Pío Miranda en la obra de José Ignacio Cabrujas El día que me quieras:

"Está bien, señores... se acabó... vayan a vislumbrar a sus madres (...) No hay nada en Ucrania. No sé dónde queda Ucrania. No hay Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. No hay Kámenev ni Zinóviev... no sé pronunciarlos. No hay Trotski... no hay Allilúyeva. No hay Stalin. No hay ventanal de la zarina, ni Bujarin doliente. No hay Lenin. No hay nada. (pp. 110-111)".

Para continuar con lo referido a este dilema, he realizado un cruce que especifica dentro de este análisis la relación y la distancia —pero, a fin de cuentas, un puente que los une—. Ese cotejo entre Prueba de Fuego de Ugo Ulive y El día que me quieras (1979) de José Ignacio Cabrujas le otorga un realce de suma importancia a este escrito.

Ambos textos dialogan con un mismo núcleo temático: el mito revolucionario, el desencanto y la confrontación de las utopías con la realidad concreta, pero lo hacen desde estéticas y enfoques dramatúrgicos radicalmente distintos. En cuanto al contexto temporal de la acción, el espacio escénico, la estética y el estilo: Prueba de fuego opta por un realismo crítico y dialéctico, con un tono incisivo, seco, ético-existencial y de alta tensión claustrofóbica. El día que me quieras, por su parte, se decanta por un realismo sainetesco y melodramático-deconstructivo, haciendo uso de la ironía, el humor amargo, la cotidianidad y el mito popular.

El mito en cuestión en Ulive es la revolución armada inmediata y la pureza doctrinaria de la izquierda de los sesenta (César y Mariñito); en Cabrujas, el mito comunista de la Unión Soviética (en voz de Pío Miranda) se cruza con el mito de la masa popular encarnado en Carlos Gardel. César y Mariñito son militantes reales, inmersos en el fuego de la clandestinidad; Pío Miranda es un teórico de biblioteca, un utópico de la retórica que no ha disparado un solo tiro. Parten de dos puntos disímiles, pero hallan puntos de contacto y diálogos temáticos en la deconstrucción de la utopía y el sostenimiento del dogma. Sin embargo, se encuentran en la fragilidad del discurso ideológico cuando este se desconecta de la realidad: en Prueba de fuego, la discusión de César y Mariñito expone cómo el dogma romántico de Mariñito se niega a aceptar que la masa popular no acompañó la vía armada y que el proyecto revolucionario se agotó tácticamente. Es la muerte del discurso ante la irrupción aplastante de la realidad y del mito.

En ambas obras hay un elemento externo que hace colapsar la ilusión de los personajes: en Ulive, la realidad irrumpe bajo la forma del proceso de pacificación y la presión del afuera, obligando a elegir entre el pragmatismo político o la inmolación ideológica. En Cabrujas, la realidad irrumpe con la presencia física de Carlos Gardel, el verdadero héroe y mito que fascina a la familia, eclipsando por completo la retórica gris y acartonada de Pío Miranda. En cuanto al tono, Ulive aborda el conflicto desde una tensión dramática pura, donde la vida, la cárcel o la muerte son amenazas inminentes; Cabrujas, en cambio, utiliza el humor, la cursilería provinciana y la ironía para desarmar la solemnidad del discurso marxista de Pío Miranda.

Esto unifica al espectador en contextos similares, aunque disímiles en su vivencia. Es esa misma verdad con la que los guerrilleros de finales de los años sesenta se encontraron al momento de la pacificación: la gran verdad de que la toma del poder no llegaría por esa vía.

La puesta en escena rescata un teatro convencional con actuaciones de corte realista y un estilo escenográfico envolvente para la historia contada. La primera vez que esta obra subió a escena fue en el año 1981, bajo la dirección del mismo autor y con las actuaciones de José Ignacio Cabrujas y Omar Gonzalo en El Nuevo Grupo. Este clásico del teatro nacional luego fue remontado 37 años después por otro dueto de renombre conformado por Federico Moleiro y Alfredo Sánchez, bajo la dirección de Vilma Ramia.

El retrato de la izquierda venezolana se ve reflejado en esta obra con precisión quirúrgica respecto a su contexto real; una obra que parece golpear ahora fuertemente el rostro de la izquierda venezolana contemporánea, como si el tiempo no hubiese pasado, pero transitada ahora desde el poder. Una pieza que transcurre en esa Caracas convulsionada de los años sesenta y la pacificación de la guerrilla urbana. La búsqueda de legalización de los partidos políticos que participaron en la lucha armada los fue alejando paulatinamente de la clandestinidad. Es allí donde se narra esta historia de César y Mariñito a mediados de 1967, en un apartamento que les sirve de escondite.


Ese encierro los lleva a debatir las acciones políticas que se están tomando en ese instante, directrices asumidas por los líderes de cada organización. Sus pareceres contrastan en torno a la pacificación y la acción contrapuesta conforma el hilo dramático de los acontecimientos. Notan su futuro incierto y el apartamento les presenta la dura prueba de decidir su destino. Una Prueba de fuego que desentraña los orígenes de esas circunstancias, donde el apego a la lucha armada choca contra la necesidad de seguir el camino hacia las montañas. La caída de Marcos Pérez Jiménez dio pie al desarrollo de la pacificación con la guerrilla de las FALN, el MIR y el PCV. Esa fractura ideológica desembocó en un profundo debate en 1967, llevándolos a una disyuntiva definitiva entre quienes decidieron reincorporarse a la vida democrática institucional y quienes consideraron dicha postura como una traición o claudicación. En esa disertación se encuentran César y Mariñito en aquel apartamento, como se demuestra en el siguiente diálogo de incertidumbre:

MARIÑITO: ¿Demorará?

CÉSAR: Ya te dije, le cuesta quedarse dormido... Tiene que descansar. El médico... (Hace un gesto indefinido).

MARIÑITO: ¿Y está tomando medicinas?

CÉSAR: Sí, unas pepas y unas inyecciones... Yo me encargo de eso hace días.

MARIÑITO: Es que tenía urgencia en verlo...

CÉSAR: Déjalo en paz, Mariñito. ¿Qué vas a ver? ¿Un hombre durmiendo? Tú lo que quieres es hablar con él, ¿no? Espérate, pues. (Mariñito asiente, se para, va a la ventana, intenta abrirla sin mucha convicción).

MARIÑITO: ¿Esta concha es segura? (p. 3)

Ese dilema ideológico entre cuatro paredes los enfrenta mediante el aguante de una noche larga en su refugio clandestino. Es el drama de una discusión teórica abstracta donde la tensión humana va creciendo, haciéndose visceral e íntima. Un espacio cerrado que solo deja pasar el ruido de la calle y la atmósfera espesa de la madrugada. Dicho escenario funciona como una olla de presión donde se confrontan la ortodoxia, el pragmatismo, el desencanto y la lealtad a los dogmas. Sin embargo, un valor profético enrumba la obra hacia un desenlace expedito: se desnudan las contradicciones, los egos, los dogmatismos y las visiones éticas de la izquierda de la época, anticipando muchos de los vicios y dinámicas de poder que terminarían moldeando la política venezolana de finales del siglo XX y lo que va del siglo XXI.

En este sentido, se puede decir que ese mecanismo dialéctico de influencia brechtiana adaptada pudo entreverse a modo de pinceladas. Aunque no es un teatro épico en su forma ni rompe la cuarta pared de manera explícita, su estructura interna es profundamente dialéctica. Concerniente a esto, Yoyiana Ahumada (2019) indica que el teatro político de Brecht fundamenta sus recursos en un método variado, con múltiples niveles de distanciamiento que se producen simultáneamente durante la representación teatral (p. 18).

La escena está montada para confrontar —y así se notó en este nuevo montaje— dos tesis que se enfrentan: la resistencia armada frente a la tesis de la pacificación, el aguante y la entrega. Eso obliga al espectador no solo a empatizar, sino a juzgar críticamente las posturas sobre el escenario, a ver y sentir esa función dramática. El encierro físico refleja el encierro ideológico y el acorralamiento real por parte de los organismos de seguridad del Estado; es allí donde los actores manejan el ritmo que les permite comprender lo subtextual de la trama, con un diálogo incisivo donde la palabra en Prueba de fuego funciona como un arma. Los argumentos no son meras exposiciones teóricas; son ataques dirigidos a las vulnerabilidades del otro (el miedo, la traición, el ego, la cobardía). Esta fuerza aumenta al incorporar el silencio y el suspenso como componentes estéticos de la palabra, sumados a la amenaza externa (el ruido en el exterior, como si las mismas paredes mantuvieran un diálogo entre el temor de ser descubiertos y la persistencia en el discurso de confrontación), desgarrando el alma de unos personajes que ya sienten que su tiempo se ha acabado, al menos por ahora.

La construcción dramática de Prueba de fuego nos muestra un ejercicio de economía de recursos escénicos donde la tensión no proviene de grandes desplazamientos ni de efectos espectaculares, sino de la densidad del texto, el ritmo del diálogo, la finura del espacio y el «cómo decir» de los actores para transmitir la claustrofobia. Es en esa atmósfera de la madrugada donde la discusión política teórica se torna visceral y trágica. La unidad de lugar —el encierro físico— refleja el encierro ideológico y el acorralamiento real por parte de los organismos de seguridad del Estado.

Esto genera en el espectador un efecto de concentración donde se eliminan las distracciones del mundo exterior y la tensión se fuerza al máximo sobre las miradas, la gestualidad y la confrontación verbal de los personajes. El afuera representa el peligro inminente; el adentro, la crisis de fe. Es donde entra la dialéctica entre César y Mariñito. En este caso, Ulive no recurre al cliché del «bueno» contra el «malo»; construye dos arquetipos profundamente humanos que encarnan la gran fractura de la izquierda de la época a través de dimensiones muy claras:

  • Dimensión ideológica de César: Representa el pragmatismo, la revisión crítica del dogma y la lectura de la realidad política inminente hacia la vía institucional y pacífica. Su dimensión humana y emocional evidencia el peso del desgaste, la lucidez amarga de reconocer que la vía armada se agotó y el deseo de sobrevivir con sentido práctico. En el siguiente diálogo se presenta:

MARIÑITO: ¿Usté me está hablando de elecciones...?

CÉSAR: Sí, de participar en las elecciones con una plataforma que responda a las necesidades verdaderas del pueblo... Suena mal, ¿verdad? A informe. Pero es eso: ¿quién mejor que nosotros, que nos hemos jodido tantos años al lado del pueblo, quién mejor para conocer sus necesidades, sus aspiraciones? (...) (p. 25)

  • Dimensión ideológica de Mariñito: Encarna el romanticismo revolucionario, la ortodoxia, la lealtad incondicional a la causa y el rechazo absoluto al compromiso burgués. En su dimensión humana y emocional se debate entre la fe ciega, la culpa ante los camaradas caídos y el temor de que sus sacrificios hayan sido en vano.

En el manejo del ritmo y el subtexto, el diálogo es incisivo. Los argumentos son ataques directos a las vulnerabilidades del otro (el miedo, la traición, el ego, la cobardía). El uso del silencio y el suspenso va creando una masa crítica en la mente del espectador, quien se pregunta: «¿Qué va a suceder después?». La amenaza externa —un ruido en la escalera, el temor a ser descubiertos o delatados— eleva los niveles de tensión y contraste escénico, interrumpiendo constantemente el debate ideológico. La metonimia se hace presente con estos ruidos que también hablan dentro del discurso como un cortocircuito: revelan lo que sucede allá afuera, pero también en el «adentro» interior, recordando al espectador que, mientras teorizan, sus vidas penden de un hilo.

En ese vaivén de la vida y el hecho ideológico, la ironía trágica y el valor de prefiguración convierten a la obra en una tragedia moderna. Se plantean dos liberaciones, tanto interna como externa, y dos rumbos a decidir. Aunque la montaña ya no sea el refugio de una lucha armada activa, la liberación ideológica es firme en cada uno, sostenida por la convicción de haber fracasado en el presente pero con la fe latente de volver a tomar las armas en el futuro, al menos en el caso de Mariñito.

El choque del espectador de hoy en día con esta clase de obra propicia una profunda reflexión sobre lo que pudo pasar, lo que no pasó y lo que está ocurriendo, funcionando como una extensión de aquella historia del pasado. El público actual posee la perspectiva histórica: sabe qué ocurrió con la pacificación, qué rumbos tomaron aquellos dirigentes en los años 70, 80 y 90, y cómo germinó la política venezolana reciente. Esta distancia histórica dota a cada palabra de los personajes de un eco irónico y trágico, idéntico al que escuchan los protagonistas a las afueras del apartamento.

Ahora bien, el conflicto central entre César y Mariñito gira en torno a la decisión de abandonar la lucha armada y acogerse al proceso de pacificación, pero en el plano dramático esta discusión política se convierte en un choque ético, emocional y de lealtades entre dos formas contrapuestas de entender la vida y el compromiso. Su detonante inmediato es ese punto de quiebre en el escondite: el partido ha decidido replegarse, dejar la clandestinidad y dar el paso hacia la legalización institucional. Para César, el repliegue no es una derrota ideológica, sino una lectura objetiva de la realidad y su forma más precisa de continuar la lucha desde las masas democráticas, dado que la guerrilla urbana está desgastada, aislada del pueblo e implacablemente perseguida. Insistir en el choque armado en ese momento es, para él, un suicidio inútil y una terquedad dogmática. Para Mariñito, en cambio, aceptar la pacificación y la legalidad propuesta por el gobierno de Leoni equivale a una capitulación y una traición, a bajar la cabeza ante el sistema democrático-burgués que juraron combatir. Claramente se detalla en el siguiente fragmento:

MARIÑITO: Yo no me imagino yendo de conuco en conuco y de caserío en caserío pidiéndole a mi gente que vote con la tarjeta ‘e El Partido.

CÉSAR: ¿Por qué no? ¿Por qué no? Hay que romper muchos esquemas; yo sé, muchas... fijaciones...

MARIÑITO: No, camarada, no se trata ‘e rompé. Es que yo no creo en esas bromas... El poder no se gana con elecciones.

CÉSAR: Pero con fusiles tampoco. (Mariñito levanta las cejas). Al menos ahora, no. (Repite, un poco mecánicamente) El cuadro político no nos es favorable. (Lo mira. Transición) Por favor, viejo. Yo tengo las mismas dudas que tú. Pero si no hay salida armada y no se cree en la vía legal, ¿qué hace uno? (...)

MARIÑITO: Será.

CÉSAR: Yo te conozco. Tú no estás convencido, no estás de acuerdo. (p. 27)

Claro está que esto enfrenta a los personajes con los muertos y con la memoria viva de la lucha. El choque moral contra las pérdidas humanas eleva la tensión dramática a medida que cada uno recuerda al amigo o compañero caído, cuyos sueños quedaron dormidos con las armas en la mano. Entra entonces el dilema de la culpa: Mariñito esgrime un argumento desgarrador al preguntarse cómo mirar a la cara a las familias de los caídos o justificar sus sacrificios si ahora van a sentarse en el Congreso a hacer política tradicional. En contraparte, César responde desnudando la trampa emocional: continuar sacrificando vidas jóvenes por una ilusión que carece de respaldo popular no es heroico, sino fanatismo.

En este sentido se presenta la fractura de la identidad revolucionaria. Debajo de los argumentos doctrinarios, el choque revela una profunda crisis existencial: aquel escondite se convierte en un campo de batalla entre la paz y la trinchera. Mientras César asume la incertidumbre y se aferra a la praxis de la política legal, aceptando la contradicción y el terror al vacío sin aferrarse a la condición mítica de héroe, Mariñito se aferra dogmáticamente a la pureza revolucionaria.

A esto debe sumarse una resolución implícita: la soledad compartida. El conflicto se muestra trágico y revelador. A pesar de la violencia verbal y la distancia ideológica que los separa, ambos están atrapados en el mismo espacio y comparten idéntica vulnerabilidad. Surgen las preguntas existenciales: ¿hacia dónde ir?, ¿de qué me libero al salir de este apartamento? Ambos sienten que afuera la policía o el ejército pueden irrumpir en cualquier momento, mientras que adentro el verdadero enemigo es el desencanto. César debe cargar con la amargura de ser visto como un acomodaticio o un desertor; Mariñito, con el vértigo de quedarse solo en una lucha que su propio entorno está abandonando.

Por otra parte, desde el punto de vista teórico y formal, la puesta en escena de Prueba de fuego se enmarcó principalmente en el realismo crítico, con matices de realismo psicológico y teatro dialéctico. La obra se distancia de las propuestas de gran formato o espectáculo masivo, optando por un teatro de cámara riguroso e íntimo, concebido históricamente para compañías de vanguardia actoral.

Cabe indicar que su estreno en 1981 causó un alto impacto en la crítica y el público venezolano, sacudiendo los cimientos de la escena teatral y el debate intelectual de la época. Hoy ha sido retomada como espacio de reflexión dados los acontecimientos vividos en Venezuela en estos últimos 27 años. En aquel tiempo operó como un espejo incómodo en el que la sociedad venezolana —y muy en especial la izquierda— se vio forzada a mirarse; ahora, esa misma sociedad se encuentra dentro del espejo y el cambio reflexivo es inminente. ¿Dónde han quedado César y Mariñito en este espejo de la historia? Quedan como un trago socialmente amargo. En aquellos años, tras las funciones y en la prensa cultural, se polemizaba ampliamente sobre si la obra hacía un favor a la causa democrática o si, por el contrario, desnudaba una cobardía ideológica, discutiendo si la pacificación había sido una victoria de la cordura o un pacto de capitulación. Hoy el espectador asiste sabiendo que gran parte de quienes pactaron están hoy en el poder, dejando un sabor agridulce pero abriendo el cauce a la reflexión sobre el porvenir de esta historia.

Esta tragedia humana presentada por el grupo de la Escuela Superior de Arte Dramático Juana Sujo y escrita por Ugo Ulive no ofrece una moraleja ni le dice al espectador qué pensar; presenta un conflicto donde ambas posturas tienen peso y verdad dramática.

Aquí el clásico efecto catártico muta, puesto que lo humano busca la liberación absoluta y la desmitificación. Funciona más bien como una suerte de ajuste de cuentas psicológico —lejos del terror paralizante— donde el debate libera, disolviendo en muchos sentidos la «claustrofobia del aguante». Cuando se realiza una disertación ideológica de este calibre, se busca la emancipación y no la purga: necesito sentirme liberado, así mi verdad pierda en la batalla, porque he tenido el valor de exponerla al otro en la confrontación. El miedo, la paranoia y la soledad buscan liberarse, negándose a aceptar pasivamente la voluntad del destino.

El director Jesús Bermúdez expone su estética del aguante como microcosmos, adentrándose en un carácter casi hiperrealista pero claustrofóbico. Se construye con minucia el refugio clandestino de los años sesenta: sillas y mesas austeras, folletos clandestinos, botellas de licor y una pared de cartón que simula un encierro aún mayor, acompañada de algunos utensilios utilizados ocasionalmente por los actores. Sin embargo, un elemento que no terminaba de integrarse armónicamente  fueron las cintas de casete estiradas y colocadas en forma geométrica como si buscasen trazar líneas tridimensionales entre el espacio y el tiempo; más que embellecer, se tornaron torpes y constituyeron un obstáculo para la movilidad y el desplazamiento escénico de los actores, a tal punto que al culminar la obra ya todas yacían en el piso. No es que un recurso así no pueda funcionar; lo haría con un material más resistente y una planificación que permitiera equilibrar los contrastes, los niveles y la movilidad espacial. Sabiendo que el escenario funciona como un espacio cerrado y opresivo, dichas tiras habrían tenido sentido si se hubiese sabido qué hacer con ellas en escena. No obstante, la altísima densidad interpretativa de los actores se imponía. Se comprendía que habitaban los personajes desde la cotidianidad, despojándose del cansancio y la paranoia de la declamación grandilocuente o el panfleto político.

El trabajo con los silencios encontró un fuerte apoyo en las miradas furtivas y en esa pausa que anticipa el peligro exterior —los pasos en el pasillo y los ruidos de la calle—. Ese entorno sonoro fue fundamental en la puesta en escena: lo extradiegético se hizo presente en una Caracas en movimiento, mientras en la sala de un apartamento se vivía el infierno de la incertidumbre. Ello mantuvo la tensión escénica constante, recordando que el mundo exterior estaba a punto de aplastar la discusión teórica de los protagonistas.

En conclusión

La puesta en escena de Prueba de fuego se ubica dentro de la estética del teatro político-existencialista, donde la desnudez de la palabra y el rigor de la actuación reemplazan el artificio decorativo. Tanto Ugo Ulive como el director Jesús Bermúdez demuestran con esta obra que la mayor fuerza dramática no necesita de grandes tramoyas, sino de la confrontación humana en estado puro. A través del realismo crítico, la puesta en escena reproduce una realidad social e histórica concreta —la Caracas clandestina de 1967—, pero al remontarla en estos tiempos convoca la clandestinidad ideológica y el encierro psicológico desde una óptica renovada, donde el protagonismo ha cambiado de rumbo. El romanticismo dialéctico interpela al espectador actual: ¿quién es el héroe hoy? Con una precisión quirúrgica, la obra expone las flaquezas, contradicciones e incoherencias ideológicas en pleno siglo XXI. El espectador posee la presciencia de la historia: sabe qué ocurrió con la pacificación, qué rumbos tomaron aquellos dirigentes en los años 70, 80 y 90, y cuántos de ellos llegaron al aparato del Estado. Es allí donde la distancia histórica dota a cada palabra de un eco irónico y trágico.

Esta función quedará grabada en la memoria del público y del equipo de producción, no solo por el calibre interpretativo de este dueto sobre el escenario, sino por el profundo impacto humano ocurrido al finalizar la obra: el conocimiento del fallecimiento de la madre de Benigno Acuña, un hecho que conmovió a todos los presentes y dejó de manifiesto la imponente fortaleza emocional y el profesionalismo absoluto del actor hasta el último segundo de la función.

Fuentes Bibliográficas:
  • Ahumada, Y. Visionarios, alucinados e irreverentes (la idea escénica en Venezuela en los años 70). Laser Editores. Caracas, Venezuela (2001).
  • Chesney, L. y otros. Antología del teatro latinoamericano, Tomo 13. Publicaciones Teatro: Teoría y Práctica (1987).
  • Ulive, U. Prueba de Fuego. Antología del teatro latinoamericano, Tomo 13. Publicaciones Teatro: Teoría y Práctica (1982).

  • Cabrujas, J. I. Acto cultural y El día que me quieras. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela (1979).
Caracas, 27 de octubre de 2026

La Azotea: Trasnocho Cultural

Luis Perozo Cervantes

En nuestra visita a Caracas aprovechamos para ver buen teatro venezolano. Al salir de la librería El Buscón, un nombre familiar nos atrajo en la cartelera teatral del Trasnocho Cultural. El genial actor Augusto Nitti protagoniza la obra La Azotea, junto a Raquel Yánez.

Como no somos conocedores del mundo teatral de Caracas, más allá de los grandes referentes institucionales que han viajado a Maracaibo, nos atrevimos a comprar un par entradas movidos por la confianza que inspiraba el nombre de Nitti como protagonista.

El antecedente con él es memorable: en 2023 cubrimos el estreno de La Chica del alquiler, una película ligerísima de Carlos Caridad Montero. Nitti interpreta a "Anzuelo", una mucama trans, y hace un papel cómico extraordinario, pero la mayor sorpresa vino al entrevistarlo. Los demás del elenco eran figuras reconocidas de la televisión, pero Nitti respondió a nuestro exigente cuestionario con la inteligencia de un gran artista.

No hubo otra razón: fue por él que nos condujimos por primera vez a una sala del Transnocho Cultural. Sin conocer nada de la trayectoria de Juan Carlos Martín, el autor de la obra, ni de Guido Villamizar, el director, me senté expectante a esperar una obra de teatro comercial, ése que no existe en Maracaibo.

La obra me hizo reír en muchas ocasiones. El personaje de Raquel Yánez, llamado "Susy", me cautivó por sus ambivalencias. Creo que la dualidad sentenció el éxito de la pieza desde los primeros minutos. Buena dicción, un enfoque de nicho actoral bien definido y una chispa que se traduce en verdad actoral, hizo que Raquel Yánez se comiera el escenario en toda la obra: ella sostiene la comicidad y da fundamento al dramatismo natural de Nitti.

En mis palabras y en las fotografías de mi compañero de vida, Rael Timaure, queda el testimonio de quienes disfrutaron de una obra fresca, bien actuada y libre de las ínfulas del teatro local, que quiere cambiar el mundo en cada escena. Ojalá en Maracaibo haya más teatro de esta calidad y con la seguridad de entregar al público una historia que en las tablas justifique las risas y los sentimientos más nobles.

Texto: Luis Perozo Cervantes @cervantes.link
Fotos: Rael Timaure @photorael

26.10.26

¡A casa llena! Rotundo éxito de la obra teatral “Amigas” en Ciudad Ojeda

 

"Amigas", de Lolimar Suárez


Lagunillas, 25 de octubre 2026

La presentación de la obra de teatro "Amigas" fue un éxito este sábado en una función con asistencia masiva del público que disfrutó cada instante de la delirante puesta en escena que aborda temas como la amistad tóxica y el paso del tiempo.

Este monólogo fue escrito y protagonizado por la periodista marabina Lolimar Suárez y dirigida por Arnaldo Pirela, quienes celebraron esta función número 35 de la obra. Esta presentación se realizó en la sede de la Fundación Alas de Luz, en la calle Bermúdez de Ciudad Ojeda y contó con la producción del grupo Tejedores de Sueños.

“Celebrando 35 funciones siempre así, con público feliz y conectados de principio a fin”, manifestó Suárez quien además agradeció el arduo trabajo de Tejedores de Sueños y su director Jhonathan Camacaro para concretar esta actividad.

“Amigas”, así entre comillas según explica la autora, utiliza un particular recurso de audio grabado para expresar los pensamientos de su protagonista, la Chiquis del Carmen, quien llega para encontrarse con su amiga de la infancia, la Fruleydi de Los Ángeles, después de 5 años sin verse. Mientras espera, rememora los momentos compartidos desde el jardín de infancia y descubre que su amistad realmente no ha sido tan buena como pensaba.

"Amigas", de Lolimar Suárez

El montaje utiliza herramientas para despertar la memoria emotiva en el público, generando risas cómplices y promoviendo la reflexión sobre el valor de la amistad y las exigencias sociales hacia las mujeres.

Como preludio cómico, se presentó la obra La Boda, original del puertorriqueño Carlos Canales, que muestra una crítica a los chismes y las envidias desatadas por dos amigas durante un matrimonio. Esta pieza contó con las actuaciones de Emily Acosta, Michell Nava y Ángel Guerrero y sirvió como un picaresco abrebocas para luego dar paso a la obra central.

La Boda, de Carlos Canales

Durante la presentación hubo un corte eléctrico por racionamiento, que fue casi imperceptible para el público gracias a las previsiones y el rápido accionar de los anfitriones que tenían preparadas medidas para enfrentar este tipo de eventualidades.

Con esta función, Tejedores de Sueños mantiene una programación teatral casi continua en el municipio Lagunillas, exaltando el teatro y creando nuevas generaciones de artistas. Para las próximas semanas tienen programadas las presentaciones de las obras Parricidio, Crímenes Ejemplares y Adelita se va a Casar.

Lectura de Mercedes, Sala de Teatro Cabrujas



Por David Ortega

El domingo 25 de octubre de 2026 tuvimos el agrado de presenciar la lectura del monólogo Mercedes, leído por Ligia Álvarez, quien con su clara voz interpretativa y dicción impecable supo conmover al público presente en la Sala de Teatro Cabrujas (Chacao, estado Miranda). En este texto teatral, encontrándose Mercedes conversando en la morgue con un periodista que no se ve, espera la entrega del cuerpo de su cuarto hijo asesinado. Sin más hijos que perder, convierte su tragedia en liberación de su ser.

Mercedes es uno de los textos teatrales del Maestro de la Dramaturgia José Gabriel Núñez que forma parte del libro Obras de Teatro Diversas (2026), publicado por el sello Sultana del Lago Editores que dirige Luis Perozo Cervantes desde Maracaibo. Las otras obras que forman parte de este volumen son: Casa de Sangre y Cenizas, Divina Diva, Adorables Perversas, Mujeres Trágicas, Antígona, Medea, Bernarda Alba, Ifigenia, Preñaditas, El Inocente, La Cola, Pequeñeces, Despedida e Infideli/Chat.

En el prólogo del libro de José Gabriel Núñez, escrito por Luis Perozo Cervantes, se lee: “Estas piezas dispersas ―reunidas aquí como quien junta los fragmentos de un espejo roto― tienen algo de excavación arqueológica y algo de grito en la oscuridad. Porque Núñez no escribe desde la comodidad del observador distante: escribe desde adentro, desde el burdel y la morgue, desde el cuarto de hotel y la casa clausurada, desde el prostíbulo que fue palacio y el palacio que se volvió ruina. Sus personajes habitan espacios donde lo doméstico y lo político, lo íntimo y lo cotidiano, se funden hasta volverse la misma herida.”



En esta ocasión, además del libro de José Gabriel Núñez, se presentaron los libros Conversaciones, rondas y juegos infantiles teatralizados (2026) de Ligia Álvarez, Teatro poético (2026) de Luis Perozo Cervantes, Pesquisas extraviadas (2024) y De aguaceros, chubascos y tormentas (2025) de Roma Rappa, también de Sultana del Lago Editores.

En esta presentación, José Gabriel Núñez compartió emotivos recuerdos de su trayectoria teatral con amigos y amigas presentes, y remembranzas de amigas ausentes. 

Prueba de fuego: Escuela Superior de Teatro Juana Sujo, Caracas

Por David Ortega

El 9 de octubre de 2026 presenciamos la puesta en escena de la obra teatral Prueba de fuego del dramaturgo Ugo Ulive, en el teatrino de la Escuela Superior de Teatro Juana Sujo (Calle 200, edificio Pérez Acosta, planta baja, Quinta Crespo, Caracas), interpretada por dos destacados actores: Marco Antonio Casanova como César, y Benigno Acuña como Mariñito. La dirección le correspondió a Jesús Bermúdez, con la asistencia de José G. Delgado y del coach actoral Ricado Zerpa. La producción estuvo a cargo de Héctor Ruiz.

La obra se contextualiza temporalmente en la Caracas convulsionada de 1967, cuando César y Mariñito (dos revolucionarios de entonces) debatían en una “concha” dos caminos a seguir, con la presencia de un comandante guerrillero fallecido en una habitación contigua (develado en el desenlace de la obra): incorporarse a la vida política legal o continuar con la lucha armada. Aunque distante en el tiempo, sobre todo para los jóvenes, la temática abordada tiene vigencia si se considera la realidad política actual por la que atraviesa la República: el riesgo de perder la soberanía y la independencia de la Nación. Sectores revolucionarios de ahora debaten, a igual que en 1967, la disyuntiva de someterse a los dictámenes de la Casa Blanca o rebelarse contra ella.

Se espera que realicen nuevas presentaciones en otros espacios de la ciudad capital y del interior del país que permita madurar el montaje y contribuir al debate público sobre la situación política actual.

25.10.26

Festival Internacional de teatro de Oriente

 

Miguel Flores

Mientras pedaleo en mi bicicleta por los alrededores de El Tigre, sintiendo la brisa al atravesar nuestra emblemática zona manicera y patillera, el paisaje me evoca con una fuerza ineludible los años de mi juventud. En particular, revivo la efervescencia de principios de los ochenta, una época marcada por el esplendor del Festival Internacional de Teatro de Oriente. Es de estricta justicia histórica recordar la figura de Kidio España, su director, quien durante más de cuarenta años mantuvo viva esta titánica empresa, convirtiendo a nuestra región en un auténtico epicentro de las artes escénicas para el mundo. En aquel entonces, el respaldo estructural de la empresa petrolera Corpovén fungió como el principal motor de este vibrante movimiento cultural, demostrando el profundo impacto de una gestión y producción a gran escala.

​Durante aquellos festivales, nuestra geografía se dinamizaba con una profusión de eventos de talla internacional. Tuvimos el privilegio de presenciar desde el magistral trabajo de Humberto Duvachelle con La Compañía de los Cuatro de Chile, hasta el teatro de títeres proveniente de todos los rincones de Venezuela y Latinoamérica. Los escenarios locales —los teatros de San Tomé, el auditorio de Campo de Oficina y la Casa de la Cultura— se erigieron como verdaderos templos de la creación artística y la convergencia ciudadana.

​Al continuar mi ruta en bicicleta por esta vía, observo de primera mano que la vocación agrícola sigue viva; los cultivos de patilla aún se divisan a la orilla de la carretera. Históricamente, esta zona ha sido reconocida por su producción de maní, merey y sorgo, al punto de que nuestra jerga popular llegó a equiparar la abundancia económica —y la del propio teatro— con la vasta cosecha del sorgo. Es una tierra donde la agricultura coexiste, de manera indisoluble, con la imponente actividad de la industria petrolera.

Esta coexistencia es la clave para descifrar nuestra identidad. Estamos asentados sobre reservas de crudo que abastecerán al mundo por generaciones, mucho después de que nuestros nietos ya no estén. Pero, junto a esta riqueza energética, resguardamos un recurso aún más vital: el agua. La Mesa de Guanipa es un depósito de agua dulce estratégico para Venezuela y el mundo entero; una maravilla natural tan pura que, hasta el día de hoy, sigo bebiendo de ella directamente del grifo, sin necesidad de hervirla.

​Toda esta inmensa riqueza material y humana me lleva a reflexionar sobre una deuda organizativa ineludible, y aquí es vital rescatar el pensamiento del recordado poeta venezolano Heli Colombani. Él defendía con vehemencia una idea fundamental: la necesidad de fundar el Estado de Guanipa. Su argumento, lúcido y plenamente vigente, señalaba que los recursos y los cargos públicos destinados a la cultura —y a las demás áreas estratégicas— suelen centralizarse y quedarse en Barcelona. El talento sobra en el sur de Anzoátegui, pero esta falta de autonomía administrativa asfixia nuestras posibilidades. Impulsar la creación del Estado de Guanipa garantizaría la diversidad, el desarrollo descentralizado y la justa administración de nuestra propia herencia cultural.

​En conclusión, esta es una tierra que siempre ha sabido cultivar el buen teatro. Es imperativo retomar la visión de aquellos grandes eventos internacionales y exigir el apoyo decidido de la industria petrolera. Como bien dictaminó Arturo Uslar Pietri, la misión es "sembrar el petróleo": reinvertir la renta en nuestra cultura para integrarla de manera definitiva a nuestro desarrollo. Solo mediante la valoración profunda de nuestros intelectuales, creadores y gestores, lograremos que el país, la región y este rincón oriental marchen, con paso firme, hacia un futuro superior. Pedaleando en un inmenso pozo de petróleo en la mesa de Guanipa, mineral que se puede transformar fácilmente y con inteligencia en cultura en todas sus dimensiones. 

23.10.26

Nueva York: Carlos Canales, o el apogeo de la locura como existencia: acercamiento y forma a Suenan las campanas

 

Suenan las campanas, escrita y dirigida por Carlos Canales

“La locura, a veces, no es otra cosa que la razón
presentada bajo diferente forma.”

— Johann Wolfgang von Goethe

Por Mario Antonio Rosa

No puede escribirse de otra manera: Michel Focault, en uno de sus tantos libros, titulado Historia de la locura en la época clásica examina cómo las sociedades occidentales han construido, definido y confinado el concepto de la locura a lo largo de la historia. Lejos de verla, como una simple enfermedad natural o biológica, Foucault la analiza como una construcción social y cultural ligada al ejercicio del poder y a los límites de la razón. ¿Qué puede ser la locura? ¿Qué nos abraza a la razón? El filósofo francés es tácito, concluyente, cuando nos dice que la locura no existe en un vacío natural, sino que se define en contraposición a la razón. Para que una sociedad establezca qué es el pensamiento "normal", útil o cuerdo, necesita crear un margen oscuro: la sinrazón. Planeta brillante y habitable de muchas generaciones esta sinrazón. Basta recordar a Alonso Quijano, el bueno, allá en los Campos de Castilla, en el rodeo del sol, el destiempo, y su escudero Sancho, interpretando la lógica de una vida natural, y escribiendo su versión de la filosofía, el hombre y su aguacero de circunstancias. Después, y cada uno con su caligrafía personal desde Nietzsche, Descartes, Juan Ramón Jiménez, y el propio Focault han brindado al desvío delicioso de la locura su lugar justo en las letras y la composición humana.

Vamos ahora a las letras, y en franco término, el teatro. El teatro proyecta siempre las revoluciones que el hombre no ha pensado o mejor, decide detonar. Alguien dijo—sin altavoz—, que las revoluciones comienzan en los teatros, porque la cercanía a la condición humana en todas sus lagunas, mareas, y desiertos, es irrefutable. El dramaturgo tiende a ser un suculento prestidigitador capaz de descubrir y desenmascarar, imponer y desterrar, denunciar...y destronar la naturaleza humana bajo cualquier intemperie, sin tiempo o circunstancia. Ni vivir, ni morir, ese lenguaje del drama contra la página en blanco cae como cualquier estación del año, con cielo claro, o nubarrones.

De modo que, cuando un escritor aborda esa aún incomprensible cartografía del ser, la mente, y el tiempo, el referente puede ser avasallador. Siempre se asoma una luna mágica de sueño, triunfo, zozobra y amargura y eso sucede en Suenan las campanas, homenaje a la salsa clásica del dramaturgo y narrador puertorriqueño Carlos Canales. ¿Por dónde empezamos dentro de la esencia de este monólogo? ¿Dónde pueden estar sus puntos cardinales?

La historia se desarrolla en un asilo de envejecientes y está protagonizada por un anciano en silla de ruedas que oscila constantemente entre la lucidez y los estragos de la demencia o el deterioro cognitivo. A través de sus llamadas desesperadas a "Mai" —María del Rosario, la grande—, y de la recreación de una estación de radio (WVOZ Radio Voz, Carolina, Puerto Rico) emisora que sigue caminando con nosotros bajo la constante de Luis Raúl Striker, y Manolín Martínez, el personaje revive la música de su juventud, sus delirios de grandeza, su religiosidad sincera y el dolor de su aislamiento. Salsa gorda, con aspiraciones cósmicas, rebelde y sandunguera. Este monólogo dramático en primera persona ("Él"), donde el protagonista es tanto la voz que enuncia como el sujeto de su propio flujo de conciencia. La narrativa se fragmenta mediante "transiciones" y en repeticiones que reflejan el funcionamiento de una mente fragmentada por la vejez y el olvido.  Brinda la visión de una “locura de todos” el desdoblamiento del personaje en figuras mesiánicas o proféticas frente a su realidad vulnerable en una silla de ruedas. La radio es un hilo conductor y en ella,  la música, es su salvador incondicional. Ahí se detiene el tiempo, no hay punto de origen pues dentro de la locura o el desdoblamiento, una juventud arrecia suave y seductora, derrotando con su sinrazón la herida contumaz que puede ofrecer el tiempo. La memoria sirve de periplo y de paisaje, satura la esencia del personaje y el espectador se arrastra, pensando quizás, que podría ser el próximo número, de la existencia.

El entorno de vida del protagonista se reduce a las frías paredes de un asilo, lo cual contrasta intensamente con la nostalgia vibrante por su natal Carolina (Puerto Rico), sus barrios, la calle, la religiosidad popular y las fiestas donde sonaba la salsa clásica, ese bailao, ondular y vigoroso donde mientras das la vuelta a tu pareja de baile, tarareas la canción con sabrosura y ritmo; coito de color y encanto...vida revelada.

Hay otros protagonistas. La salsa clásica no funciona meramente como un fondo musical, sino como el ancla vital y el archivo de la memoria del personaje. Temas como “El día de su suerte” de Héctor Lavoe, “Amor y control” o “Maestra vida” de Rubén Blades expresan los dolores, aprendizajes y verdades de su propia existencia. A través de la música, el protagonista recupera la dignidad, el orgullo de su tierra y los sentimientos que el asilo y el tiempo le han arrebatado. Es la prueba de que, aunque su mente flaquee, su espíritu sigue bailando y cantando "a su manera". ¿Acaso nuestro tiempo ha sido construido con nuestras propias paredes listas para el encierro? ¿Nos azota la nostalgia y lo disimulamos? ¿Tenemos además de la asfixia alguna sombra? Las reflexiones sitian al espectador que comienza a ver su rodaje en el respiro...y piensa.

Lo existencial se aborda desde la vulnerabilidad de la condición humana ante el paso del tiempo. La obra reflexiona sobre cómo el ser humano se aferra a ilusiones, delirios de grandeza o a la fe para soportar la soledad y la incomprensión de su entorno. Las referencias a la muerte, el destino y los ciclos de la vida confrontan al espectador con la fragilidad de la vida, planteando que, al final, todos transitamos por un camino de pérdidas donde lo único que verdaderamente permanece son los sentimientos genuinos y la memoria de lo que fuimos. Pero lo discursivo es el reflejo de la locura, que al fin y al cabo, es la diestra mensajera de una verdad contundente y amarga, una pausa tal vez, a nuestra propia salvación, un canal donde se navega a fuerzas y nos embate con nuestro desenlace, definidos únicamente como seres vivos...todo llegará...pasará...y seguirá…

Entonces ya comenzamos a ver la sinrazón como el protagonista marginado de esta historia. El apogeo de una liberación, el extinguirse, sucederse, recrearse. Este es el punto de máxima tensión dramática, donde el protagonista colapsa ante la pérdida absoluta de su identidad y suplicando la presencia de "Mai" antes de dejar caer, definitivamente la cabeza y los brazos.

¿Es muerte, fatiga o tránsito? Esa locura que regresa de su ostracismo y toma posesión del cuerpo, el lenguaje, los sentidos. El hombre cuerdo se define a sí mismo, marginando aquello que teme o que no comprende de su propio interior. En la locura y la sinrazón—ya irremediables de sentencia—, brota el interior que el suelo de la lógica y continuidad deciden abrogar. Todo ha terminado, dentro de la gravedad del universo.

Carlos Canales nos llama de nuevo al redil del ser y sus elementos de fundición. Puede tener varias figuras, formas, cercanas y lejanas; un barrio, las calles, la radio, aquella chica guapa agazapada en los sueños de los chicos del vecindario, la homilía en la parroquia, la tarde soberbia en los juegos y andanzas, la calle perdida que termina en las estrellas, pero en todos esos elementos repetidos y circundantes gravita algo de nosotros en la memoria y la conciencia, en el partir de una energía imbatible que nos posiciona, nos fluye, y también nos abandona, desde luego, con la sinrazón incluida. Digamos que la estancia en la tierra es una marcha, de respiro y de cadencia y que, siempre llega el momento de invocar los dioses olvidados, dormidos, o esperando el número del reemplazo.

Carlos Canales, lo ha dicho, en la realidad que nos define:

“¿Y Mai? ¿Y Mai? ¿Y Mai? ¿Y Mai? ¿Dónde estás, Mai? ¡Mai, ¿por qué no llegas?! Mai, ¿dónde estoy? ... Mai, ¿quién soy? Mai, ¿tú sabes quién soy? Mai, ¿cuál es mi nombre? [...] ¡Si alguien me sueña, que despierte! ¡Si alguien me olvida, que me recuerde! [...] ¡Maaaaaaaaaaiiiiiiiiiiii!”

(Suenan las campanas)

Maneras de mirar

Maneras de mirar

Miradas al escenario nace como resultado  del taller de Crítica Teatral organizado por la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela durante e...