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29.3.26

Crónica: De cómo la Agrupación Teatral Coordinación, San Felipe, celebra el Dia Mundial del Teatro 2026, por Elsy Loyo

 

La Agrupación Teatral Coordinación en San Felipe, Yaracuy, celebra el 27 de marzo, Día Mundial del Teatro con la luz del corazón del Círculo de Lectura Interactiva en Honor a La Mujer, con lectura de piezas de Xiomara Moreno, Lolimar Suárez y Nelly Oliver.

Este 27 de marzo se celebró el Día Mundial del Teatro y en La Agrupación Teatral Coordinación en la ciudad de San Felipe, Yaracuy, Venezuela lo celebramos de una manera especial. 

Lo celebramos En Honor a la Mujer en nuestro Círculo de Lectura Interactiva, con Dramaturgia Nacional Femenina. Nuestras invitadas especiales fueron Xiomara Moreno, Lolimar Suárez y Nelly Oliver, importantes y reconocidas dramaturgas del teatro venezolano.

Este día abrimos las puertas de la Sala Coordinación para esperar a la gente, a la gente bonita de siempre, y a la gente nueva que vendría a celebrar con nosotros este día conmemorativo.

Los preparativos comenzaron desde el primer mes del año y se concretaron en el tercer mes porque el Círculo de marzo era especial. Un Círculo donde, además de leer y degustar algunos bocaditos dulces y cafés, tendría sabores distintos.  Sabores que vendrian inspirados en el gusto de nuestras autoras invitadas, así como la música predilecta y también algunos de sus aromas favoritos.  Ello nos permitiría acercarnos a ellas aún más. Como si a través de estos elementos, nos dijeran: “Aquí estamos. Léannos y también siéntannos”. Así que proseguimos el trabajo en esa dirección.

En el camino, dentro de todo lo pendiente a organizar para esta entrega, nos regia la premisa proveniente de nuestro propia visión en este programa de cómo se diversifican Los Círculos para su concreción y realización.

Y los Círculos Especiales tienen la particularidad que se realizan ¡dentro del escenario, con luces y sonido y éste no era la excepción. La experiencia previa el año pasado 2025, con los Círculos Especiales de Zárraga y Lorca, y García Gámez y Cabrujas eran nuestra guía.  Pero nos inquietaba que el de este 27 tenía un ingrediente nuevo:  ¡Transmisión en vivo! Por tanto era un componente más, De relevancia que resolver. Tomamos, entonces las acciones pertinentes para tal fin.

Nos establecimos metas: tener todo organizado en la Sala la mañana del día 26. Y en horas de la tarde, de ese mismo día, ensayo previo de todo lo técnico y musical, tanto lo acústico como lo grabado, incluyendo una prueba En Vivo.

Llegó el 26 de Marzo. Y en la mañana: Meta cumplida.

¿Y en la tarde? ¡Oh, sorpresa! ¡Oh, sorpresa!.

¡Nos conseguimos sin luz! 

Prueba técnica: derogada.

Tomamos lo acústico musical y ensayamos. Y con ello, una prueba del en vivo.

Meta de la tarde: a medias.

Nos fuimos conjurando la luz para el día siguiente. Y con esa sensación extraña e incomoda que te causa la incertidumbre...

Amaneció el 27. Radiante sol. Llegamos a primerísima hora de la tarde a la Sede, con tareas pendientes.

¡Hay luz!  ¡Alegría! Nos ocupamos.

Antes de la hora prevista comienzan a llegar algunos de los invitados. Finalmente, todo está listo. Damos Sala. Entran con alegría y entusiasmo. Se puebla el Círculo.

Comenzamos. Hacemos la introducción, la bienvenida y la explicación del día que nos convoca.  

Luego abrimos el momento para hablar sobre nuestras invitadas, quienes son y su importancia en el teatro venezolano.  Hablamos sobre la vigencia que cada una de ellas ha tenido y tiene en la actualidad, tanto en su dramaturgia, como en el quehacer teatral que cada una desarrolla en el día a día como aporte invaluable en Venezuela al desarrollo de este hermoso arte que hoy nos reúne: el teatro.

Acto seguido, nos disponemos a hacer la primera ofrenda musical  inspirada en una de nuestras dramaturgas y…

¡Oh, sorpresa! ¡Oh, sorpresa! ¡!Zas!

¡La luz… desaparece!

¡Nuestro conjuro no funcionó!

¡Grito colectivo!  Grito de distintos matices, timbres y colores…

Pero, casi al unísono del grito, todos los presentes iluminaron el espacio, no sólo con las luces de sus teléfonos sino también con la de sus corazones, abriendo la energía y la disposición para seguir con la ofrenda.

Y así sucedió… la música se hizo presente. Los boleros se apoderaron del lugar coreados por sus voces, en sinergia, en comunión.

Luego de este sentido momento, y entendiendo que la luz eléctrica no llegaría pronto, nos trasladamos a la entrada de la Sala para poder  continuar.

Confieso sentirme con coraje e impotencia por lo acontecido y al mismo tiempo, conmovida y agradecida con toda esta gente linda que con su mejor actitud nos aupó y seguía aupándonos a seguir, aún con la altísima temperatura y con el poco espacio en el living para la cantidad de asistentes al Encuentro.

Reacomodamos el Círculo. Bien pegaditos los unos a los otros. Y entre degustaciones de torta de piña y de chocolate, en honor a Nelly y Xiomara, con el concebido café y brindando también con un rico batido de mango, homenaje a Lolimar y Nelly, transcurrieron las lecturas.

El Puente y Rouge Cabaret de Lolimar Suárez; Casandra toca mi puerta y Singular de Nelly Oliver y Perlita Blanca como sortija de señorita, Geranio y Manivela de Xiomara Moreno hicieron sus galas.

Es una ronda bien nutrida, entusiasta, llena de matices, en diversas voces y aperturas. Continua una tertulia cargada de reflexiones, y puntos de vista sobre: la concepción de la vida, el poder, la percepción de si mismo con relación al paso del tiempo, la relevancia del rescate en una historia, de un acontecimiento importante y trascendente en el país, en una época determinada. Y no falta el uso del sarcasmo y el humor.

Mientras esto sucedía, la transmisión en vivo se llevaba a cabo, aún sin luz, desde un teléfono celular manejado por una de nuestras compañeras de equipo, quien transitaba entre nosotros, tomando distintos ángulos, para capturar lo más posible.

La sensación de saber que el Circulo se multiplicaba a través de este medio y podía conectar a otros, en otros lugares a este encuentro, era una sensación de compañía y a la vez de expansión. El Círculo estaba en ese instante en San Felipe y en apertura al resto del país y el mundo. Y eso es una buena sensación.

Avanzaba la tarde, ya casi era noche. Aun no llegaba la luz. Había que culminar con lo previsto: un cierre musical. De Festejo. De Celebración. Tomo la palabra y anuncio un fragmento de Oh, ¿qué Será? de Chico Buarque. Cantado en vivo. Percusión y Voz. Invitando a hacer el coro a los asistentes.

Una provocación para la danza y canto abierto, aceptada con entusiasmo. Sus voces, plenaron el lugar y sus cuerpos danzantes se unieron como una invocación dionisiaca, exorcizadora, en honor y festejo del Día Mundial del Teatro, a la mujer y a la vida.

En algarabía plena terminó este Círculo de Lectura Interactiva. La luz la trajo la gente dentro de si superando lo adverso del momento y convirtiéndolo en comunión. ¡Gracias!

Es por lo que aún seguimos haciendo este camino. Muchas veces sin entender muy bien cómo podremos seguir transitándolo cuando cada día existen más factores que obstaculizan y que se escapan de nuestras manos.

Pero personas como las de este día, 27 de marzo de 2026, que acuden al llamado y abren de manera tan vívida y especial, nos siguen sosteniendo…y afirmando los caminos. Así que… seguimos y seguimos.

Ahora sólo puedo agradecer: A todos y cada uno de los miembros del equipo de la Agrupación Teatral Coordinación por este Encuentro. Al personal de apoyo que proporciona el ICEY.  

Y agradecer en especial a todos y cada uno de los asistentes que con su presencia, energía y entusiasmo hicieron posible lo que en las circunstancias que se presentaron podría haber sido improbable. ¡Gracias!

A Xiomara Moreno, Lolimar Suárez y Nelly Oliver por su apertura.  ¡Gracias!

A Pablo García Gámez y a Hernán Colmenares por estar siempre prestos a hacer visible este espacio.  A Ingrid Parra por la promoción especial en San Felipe a este Círculo del 27 de marzo. ¡Gracias!

Y a todos lo que se conectaron de manera remota en esta primera transmisión en vivo. ¡Gracias!

Gracias a todos desde el corazón.

La noche ya casi termina, va entrando la madrugada.  Sigo movida por todo lo vivido. Dentro de mí… canales abiertos donde gravitan todos, y todo lo acontecido… emociones… conmociones.  La luna me ve por la ventana.

Nos vemos en el próximo Círculo.

Respuesta a los desaciertos y reflexiones innecesarias del dramaturgo Diego Fernando Montoya Serna, por Carlos Rojas

 Un punto de vista

Respuesta a los desaciertos
y reflexiones innecesarias del dramaturgo
Diego Fernando Montoya Serna

por Carlos Rojas

Especial para Miradas al Escenario

 

Imagen del artículo publicado en Territorios Escénicos del CELCIT

En un artículo reciente, el dramaturgo colombiano Diego Fernando Montoya Serna, galardonado con el Premio Nacional de Dramaturgia 2025 en su país, responde de manera particularmente enfática a algunas de las observaciones críticas que formulé sobre varias obras de la escena bogotana.

He leído su extensa reflexión con detenimiento y confieso que también con cierta curiosidad intelectual: siempre resulta interesante observar cómo reacciona un autor cuando la crítica abandona el terreno de la adulación y decide entrar en el del análisis.

Más aún cuando se trata de un creador que ni siquiera aparece mencionado en el artículo que decide desacreditar. Ese detalle, lejos de ser anecdótico, dice bastante sobre el termómetro de la susceptibilidad que a veces rodea al ejercicio de la crítica en Bogotá.

Esperaba hallar una respuesta que arrojara alguna luz sobre los puntos en discusión; en cambio, encontré un texto que prefiere bordearlos. Allí donde podría haber una confrontación de argumentos expuestos en Desaciertos en la escena bogotana, aparece más bien un despliegue enciclopédico de citas y autoridades que sustituye la discusión por su falso alarde.

No se trata, en rigor, de un análisis crítico del artículo que lo motiva, sino de una larga divagación discursiva destinada quizá a impresionar a lectores poco familiarizados con estos autores. La erudición, aquí mal empleada, no reemplaza al argumento. Y cuando la cita ocupa el lugar del pensamiento, lo que se obtiene no es una reflexión como respuesta, sino apenas una maniobra cargada de mala fe destinada a distraer del problema central.

Por esa razón he decidido responderle, no porque su texto lo amerite en proporción a su calidad, sino porque lo cuestionado aquí todavía me motiva a hacerlo y merece que se despeje el humo de las susceptibilidades heridas.

1.- Le agradezco sinceramente que haya reaccionado con tanta vehemencia frente a mi escrito. Su reflexión no demuestra que mi análisis sea correcto, pero sí que el problema que plantea merece ser discutido. Si un artículo sobre los desaciertos en la escena teatral bogotana logra desatar semejante despliegue mediática, es porque no cayó en tierra estéril.

El silencio habría sido una respuesta más inteligente; la sobreactuación, en cambio, delata una inseguridad intelectual de la que presume su falaz intervención.

2.- Su respuesta no rebate ninguno de los argumentos centrales de mi artículo. No discute ninguna de las fórmulas dramatúrgicas, no confronta la ausencia de riesgo conceptual que señalé en varios montajes y tampoco aborda el problema del aplauso autocomplaciente que con frecuencia circula dentro de los mismos circuitos de legitimación teatral.

En lugar de ello, recurre a una artimaña bien conocida en la historia de las polémicas intelectuales: desplazar el debate desde el contenido hacia la legitimidad del interlocutor. Cuando no se desmonta un argumento, se intenta desautorizar a quien lo formula. Es una estrategia desgastada y, por lo mismo, fácilmente identificable.

La crítica conviene recordarlo no requiere permiso de la obra ni la bendición de sus creadores para existir. Su función no es proteger sensibilidades ni custodiar prestigios, sino pensar la escena. Cuando este desplazamiento ocurre, la discusión deja de ser estética para convertirse en un gesto de defensa gremial. Y el teatro, como cualquier práctica artística viva, debería poder soportar algo más que el aplauso y las palmaditas complacientes de sus propios círculos.

3.- Usted afirma que mi artículo carece de rigor. Hubiera sido estimulante que precisara dónde radica esa supuesta carencia. Pero, imposibilita señalarla y se refugia en autoridades ajenas para presumir sus conocimientos y deslumbrar a los desconocedores de estos teatrólogos citados.

No desmonta un solo párrafo. No rebate una premisa. No cuestiona una conclusión con antecedentes o contraargumentos. Se limita a adjetivar. Y el adjetivo, cuando no está sostenido por análisis, es argumentación fatua. Citas muertas.

4.- No me atribuya intenciones que no he escrito. Mi texto no fue un ajuste de cuentas ni una diatriba personal. Fue un ejercicio crítico sobre ciertas dinámicas de la creación que atraviesan buena parte del panorama teatral capitalino.

Si usted se sintió aludido y decidió convertirse en paladín de la escena bogotana, quizá convendría preguntarse por qué. El artículo no personaliza a nadie; habla de procesos creativos y examina teatralidades, discursos y resultados escénicos, recordando algo elemental: en el territorio de la crítica ninguna obra ni creador son intocables.

5.- Confundir subjetividad con arbitrariedad es un desliz teórico bastante común en su escrito. Toda crítica parte de una mirada situada, pero eso no la invalida. Lo que la legítima es la argumentación. Mi texto está sustentado en los montajes observados y analizados durante meses; plantea una hipótesis, desarrolla ejemplos y señala procedimientos escénicos. Que usted no comparta la tesis es legítimo. Sustituir la discusión estética por un ataque personal, no.

6.- Hay algo casi entrañable en su tono didáctico, como si necesitara explicarme qué es el teatro. Créame: no necesito que se me explique qué es el teatro latinoamericano. Lo observo y lo estudio desde hace más de treinta y cinco años. La diferencia es que no lo idealizo. Lo pienso y examino.

El verdadero enemigo del teatro no es la crítica ni un crítico incómodo, sino la complacencia hipócrita de los aduladores. No es la mirada extranjera que interroga, sino el aplauso automático que persiste. Y de esa ausencia de pensamiento crítico sí padecemos.

7.- Hay además un problema elemental que su reflexión evade: la lectura parcial. Usted construye su irrisoria argumentación a partir de un solo texto de mi autoría como si ese artículo agotara mi mirada sobre el teatro colombiano. Confundir un escrito con una totalidad siempre facilita la contradicción, pero no corresponde a la realidad.

En el mismo período he publicado, entre otros: Panorama teatral bogotano: diversidad, memoria y riesgo escénico, Segunda mirada al panorama teatral bogotano, La nueva escena teatral colombiana, ¡Esto vi!, Punto cadeneta punto, Teatro La Candelaria: 59 años de resistencia y Una mirada crítica a cuatro escenarios.

Textos donde examino procesos, reconozco búsquedas y, cuando corresponde, también señalo las zonas que necesitan reforzarse. La cartografía crítica está ahí. Lo que no aparece en su artículo es la voluntad de leerla.

Si le interesa ampliar la mirada, lo invito a visitar mi blog
https://mipuntodevistacritico.blogspot.com/ donde podrá encontrar todos los artículos dedicados al panorama teatral bogotano y leerlos en su contexto completo.

8.- Hablemos de las citas. La teoría no reemplaza el análisis; lo ubica. Cuando la cita sustituye la lectura de la obra, deja de ser marco conceptual y se convierte en defensa argumental.

Citar no es pensar, y mucho menos argumentar. La erudición no se mide por la cantidad de escritores convocados, sino por la capacidad de articularlos en una idea propia. Cuando la cita sustituye al argumento, se convierte en simple barroco discursivo. Y el teatro, al menos el que aspiramos a cartografiar, no necesita divagación sino pensamiento crítico.

Ya lo advertía Erasmo en Elogio de la locura: cuanto menor es la sustancia, mayor es la exhibición. No lo digo yo; lo ha dicho la historia del pensamiento. Y el teatro que se refugia en el amiguismo termina convertido en complacencia sin compromiso. Usted, como dramaturgo laureado, debería saberlo.

9.- La crítica no existe para tranquilizar a la escena, sino para incomodarla. Su función es abrir interrogantes, examinar procedimientos y discutir resultados. El teatro puede sobrevivir a un desacierto escénico: la historia del arte está llena de ellos, pero difícilmente sobrevive a la complacencia intelectual.

El aplauso benevolente no produce pensamiento; provoca conformidad. Cuando la escena cultural comienza a confundir el análisis con una agresión personal, suele ser señal de que ha empezado a temerle al pensamiento crítico.

10.- Reducir ese conjunto de textos a una sola pieza para desautorizar no es rigor intelectual; es una treta cuestionable: desacreditar al crítico para no discutir el asunto. Cuando la raíz del problema no es la crítica como tal. Lo inconveniente radica en la dificultad de convivir con ella.

11.- En su reflexión se presenta como una suerte de voz autorizada del quehacer teatral bogotano, investida de una autoridad crítica que hasta hace muy poco no parecía ocupar un lugar visible en el debate público.

Resulta curioso que el problema de la crítica teatral haya adquirido súbitamente tanta relevancia precisamente después de la publicación de mi texto Desaciertos en la escena bogotana.

Si hoy el tema genera incomodidad, quizá no sea porque la crítica haya excedido sus límites, sino porque ha vuelto a formular preguntas que durante un tiempo permanecieron suspendidas en un espacio de falsa cordialidad acrítica.

La crítica teatral en Colombia no necesita defensores ofendidos ni custodios de susceptibilidades artísticas. Necesita creadores capaces de sostener el disenso sin convertirlo en agravio personal que usted no esté de acuerdo, ese es su problema, no el mío.

12.- Usted quiso exponerse descalificándome como crítico. Y lo que consiguió fue exhibir la fragilidad de un discurso que no soporta la confrontación. Cuestiono ideas y formulo juicios; usted responde con argumentos prestados y evade el núcleo del debate.

No me interesan los corrillos que usted pregona, ni las adulaciones de pasillo, ni las validaciones de las cofradías que usted tanto desdeña. Vivo de mi trabajo y de mi conciencia crítica, no del aplauso colectivo. Si para ciertos círculos soy incómodo, lo asumo como síntoma saludable. La crítica que no desagrada termina convertida en deleite.

Por último, yo firmo lo que escribo y lo someto al escrutinio público. Aquí el crítico también es criticado. Pero esa crítica exige argumentos, no homilías que desacrediten sin pruebas.

P. S.: Para evitar malentendidos, coloco a continuación su artículo completo, así como el enlace de mi crítica original para que todos puedan leerlo.

***

Diego Montoya Serna.  Foto: Kiosko Teatral © 2026

A propósito del artículo “Desaciertos en la escena bogotana”, publicado recientemente en varios portales teatrales (18 de diciembre de 2025), propongo una reflexión.

Más que responder a los juicios emitidos sobre obras y creadores específicos, el interés aquí es examinar los presupuestos conceptuales, metodológicos y éticos desde los cuales dicho texto ejerce la crítica. Algunas de sus afirmaciones presentadas como diagnósticos generales sobre la escena bogotana y el teatro colombiano plantean problemas que merecen ser discutidos con rigor.

El título no es solo provocación, es un marco ideológico cerrado: “Desaciertos en la escena bogotana”. En una crítica rigurosa el título no es inocente, funciona como hipótesis abierta o como campo de preguntas, no como veredicto previo. Aquí ocurre lo segundo. El texto parte de una conclusión antes del análisis. No propone investigar si hubo desaciertos, sino demostrar que los hubo. Todo lo que sigue queda subordinado a confirmar esa tesis.

Esto contradice principios básicos de la crítica moderna. Roland Barthes sostiene que la crítica no debe clausurar el sentido antes de leer la obra. Susan Sontag insiste en la necesidad de describir y analizar antes de juzgar. Para Georges Banu, el crítico es un testigo activo, no un fiscal. Desde el título, el texto se posiciona como sentencia, no como indagación: fija el marco interpretativo antes del encuentro analítico.

A esto se suma una falsa declaración de neutralidad. El texto afirma: “Este panorama no pretende señalar las ‘obras menos logradas’…”. Esa afirmación es discursivamente falsa. Todo el artículo hace exactamente eso, y además de manera punitiva, no analítica.

Cuando el discurso contradice su propia enunciación, la fiabilidad se resiente. Se declara apertura y se ejerce condena; se promete análisis y se practica descalificación; se invoca rigor mientras se opera desde el gusto personal elevado a ley.

En términos de Pierre Bourdieu, esto constituye una violencia simbólica del gusto: el crítico impone su escala estética sin explicitarla ni someterla a examen. El problema no es el juicio, sino la negación de su propio gesto evaluativo, lo que debilita su honestidad intelectual.

El texto adolece además de una ausencia casi total de marco teórico explícito. Un ejercicio crítico que aspira al rigor debe hacer visible su aparato conceptual. Aquí no se define qué se entiende por “riesgo”, qué noción de “conflicto” se maneja, desde qué concepción de “teatro político” se juzga ni qué tradición estética se privilegia —realismo, épico, posdramático, performativo, entre otras—. Se emplean términos como riesgo, conflicto, verdad, incomodar, urgencia o acción sin delimitarlos. El resultado es una crítica impresionista autoritaria: esto no incomoda, por lo tanto, falla. Como advierte Hans-Thies Lehmann, no es posible exigir conflicto a todas las formas contemporáneas sin antes definir el régimen estético desde el cual operan. Aquí, todas las obras son evaluadas desde un único ideal normativo nunca explicitado. El texto no desarrolla un método, sino que formula una opinión fuerte.

A lo anterior se suma una generalización abusiva acompañada de un tono de demolición. El artículo recurre de manera reiterada a absolutismos —“falla en cada intento”, “no logra”, “nunca logra”, “desfachatez”, “todo lo que el teatro debe evitar”. En una crítica el absoluto es siempre sospechoso, porque cancela la posibilidad misma del análisis diferencial. El uso de la hipérbole no está equilibrado por el examen de escenas concretas, decisiones formales específicas ni ejemplos verificables de estructura, ritmo, actuación, espacio o tiempo. Se viola así un principio elemental: el juicio debe ser proporcional al análisis. Aquí el juicio desborda el análisis y el tono se vuelve punitivo, performativamente agresivo, lo que debilita su credibilidad intelectual.

En varios pasajes, además, el texto cruza una línea ética al confundir crítica con ajuste de cuentas simbólico. Ironías finales como “mejor ver MasterChef”, descalificaciones personales indirectas o expresiones como “Este despropósito no alcanza la categoría de montaje”, “optimismo digno de estudio” y “onanismo” no constituyen pensamiento crítico, sino escarnio cultural.

George Steiner advertía que la crítica pierde legitimidad cuando disfruta la destrucción; Antoine Vitez insistía en que la crítica debe abrir pensamiento, no cerrar trayectorias. En esos momentos, el texto deja de dialogar con las obras y busca imponer una superioridad intelectual.

Todo ello desemboca en una incoherencia interna: se exige riesgo, pero se castiga toda desviación. Se sanciona lo poético, lo alegórico, lo simbólico, lo narrativo, lo popular, lo político y lo íntimo. Nada pasa el filtro. Cuando todo falla, el problema deja de ser el campo y pasa a ser el marco evaluativo.

Es el gesto que Jacques Rancière ha señalado como propio de una crítica que se erige en guardiana del “verdadero teatro” y transforma la pluralidad estética en decadencia moral. En lugar de dialogar con la escena, el texto termina negándola como totalidad.

La afirmación “Si Bogotá aspira a recuperar la relevancia teatral que alguna vez tuvo” introduce, sin argumentación alguna, una narrativa de decadencia que funciona más como gesto retórico que como diagnóstico crítico. ¿Recuperar qué relevancia, exactamente? ¿En qué período histórico se sitúa ese supuesto momento de plenitud? ¿Bajo qué condiciones estéticas, políticas, económicas y de circulación se produjo? El texto no lo precisa. A esta vaguedad histórica se suma otra generalización no demostrada cuando se afirma que “el teatro colombiano este año ha estado marcado por una sobreabundancia de propuestas fallidas”. ¿Sobreabundancia en relación con qué volumen de producción? ¿Fallidas según qué criterios explícitos?

¿A partir de qué muestra representativa del campo teatral nacional? Ninguna de estas preguntas encuentra respuesta. Del mismo modo, la idea de una “acumulación de desaciertos” no se sostiene sobre un análisis histórico comparado, ni sobre un inventario de tendencias, ni sobre una lectura estructural del campo teatral bogotano.

Sin datos, sin periodización y sin marco historiográfico, la noción de decadencia —tanto pasada como presente— opera como una ficción normativa: un pasado idealizado y un presente descalificado en bloque que se invocan para desautorizar la diversidad de la escena actual.

La crítica no puede apoyarse en nostalgias implícitas ni en panoramas totalizantes no demostrados sin incurrir en una forma de conservadurismo estético disfrazado de exigencia radical.

La crítica es necesaria, incluso cuando es incómoda. Pero cuando sustituye la pregunta por el veredicto, cuando reemplaza el análisis por la descalificación y naturaliza un ideal único de lo que el teatro debe ser, deja de abrir el campo y comienza a clausurarlo. Más que un ejercicio de pensamiento crítico, el texto analizado opera como un dispositivo de poder discursivo que fija un modelo, lo impone y juzga desde allí todo aquello que no se ajusta a él.

***

Para concluir este risible impasse, le hago una invitación sencilla: responda, clara y concretamente, los argumentos planteados que escribí en el artículo. Sin enciclopedias, sin procesiones de autoridades, sin adjetivos altisonantes donde aparezca su propia voz. Analice. Argumente. Demuestre. Confronte. Incomode.

Si no puede responder con argumentos propios, quizá sea más prudente bajar el telón y dejar que el silencio haga el trabajo que la palabrería vacía no supo hacer. Porque el teatro cuando es arte dramático verdadero, no les teme a los desaciertos. Los necesita para redimensionarse. 

Como coda diré que: entre el pensamiento y la descalificación, la historia del teatro ya ha tomado partido desde hace siglos. Sería digno y ético que su innecesaria reflexión, también, haga lo mismo. 

CR (@mipuntocritico)

 

Acá el enlace de la crítica publicada Desaciertos en la escena bogotana el día 26/12/25.
En el Blog de Crítica Teatral Miradas al Escenario:

 

En la URU de Maracaibo: Un Vía Crucis que estremece a los espectadores.

La planta actoral se entregó en cuerpo y alma para dar vida 
a una historia universal.

 Por: Jesús Eduardo Espinoza.

Qué evento tan conmovedor y significativo para la comunidad marabina.  Es evidente que la Universidad Rafael Urdaneta (URU) se transformó en un escenario de profunda espiritualidad y talento artístico con esta puesta en escena.  La pieza contó con la escritura y dirección de la reconocida dramaturga zuliana Lolimar Suárez, quien logró una transición fluida entre la narración de las 14 estaciones y la acción dramática pura.

Suárez no se limitó a la ilustración de pasajes bíblicos; diseñó una atmósfera plástica donde el espacio abierto fue aprovechado para generar profundidad y realismo, permitiendo que el público se sintiera parte del camino al Gólgota. Lo que realmente parece haber elevado la experiencia fue el “engranaje” de diversas áreas creativas dela universidad:

-Teatro: Jóvenes actores que mantuvieron una entrega física y emocional impecable.

-Danza: Movimientos que aportaron plástica y ritmo a la narrativa.
-Música: El acompañamiento de la Orquesta Sinfónica y la Polifonía Coral, de gran altura artística fundamental para crear esa atmósfera de recogimiento.

La combinación de la narrativa, la atmósfera planificada y el talento juvenil logró su objetivo principal: emocionar. Los asistentes fueron testigos de un trabajo integral donde el hilo conductor de la vida, muerte y resurrección se mantuvo firme de principio a fin, demostrando el alto nivel artístico que se gesta en esa casa de estudios.  Es admirable ver cómo el arte universitario logra conectar con las tradiciones religiosas de una manera tan solemne y profesional, uniendo a la ciudad de Maracaibo en un momento de reflexión. La Universidad Rafael Urdaneta fue testigo de un despliegue escénico que trascendió lo meramente religioso para convertirse en un hecho artístico de alto impacto. El Vía Crucis Viviente, representado en la explanada frente al Aula Magna, demostró que el teatro al aire libre, cuando es guiado por una visión clara, puede transformar el entorno urbano en un espacio sagrado.

Los jóvenes actores y bailarines exhibieron una concentración férrea. Su entrega física fue notable, manteniendo el arco emocional de sus personajes sin fisuras, a pesar de las distracciones naturales del espacio exterior.  La participación de la Orquesta y la Polifonía Coral no fue un simple adorno; fue el motor que impulsó el ritmo de la obra, logrando que cada estación tuviera una carga dramática específica gracias a la música en vivo.  La obra “Pasión, Vida, Muerte y Resurrección” cumplió con la premisa fundamental del teatro: conmover. La sinergia entre los jóvenes talentos de la URU y la experiencia de su directora permitió que la técnica (danza, música y actuación) no opacara el sentimiento, sino que lo fortaleciera. Fue una demostración de que el talento universitario en el Zulia tiene el rigor necesario para asumir grandes formatos.

El reciente montaje del Vía Crucis en los espacios de la Universidad Rafael Urdaneta no fue solo un acto de fe, sino una lección de rigor escénico y compromiso institucional. Bajo la dirección, la pieza alcanzó una factura profesional que merece ser analizada desde sus componentes técnicos y humanos.

Uno de los puntos más altos de la producción fue la caracterización de los personajes.  La vestimenta no se limitó a la simple indumentaria histórica; cada traje exhibió una estética de altura, con texturas y diseños que aportaban jerarquía y realismo a la trama.  A esto se sumó un diseño de iluminación que dejó de ser un elemento pasivo para convertirse en un actor más. Las luces no solo permitieron la visibilidad en el espacio abierto frente al Aula Magna, sino que esculpieron las escenas, acentuando el dramatismo de las estaciones y guiando la mirada del espectador a través del dolor y la esperanza de la pasión.

Es notable el nivel de concentración y mística alcanzado por los jóvenes actores. Cada intérprete demostró una entrega en cuerpo y alma, logrando una definición de personajes que evitó las caricaturas para enfocarse en la verdad emocional. Esta “entrega total” es el resultado directo de la vocación y el profesionalismo de los docentes de las cátedras de Teatro, Danza, Música y Canto Polifónico, quienes lograron amalgamar sus disciplinas en un lenguaje común.

Es imperativo reconocer que el éxito de esta obra radica también en la sinergia entre las autoridades universitarias, profesores y representantes. Este apoyo es el ecosistema necesario para que el teatro universitario cumpla su función social y artística. Cuando una casa de estudios respalda con tal contundencia una historia de esta magnitud, eleva el estándar cultural de toda la región.

Lo vivido en la Universidad Rafael Urdaneta es el resultado de un engranaje perfecto entre la vocación pedagógica y la excelencia artística. El trabajo de los profesores de arte en las áreas de danza, música, teatro y canto no solo formó intérpretes, sino que edificó una experiencia estética que sacudió la sensibilidad de los presentes. La mística y el profesionalismo vertidos en este Vía Crucis son testimonio del potencial cultural que reside en nuestra juventud cuando es guiada con rigor.

Dada la magnitud de la producción, el impecable diseño de vestuario y la atmósfera lograda a través de la iluminación, resulta imperativo que este montaje no quede en una función. Una obra de esta factura técnica y espiritual posee los méritos suficientes para establecerse en una temporada de, al menos, dos funciones adicionales.

Presentar nuevamente este trabajo no solo sería un justo reconocimiento al esfuerzo titánico del equipo docente y estudiantil, sino un regalo necesario para la ciudad de Maracaibo, que demanda espacios donde el arte y la reflexión se encuentren con tal altura. El teatro universitario ha hablado, y su voz merece seguir resonando en los espacios abiertos de la URU.

28.3.26

Obra teatral “Parricidio” devela drama en relación padre- hijos

 

Dramaturgia de Luis G. Leal y dirección de Jhonathan Camacaro

Por Argenis Mendoza 

(Ciudad Ojeda, 28 de marzo de 2026).  Como parte de la celebración del Día Internacional del Teatro, el colectivo Tejedores de Sueños presentó la obra Parricidio, con dramaturgia del periodista Luis Gerardo Leal y bajo la dirección general del profesor universitario Jhonathan Camacaro.

De nuevo, los espacios de la Fundación Alas de Luz ubicada en la calle Bermúdez de Ciudad Ojeda, municipio Lagunillas del estado Zulia sirvieron de escenario para mostrar este drama intenso que quita el velo en algunas relaciones padre-hijos, en las que desaparecen y trastocan los límites entre la autoridad y los sentimientos.

En esta ocasión, la puesta en escena conduce a los espectadores hacia diversas emociones y situaciones sorprendentes, las cuales van desde el abuso de la autoridad paterna, pasando por el castigo, la venganza, traumas, incesto, el delito en sí mismo hasta culminar en un final inesperado que pocos pueden predecir, temas aptos sólo para públicos con mayoría de edad.

La función teatral vespertina igualmente abarcó reconocimientos especiales para Leal y Camacaro, dados sus méritos en el desarrollo de esta impresionante representación, al igual que por el fomento del teatro en la jurisdicción y formación de nuevos talentos en las artes escénicas.



Petróleo, crudo

 


Asistí el viernes 27 de marzo de 2026, Día Internacional del Teatro a la reinauguración del Teatro Ateneo de Maracay, pero como no hago reseña social me voy a ir directamente al espectáculo Petróleo, del dramaturgo y director Rubén Joya acompañado del siguiente elenco: Yannine Champion, María Medina, Juan Martín Rivas, Raquel Romero, Ezequiel Piñero, Alberto Ruiz, Oswaldo Buitrago, Warner Martínez, y David Fernández. María Elizabeth Alvarado como Asistente de Escena; coreografía de Jesús Guaimara; Simón Añez en la escenografía; vestuario de Francis Castro y Anny Pereira, todos en una coproducción teatral.

Petróleo es un espectáculo que nos ubica cronológicamente en los albores del siglo XX, donde con el Zumaque I en Mene Grande, en el Zulia por allá en 1914 y con la anuencia de Juan Vicente Gómez, se da inicio formal a la explotación petrolera en Venezuela; se certifica que el país está lleno de eso que es oro negro, lo cual modificó estructuralmente los cimientos económicos, sociales, urbanísticos y de pensamiento de la cultura criolla. La llegada de norteamericanos, ingleses y holandeses cambió el pensamiento del venezolano. Sobre este tema Miguel Otero Silva y César Rengifo hablaron y escribieron mucho. Rengifo tiene una trilogía específicamente en este sentido.

Ahora bien, la obra de Joya no trata de hacer un análisis de la nueva realidad que se está levantando desde la segunda década del siglo pasado; se dedica más al panfleto, no en término despectivo, sino como mecanismo político, por la brevedad del discurso (la obra dura 32 minutos), por lo agresivo, sin tapujos y satírico. Tiene un solo propósito: despertar la irritación momentánea en el espectador. Bastante usado en los años sesenta. Lento en su accionar, si tomamos en cuenta que es un discurso eminentemente político, que busca la reacción rápida del espectador.

Estos trabajos se dan casi siempre en tomas de calles, en huelgas de trabajadores o de estudiantes; con escenas relámpagos y textos cortos.
Me quiero detener en cuanto a la estructura referencial que Joya le adicionó al montaje, con personajes alegóricos y actores y actrices distanciados de lo que estaba sucediendo. Por lo general estos trabajos se dan caricaturescamente. Solo Warner Martínez y Raquel Romero esbozaron la construcción de personajes “creíbles”. Martínez demostró calidad para la interpretación y logró hacer un viejo con personalidad, si la expresión cabe. Romero dejó constancia de lo buena que es como actriz, desdoblándose y centrando la atención en un personaje que no está en escena, pero que lo hace carne y sentido. David Fernández se fue por lo más fácil. El resto estuvo marcando el texto. Porque la obra se queda trunca para la construcción de personajes que pudieran crecer. Es un gran lamento que no termina de enjugar las lágrimas petroleras.

Hay que hacer un reconocimiento especial a la iluminación, ya que por primera vez observé luces teatrales bien enfocadas, a tiempo y dando el matiz requerido para que los actores y actrices se vean actuando. Imágenes excelentes que realzan la puesta en escena. Voces cantadas que dan una tonalidad sepulcral, permitiendo que el público se conecte.

Pero ojo, este espectáculo se montó rápidamente para un evento trascendental como lo es la reapertura del Teatro Ateneo, después de más de diez años cerrado, ante las autoridades culturales nacionales y regionales, lo que da a entender que con mayor horas de vuelo, se pudiera convertir en una obra para el repertorio nacional. Por lo tanto, si Joya decide seguir corrigiendo, anexando escenas y puliendo, por ejemplo, la escena de la comida, la puesta en escena se desarrollaría ostensiblemente.

Por lo tanto, hago votos para que esta obra pueda ser llevada a cada rincón del país, sobre todo en el marco político en que estamos sumergidos, con los cañones apuntándonos a la cabeza y el Norte Global chupando el llamado oro negro.


Bartolomé Cavallo. Alumno de Ramón Lameda.

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