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27.8.26
¨Miradas al escenario¨ El blog que visibiliza las artes escénicas venezolanas (Correo Cultural).
23.8.26
Maracaibo: Despedida al artista José Luis Reyes, por Alexis Blanco
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| Foto atribuída a Silvana Meneses (+) |
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN Mateo 16,
13-20. En aquel tiempo cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo hizo
esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del
hombre?" Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan el
Bautista; otros que Elías; otros que Jeremías o alguno de los profetas".
Luego les preguntó: "Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?" Simón Pedro
tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías el Hijo de Dios vivo".
Jesús le dijo entonces: "¡Dichoso tú Simón hijo de Juan porque esto no te
lo ha revelado ningún hombre sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo
a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes
del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los
cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que
desates en la tierra quedará desatado en el cielo". Y les ordenó a sus
discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
PALABRA DEL SEÑOR
Asido a mi tirso, mi propio esqueleto sangrado,
a mis ideas hechas reflejos de los volares de once mil COLIBRÍES AZULES, les
anuncio que de corazón estoy llegando. El viernes pasado, en el insólito salón
“Américo Gollo Chávez”, de la Biblioteca Pública “María Calcaño”, propiciamos
un milagro del cual, libre Espíritu Santo, hecho Padre, vuelto Hijo, nuestro
hermano del alma ilustre, JOSÉ LUIS REYES, viajó hacia esa morada de los dioses
guajiros, honorables admiradores de su sangre…Permítanme, por favor, ofrendarles
estas letras, largas como al camino al Jepirra, que preparé por honor y gloria.
Mi bienamado actor y periodista, tocayo y vecino, José Antonio “Cheo” García,
me sigue:
Maracaibo despidió al artista José Luis Reyes
en su segundo velorio, en la Biblioteca “María Calcaño”.
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| Foto: Juan Guevara |
Los compadres, Ender Colina y Alexis Blanco,
junto con el maestro Omar Muñoz Ramírez, auspiciaron la puesta en escena de
este singular y muy sentido homenaje de la ciudad para uno de sus mejores
artífices. Al periodista colaborador de Noticia Al Día, se le colaron estos
apuntes, clave para comprender:
¡GRACIAS…!
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| Foto: Juan Guevara |
Estuvieron geniales, ambas…Esa es la verdad y
la esencia de La Tonalidad del Pensamiento. Si observan bien los cuadros de
José Luis Reyes, especialmente los dibujos en blanco y negro, encontrarán y
entenderán la dualidad de tonos que ustedes lograron aquí, esta mañana. Claudia
Roncajolo: esa sois vos: ese es tu tono registrado para esta sesión. No pude
impedir ese error de imponer un micrófono.
Donatella Sambiagio: esa sois vos: registraste
un vibrato conmovedor donde la solemnidad del rito fúnebre elevó la energía
invocada. Una hermosa cantiga.
Me siento feliz y agradecido de haber realizado
esta performance tan llena de verdad y de luz.
Romer Urdaneta y Yajaira Azuaje parecieron cómo extender el rigor y la fuerza de nuestra propuesta. Nada como Federico García Lorca para cerrar un homenaje de esta dimensión y naturaleza. Hemos ofrendado una absoluta ronda de belleza y de magia. Las lágrimas de mi ahijada Fabiana y de la viuda del Reyes, Luciana Barros y sus dos nietos redondean esta historia de seis años, camino al Jepirra.
¡Viva el arte! ¡Viva José Luis Reyes! Gracias
una y mil veces. El espíritu del Chino Víctor Valera Mora, nos refrenda: “Yo no
voy a morir nunca / Yo no voy a vivir siempre”. Hasta siempre José Luis Reyes,
hermano bienamado…
He aquí el texto ad hoc:
1.-(Abre Donatella…)
Termina Donatella…Entonces MIRA a Alexis… (Esa
mirada cómplice es el pie de entrada. Será muy importante nuestro JUEGO DE
MIRADAS) Entra Alexis…
-Elegía para José Luis Reyes en su último
entierro…Réquiem de un pájaro en El Empedrado…
Esta mezcla dibujada de alas extendidas donde
registraré mi fraternal amor hecho saudade, más un macerado sentido del honor y
el orgullo vertidos en el cuenco infinito del cielo llorando, reporta estas
letras mías, nuestras, suyas, consagradas a honrar la memoria viva de José Luis
Reyes, hermano, poeta, padre de familia, gremialista fundador de talleres
creativos para niños hiperactivos, voraz lector y apasionado hombre de trazos y
de cantos. Esta mañana de viernes intentaré esbozar las líneas maestras de un
homenaje que, como ciudadano habitante de una ciudad de hielo caliente,
necesitamos realizar, a un lustro de su muerte, emulando los mobituarios
ancestrales guajiros, donde a los difuntos bienamados se les honra
preparándoles un último vuelo hacia el Jepira, es decir, el paraíso del
trópico.
2.-(Alexis MIRA a Claudia, quien canta su
canción…Al culminar MIRA a Alexis…)
-José Luis Reyes aprendió a dibujar, tenaz y
concienzudo, las alas y el plumaje de esas aves míticas en cuyos ojos puede
avizorarse el destino de toda una raza. Este texto pretende ser, en principio,
como una brevísima conferencia sagrada donde dibujo esa, mi relación mágica con
la esencia de un maestro de la vida breve, noble, grata, fecunda…
3.-(Alexis MIRA a Donatella y ésta interviene,
con su arte…Al terminar MIRA a Alexis)
-Tendría que revelar una clave secreta: desde
el fondo tendríamos que escuchar alguna de esas composiciones de Ludwig van
Beethoven, muy parecidas a las zarabandas, aquellas danzas barrocas de ritmo
lento, cuyo esplendor acompasa la grandeza de los Johann Sebastian Bach o Georg
Friedrich Händel. He escrito este obituario final para un hombre extraordinario
que, al marcharse a vivir en el campo (desde Maracaibo hacia El Empedrao,
pueblito del estado Lara donde aún reposan sus cenizas), supo comprender al genial
y revolucionario músico sordo, el que cantaba a la Alegría, para quien vivir en
el campo se constituyó en “una necesidad vital y su mayor fuente de consuelo
espiritual”. Así como para Beethoven, en José Luis Reyes el aislamiento en la
naturaleza se convirtió en su refugio principal para crear mientras respiraba
sereno hasta relajarse de las presiones de un mundo vil e insensible. Solo el
amor era su lazo para mantener su alma aquí.
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| Foto: Juan Guevara |
4.-(Alexis MIRA a Claudia, quien, tras terminar
su parte, devuelve el guiño…)
-Ese amor construido con ardiente paciencia:
junto con su amada inmortal, Luciana Barros, el maestro inolvidable procreó
tres creaturas con una voluntad de poder propio de su perfil anarquista:
libres, soberanas e independientes, amén de responsable con sus talentos.
Paola, Fabia y Camilo, llevan en su sangre y en sus neuronas esa magia donde
convergen su inteligencia, su sensibilidad y un agudo vital ejercicio del
sarcasmo como reflejo de una tremenda vocación “Hegeliana”. Ellos tres, con sus
sendas familias y prole, representan el más puro acto de amor (a lo Humberto
Maturana y su autopoiesis) que podamos encontrar para representar el espíritu
de José Luis Reyes.
5.-(Alexis mira con complicidad de ensueño a
Donatella, quien, sosteniendo esa mirada, deja “hablar” a su flauta. Termina su
tema. Deja de tocar y evidencia el juego de MIRADAS)
-Con cierto afán “Borgeano”, junto con nuestra
inolvidable Silvana Meneses, con quien ha de compartir en el morado mundo,
muertos de la risa, estas notas mías que emulan las de Byung Chul Han y su
conferencia sobre Robert Schumann, en “La tonalidad del pensamiento”, compartí
decenas de larguísimas y muy bien servidas conversas sobre el azar de la
creación y su trascendencia e impacto en el corazón y mente de las personas. Me
atrevo a comparar el espíritu de Schumann con el de José Luis Reyes cuando escribo:
“Las sinfonías de Schumann son como una persona que no encaja en la sociedad,
que piensa de otra forma, que se viste de otro modo”. Cuando partió en la
húmeda barca de Caronte, publiqué unas notas impregnadas de aquella música en
palabras que componíamos montados “en slalom por la cola de la noche”:
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| Foto: Juan Guevara |
6.-(Alexis MIRA a Claudia, quien sostiene la
mirada “y la traslada” hacia su guitarra, dejándola sonar, en Solo, durante un
par de minutos, antes de arrancar con su canción. Termina, DEVUELVE LA MIRADA a
Alexis, quien prosigue):
-JOSÉ LUIS REYES...Entre relámpagos mi
bienamado hermano de las madrugadas maracucho-realvisceralistas anunció anoche
su partida hacia el morado mundo...Aunque recién supe de la infausta cantiga,
había estado soñando con él, con su tenaz vocación de lobo solitario, de pájaro
solitario. No necesitó de urbes enloquecidas (vivió en la esquina cáustica de
Delicias con C2) ni de los parajes agrestes donde llegó para sembrarse, para
ejercer su soledad con monástica certeza. Aunque en verdad nadie llamaría
soledad a esa poblada fantástica y fantasiosa que anima el mundo interior de un
artista. Mucho menos si ese artífice ejerce también el oficio del shamán
alucinado. José Luis lo era...
7.-(Alexis vuelve al JUEGO DE LAS MIRADAS,
tanto a Claudia como a Donatella, quienes harán en esta parte su “dueto de dos
en antinomia”, jejeje. Esto quedará lindo como ellas “ambas dos”:
-Desde que marchó el maestro poeta, Blas Perozo
Naveda, no ceso de extrañar a mis muy pocos hermanos de la desesperación
embellecida. Releo a mi cómplice en decenas de apuntes que tomaba al vuelo
durante conversas o emisiones de Lector Público. Y comprendo esa lección de
reconocernos mientras vivamos. Con José Luis garabateé muchos textos mientras
él dibujaba, tenaz y conspicuo, sus guacamayas cósmicas y sus secretos
caligramas con barajas. Ahora muto en solitario por ese paisaje lejano, crepuscular,
bucólico y definitivo, donde sus cenizas maquillan este transido homenaje que
sus hermanos le ofrendamos. Los relámpagos y la lluvia con sus truenos
continuarán llorándole. A veces siento miedo de ya no poder ya más llorar. Es
el blues de la pandemia, aunque el maestro José Luis cedió ante los desplantes
de sus riñones y no ante las miserias cruentas del C19...
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| Foto: Juan Guevara |
8.-(Alexis se une a Claudia, quien ha tocado
del lado izquierdo del espacio escénico y Donatella, del lado derecho, vista
desde el Público. Desde ahí, dice la última parte. Cuando termina ya ellas han
vuelto a tocar, bis, ese tema que marcará el Final del CONCIERTO/CONFERENCIA).
-En cierto modo José Luis no se ha marchado.
Seguirá allá, con su voz de trueno y sus ojos de relámpago...Dios le invitará a
fumar...Nuestro compadrex, Ender Colina, me ayuda ahora a despedirlo por última
ocasión:
"Entre cromáticos pájaros y bajo las hojas
de un platanal, José Luis Reyes pinta sus últimas cartas".
Desde esas cartas, esos pájaros, ese espíritu
libre, le cantamos…
Donatella Sambiagio, Flautista por gracia de
Dios…
Claudia Roncajolo, Actriz trovadora, por
Ventura de Dios…
Alexis Blanco (El Barroco Cronista Cuántico)
Hermano de José Luis Reyes, por virtud de la Mamá de Dios…
Maracaibo, agosto 2026.
20.8.26
Lagunillas: TEPA, un palafito teatral
La
iniciativa Misión Cultura abre el telón al taller de formación y exploración
escénica TEPA, un laboratorio teatral diseñado para los adultos mayores de la
comunidad. La propuesta se desarrollará en la Casa de la Cultura "Don
Otilio Miquilena", apostando por la pedagogía teatral comunitaria y el
rescate del patrimonio inmaterial.
Desde la perspectiva del hecho teatral, la estructura del palafito es diálogo directamente con el cuerpo y la trayectoria del adulto mayor: ambos encarnan el horcón firme que sostiene la memoria, la adaptabilidad ante el entorno y la belleza orgánica que deviene del paso del tiempo. A través del entrenamiento actoral adaptado, el trabajo vocal, la improvisación y la oralidad, los abuelos y abuelas construirán dispositivos escénicos que transforman sus vivencias en dramaturgia viva.
El taller se concibe como un espacio de montaje y convivencia activa, donde el escenario se convierte en el cuerpo de agua que resguarda la identidad y las raíces de la región.
El taller,
sin costo alguno, se reunirá los días miércoles a las 5:30pm. Información: 0426-8611659 en la Casa de la
Cultura “Don Otilio Miquilena, Lagunillas.
J. Camacaro
18.8.26
Bogotá: La Ópera de los Caricatos, por Carlos Rojas
Un punto de vista
Una reflexión sobre la guerra a propósito de La Ópera de los Caricatos
Especial para Miradas al
Escenario
| Obra: La Ópera de los Caricatos. Dir. Raúl Cortés |
Vivimos una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. No habíamos visto tantas imágenes de la guerra y nunca había sido tan fácil entender aquello que la hace posible. Cada día las pantallas muestran ciudades destruidas, desplazamientos masivos, cadáveres cubiertos por mantas, edificios reducidos a escombros y niños que aprenden demasiado pronto el significado del miedo y del terror.
La
violencia se ha convertido en un morbo continuo de información, en una sucesión
de titulares consumidos con la misma rapidez con la que son reemplazados por
otros. El horror permanece; nuestra capacidad para detenernos a pensarlo, en
cambio, parece disminuir al mismo ritmo en que aumentan las imágenes que lo
registran.
Esta
contradicción obliga a formularme preguntas incómodas:
-¿Qué
puede hacer todavía el teatro frente a una realidad que parece desbordar
cualquier representación? ¿Tiene sentido escribir una obra sobre la guerra
cuando el horror circula a diario por teléfonos móviles, noticieros y redes
sociales?
La
respuesta no consiste en competir con los medios de comunicación. El teatro
jamás podrá reproducir la espectacularidad de una explosión ni la inmediatez de
una transmisión en directo. Su fuerza reside en otro lugar. Allí donde la
investigación apenas exhibe los hechos, la escena intenta comprender las
condiciones que los hacen posibles.
El arte
dramático ha acompañado los momentos de mayor crisis de la civilización.
Esquilo escribió Los persas pocos años después de las Guerras Médicas y
convirtió a los vencidos en protagonistas de una tragedia destinada a
interrogar el precio de la victoria. Shakespeare descubrió que detrás de cada
batalla se ocultaba una voluntad desmedida de poder.
Goya
entendió que el horror no necesitaba héroes para manifestarse y dejó en Los
desastres de la guerra una de las visiones más descarnadas de la violencia
moderna. Ninguno pretendió ilustrar un acontecimiento histórico. Todos buscaron
comprender qué ocurre con el ser humano cuando la guerra deja de ser una
excepción y termina por organizar el mundo.
Esas
preguntas adquirían una dimensión radical. Las dos guerras mundiales
transformaron para siempre la relación entre política, sociedad y cultura. La
destrucción dejó de pertenecer exclusivamente al campo bélico para instalarse
en las ciudades, las fábricas, los hogares y la vida cotidiana. El conflicto ya
no era únicamente un enfrentamiento entre ejércitos, sino una maquinaria
económica, ideológica y simbólica capaz de movilizar a millones de personas.
Comprender ese fenómeno exigía transformar también el lenguaje del arte
dramático.
Mientras gran parte de Europa celebraba el entusiasmo patriótico que conduciría al desastre de 1914, Karl Kraus advirtió que la tragedia comenzaba mucho antes de las trincheras: nacía en el momento en que las palabras dejan de describir el mundo para empezar a fabricarlo.
Los
periódicos convertían la propaganda en información; los discursos políticos
transformaban el miedo en patriotismo, y la opinión pública aceptaba como cosa
natural aquello que pocos meses antes habría considerado impensable. La guerra
era, antes que nada, una construcción del lenguaje. En este contexto, la
pregunta ya no es por qué escribir sobre la guerra, sino cómo hacerlo sin
reproducir los mecanismos de espectacularización que dominan nuestra cultura
visual.
La respuesta de Raúl Cortés
consiste en recuperar una tradición escénica que desconfía del realismo como
única forma de representar la violencia. La Ópera de los Caricatos. Descenso
a los infiernos en cinco suplicios, inspirada en Los últimos días de la
humanidad, no reconstruye un acometimiento ni ilustra un conflicto
histórico. Su interés reside en revelar los discursos que preceden a toda
guerra, las ficciones políticas que convierten la violencia en una necesidad y
las máscaras con las que el dominio termina por legitimar.
El propio título ofrece una
primera clave de lectura. La palabra caricato, procedente del italiano caricare,
significa «cargar» o «exagerar». En la tradición teatral designa al actor
cómico que construye sus personajes mediante la deformación y, en la ópera
bufa, al intérprete especializado en papeles humorísticos. Sin embargo, el
caricato nunca fue un simple fabricante de chistes.
Es heredero del bufón
medieval, del juglar y de la commedia dell'arte: figuras que recurrieron
a la risa para decir aquello que el poder prefería callar. Su misión consistía
en deformar la realidad hasta volver visibles las verdades que el lenguaje
oficial ocultaba bajo la apariencia de la normalidad.
Esa genealogía alcanza una
de sus expresiones más lúcidas con Brecht y Weill en La ópera de los tres
centavos, donde la música abandona la celebración de los héroes para
acompañar a mendigos, prostitutas, comerciantes y delincuentes. La sátira
sustituye a la solemnidad y el escenario se convierte en un laboratorio desde
el cual examinar las relaciones entre poder, dinero y moral.
Cortés prolonga esa
tradición y la hace confluir con otra profundamente española: el esperpento de
Valle-Inclán, el carnaval y la figura del bufón que, precisamente porque
exagera, consigue decir la verdad. La caricatura adquiere así una capacidad
crítica que el realismo, en determinadas circunstancias, ya no posee. Cuando la
realidad se vuelve absurda, la exageración deja de ser una licencia estética
para convertirse en un instrumento de conocimiento.
Valle-Inclán lo formuló con precisión al afirmar que los héroes clásicos habían ido a pasearse por los espejos deformantes del Callejón del Gato. El grotesco no inventa el absurdo; simplemente lo hace visible.
Desde esa perspectiva,
gobernantes, militares, periodistas, religiosos y ciudadanos aparecen en la
escritura escénica convertidos en figuras deliberadamente excesivas. No
representan individuos, sino conductas colectivas que revelan la manera en que
los discursos públicos moldean la percepción de la realidad.
La propaganda deja de ser
una estructura abstracta para adquirir cuerpo en personajes que hablan, cantan,
seducen y convencen. La guerra nunca irrumpe de forma espectacular; se instala
lentamente en el lenguaje hasta hacerse cotidiana.
Esa elección explica también
la forma operística. No se trata de una ópera tradicional, sino de una creación
donde música, teatro físico, poesía y humor construyen una experiencia cercana
al cabaret político y a la gran sátira europea.
La música no acompaña la
acción: la contradice, la comenta y la pone en crisis. Cada intervención rompe
la ilusión dramática para recordar que toda representación exige una mirada
crítica. La ópera recupera así una de sus funciones originarias: convertir la
belleza en una forma de pensamiento.
En ese sentido, La Ópera
de los Caricatos no es una obra sobre la guerra, sino sobre las condiciones
que la hacen posible. Hace más de un siglo, Kraus advirtió que la violencia
comienza mucho antes del primer disparo.
La dramaturgia de Cortés
recupera esa intuición y la desplaza hacia el presente: antes de las armas
siempre existe un relato que legitima, una retórica que simplifica y una
sociedad que acaba aceptando como inevitable aquello que hasta entonces
resultaba moralmente inadmisible.
Cabe, hacer una última
pregunta: ¿qué sentido tiene representar hoy una obra sobre la fabricación
del enemigo en un país que intenta cerrar uno de los conflictos armados más
prolongados de América Latina? Precisamente ese. Colombia conoce demasiado
bien que las guerras no nacen en la mente del enemigo imaginario.
Comienzan en el momento en
que el otro deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza; cuando la
palabra abandonó su capacidad de comprender para limitarse a clasificar,
excluir y condenar.
La polarización que
atraviesa hoy el debate público colombiano en las redes sociales, los medios de
comunicación, las instituciones y el discurso político, confirma la vigencia de
esa advertencia.
Más allá de gobiernos,
liderazgos o ideologías, el problema aparece cuando el lenguaje deja de
construir una comunidad y empieza a producir adversarios irreconciliables. Ese
es, precisamente, el territorio que está dramaturgia decide poner en evidencia.
Frente a esa maquinaria del
desastre, el teatro mantiene una capacidad que ninguna otra praxis escénica
puede reemplazar: recuperar la complejidad frente a las simplificaciones de la
propaganda; devolver la presencia humana cuando el poder necesita construir
adversarios; y sembrar interrogantes en medio de discursos que exigen
adhesiones involuntarias.
Tal vez esa sea, todavía,
una de las formas más profundas de libertad. Seguir reuniéndonos para pensar
antes de que otros decidan por nosotros qué debemos creer, a quién debemos
temer y contra quién habrá de dirigirse el próximo disparo.
CR (@mipuntocritico)
Aquí les dejo el enlace:
*Carlos
Rojas. Crítico e Investigador
teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).
17.8.26
Bogotá: CuartOscuro, Memoria de cuerpos bajo los deseos ocultos, por Carlos Rojas
Un punto de vista
CUARTOSCURO
Memoria
de cuerpos bajo los deseos ocultos
por Carlos Rojas*
Especial para Miradas al
Escenario
Obra CuartOscuro Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas ©
2026
Desde la primera coreografía se comprende que la pieza no pertenece únicamente a los intérpretes, sino a la arquitectura misma de la edificación. Gracias a la creación de Ricardo Rozo, a la gestión de Andrés Cárdenas y, a la producción de Artestudio Bogotá, el antiguo sauna gay deja de ser un espacio recuperado para transformarse en el organismo visual, sonoro y expresivo de una instalación performántica donde cada muro, escalera, ducha y corredor participa activamente de la danza-teatro.
El
espectador cruza la puerta creyendo ingresar a un espacio cultural y descubre,
casi de inmediato, que ha entrado en un territorio donde la memoria permanece
adherida a las superficies. Nada intenta neutralizar ese pasado; por el
contrario, la propuesta lo activa desde el comienzo. Antes de que aparezca el
primer intérprete, el edificio ejecuta su propio movimiento y revela el
hallazgo central del proyecto: el lugar también guarda recuerdos y puede
convertirse en materia escénica.
Durante
décadas aquella edificación funcionó como sauna. La instalación evita convertir
ese dato en una referencia anecdótica o en un gesto de provocación nostálgica;
lo transforma en el núcleo conceptual. El público no recorre una escenografía
que representa un cuarto oscuro, sino un sitio donde innumerables personas
dejaron inscritas experiencias de deseo, clandestinidad, placer, miedo y
supervivencia. La arquitectura deja de servir a la representación para
convertirse en archivo sensible de una historia que raras veces aparece en los relatos
oficiales de la sexualidad latinoamericana.
La
propuesta parte de una certeza histórica y humana: la vivencia homosexual no
puede reconstruirse únicamente desde recuerdos, discursos religiosos o
conquistas institucionales. Existen impresiones grabadas en las paredes.
Durante los años ochenta y noventa, saunas, bares y lugares de encuentro
furtivo fueron refugio para quienes podían perder el trabajo, la familia o la
vida por su orientación sexual. La penumbra no era un recurso erótico; era,
ante todo, una estrategia de supervivencia.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Desde
esa perspectiva, la puesta en escena adquiere una dimensión política que evita
cuidadosamente el panfleto y los clichés homofóbicos. Los intérpretes jóvenes
no reconstruyen un pasado que desconocen; lo atraviesan al habitar un inmueble
donde sus huellas todavía parecen respirar. Allí se produce uno de los diálogos más
conmovedores de la experiencia: el encuentro entre generaciones separadas por
vivencias radicalmente distintas del deseo, la clandestinidad y la libertad.
La
instalación excede las categorías convencionales de la danza contemporánea, el
teatro inmersivo o el performance. Integra arquitectura, movimiento, artes
visuales, diseño sonoro e iluminación en un único lenguaje transdisciplinar
donde ninguna disciplina domina sobre las demás. La puesta prescinde de una
narración lineal y convierte el trayecto en su verdadera partitura: el
observador deja de mirar desde una distancia segura y pasa a formar parte
activa de la experiencia.
La
escena inaugural condensa con precisión toda la experiencia escénica. Tres
hombres desnudos permanecen inmóviles mientras un pintor interviene lentamente
sus pieles bajo una luz rojiza que recuerda un laboratorio fotográfico. Pintar
deja de significar representar para convertirse en revelar.
Como
una imagen que emerge durante el revelado, la historia del espacio reaparece
sobre la piel de los intérpretes. El pigmento no embellece el cuerpo; lo
convierte en superficie de inscripción histórica y devuelve presencia a aquello
que el tiempo había condenado a la invisibilidad.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Uno
de los mayores logros del montaje consiste en transformar la percepción de
quien asiste. Su creador rompe con la frontalidad tradicional del teatro
occidental y convierte cada pasillo, puerta, escalera y habitación en un mapa
espacial que altera continuamente la relación con el tiempo, la distancia y la
presencia. El tránsito no busca
sorprender mediante efectos inmersivos; constituye la estructura misma de la
pieza. Cada desplazamiento obliga a decidir, elegir trayectos y construir una
lectura propia.
En
esta concepción resuena, inevitablemente, la herencia de Pina Bausch, aunque
aquí se desplaza la pregunta del movimiento hacia el entorno. Los performers no
sólo cargan su memoria personal, sino que dialogan permanentemente con la del
lugar. La coreografía deja de ordenar pasos para organizar relaciones entre los
cuerpos, la materia y el pasado.
No
existe un ángulo desde el cual pueda contemplarse la totalidad de la puesta.
Mientras una acción ocurre ante los ojos del espectador, otra permanece oculta
tras un muro o al final de un pasillo. Los sonidos llegan antes que las
imágenes y muchas escenas apenas pueden intuirse.
Esa
imposibilidad de abarcar el conjunto constituye uno de los aciertos más
inteligentes de la dirección, pues reproduce el funcionamiento mismo del
recuerdo: fragmentario, incompleto y siempre reconstruido a partir de
vestigios.
(
Obra CuartOscuro.
Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
La
monumental pirámide sintetiza de manera ejemplar la investigación espacial de
la pieza coreográfica. Más que un elemento escénico, es una estructura que
impone sus propias reglas físicas y obliga al elenco a negociar equilibrio,
respiración, precisión y trabajo colectivo.
El
esfuerzo nunca se oculta; se convierte en el verdadero contenido de la imagen.
Sin necesidad de subrayados discursivos, la secuencia evoca la dificultad
histórica de conquistar espacios de representación dentro de una sociedad
excluyente. Ascender deja de ser una acción física para convertirse en una
vivencia de resistencia.
Algo
semejante ocurre en la secuencia de los cubos. La referencia al ideal clásico
del cuerpo masculino se transforma gradualmente en una reflexión sobre su
fragilidad. Las poses heroicas se sostienen sobre superficies inestables donde
el equilibrio nunca termina de consolidarse; los músculos tiemblan, la
respiración se hace visible y la caída permanece siempre latente. La heroicidad
deja así de asociarse con la perfección para identificarse con la persistencia.
Lo
admirable es que ninguna de estas ideas interrumpe la experiencia sensible. La
pieza piensa mediante imágenes: no explica, sugiere. Cada instalación abre
asociaciones nuevas y devuelve al silencio, al cuerpo y a la materia una
capacidad de reflexión que buena parte de las artes vivas contemporáneas ha
sacrificado en favor del exceso discursivo. Allí reside una de las mayores
fortalezas del montaje: permitir que el público piense a partir de lo que ve,
escucha y atraviesa, y no de lo que un discurso pretende imponerle.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo
Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Los
intérpretes constituyen la energía que activa este organismo arquitectónico. Su
trabajo no puede medirse únicamente por la precisión técnica ni por la
exigencia física de las partituras. El verdadero desafío consiste en sostener
una presencia capaz de dialogar con un lugar que nunca deja de imponer su
historia. El director no busca virtuosos; busca cuerpos disponibles para
convertirse en superficies de resonancia.
Después
de catorce temporadas y más de noventa funciones, la propuesta continúa
transformándose porque cambian los cuerpos, las sensibilidades y la relación
con el pasado que la atraviesa. Ese relevo generacional constituye uno de sus
aspectos más poderosos: muchos de los jóvenes intérpretes crecieron en una
época donde la clandestinidad dejó de ser la única forma posible de vivir el
afecto y la sexualidad.
La
partitura de movimientos con técnicas mixtas no les exige reconstruir una época
ajena; les propone habitar un entorno construido por el miedo mientras
pertenecen a un tiempo marcado por mayores libertades. De ese choque temporal
surge una reflexión que termina hablando menos de la homosexualidad que de la
responsabilidad compartida de la memoria.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
A
esa arquitectura de cuerpos se suma un diseño sonoro de extraordinaria
precisión, elaborado por Rozo conjuntamente con Julien Pellatón. La música no
acompaña la acción; construye zonas. Resonancias metálicas, respiraciones,
vibraciones electrónicas y silencios producen la sensación de que la estructura
continúa respirando incluso cuando aparentemente nada sucede. El oído comienza
a orientarse antes que la mirada y obliga a recorrer el lugar con todos los
sentidos.
La
iluminación, correctamente integrada a la propuesta, contribuye a revelar con
nitidez la concepción estética de la obra. La penumbra deja de ser un recurso
atmosférico para convertirse en una indagación sobre la visibilidad. Los tonos
rojizos evocan simultáneamente el laboratorio fotográfico y el universo furtivo
de los antiguos saunas; la luz nunca revela por completo, sino que administra
aquello que puede mostrarse y eso que permanece oculto. Lo que durante décadas
fue una condición para sobrevivir se transforma aquí en lenguaje escénico.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo
Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Entre
los momentos más logrados destaca Capital Sexual, Abuso y Poder que profundiza
esa dimensión política desde una notable economía expresiva. Las duchas del
antiguo sauna, cubiertas por telas y figuras militares, evocan memorias
atravesadas por la violencia familiar, el abuso institucional y la persecución.
Nada se subraya; la tensión aparece en los gestos, en la distancia entre los
cuerpos, en los silencios y en la capacidad del espacio para conservar aquello
que ocurrió entre sus muros.
La
secuencia del Bosque Peligroso, donde la inteligencia plástica alcanza
una de sus expresiones más sólidas. Sería reduccionista leer la escena
únicamente como una alusión al cruising; lo que propone es una verdadera
arqueología del deseo. Vegetación en descomposición, circuitos electrónicos,
humedad, olores y un paisaje sonoro minuciosamente construido configuran un
territorio donde naturaleza y artificio se funden. El espectador atraviesa un tramo estrecho que
elimina cualquier distancia contemplativa y lo obliga a experimentar
simultáneamente libertad, amenaza, placer e incertidumbre.
Igualmente,
refinada resulta La Pared, donde cuatro intérpretes deslizan lentamente
sus cuerpos sobre un muro hasta transformarlo en una superficie pictórica en
constante mutación. La referencia inicial al canotaje desaparece para dar paso
a una investigación sobre contacto, apoyo y continuidad corporal. Poco a poco dejan
de percibirse individuos aislados y emerge una única imagen colectiva, cercana
en espíritu a ciertas exploraciones de Yves Klein, aunque desplazada hacia una
dimensión profundamente social.
En
Kamasutra, la puesta renuncia a toda provocación evidente y explora el
erotismo desde el peso, el equilibrio, el contacto y la confianza. La intimidad
deja de depender de la desnudez y surge de la vulnerabilidad compartida; el
homoerotismo recupera así una dimensión profundamente humana, alejada tanto del
espectáculo como del estereotipo.
La
trayectoria de Artestudio explica la madurez de esta propuesta. La formación de
su equipo en artes plásticas, estética y creación artística, sumada a una
investigación desarrollada entre Colombia, Francia y Suiza, ha dado lugar a una
puesta donde cada decisión responde a una reflexión sostenida sobre el cuerpo,
el entorno y los elementos escenográficos.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo
Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Definir
la propuesta únicamente desde la coreografía resulta insuficiente: el trabajo
expande la danza-teatro hasta convertirla en una forma de pensamiento espacial.
También merece destacarse la labor de creación y gestión de Artestudio, que ha
permitido que investigaciones de esta naturaleza trasciendan el impulso efímero
del estreno, incorporen nuevas generaciones de intérpretes y continúen
evolucionando sin perder coherencia artística. Esa permanencia constituye, por
sí misma, una forma de resistencia cultural dentro del panorama de las artes escénicas
bogotanas.
Al
abandonar la casa no quedan únicamente imágenes memorables: permanece la
sensación de haber recorrido un organismo vivo donde la arquitectura conserva
las huellas de quienes la habitaron y donde el arte, es capaz de activar esas
presencias sin convertirlas en monumento.
En
tiempos en que la diversidad corre el riesgo de reducirse a un discurso
institucional o a una consigna de consumo masivo, esta invitación propone una
experiencia más profunda: no explica una reivindicación política, sino que
invita al espectador a atravesarla con su propio cuerpo.
Después
de más de cuatro décadas de investigación, Ricardo Rozo ha construido un
lenguaje singular que amplía las posibilidades de la danza contemporánea
colombiana al fundir cuerpo, espacio y memoria en una misma creación.
CR (@mipuntocritico)
*Carlos
Rojas. Crítico e Investigador
teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).
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