por Carlos Rojas
Especial para Miradas al Escenario
| El Teatro de la Simulación. Foto tomada del Ministerio de Cultura |
“Algo huele mal
en Dinamarca”,
advertía Marcellus en Hamlet. En Colombia, esa peste no
proviene de un castillo medieval, sino de los despachos del Ministerio de las Culturas y del Instituto
Distrital de las Artes, donde lo público se ha convertido en un sistema de
simulación cuidadosamente maquillado y vendido como democratización cultural.
He venido observando este sistema de hace un tiempo, sé que
no se trata de errores aislados ni de fallas técnicas: es un modo de gobierno
cultural. Un modelo que ha aprendido a representarse a sí mismo como
transparente mientras reproduce, con admirable disciplina, los mismos circuitos
de poder.
El libreto es conocido y se repite con precisión
burocrática: convocatorias “transparentes”, jurados “independientes”, actas
“públicas”. Una arquitectura formal impecable. Sólo que, función tras función,
los beneficiarios son casi siempre los mismos nombres que circulan de comité en
comité, de jurado en jurado, de convocatoria en convocatoria.
Los estímulos que deberían ampliar el acceso terminan concentrados en manos de quienes dominan el arte del amiguismo institucional, de los aliados silenciosos del sistema, de quienes aprendieron cuándo callar, a quién no incomodar y qué discursos repetir para no ser expulsados del reparto presupuestal. La democratización cultural se ha vuelto una ilusión: se invita a todos a la fiesta presupuestaria, pero el convite sigue reservado para una corte reducida, previsible y funcional.
El Ministerio de las
Culturas y IDARTES se lavan las
manos como Pilatos. Abren convocatorias, becas, estímulos y proclaman
inclusión, mientras la historia anual repite listas casi calcadas de los mismos
ganadores.
¿Eso es
democracia cultural o una administración cerrada del prestigio y del dinero
público?
-pregunto porque tengo mis dudas.
| Obra Los Cuadros Vivos de Galeras. Foto cortesía de Diana Gutiérrez |
En las instituciones colombianas se ha instalado una consigna peligrosa: si todo es cultura, entonces nada lo es. Al diluir el concepto hasta volverlo inofensivo, se le arrebata su función esencial: ser espacio de crítica, de conflicto y de transformación social y cultural. Una cultura que no interroga al poder deja de ser fuerza viva y se convierte en escenografía solo para decorar.
El problema no es anecdótico. Es estructural. Se ha
perfeccionado una lógica de simulacro: vender
inclusión mientras se reproduce exclusión, inflar indicadores de gestión
mientras se precariza a quienes sostienen los procesos desde abajo. En lugar de
fortalecer trayectorias reales, se multiplican cifras huecas, campañas de
autopromoción y relatos de éxito que funcionan más como ejercicios de vanidad
institucional que como políticas culturales.
La última ocurrencia roza el absurdo administrativo:
inventar una matrícula y una tarjeta profesional para gestores culturales. El
pretexto es “dar reconocimiento”. El efecto real es otro filtro excluyente,
otro mecanismo de control con disfraz técnico. Como si la creación pudiera
reducirse a un trámite notarial y la memoria colectiva cupiera en una base de
datos.
La cultura no se hace por formularios ni se gobierna
con likes. El teatro no se legitima con sellos ni con carnés: se justifica en
la escena con el público. Nadie le exigió licencia a Botero para pintar, ni
acreditación a García Márquez para escribir, ni tarjeta profesional a Vallejo
para incomodar.
¿Ahora nos dirán que una lideresa
comunitaria o un colectivo barrial no existen si no portan plástico laminado?
La doble operación es evidente. Por un lado, convocatorias que reparten recursos entre
los mismos circuitos mientras venden la ficción de la participación masiva
en el “cambio histórico”. Por otro lado, una tarjeta que excluirá a quienes no
encajen en la burocracia académica. El resultado es previsible: menos
diversidad, más control. Menos cultura viva, más cultura administrada.
Lo verdaderamente incómodo, lo irreverente, lo que no
encaja en el discurso oficial rara vez atraviesa esos filtros. Y cuando alguien
lo señala, la respuesta es siempre la misma: “no entienden el sistema”. Lo entendemos demasiado bien. No buscan
democratizar: buscan regular quién puede hablar, quién puede existir y quién
debe desaparecer del mapa cultural. ¿Coincidencia?
No lo creo.
| Programa Distrital de Estímulos. Imagen cortesía de IDARTES |
Así se condena al público a consumir proyectos asépticos,
vitrinas institucionales que lucen bien en informes de gestión, pero carecen de
riesgo, de conflicto y de pensamiento. La cultura convertida en entretenimiento
inocuo, no en espejo crítico de la sociedad.
Las preguntas son sencillas, aunque profundamente
incómodas:
¿Para quién
trabajan realmente las instituciones culturales en Colombia?
¿Quién decide qué voces son legítimas y cuáles deben permanecer marginales?
¿Se gobierna para transformar o para administrar prestigio y asegurar
fotografías oficiales?
No necesitamos otra tarjeta ni más convocatorias de
pacotilla. Necesitamos procesos reales, acceso equitativo, jurados
verdaderamente diversos, escucha honesta. Reconocer tanto la formación
académica como la experiencia comunitaria. Apostarle a la cultura viva, no al
espejismo burocrático.
En este sistema de simulación, lo grave no es que algo
huela mal. Lo verdaderamente intolerable, es que pretendan convencernos de que
ese olor es un perfume institucional heredado de gobiernos pasados.
No es la saturación de hashtags oficiales lo que indigna,
sino esta representación jactanciosa de transparencia que arrasa con lo
esencial: una cultura que nace del conflicto, de la memoria, del desacuerdo y
de la creación colectiva.
Y hay algo aún más grave. Si entendemos por cultura el
simple montaje de espectáculos vacíos, performances convertidos en cortinas de
humo mientras, se guarda silencio frente a la decadencia cultural y política,
entonces no estamos ante arte, sino ante una fachada brillante al servicio del
poder.
El Teatro de la Simulación.
Foto tomada de Getty Images
El teatro no puede seguir funcionando como alfombra roja donde se normaliza la tragedia. Está llamado a ser tribuna incómoda, espacio de memoria y de responsabilidad. No vitrina complaciente, sino lugar donde se sacuden conciencias. Porque la cultura colombiana no necesita permiso. Y mucho menos un carné.
Las convocatorias son necesarias, sí. Pero, de nada sirven
si continúan concentradas en los mismos cuatro
o cinco beneficiarios recurrentes
que monopolizan buena parte del presupuesto público. Democratizarlas de
verdad sigue siendo la tarea pendiente. Mientras tanto, lo que tenemos es una
maquinaria perfectamente aceitada de simulación: todos somos invitados a
participar, aunque el resultado esté decidido de antemano y, a dedo.
| Artefactum - Laboratorios de Cocreación e Innovación Social. Foto cortesía de IDARTES |
Basta ya de relatos épicos que no transforman nada. La cultura colombiana no está en crisis por falta de talento, sino por exceso de administración sin pensamiento y sin sensibilidad artística.
Es hora de bajar el telón sobre los funcionarios que
convirtieron el arte en burocracia y abrir otro escenario donde las políticas
culturales nazcan de los creadores y no de los escritorios de turno.
Y como coda final, no anecdótica sino reveladora: el
21 de enero del 2026, después de dos años de trabajo para construir un Plan de Acción para el Teatro Profesional
de Calle, el Ministerio de las
Culturas respondió simplemente, un rotundo: no.
Ese no, no es una decisión aislada. Es la confirmación
de una política que prefiere el silencio a la crítica, la obediencia al compromiso
y la administración a la reflexión.
Es lamentable que los recursos destinados a las artes
no se distribuyan de forma equitativa ni transparente entre las agrupaciones
con trayectoria, sino que, por el contrario, parecen estar orientados a
favorecer de manera deliberada a un grupo reducido y cercano a la nueva y
flamante ministra de Cultura.
La responsabilidad gubernamental permanece.
El conflicto de intereses continúa.
Los mismos beneficiarios de siempre
siguen ganando las convocatorias.
Los funcionarios del cambio siguen
usando otras máscaras.
El telón cae.
Pero, el sistema sigue pudriéndose en el
Teatro de la Simulación.
Sí así es, querido lector, algo
huele mal en Cundinamarca.


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