Buscar este blog

22.5.26

Actriz Nuestra, Diana Gen…, por Alexis Blanco

Actriz Nuestra, Diana Gen… Generosa, genial, genética, otra y mil veces generosa, genética, genial…Diana Labrador hizo siempre honor a su nombre, proveniente del latín y que representa la divinidad del ser, su luminosidad, “la que brilla”. Sobre el escenario siempre fue exactamente eso: disciplinada, natural, fuerte, eficaz en la resolución de sus partes interpretativas, independiente, pero, hermosa paradoja, muy al tanto del desempeño del colectivo donde interactuaba y actuaba. Disfruté, durante cuatro décadas y dele, de su donosura estética. Mujer bella, inteligente, poseída por el don de la empatía, voladora (en el sentido que Oliverio Girondo concede al término), mil y una vez dulce en sus consejos y correcciones, multiplicada, con una disciplina cuántica. Bien pudo Max Erhmann escribir su Desiderata (“DesiDianata”, decíamos Ramón Elías Pérez, su esposo) pensando en ella y su ser:

Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda la paz que puede haber en el silencio. En la medida de lo posible, sin renunciar a tus principios, mantén buenas relaciones con todos.


Habla con calma y claridad; y escucha a los demás, incluso a los necios e ignorantes; ellos también tienen su historia.


Evita a las personas ruidosas y agresivas; son una molestia para el espíritu. Si te comparas con los demás, puedes volverte vanidoso o amargado, pues siempre habrá personas mejores y peores que tú.
Disfruta de tus logros y de tus planes. Mantén el interés en tu propia carrera, por humilde que sea; es una posesión valiosa en medio de los vaivenes del tiempo.


Sé prudente en tus negocios, pues el mundo está lleno de engaños. Pero que esto no te impida ver la virtud que existe; muchas personas luchan por altos ideales, y la vida está llena de heroísmo por doquier.


Sé tú mismo. Sobre todo, no finjas afecto. Tampoco seas cínico con respecto al amor; pues, a pesar de toda la aridez y el desencanto, es tan perenne como la hierba.


Acepta con serenidad los consejos de los años, renunciando con gracia a las cosas de la juventud.


Cultiva la fortaleza de espíritu para que te proteja en la adversidad. Pero no te atormentes con pensamientos sombríos. Muchos miedos nacen del cansancio y la soledad.


Más allá de una sana disciplina, sé amable contigo mismo. Eres un hijo del universo, al igual que los árboles y las estrellas; tienes derecho a estar aquí.


Y aunque no te resulte evidente, sin duda el universo se desarrolla como debe. Por lo tanto, vive en paz con Dios, sea cual sea tu concepción de Él. Y cualesquiera que sean tus trabajos y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, mantén la paz en tu alma. Con toda su falsedad, su monotonía y sus sueños rotos, sigue siendo un mundo hermoso. Sé alegre. Esfuérzate por ser feliz…”


Pues resulta que no había podido escribir, diagramar, redactar, perfilar, proponer, resolver, nada, porque la muerte de Diana Labrador, mi cómplice, mi “esposa” (fui el “Manganzón”, de su magistral “Lucrecia”, en el Profundo, de José Ignacio Cabrujas, que estrenó Enrique León con la inolvidable Sociedad Dramática de Aficionados de Maracaibo, en la legendaria salita de bolsillo “Antonio García”, ahí en 5 de Julio, donde ahora el progreso erige una sede bancaria) me convierte en un viudo total del teatro zuliano. Henry Semprún pedía, durante las exequias, esta mañana de jueves 21 de mayo, como requisito, que uno para optar al título de “Maestro del Teatro” debía dejar secuela y escuela. Héla ahí, a nuestra maestra Dianita, disciplina pura del respirar, relajarse y concentrarse, yerta y aún llenándonos de lecciones inalámbricas de amor, disciplinado y entrega. ¡Auch! ¡Malparición! de La Parca orfebre. Yo no puedo con toda esta avalancha de recuerdos…

Desde mi corazón escucho a su dulce sobrina, Yenny Labrador, (quien, desde Utah, me anunció del desastre terrible), musitar un intento de alivio: “Mi hermosa Tía Diana, ser espiritual lleno de mucha luz brillante y clara. Su bondad la definía claramente. Su dulzura era la viva miel de una colmena. Su gran amor por el teatro le permitió formar a miles de alumnos convirtiéndose en maestra y madre de muchos de ellos. Su desempeño en las tablas era celestial. ¡Vivía a plenitud sus personajes!, así mismo, su pedagogía al momento de impartir su historia del teatro era con mucho garbo y majestuosidad. Hoy me duele muchísimo, pero me enorgullece el legado que deja como actriz, docente, directora, madre, abuela, tía y amiga fiel de muchos.

Te amo mi amada Tía Diana…”


Les cito Desiderata porque muchas veces dialogamos, Diana, Ramón Elías y yo, sobre el puto poema desde la bondad. Temprano hablé con un ser muy muy muy querido por ambos, bienamada como ella, Carla Isea, quien no dudó en también susurrarme, desde el ser y la nada, epitafios de sangre y tela:


Bajo el fuego eterno del sol marabino, Diana Labrador cinceló su existencia como una estirpe única de mujer: matriz creadora que transformó el escenario en un vientre de constante renacimiento humano. No fue solo un eco en las tablas, sino la raíz misma donde germinó la sensibilidad de nuestro terruño, un bastión de ternura y rigor que enseñó a Venezuela a leerse a sí misma a través del gesto y la palabra viva. Hoy que su silueta se funde con el horizonte del Coquivacoa, nos queda la certeza de su magisterio, ese faro que convirtió el oficio de la cultura en un santuario de dignidad y en el mapa definitivo de nuestra identidad.


Aquel retablo de madera que encendió los asombros de la infancia guarda hoy el eco de tus manos, hilandera de almas. En el latido eterno del Chímpete-Chámpata, fuiste la titiritera mayor que dio voz al trapo y al cartón, enseñándonos que la magia habita en la mirada pura. Mujer de sol y arcilla, útero del teatro zuliano, no solo moldeaste personajes sobre la escena; esculpiste el porvenir en el pecho de la juventud, sembrando en cada alumno, en cada amigo de tus amados hijos, un fuego indómito, una urgencia bendita por abrazar la belleza y la cultura.


Hoy tus pasos se mudan a un escenario eterno, y tus amados muñecos de trapo celebran tu danza definitiva, cobrando vida propia para aplaudir a su creadora, mientras en Maracaibo queda tu siembra viva: una legión de creadores que aún caminan bajo tu luz, sosteniendo el telón que tu amor dejó levantado…”



Duele recordar esas imágenes de Diana junto conmigo: “Ya va siendo la hora…(pausa) ¿Oíste?”…Y entonces llegan José Antonio García y Sergio Arria Bohórquez con este video en YouTube de las “Crónicas Desquiciadas” donde, sin piedad, desfilan mis amores desde el paraíso: Orlando Atique, Sol Sosa, Diana Labrador…Todo este teatro que soy, todo este teatro que se nos va muriendo, casi no puede ni pensar. Es una entropía bendita, un desorden cósmico de recuerdos en escena: la veo, inmensa, en El médico a palos, de Moliere, con unos apliques “mollejúos” hechos para ella por otro gigante ya ido, Javier Rondón: una inmensa narizota de látex, un moñongo a lo Amy Winehouse en algún cuadro de mi Dina Atencio, unas nalgotas del tamaño del estadio Alejandro Borges, también de látex y unas cejas “grouchomarxianas”, moviéndose con gracia “pinabauchista y verga”, en una tarimita de dos por cuatro hecha por el maestro tramoyista Jesús “Matuta” Ortega, junto con Homero Montes, Julio Álvarez y Cósimo Mandrillo, más este servidor vestido de beisbolista, mientras el Público se meaba de la risa con los disparates del genial Orlando Atique. ¡Wow!

Es decir, en esa funeraria (menester es agradecer las gestiones de Giovanny Villalobos, Keyla González y Cinthya Tariche), donde estuvimos, tarde de miércoles 20 y mañana de jueves 21, despidiéndola, ofrendándola, tributándola, al lado de este muchacho roble, Luis Ricardo Pérez Labrador, su esposa, sus sendas nietecitas, así como sus sobrinas y sobrinos, así como su vecindario de “El Cují”, solidarios y nobles, junto con nosotros, su otra excelsa y bienamada familia, la gente de teatro. Estuvimos ahí casi todos, corazón en la mano y entre lágrimas, risas nostálgicas y una necesidad inmarcesible de aplaudirla y aplaudirla y aplaudirla, ad libitum…

Dylan Blanco también estuvo, despidiendo a la abuelita de Oscuro, de noche, la pieza de Pablo García Gámez, donde ambos fueron partenaires de un elenco maravilloso e inolvidable, testigo de su disciplina y voluntad de poder: siempre llegaba, amén de puntual como su tocaya inglesa Lady Di, con unas galletitas, unos pancitos, cualquier detallito rico para el compartir la siembra y el rigor frenético de cada ensayo.

Fue por ello que ahí estuvimos, en ese adiós de liturgia ateniense-maracucha, Ángel Marín, Rafael Contreras, José Davalillo, Néstor Parra, Leonardo Isea, Estefany Salas, así como otros seres del teatro agónico: las maestras, Yazmina Jiménez, Nelly Oliver, Blanquita Basabe, Juana Inciarte, María Antúnez, Yeslany Dávila, Jiolexy Santos, mi bienamada hermana Eucaris Calmón “La Nena Queipo” (en representación de Titina Blanco y de Lina Alvarado), Laura Parra, Robert Arcaya, Arnaldo Pirela, Henry Semprún, José Molero, Carlos Guevara, Carlos Valbuena, Jon Aitor Romano, Ramón Colina, Érika Rojas y Rafael Delgado. Yazmina recomendó visitar a Ilba D’Or. Si la memoria eludió algún nombre, desde el cielo Diana le enviará un detallito olímpico, sin duda. Ella es nuestra Santa Di.

Fiel hija de la técnica “maracuchista-leninista” fundamentada en la “Poetización del Colectivo Teatral llamado Maracaibo” que patentó Enrique León Luzardo con la antológica Sociedad Dramática, Diana Labrador poseía la gracia, el talento y el duende necesarios como para moverse a sus anchas, ora en el terreno de la comedia, mucho más en el siempre abrupto y peligroso de la tragedia. El último espectáculo que reseñé de ella, La noche que pasé contigo, del mismo León, y con Doris Chávez y Molero como coprotagonistas, resultó una entrañable lección de afecto y complicidad (también de sororidad) en el escenario de la sala de la casa de Ana Arapé, en la calle Carabobo. Juan Carlos Quintino me comentaba, en la funeraria, de un nuevo proyecto que ya fraguaban las dos ex actrices “Dramáticas”.

Acompañé a Diana para ver el trabajo del maestro Romer Urdaneta (también presente durante las exequias), en su salita El Brillante. Ahí ella habló, al final del monólogo que escribiera para Romer, el poeta José Javier León. Creo que endosaré ambos videos en mi edición Cara de Libro. Y ahí vuelve a aparecer el elan, la esencia, de nuestra Diana La Generosa. Vean para que la vean.


El maestro Aníbal Grunn le escribió a Leo Isea sobre sus impresiones acerca de “Oscuro, de noche”. La mordaz mirada asertiva del maestro ex Rajatabla y pivote estelar del proyecto de Carlos Arroyo con la Compañía Nacional de Teatro, nos reporta la dimensión como actriz de Diana Labrador: “Yo eliminaría todos esos monólogos y la dejaría solo a ella, resumiendo todo lo que los otros dicen. Están a años luz de su nivel como intérprete…”.

Diana amaba la literatura tanto como el teatro. Alguna vez le regalé las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, quien, junto con la Beauvoir, Yazmina Reza, Wisława Szymborska, María Zambrano, Elena Poniatowska, Elena Garro, Elisa Lerner, Ana Enriqueta Terán, María Calcaño, Lilia Boscán de Lombardi e Indira Páez, eran parte de una élite, mucho más amplia por supuesto, de mujeres escritoras que a ella le encantaban. Desde Yourcenar despido este llanto en cascada y sin cadencia. Me faltó su música.

Dianita: “Nunca sabrás que tu alma viaja dulcemente refugiada en el fondo de mi corazón;
y que nada, ni el tiempo ni la edad ni otros amores,impedirá jamás que hayas existido.

Que la belleza del mundo ha tomado tu rostro,Se alimenta de tu dulzura y se engalana con tu claridad.Y que este lago pensativo al fondo del paisaje me devuelve solamente tu serenidad.

Nunca sabrás que llevo tu alma conmigoComo una lámpara de oro para alumbrarme el camino;Que con un poco de tu voz he compuesto una canción.

Suave antorcha, tus rayos, dulce hoguera, tu llama,Me enseñan los caminos que has seguido,Aún vives un poco ya que yo te sobrevivo.”


Alexis Blanco (El Barroco Cronista Cuántico…22 de mayo, 2026)

Convocatoria Bienal Nacional de Literatura Apacuana Dramaturgia y en la Bienal Nacional de Literatura Cesar Rengifo Ensayo Teatral 2026




 

21.5.26

Sobre el Congreso Iberoamericano de Educación: Artes para la Paz, por Carlos Rojas

 Un punto de vista

Sobre el Congreso Iberoamericano de Educación:
Artes para la Paz

por Carlos Rojas
criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía Mincultura*

Desde el 13 al 15 de mayo del 2026, el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella y el Teatro Colón de Bogotá se convirtieron en el epicentro de un encuentro continental que intentó instalar una discusión urgente sobre el presente de la educación artística y cultural en Iberoamérica.

El Congreso Iberoamericano de Educación y Formación Artística y Cultural -Artes para la Paz- reunió ministros, delegaciones oficiales, organismos multilaterales, investigadores, docentes, gestores, críticos y agentes comunitarios de más de dieciséis países en una programación que alternó paneles políticos, laboratorios pedagógicos, mesas técnicas y espacios de intercambio territorial.

El evento aspiró a consolidarse no sólo como un encuentro académico, sino también como una plataforma política para pensar el arte como herramienta de cohesión social y construcción de paz. La dimensión institucional del congreso fue evidente desde el inicio.

Conviene desconfiar del entusiasmo automático que suelen producir estas cumbres. Mientras más solemne se vuelve el discurso oficial, más visible aparece la distancia entre las declaraciones y las condiciones reales de las comunidades.

Ese fue quizá el gran núcleo silencioso del encuentro. Porque si algo quedó claro en Bogotá es que la educación artística sigue ocupando un lugar paradójico en Iberoamérica: todos la celebran simbólicamente, pero muy pocos Estados la sostienen con continuidad, infraestructura y políticas duraderas.

3ª Panel ministerial: Formar formadores para una agenda regional de educación artística. Foto: cortesía MPPC**

Las mesas ministeriales insistieron una y otra vez en conceptos como inclusión, diálogo regional, memoria, saberes ancestrales y convivencia. Nadie parecía dispuesto a cuestionar la importancia del arte dentro de los procesos educativos. Justamente allí apareció una contradicción reveladora: cuando el consenso es absoluto, el conflicto desaparece del discurso y reaparece en otro lugar mucho más incómodo.

La discusión ya no pasa por defender el valor del arte, sino por decidir quién lo financia, quién garantiza su permanencia y quién asume su presencia real fuera de los centros urbanos privilegiados.

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía Mincultura

La presencia de organismos como la UNESCO, la OEI y la CAF reforzó una visión regional donde el arte aparece asociado al desarrollo sostenible, la innovación social y la convivencia democrática.

El enfoque posee valor estratégico, aunque deja una tensión inevitable: cuando el arte necesita justificarse exclusivamente por su utilidad social, comienza también a perder aquello que lo vuelve imprevisible, incómodo y críticamente cuestionador.

Esa tensión atravesó silenciosamente todo el encuentro: el arte entendido como herramienta frente al arte entendido como experiencia irreductible. Se habló muchísimo de mediación, inclusión, metodologías pedagógicas y bienestar emocional. Mucho menos del arte como conflicto, memoria crítica, disenso o fractura simbólica.

Una formación verdaderamente transformadora no debería limitarse a producir sujetos funcionales, sino ciudadanos capaces de cuestionar los relatos que organizan el poder.

Uno de los aportes más visibles fue el de Colombia, país anfitrión y principal impulsor de la agenda “Artes para la Paz”. La ministra de Cultura y la delegación colombiana defendieron con insistencia la idea de la educación artística como derecho ciudadano y herramienta de reconstrucción del tejido social.

Raúl Cazal ministro de Cultura de Venezuela. Foto: cortesía MPPC

La creación de la Red Iberoamericana de Educación y Formación Artística y Cultural (RedArtes), así como la llamada Declaración de Bogotá, fueron presentadas como parte de una estrategia regional orientada a integrar memoria, pedagogía y participación comunitaria.

Resultó evidente que Colombia intenta posicionarse como epicentro diplomático de una nueva agenda iberoamericana. Detrás del optimismo institucional persiste una pregunta inevitable:

¿Puede una narrativa de paz sostenerse en territorios todavía atravesados por desigualdades profundas y múltiples formas de violencia?

Brasil aportó una de las perspectivas más lúcidas del encuentro. La recuperación de la Política Nacional de Cultura Viva y el fortalecimiento de los llamados “Puntos de Cultura” evidenciaron una apuesta donde la formación artística se entiende menos como instrucción técnica y más como construcción colectiva de ciudadanía y convivencia.

Las experiencias vinculadas al cordel, la xilografía y las prácticas populares del nordeste recordaron algo fundamental: las comunidades producen resistencia simbólica mucho antes de que las instituciones decidan legitimarla. Brasil defendió con claridad una idea poderosa: el arte puede convertirse en una forma de reconstrucción afectiva y política de la vida colectiva.

La presencia de Corea del Sur introdujo un contraste particularmente interesante. Frente a muchos modelos latinoamericanos centrados en memoria, violencia y desigualdad social, Corea presentó una visión altamente institucionalizada de la educación artística vinculada al bienestar emocional, la inclusión digital y la cohesión ciudadana.

A través de organismos como la Fundación Cultural Asia-Iberoamérica, dirigida por Samil Yang, el país asiático mostró cómo la formación artística puede integrarse estratégicamente a políticas públicas sobre salud mental, envejecimiento poblacional y transformación tecnológica en varias regiones de Colombia. Resultó especialmente llamativo el énfasis coreano en medir científicamente el impacto de la educación artística mediante investigaciones multidisciplinarias.

Allí apareció otra pregunta incómoda:

¿Hasta qué punto la obsesión contemporánea por medir resultados termina reduciendo la experiencia estética a indicadores de productividad emocional o eficiencia social?

España presentó quizás una de las intervenciones más sólidas en términos legislativos y académicos. La consolidación de la Ley de Enseñanzas Artísticas y el reconocimiento del Estatuto del Artista mostraron un proceso de institucionalización sostenido. La delegación española insistió en el arte como motor de inclusión, regeneración barrial y salud emocional, especialmente en contextos vulnerables.

También resultó notable el interés por responder críticamente al impacto de la inteligencia artificial y los nuevos modelos tecnológicos sobre la producción creativa y educativa. Detrás de ese avance persiste una tensión no resuelta: mientras las enseñanzas superiores ganan reconocimiento jurídico, las disciplinas artísticas continúan perdiendo espacio dentro de buena parte de la educación obligatoria.

Raúl Cazal ministro de Cultura de Venezuela. Foto: cortesía MPPC

La participación de Venezuela, encabezada por el ministro de Cultura Raúl Cazal, estuvo marcada por una narrativa de resistencia simbólica y despliegue comunitario. El discurso venezolano insistió en la democratización de la enseñanza artística, la expansión territorial y la formación cultural como mecanismo de cohesión social. La experiencia de la Misión Cultura, UNEARTE y el Sistema Nacional de Orquestas apareció constantemente como ejemplo de intervención estatal sostenida.

Más allá de las tensiones ideológicas que inevitablemente atraviesan cualquier lectura sobre el modelo venezolano, resultó interesante observar cómo Venezuela sigue defendiendo una visión donde la práctica cultural no aparece subordinada al mercado, sino vinculada a la identidad nacional y a la participación colectiva.

El riesgo, naturalmente, es que toda narrativa oficial termine convirtiéndose en un discurso autosuficiente sino permite también espacios reales para la crítica, la autonomía y el disenso.

El énfasis constante en saberes ancestrales, transmisión intergeneracional y memoria colectiva dejó momentos de enorme potencia simbólica. Asimismo, apareció una sospecha inevitable: existe siempre el riesgo de convertir esas experiencias en recursos de representación dentro de vitrinas diplomáticas cuidadosamente diseñadas. Transformar lo popular en una estética de exhibición además puede convertirse en una forma de neutralizar su potencia crítica.

Los talleres prácticos y laboratorios comunitarios fueron probablemente la dimensión más viva del encuentro. Lejos del protocolo ministerial, estos espacios permitieron observar metodologías concretas, pedagogías corporales y experiencias situadas. Allí muchas iniciativas recordaron una verdad elemental que las instituciones suelen olvidar: la educación artística no nace en los ministerios; apenas puede ser acompañada por ellos.

La creación de RedArtes fue presentada como uno de los grandes logros del congreso. La iniciativa promueve circulación regional, intercambio académico, programas de becas y cooperación pedagógica entre artistas, docentes y estudiantes de toda Iberoamérica.

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía MPPC

La OEI y la UNESCO entregaron a Colombia la presidencia y, a Portugal la vicepresidencia de la red como reconocimiento al programa Artes para la Paz. El anuncio fue recibido con entusiasmo.

Aunque conviene recordar que América Latina posee una larga tradición de plataformas impecablemente redactadas que desaparecen lentamente entre burocracias, falta de presupuesto y agotamiento institucional. Las redes no existen por decreto presidencial o ministerial. Existen cuando producen circulación real, investigación compartida y continuidad política.

La llamada Declaración de Bogotá deberá observarse con la misma cautela. Los documentos multilaterales suelen dominar un lenguaje cuidadosamente equilibrado: dicen lo suficiente para parecer transformadores y lo suficientemente poco para no incomodar demasiado a nadie.

La dimensión real de este encuentro sólo podrá evaluarse con el tiempo, cuando sea posible saber si logró traducirse en políticas sostenidas o si terminará incorporándose al extenso archivo latinoamericano de encuentros llenos de entusiasmo y escasa transformación concreta.

3ª Panel ministerial: Formar formadores para una agenda regional de educación artística. Foto: cortesía MPPC

Lo más valioso del congreso no estuvo necesariamente en sus ceremonias ni en sus consensos, sino en la evidencia de una necesidad urgente: Iberoamérica está replanteándose sus modelos de formación porque las estructuras tradicionales ya no logran responder a las transformaciones sociales y humanas del presente.

Hoy los territorios son más complejos, las comunidades viven nuevas formas de fractura y exclusión, y las tensiones contemporáneas exigen otros lenguajes pedagógicos y sensibles adecuados a la realidad y, a sus necesidades.

En medio de ese escenario, el arte aparece como uno de los pocos espacios todavía capaces de producir imaginación colectiva. Imaginar no basta. También hace falta transformar las estructuras que limitan esa posibilidad. Tal vez esa sea la imagen más honesta para cerrar este encuentro: no la de una celebración triunfalista, sino la de una suspensión crítica.

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía MPPC

Durante tres días, ministros, organismos multilaterales, gestores y académicos coincidieron en defender el valor del arte como herramienta de cohesión social y construcción de ciudadanía. Detrás de ese acuerdo apareció una evidencia incómoda: la educación artística continúa siendo celebrada en el discurso mientras sigue ocupando un lugar secundario en las prioridades presupuestarias y en la vida concreta de millones de personas.

Ese desfase entre el reconocimiento simbólico y la fragilidad estructural sigue definiendo buena parte del destino de la educación artística en Iberoamérica. Porque el verdadero dilema nunca ha sido declarar que el arte importa. El conflicto aparece después: cuando toca decidir si merece presupuesto, continuidad, formación docente y presencia efectiva fuera de los grandes centros institucionales.

El arte puede contribuir a la paz, sí. Pero, pierde sentido cuando se le exige únicamente producir armonía, bienestar emocional o consenso. Conserva su potencia cuando incómoda, interrumpe relatos dominantes y hace visibles las fisuras que las instituciones públicas y privadas prefieren administrar antes que resolver.

Carlos Rojas y Raúl Cazal ministro de Cultura de Venezuela. Foto: cortesía MPPC

RedArtes y la Declaración de Bogotá abren una posibilidad importante para la cooperación regional. Ninguna red sobrevive gracias al entusiasmo de su inauguración. Sobreviven aquellas capaces de sostener circulación real, pensamiento compartido y políticas culturales que resistan el desgaste burocrático y los cambios de gobierno.

Desde Bogotá me despido y cierro esta bitácora con una impresión que atravesó silenciosamente todo el encuentro: quizás la discusión de fondo ya no sea únicamente cómo financiar la educación artística, sino qué tipo de sociedad necesita justificar el arte exclusivamente por su utilidad social. Porque toda política cultural termina revelando, inevitablemente, una idea de ciudadanía, de memoria y de poder.

Y tal vez esa sea la pregunta más incómoda que dejó este congreso: si Iberoamérica realmente dice apostar por la paz, la inclusión y la democracia formativa, ¿está preparada para sostener una educación artística capaz no sólo de reconciliar, sino también de cuestionar las estructuras que producen exclusión, desigualdad y silencio?

 CR (@mipuntocritico)

Agradecimientos al Congreso Iberoamericano Artes para la Paz; al Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia y a la ministra Yannai Kadamani; al Ministerio del Poder Popular para la Cultura de Venezuela y al ministro Raúl Cazal; a Mónica Sánchez por las fotos, a Prensa MPPC; a Katherine Hinojosa; a Ignacio Barreto; a Universidad Nacional Experimental de las Artes; y a Jhoel Hiram Arellano Carrero, por la colaboración y el acompañamiento durante la cobertura del congreso.

Todas las fotografías son cortesía de prensa: *Mincultura y del **MPPC © 2026.

El teatro de luto con la partida de la maestra Diana Labrador, por Jesús Eduardo Espinoza

 El último mutis de la dama de la escena zuliana:

El teatro de luto con la partida de la maestra Diana Labrador.

 

Por Jesús Eduardo Espinoza           

El movimiento teatral del Estado Zulia y de Venezuela hoy se visten de luto y envuelven en un profundo silencio ante la repentina partida de una de sus figuras más preclaras: la actriz, directora, docente y gerenta cultural Diana Labrador.  Se ha despedido del plano terrenal una auténtica dama del teatro, recordada no solo por su elegancia natural al vestir y la belleza de su voz, sino por la rigurosa disciplina y la alta responsabilidad con la que asumió el arte escénico como un canal de comunicación e identidad. 

Su historia está ligada a las páginas doradas del teatro regional. Diana dejó una huella imborrable en la Sociedad Dramática de Maracaibo, bajo la dirección de ese otro gigante y precursor de la dramática que nos dejó hace poco más de dos años: el maestro Enrique León. Bajo su tutela, Diana encarnó personajes memorables, formando parte de una generación de oro que convirtió a Maracaibo en faro teatral. 

Fiel a su pasión, la vida le permitió a Diana despedirse haciendo lo que amó desde que era una niña. Recientemente, brilló con luz propia en el montaje de la obra Oscuro, de noche, del dramaturgo venezolano Pablo García Gámez, producida por la Compañía Residente Baralt Teatro bajo la dirección de Leonardo Isea. Su interpretación de Mercedes, la abuela de Kenny, junto a un elenco de primera línea, fue el broche de oro de su carrera. Con este montaje, Diana viajó a Caracas para presentarse con rotundo éxito en el Teatro San Martín durante el Festival de Teatro Venezolano 2026. Dios y el teatro le concedieron el hermoso privilegio de culminar sus sueños en la plenitud de las tablas. 

Más allá del escenario, su vocación la llevó a la gerencia y a la formación como directora de la Escuela de Teatro Inés Laredo. Allí volcó sus conocimientos, manteniendo viva la llama de la academia para las nuevas generaciones de creadores.  

La maestra Diana Labrador, nacida en septiembre 1948 y fallecida el miércoles 20 de mayo 2026, es considerada una de las instituciones artísticas más completas de la región. Su carrera abarca más de cinco décadas de labor ininterrumpida.

Conocida por su faceta de actriz fue una auténtica mujer del renacimiento teatral; su praxis no se limitó al oficio como primera actriz. lo que de por sí es un logro.  De impecable técnica vocal, sus intervenciones destacan por la elegancia en escena y su versatilidad: actuó tanto en drama clásico como en comedia, títeres, cine y televisión, además de ser licenciada en letras.  Se desempeñó como directora y dramaturga, oficios en tradicionalmente reservado a figuras masculinas: escribió y adaptó numerosas piezas, especialmente dirigidas al público infantil y juvenil.

Esta multifacética figura incursiona en la docencia y gerencia cultural:  fue profesora de Historia del Teatro y directora de la Escuela de Teatro Inés Laredo, donde asumió las riendas de la institución en 1995. 

Esta querida actriz participa en numerosas obras de teatro y de cine. Su carrera actoral se dividió entre los grandes colectivos de la región, como la mítica Sociedad Dramática de Maracaibo, el Teatro María Calcaño y Baralt Teatro.  Con la Sociedad Dramática de Maracaibo, participa en Profundo, de José Ignacio Cabrujas, y en uno de sus trabajos más recordados, bajo la guía de Enrique León, Romeo y Julieta, versión de Enrique León; Gardel en el Hotel Granada y Traje de etiqueta; El médico a palos y Pedro Rimales en las etapas de finales de los 70 e inicios de los 80. Con el grupo María Calcaño forma parte del elenco de Entre la luna y los hombres y Te estoy mirando, amor.  En el cine regional intervino en películas y cortometrajes fundamentales para la filmografía del Zulia tales como: ¿Sabes quién soy? cortometraje de Manuel Mundo; Lossada Girasol en 1993, de Rafael Araujo; Piragua del sur, 1996, de Ricardo Ball; Holiday Inn, 1998, de Nerio Araujo.  Su obra de despedida de la escena es Oscuro, de noche en 2025, de Pablo García Gámez.

Hoy queda el dolor de su sorpresiva ausencia, pero nos reconforta el calor de su memoria. Diana Labrador no se ha ido; habita en el aplauso eterno, en las aulas de la Inés Laredo y en cada rincón del teatro zuliano que tuvo la fortuna de verla brillar. El teatro continúa porque Diana queda en la memoria de familiares, amigos y la admiración de los teatristas de Maracaibo y Venezuela.

Descanse en paz, maestra.  

 

12.5.26

El arte de estar solo en escena: Monólogos, soliloquios y unipersonales del Caribe, por Carlos Rojas

 Un punto de vista
El arte de estar solo en escena:
Monólogos, soliloquios y unipersonales del Caribe

por Carlos Rojas*

Especial para Miradas al Escenario

Alejandro Miguez en Salsa, tango y locura de Carlos Canales.

Para hablar del arte de colocar una voz en soledad, de habitar un cuerpo sin la presencia del otro, de resistir el espacio vacío sin más herramientas que la palabra, el gesto y la memoria, este género teatral encuentra en el Caribe una zona de intensidad particular que desmonta cualquier lectura superficial del monólogo, soliloquio y en especial del unipersonal.

Estas tres dramaturgias provenientes de Cuba, República Dominicana y Puerto Rico, revelan un teatro que no se conforma con entretener, sino que se instala en la incomodidad, en la fractura, en ese lugar donde el intérprete deja de representar para exponerse.

Hablemos del monólogo, en estos casos, no es un recurso práctico ni una solución de producción: es una decisión estética y política que obliga a mirar de frente aquello que el discurso colectivo suele disolver.

Y si algo queda claro al atravesar obras como Salsa, tango y locura, Las penas saben nadar y A veces grito que aquí analizamos, cuando están sostenidas por una escritura rigurosa y una visión escénica consciente, se convierte en un dispositivo de disección brutal de la identidad, la memoria y la locura, entendida no como patología aislada sino como síntoma social.

En Salsa, tango y locura, del dramaturgo puertorriqueño Carlos Canales (Río Piedras, Puerto Rico; 1955), lo que se construye no es simplemente la historia de un individuo, sino una maquinaria dramatúrgica que tensiona constantemente al espectador entre la empatía y el juicio, entre la risa y el desasosiego, evitando con precisión lingüística cualquier tentación de convertir el relato en una lección moral.

La obra, ganadora del Premio Nacional de Teatro y Dramaturgia de Puerto Rico, no se instala en el didactismo ni en la comodidad del mensaje cerrado, sino que apuesta por la complejidad de un personaje llamado: Freddy Nivelito que encarna, en su desmesura, una acumulación de fracturas sociales, resentimientos históricos y pulsiones autodestructivas que lo convierten en algo más que un individuo: en una metáfora viva del colapso.

Canales demuestra nuevamente una notable capacidad para seducir desde su escritura, pero no desde la palabra complaciente, sino desde la precisión irónica, desde un manejo del humor que no busca aliviar sino tensar, revelando cómo lo grotesco y lo trágico coexisten en una misma respiración.

La estructura de la teatralidad se configura como un rompecabezas emocional que rehúye la linealidad y se instala en una lógica fragmentaria, donde los recuerdos, las justificaciones y los fantasmas del personaje se entrelazan hasta construir una atmósfera asfixiante que obliga al lector/espectador a tomar una posición.

No hay absolución posible, pero tampoco condena explícita: la obra delega en el público la responsabilidad de decidir quién es Freddy, y en ese gesto se produce uno de sus mayores aciertos, desde la inestabilidad emocional de un personaje que se desplaza entre la confesión y la negación, entre la lucidez y el delirio.

Salsa, tango y locura se instala, así como un unipersonal que no se agota en su anécdota, sino que persiste como una experiencia incómoda, como un espejo que devuelve una imagen deformada, pero reconocible de una sociedad que no logra reconciliarse consigo misma, pero ha aprendido a vivir con ella.

Olga Bucarelli en Las penas saben nadar. Foto: Dantes-Castillo.

Por su parte, Las penas saben nadar, del dramaturgo cubano Abelardo Estorino (1925-2013), se sitúa en un registro distinto, pero igualmente incisivo, desplazando el foco hacia el interior del propio teatro para desmontar sus mitologías y exponer, sin concesiones, la fragilidad de quien lo habita.

Aquí la figura central es una actriz en decadencia que irrumpe en escena, botella en mano, interrumpiendo la representación prevista de La voz humana de Jean Cocteau para apropiarse del espacio y convertirlo en un territorio de confesión donde lo autobiográfico y lo ficcional se contaminan hasta volverse indistinguibles.

El autor construye un texto que oscila con una madurez notable entre la comedia amarga y la tragedia íntima, evitando cualquier clasificación simplista de género y apostando por una dramaturgia que se sostiene en la tensión constante entre el humor y el dolor, entre la lucidez y la autocompasión.

La protagonista no busca redimirse ni justificar su caída; se expone, se contradice, se exhibe en su vulnerabilidad más cruda, obligando al lector/espectador a confrontar no sólo la decadencia de una artista, sino la precariedad misma de la vocación cuando el reconocimiento desaparece.

El alcohol, lejos de ser un elemento anecdótico, funciona como un dispositivo simbólico que atraviesa la obra, evidenciando la necesidad de anestesiar una memoria que insiste en aparecer fragmentada, cargada de frustraciones, amores fallidos y decisiones irreversibles.

La relación con el público es directa, casi violenta en su honestidad, eliminando cualquier distancia protectora y convirtiendo al espectador en testigo incómodo de un proceso de desmoronamiento que no se resuelve en catarsis sino en una forma de lucidez devastadora.

En ese sentido, Las penas saben nadar se configura como un ejercicio de verdad escénica que desmitifica el teatro desde dentro, revelando que detrás del aplauso y la representación existe una humanidad frágil, contradictoria y profundamente sola.

Freddy Ginebra autor de A veces grito. Foto Cortesía Casa de Teatro.

Finalmente, A veces grito, del dominicano Freddy Ginebra (Santo Domingo; 1944), introduce una dimensión aún más visceral al colocar al personaje en un límite donde la razón y el delirio se entrelazan sin posibilidad de separación clara, construyendo un relato que se sostiene en la urgencia existencial y en la necesidad desesperada de encontrar sentido en medio del caos.

Juan, el protagonista, no se presenta como un caso clínico ni como un símbolo abstracto, sino como un ser atravesado por una historia personal y colectiva marcada por la violencia, la represión y la fractura familiar, en un contexto que remite a las sombras del régimen de Rafael Trujillo.

Monólogo de carácter minimalista, lejos de empobrecer la experiencia, concentra la atención en el cuerpo del intérprete y en su capacidad para transitar entre estados emocionales extremos, utilizando elementos aparentemente simples: un banco, unos zapatos como extensiones de una subjetividad en constante tensión, sino que expone con mayor crudeza la fragilidad de un sujeto que intenta aferrarse a los restos de su infancia como única zona de sentido posible.

La estructura argumental del texto se articula como un proceso de exorcismo donde el personaje se enfrenta a sus propios fantasmas, negando y afirmando simultáneamente cualquier posibilidad de creencia, en una tensión que atraviesa toda la obra y que evita caer en soluciones simplistas o discursos redentores.

Lo más inquietante de A veces grito es su capacidad para desplazar la mirada del lector/espectador, obligándolo a cuestionar la noción misma de locura y a reconocer que el verdadero extravío no radica en perder la razón, sino en perder todo aquello que da sentido a la existencia, a la vida misma.

En ese desplazamiento se produce el verdadero impacto de la escritura dramática, que deja de ser la historia de un individuo para convertirse en una interrogación abierta sobre los límites de la cordura y la responsabilidad colectiva frente al sufrimiento ajeno.

***

Como conclusión diré que, estas tres piezas caribeñas no sólo confirman la vigencia del monólogo como género teatral, sino que lo reivindican como uno de los espacios más radicales para la exploración de la condición humana, despojándose de cualquier connotación menor y devolviéndole su potencia como herramienta social y teatral.  

En ellas, el unipersonal no es un refugio ni un atajo, sino un terreno de riesgo donde la escritura, la dirección y la interpretación escénica se ven obligadas a sostenerse sin artificios, exponiendo con crudeza las tensiones sociales, políticas y emocionales que atraviesan sus contextos y sus propias realidades.

Lejos de la superficialidad o del entretenimiento fácil, estas tres escrituras escénicas fundamentales en la dramaturgia contemporánea caribeña proponen una experiencia que interpela, incómoda y permanece, recordándonos que el teatro, cuando se asume con rigor y compromiso, sigue siendo un lugar donde es posible pensar, sentir y confrontar aquello que preferimos evitar sin importar de qué latitud provenga. Así de claro, es el arte de estar solo en escena, querido lector.

CR (@mipuntocritico)

*Carlos Rojas. Crítico e Investigador teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).  

11.5.26

Cuando la selva, el llano, y las palabras se hacen grito, por Jesús Eduardo Espinoza.

 Cuando la selva, el llano, y las palabras se hacen grito: El rugido de Gallegos que estremeció e impactó a los espectadores en el 
Teatro Baralt de Maracaibo.

Foto: Lolimar Suárez Ayala

Por: Jesús Eduardo Espinoza.

La Fundación Rajatabla, en alianza con la Editorial Sarrapia, presentó la obra teatral Rómulo Gallegos: Selva, Llano y Palabra. Esta pieza es un homenaje a la vida y obra del escritor venezolano Rómulo Gallegos, centrada en el proceso creativo detrás de sus novelas más enblemáticas: Doña  Bárbara y Canaima.  Aquí los detalles clave de la puesta en escena: La obra, escrita por Yoyiana Ahumada, explora los pasillos creativos de Gallegos, mezclando su vida real con su esposa Teotiste y la ficción de sus novelas. Personajes como Doña Bárbara, Santos Luzardo y Marisela invaden la cotidianidad del autor.  La dirección general es de Marisol Martínez.  El elenco conformado por: Jesús Das Mercedes (Rómulo Gallegos), Rebeca Herrera (Teotiste) y Margareth Aliendres (Doña Bárbara).  La obra se presentó el viernes 8 de mayo en el Teatro Baralt (con una función pedagógica en la mañana y función general a las 6:00 p.m.).  La producción tiene previsto visitar varias ciudades del país.  La propuesta es un recorrido multisensorial que integra música en vivo (a cargo de Carlos Conde "Washé"), danza y tecnología; además subraya la vigencia del compromiso social de Gallegos y su visión de la naturaleza venezolana

Qué espléndida crónica nos ofrece sobre este encuentro teatral en Maracaibo. Su descripción no solo detalla el evento, sino que captura la esencia misma de lo que significa llevar la literatura al escenario: esa "historia viviente" que menciona.

Es fascinante cómo la propuesta creadora de la inteligente investigadora y dramaturga Yoyiana Humanda (a través de la dirección de Martínez) logra humanizar la figura de Rómulo Gallegos, presentándolo no como un busto de mármol, sino como un creador sumergido en su proceso, tejiendo la realidad de los llanos con la  realidad y lo sublime de sus personajes. Y una pantalla gigante que no fue recreando los paisajes geografico de cada escena de la historia.

A partir de su enriquecedor análisis, se pueden destacar varios puntos clave que hicieron de esta experiencia algo significativo para la comunidad artística y estudiantil zuliana y, por supuesto,  la presencia de teatristas entre: dramaturgos, criticos, directores teatrales, actores, para presenciar un trabajo digno ejemplo de un buen teatro como se ha caracterizado la agrupacion  de Teatro Rajatabla durante muchos años en sus  diapositivos  escenograficos, efectos especialesy los distintos planos de luces para darle vida a la acción dramática que ha permitido la belleza de los personajes en escena. Si hay algunas escenas en que se perdía el ritmo dialogado y el volumen de la voz por lo cual es necesario una revisión de parte de la directora.

Foto: Lolimar Suárez Ayala


El Teatro como herramienta pedagógica

Es notable la asistencia masiva de estudiantes, especialmente de la Escuela de Teatro Inés Laredo. En la representación de la dramaturga Lolimar Suarez, Grupo de teatro Titilar, a cargo del director teatral Willian Quiroz y más de 300 estudiantes de distintas instituciones educativas. Para un estudiante de artes escénicas, ver cobrar vida a los personajes de Doña Bárbara o Canaima es una lección de análisis de texto en movimiento. El teatro permite que el conflicto dramático, que a veces parece lejano en el papel, se vuelva tangible y emocionante.

La dualidad del creador

La imagen de Gallegos al lado de su esposa, frente a la máquina de escribir, mientras sus personajes lo rodean, resalta la dimensión humana del escritor. Muestra que las grandes obras venezolanas no nacieron de la nada, sino de una observación profunda de nuestra geografía y nuestra gente.

La estética de Rajatabla

La mención a la planta actoral joven y al uso de recursos modernos (como la pantalla gigante para los paisajes y efectos) confirman que el Grupo Teatral Rajatabla sigue apostando por una puesta en escena dinámica que conecta con las nuevas generaciones sin perder la rigurosidad histórica de los vestuarios y la atmósfera de la época.

Foto: Lolimar Suárez Ayala

El impacto en Maracaibo

El lleno total en el Teatro Baralt es un testimonio de la sed cultural de la ciudad. Ver a maestros, agrupaciones como Titilar y jóvenes compartiendo un espacio para reflexionar sobre la obra de Gallegos fortalece la identidad nacional y regional.

Las obras de Gallegos que son mencionadas forman un mapa fundamental de Venezuela:

Doña Bárbara: El conflicto entre la civilización y la barbarie en el llano.

Canaima: La lucha del hombre contra la selva y la explotación del caucho.

Pobre Negro: Una mirada profunda a las tensiones raciales y sociales.

La hora menguada: Una joya de la narrativa corta sobre la culpa y el drama familiar.

Sin duda, este tipo de montajes son los que mantienen viva la llama de nuestra dramaturgia y aseguran que el legado de autores como Gallegos no se quede solo en las bibliotecas, sino que siga latiendo sobre las tablas.

¡Gracias por compartir esta valiosa reseña!

Maneras de mirar

Maneras de mirar

Miradas al escenario nace como resultado  del taller de Crítica Teatral organizado por la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela durante e...