Por Maga
Arellano
La herida y
el pulso de una Granada rota.
Granada, Traición
y Crimen,
bajo la dramaturgia de Aníbal Grunn y las miradas entrelazadas de los
directores Rufino Dorta, Carlos Arroyo y el propio Grunn, se despliega como un
montaje teatral tan visceral que evoca los últimos días y la memoria de
Federico García Lorca en su camino hacia Granada. La puesta en escena nos
sumerge en la fuerza femenina de la madre, la luna, los amores, las raíces, la
muerte y una transmutación poética que se niega a morir en silencio.
La profunda
investigación de Aníbal Grunn nos introduce en un texto de pura fuerza del
camino lorquiano, un trayecto irrevocable de herida y luz que cruza Granada
para recordarnos que hay crímenes que la tierra jamás logra callar. Es sangre,
pulso y destino sobre una Granada rota, un sendero de tierra y memoria donde la
poesía atraviesa la sombra desafiando al olvido. Consolidado como un texto
redondo y pulido, la obra nos devuelve al Lorca caminante no solo mediante la
recreación de un crimen histórico, sino como el recordatorio inquebrantable de
que su voz sigue desobedeciendo al silencio mientras se cuente su paso.
Lejos de la
comodidad de la butaca tradicional, esta propuesta de la Compañía Nacional de
Teatro se despliega de manera inmersiva donde nos despiertan los cinco sentidos. El público recorre diversas locaciones y recovecos del edificio,
transformándose en un transeúnte más de esta marcha hacia la fatalidad. En una
co-dirección, a tres voces uniendo los estilos distintos; pero magistrales de
Dorta, Arroyo y Grunn, el montaje rescata el tránsito hacia la muerte como una
huella indeleble, dotada de ese duende que Lorca siempre nombraba y que hoy
sigue presente en cada espectador, tomando un rumbo de dirección muy cercano al
lenguaje cinematográfico.
Los cuadros
de la memoria: Símbolos, cuerpos y poesía.
La
dramaturgia se fragmenta magistralmente en seis cuadros escénicos de una
potencia visual arrolladora, puro cine teatral donde la luz y la sombra
esculpen el dolor:
Las
lavanderas: La fuerza del útero: La escena arranca con la voz penetrante
de Francis Rueda, un conjuro que atraviesa el pecho para anunciar a Lorca. De
inmediato surge el actor Yoel Ramírez, en una interpretación delirante y
profunda del poeta, danzando la locura y la demencia junto a un coro vibrante
de fuerza ancestral de las mujeres que se entregan en escena; como el canto de
gitana de Ariana León, Angelica Rinaldi, Eliné Mediastino, Sara, Escalona,
Yisser Oviedo y todas que se funden como un solo útero. Un juego de luces
cálidas envuelve este torbellino de agua que es la piscina espejo, el sudor y
el dolor, mientras Dora Farías entona La Tarara con una danza lunática que
disuelve la frontera entre la realidad y el mito. Las lavanderas con una fuerza
cantan la Tarara y bailan con un movimiento circular de puro espíritu femenino,
coreografía desde lo más adentro de la maestra Carmen Ortiz.
El balcón,
el canto y la poesía: Bajo el frescor nocturno, la escenografía se
engrandece entre mesas, cantos y bailes que rompen la barrera con el público.
Una iluminación cálida y vibrante impregna cada rincón de una atmósfera íntima,
donde los Lorca aparecen descalzos, entregados a flor de piel para encarnar la
palabra y la emoción del poeta, con su llegada a Nueva York, luego simulan la
noche de baile y el canto, que resuena armónica en momentos donde se canta
"Allá en Santiago" y desgarradora cuando los Lorca presienten "a
las cinco de la tarde”. Es el respiro poético antes de que la sombra de la
historia comience a cerrarse en el transcurrir de la obra.
La batalla
surrealista: Al amparo de los versos "Luna, luna del tiempo de la
aceituna..." y el eco de "señor alcalde, sus niñas están mirando en
la luna", la escena oscila hacia la tensión más descarnada. Se alza la
figura imponente del teniente coronel de la Guardia Civil española interpretada
por Jo Se, de una manera orgánica, cuya presencia se teje con los rayos de luna
que cruzan la ventana, abriendo paso al desnudo del gitano, una interpretación
visceral de Cesar Castillo, quien se entrega a la escena. Se exponen las
contradicciones de una España criminal, la represión institucional frente al
deseo prohibido y silente donde se cruza el amor clandestino del coronel frente
a Lorca y una fuerza actoral femenina impecable, María Brito, Livia Méndez,
Yendy Vegas y Yhan Media.

El Café de
Chinitas:
La atmósfera se traslada a la taberna gitana a través de un juego dinámico de
sillas y una paleta cromática de rojos pasionales, azules hondos, verdes
profundos y fucsias encendidos. Estalla la danza de los gitanos en una perfecta
fusión de arte hondo, palabra y movimiento. Los cuerpos de las gitanas y los
gitanos que se encuentran, dominando el humor negro en los personajes. Se ve la
resistencia al folclorismo de postal, el flamenco aquí no es adorno, sino
resistencia cultural. La fuerza de los bailes y cantos nos recuerdan que el
arte de Lorca brota de la sangre y la entraña del pueblo gitano.
Bodas de
sangre:
El pulso dramático alcanza su cénit con la tensión del cuchillo, el desgarrador
canto lírico de Omar Churion y el compás seco del cajón flamenco del gitano
Miguel Ángel Treccia. En medio de un azul frío y cortante, el actor se
desvanece con mirada poseída, mientras toca para dar entrada a Yurahy Castro,
quien invoca la fuerza telúrica y una Yemayá León con una catarsis devastadora
en su llanto. Los vestuarios de esta escena son sublimes.
El
fusilamiento y el eco eterno: Con el sonido ominoso de una marcha militar,
la tragedia se precipita ante el intento infructuoso de Pepín interpretado por
Sebastián Quevedo con una intención un poco inofensiva, quien avisa la
ejecución. El eco de los disparos derriba a los Lorca con los ojos vendados, en
los brazos de las mujeres, recreando una sobrecogedora imagen de la Piedad y la
cruz. Bajo luces cálidas, entre llantos y música envolvente, la mujer contempla
a cada actor, descubriendo en ellos la esencia más pura de la obra.
El hilo
conductor y la trascendencia del mito.
A lo largo
de este viaje visceral, la mirada del espectador es guiada por la presencia
imponente del guardia civil español, interpretado con magistral autoridad por
Jesús Plaza. Con una mezcla perfecta de fuerza y rigor, Plaza se convierte en
el hilo conductor que vertebra la obra, transitando por los abismos de la
tragedia y logrando, paradójicamente, empatizar profundamente con el público a
través de su paso marcial y su mirada vigilante.Hacia el
final, el actor Aníbal Grunn, desde un ritmo de caminar pausado, invoca el
sueño de las manzanas en una reflexión profunda sobre la muerte y el destino de
Lorca. Es el anhelo de volver a la naturaleza, a la mirada inocente del niño en
altamar y al amor de piel morena dejado en Cuba, pidiendo que sepan que el
poeta no está muerto, que vive en nosotros y que todos somos Lorca.
Cada imagen
se cristaliza en la figura de Lorca y la madre como una escultura viva de la
Piedad de Miguel Ángel. Esta figura acoge al poeta para encarnar tanto el dolor
de las madres dolientes de su dramaturgia como a la Madre Tierra y a la propia
Granada, que purifican y consagran el cuerpo destrozado de su hijo más
lúcido.
La verdad
viva de un mito indomable.
Este montaje
no es una simple recreación biográfica; es un acto de justicia poética. Desde
el primer latido, la investigación dramatúrgica y el rigor escritural de Aníbal
Grunn se conjugan con una dirección de actores deslumbrante, capaz de extraer
de cada intérprete una verdad tan carnal y lacerante que trasciende el hecho
teatral.
Aquí hay una
fidelidad absoluta al espíritu de Federico García Lorca, a su vida, a su
trágica muerte, a sus batallas íntimas y a sus amores inconfesables. Pero lo
que verdaderamente engrandece esta propuesta es su profundo respeto por los
códigos andaluces y el alma de Granada. Lejos de cualquier estilización
comercial, de vestidos de lunares, o zapatillas de flamenco sevillana, la obra
se arraiga en la verdad del flamenco del Albaicín, ese que prescinde de
misterios y se compone del sonido real de las pulseras al compás, del roce seco
de las faldas lisas y de las camisas ondeando al compás gitano, la que se vive
dentro de la taberna.
Cada
elemento de esta puesta en escena, desde una escenografía viva hasta un
vestuario que huele a tierra mojada, pasando por una iluminación que corta el
alma y un diseño sonoro milimétrico, honra la memoria de quien supo ver el
dolor del mundo con ojos de niño y comprensión de genio.
Es, sin
lugar a dudas, la obra más fiel y respetuosa que se ha hecho sobre Federico
García Lorca en Venezuela. Un recordatorio urgente de que su poesía, su lucha y
su legado pertenecen por entero a la humanidad.
Granada,
Traición y Crimen es un ejercicio de justicia poética y un
triunfo de la dirección colectiva en la escena venezolana. Lejos de quedarse en
la simple narración o en el drama biográfico
convencional,
la obra logra que el mito de Lorca transite a flor de piel, recordándonos que
su voz sigue desobedeciendo al olvido. Es un montaje redondo, visceral e
imprescindible que honra la memoria de uno de los grandes creadores del siglo
XX. Es un acto de total transmutación donde el público deja de ser simple
testigo para sentirse, piel adentro, parte de aquella tragedia.