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23.10.26

Nueva York: Carlos Canales, o el apogeo de la locura como existencia: acercamiento y forma a Suenan las campanas

 

Suenan las campanas, escrita y dirigida por Carlos Canales

“La locura, a veces, no es otra cosa que la razón
presentada bajo diferente forma.”

— Johann Wolfgang von Goethe

Por Mario Antonio Rosa

No puede escribirse de otra manera: Michel Focault, en uno de sus tantos libros, titulado Historia de la locura en la época clásica examina cómo las sociedades occidentales han construido, definido y confinado el concepto de la locura a lo largo de la historia. Lejos de verla, como una simple enfermedad natural o biológica, Foucault la analiza como una construcción social y cultural ligada al ejercicio del poder y a los límites de la razón. ¿Qué puede ser la locura? ¿Qué nos abraza a la razón? El filósofo francés es tácito, concluyente, cuando nos dice que la locura no existe en un vacío natural, sino que se define en contraposición a la razón. Para que una sociedad establezca qué es el pensamiento "normal", útil o cuerdo, necesita crear un margen oscuro: la sinrazón. Planeta brillante y habitable de muchas generaciones esta sinrazón. Basta recordar a Alonso Quijano, el bueno, allá en los Campos de Castilla, en el rodeo del sol, el destiempo, y su escudero Sancho, interpretando la lógica de una vida natural, y escribiendo su versión de la filosofía, el hombre y su aguacero de circunstancias. Después, y cada uno con su caligrafía personal desde Nietzsche, Descartes, Juan Ramón Jiménez, y el propio Focault han brindado al desvío delicioso de la locura su lugar justo en las letras y la composición humana.

Vamos ahora a las letras, y en franco término, el teatro. El teatro proyecta siempre las revoluciones que el hombre no ha pensado o mejor, decide detonar. Alguien dijo—sin altavoz—, que las revoluciones comienzan en los teatros, porque la cercanía a la condición humana en todas sus lagunas, mareas, y desiertos, es irrefutable. El dramaturgo tiende a ser un suculento prestidigitador capaz de descubrir y desenmascarar, imponer y desterrar, denunciar...y destronar la naturaleza humana bajo cualquier intemperie, sin tiempo o circunstancia. Ni vivir, ni morir, ese lenguaje del drama contra la página en blanco cae como cualquier estación del año, con cielo claro, o nubarrones.

De modo que, cuando un escritor aborda esa aún incomprensible cartografía del ser, la mente, y el tiempo, el referente puede ser avasallador. Siempre se asoma una luna mágica de sueño, triunfo, zozobra y amargura y eso sucede en Suenan las campanas, homenaje a la salsa clásica del dramaturgo y narrador puertorriqueño Carlos Canales. ¿Por dónde empezamos dentro de la esencia de este monólogo? ¿Dónde pueden estar sus puntos cardinales?

La historia se desarrolla en un asilo de envejecientes y está protagonizada por un anciano en silla de ruedas que oscila constantemente entre la lucidez y los estragos de la demencia o el deterioro cognitivo. A través de sus llamadas desesperadas a "Mai" —María del Rosario, la grande—, y de la recreación de una estación de radio (WVOZ Radio Voz, Carolina, Puerto Rico) emisora que sigue caminando con nosotros bajo la constante de Luis Raúl Striker, y Manolín Martínez, el personaje revive la música de su juventud, sus delirios de grandeza, su religiosidad sincera y el dolor de su aislamiento. Salsa gorda, con aspiraciones cósmicas, rebelde y sandunguera. Este monólogo dramático en primera persona ("Él"), donde el protagonista es tanto la voz que enuncia como el sujeto de su propio flujo de conciencia. La narrativa se fragmenta mediante "transiciones" y en repeticiones que reflejan el funcionamiento de una mente fragmentada por la vejez y el olvido.  Brinda la visión de una “locura de todos” el desdoblamiento del personaje en figuras mesiánicas o proféticas frente a su realidad vulnerable en una silla de ruedas. La radio es un hilo conductor y en ella,  la música, es su salvador incondicional. Ahí se detiene el tiempo, no hay punto de origen pues dentro de la locura o el desdoblamiento, una juventud arrecia suave y seductora, derrotando con su sinrazón la herida contumaz que puede ofrecer el tiempo. La memoria sirve de periplo y de paisaje, satura la esencia del personaje y el espectador se arrastra, pensando quizás, que podría ser el próximo número, de la existencia.

El entorno de vida del protagonista se reduce a las frías paredes de un asilo, lo cual contrasta intensamente con la nostalgia vibrante por su natal Carolina (Puerto Rico), sus barrios, la calle, la religiosidad popular y las fiestas donde sonaba la salsa clásica, ese bailao, ondular y vigoroso donde mientras das la vuelta a tu pareja de baile, tarareas la canción con sabrosura y ritmo; coito de color y encanto...vida revelada.

Hay otros protagonistas. La salsa clásica no funciona meramente como un fondo musical, sino como el ancla vital y el archivo de la memoria del personaje. Temas como “El día de su suerte” de Héctor Lavoe, “Amor y control” o “Maestra vida” de Rubén Blades expresan los dolores, aprendizajes y verdades de su propia existencia. A través de la música, el protagonista recupera la dignidad, el orgullo de su tierra y los sentimientos que el asilo y el tiempo le han arrebatado. Es la prueba de que, aunque su mente flaquee, su espíritu sigue bailando y cantando "a su manera". ¿Acaso nuestro tiempo ha sido construido con nuestras propias paredes listas para el encierro? ¿Nos azota la nostalgia y lo disimulamos? ¿Tenemos además de la asfixia alguna sombra? Las reflexiones sitian al espectador que comienza a ver su rodaje en el respiro...y piensa.

Lo existencial se aborda desde la vulnerabilidad de la condición humana ante el paso del tiempo. La obra reflexiona sobre cómo el ser humano se aferra a ilusiones, delirios de grandeza o a la fe para soportar la soledad y la incomprensión de su entorno. Las referencias a la muerte, el destino y los ciclos de la vida confrontan al espectador con la fragilidad de la vida, planteando que, al final, todos transitamos por un camino de pérdidas donde lo único que verdaderamente permanece son los sentimientos genuinos y la memoria de lo que fuimos. Pero lo discursivo es el reflejo de la locura, que al fin y al cabo, es la diestra mensajera de una verdad contundente y amarga, una pausa tal vez, a nuestra propia salvación, un canal donde se navega a fuerzas y nos embate con nuestro desenlace, definidos únicamente como seres vivos...todo llegará...pasará...y seguirá…

Entonces ya comenzamos a ver la sinrazón como el protagonista marginado de esta historia. El apogeo de una liberación, el extinguirse, sucederse, recrearse. Este es el punto de máxima tensión dramática, donde el protagonista colapsa ante la pérdida absoluta de su identidad y suplicando la presencia de "Mai" antes de dejar caer, definitivamente la cabeza y los brazos.

¿Es muerte, fatiga o tránsito? Esa locura que regresa de su ostracismo y toma posesión del cuerpo, el lenguaje, los sentidos. El hombre cuerdo se define a sí mismo, marginando aquello que teme o que no comprende de su propio interior. En la locura y la sinrazón—ya irremediables de sentencia—, brota el interior que el suelo de la lógica y continuidad deciden abrogar. Todo ha terminado, dentro de la gravedad del universo.

Carlos Canales nos llama de nuevo al redil del ser y sus elementos de fundición. Puede tener varias figuras, formas, cercanas y lejanas; un barrio, las calles, la radio, aquella chica guapa agazapada en los sueños de los chicos del vecindario, la homilía en la parroquia, la tarde soberbia en los juegos y andanzas, la calle perdida que termina en las estrellas, pero en todos esos elementos repetidos y circundantes gravita algo de nosotros en la memoria y la conciencia, en el partir de una energía imbatible que nos posiciona, nos fluye, y también nos abandona, desde luego, con la sinrazón incluida. Digamos que la estancia en la tierra es una marcha, de respiro y de cadencia y que, siempre llega el momento de invocar los dioses olvidados, dormidos, o esperando el número del reemplazo.

Carlos Canales, lo ha dicho, en la realidad que nos define:

“¿Y Mai? ¿Y Mai? ¿Y Mai? ¿Y Mai? ¿Dónde estás, Mai? ¡Mai, ¿por qué no llegas?! Mai, ¿dónde estoy? ... Mai, ¿quién soy? Mai, ¿tú sabes quién soy? Mai, ¿cuál es mi nombre? [...] ¡Si alguien me sueña, que despierte! ¡Si alguien me olvida, que me recuerde! [...] ¡Maaaaaaaaaaiiiiiiiiiiii!”

(Suenan las campanas)

Octubre en las tablas: Memoria, vigencia y legado de José Ignacio Cabrujas y Rodolfo Santana

Rodolfo Santana y José Ignacio Cabrujas
 
 Por: Jesús Eduardo Espinoza León

Octubre se nos cuela en el calendario con la fuerza telúrica de los grandes creadores. El día 21 de este mes nos convoca a un doble e inevitable ejercicio de memoria al conmemorarse un nuevo aniversario de la siembra física de dos gigantes absolutos de la dramaturgia venezolana y latinoamericana: José Ignacio Cabrujas y Rodolfo Santana. Y la memoria se ensancha y se ilumina aún más cuando sabemos que el próximo 25 de octubre celebraremos también el natalicio del maestro Santana, guionista de cine, director y pluma implacable nacido en esa entrañable tierra guarenera que tantos talentos ha dado a nuestra patria.

Hablar de Cabrujas y de Santana es hablar de la columna vertebral de nuestra identidad escénica. Cabrujas, con esa agudeza irónica y brillante para diseccionar la psique criolla, transformó el humor negro y la radiografía política en un arte universal, legándonos obras imprescindibles como: El día que me quieras, Acto cultural o Profundo. Santana, por su parte, con una pluma incansable y profundamente comprometida con las urgencias sociales, diseccionó los dilemas del poder y la condición humana en piezas memorables que han cruzado fronteras con éxito, tales como: La empresa perdona un momento de locura, El animador, Los criminales, Mirando al tendido, Rock para una abuela virgen, Nuestro padre Drácula, Baño de damas o La farra. Cada uno, desde su trinchera y con su estilo inconfundible, engrandeció el desarrollo de la dramaturgia nacional y impulsó el guion cinematográfico y teatral a una categoría de altura.

Esos legados no se han esfumado; flotan en el aire, palpitan en el tablado y reverdecen en cada rincón del país. Nuestra dramaturgia brilla con luz propia gracias al talento de destacadas autoras como Xiomara Moreno, Loida Pérez y Ligia Álvarez, así como por el aporte invaluable del Zulia con creadoras de la talla de Lolimar Suárez, quien ha dejado en alto a la región al alzarse con el segundo premio de la II Bienal Nacional de Literatura Apacuana, siendo la única mujer en alcanzar este galardón, junto a Nelly Oliver y Yazmína Jiménez. A ellas se suman voces esenciales de las letras y las tablas como Nereida Flores, Marta Crespo, Marina López, Karin Valencillos, Indira Páez, Inés Muñoz Aguirre, Héctor "Bongo" Castro, José Gregorio Cabello, Eduardo Bravo, Oscar Charo, Manuel Aponte, Juan Carlos Azuaje, Marco Purroy, Néstor Caballero, Gustavo Ott, Pablo García Gámez, el maestro de gran trayectoria Aníbal Grunn, quien sigue llevando la historia a la escena con verdades y cosechando éxitos recientes en Caracas, con su afamada obra Granada, traición y crimen; el talentoso Elio Palencia y el maestro José Gabriel Núñez, quienes continúan tejiendo esta historia compartida.

Mención aparte merece la labor incansable de creadoras como la dramaturga e investigadora Elimara Navarro, quien año tras año rinde un merecido homenaje a la memoria de Rodolfo Santana en su tierra Guarenas, Estado Miranda a través de lecturas dramatizadas, funciones teatrales y proyecciones cinematográficas que recuerdan su paso por el séptimo arte. Del mismo modo, instituciones y artistas como el maestro Carlos Arroyo, al frente de la Compañía Nacional de Teatro, también formado en esa misma escuela de rigor y excelencia, llevan montajes de altura que dignifican el nombre de Venezuela ante el mundo.

Como bien sabemos quienes defendemos este oficio, una obra sin primicia, conflicto y temática no es dramaturgia, y es precisamente esa fibra viva la que permite que el dramaturgo, el director y el actor transformen la página escrita en un hecho claro, vibrante y emocionante ante el espectador. Los que seguimos vivos en este camino, escribiendo, formando desde las aulas y montando piezas teatrales, sabemos que el teatro es la fuerza que nos sostiene.
Hoy, desde lo más infinito de la eternidad, recordamos a José Ignacio Cabrujas y a Rodolfo Santana con el mayor cariño. Sus enseñanzas siguen vivas en cada alumno, en cada texto inédito y en cada telón que se alza para recordarle al espectador quiénes somos y hacia dónde vamos.

¡Que viva el teatro venezolano!

 

¡Que viva el teatro venezolano!

¿Globalización o desmemoria? La dramaturgia olvidada de Job Pim

 

Job Pim

Oscar Acosta

Francisco Pimentel, o Job Pim, seudónimo con el que firmaba sus creaciones literarias, nació y murió en la ciudad de  Caracas (1889-1942). Fue hijo de Margarita Agostini de Pimentel y de Francisco Pimentel Anderson, también escritores. Aunque estudió Derecho en la UCV, se dedicó desde muy joven al quehacer literario. En sus inicios, el Jobo, como lo llamaban sus cercanos, colaboró con la revista El Cojo Ilustrado, conquistando, desde entonces y para el resto de su vida, gran admiración en los círculos intelectuales, a la par que lograba el favor de la lectura popular por sus escritos en las principales publicaciones periódicas del país. Posteriormente lanzaría sus dardos humorísticos de crítica política desde la revista Fantoches. Tres veces fue a parar a las cárceles gomecistas, una de ellas por varios años, pagando de esa manera sus pícaros atrevimientos literarios contra la tiranía. 

Aquiles Nazoa su mejor discípulo 

El eco del Jobo es reconocible en toda la obra poética y el teatro en verso de Aquiles Nazoa.  En su texto recopilatorio Los humoristas de Caracas (1966), diría su continuador: 

Job Pim

…hasta la fecha de su muerte, figuró en los principales periódicos y revistas del país como el más fino y constante exégeta con que contó la vida criolla durante casi cuarenta años de un quehacer literario caracterizado por su facundia temática, por la maestría y gracia de su expresión y su gentileza de buen causeur en verso, muy criollo en la intención festiva y en el acento popular, pero entrañablemente vinculado, en su fondo moral y aun en la docta elegancia de sus formas, a las grandes corrientes de humorismo culto que nos vienen desde Quevedo y Lope de Vega. (…) El criterio provincialmente cauteloso y modesto que en Venezuela presidió casi siempre el examen de los valores propios, ha retardado para Job Pim la hora de situarlo, en el conjunto de las letras de Hispanoamérica, en el lugar prominente que merece como realizador de una de las obras más ricas, originales y cuantiosas que haya producido el género humorístico en nuestro idioma.

Ludovico Silva afirmó:  “...Nazoa es [su] heredero literario directo: la mayoría de los géneros cultivados por Job Pim han sido desarrollados y perfeccionados por Nazoa”. Cierto que el autor de Las cosas más sencillas fue su heredero más claro, pero discrepo en cuanto a que desarrollara y perfeccionara lo logrado por Pimentel. Más bien, en continuidad con su prosapia humorística, Nazoa  hizo ese legado más accesible al sentir y entendimiento del pueblo menos privilegiado, simplificando el depurado lirismo de Job Pim con los trinos en Catuche, rumbo al parnaso caraqueño.  

Su teatro hoy día

Una docena de piezas de teatro en verso encontramos en su Obra Completa (1958), recopilada por su hermana y también escritora Cecilia Pimentel, para ser  editada por su esposa María Luisa Vegas de Pimentel. Si bien fueron escritas para ser leídas, rebosan de gracia dramática para ser representadas con una dirección eficaz que traduzca con inteligencia la intención del creador. Comparadas con las obras de los clásicos griegos, a las que volvemos una y otra vez, las obras de Job Pim exhiben más actualidad, frescura dialógica y pertinencia cultural. Entonces, ¿por qué permanece ignorado este gran valor de nuestras letras?

Su teatro para leer  aparece recopilado de la siguiente manera:

Grandes dramas bíblicos: Jonás; Sansón; El diluvio Universal; La Burra de Balaam; David contra Goliath; El sueño del Faraón.

Grandes dramas históricos: Jabón de Castilla; Cleopatra y Marco Antonio; El Descubrimiento de España.

Contribución al teatro vernáculo: La muerte del loro; El Cinócefalo abnegado; Entremés Infernal.

Que sepamos, muy poco se ha hecho con estos textos que pueden constituir, con una buena adaptación, interesantes propuestas escénicas. Las obras, desiguales en su extensión y complejidad, desbordan irreverencia, guachafita, ingenio y finura verbal.  La intención iconoclasta es arrolladora en obras como El Diluvio Universal, una disparatada y jodedora versión del sagrado episodio bíblico o en Jabón de Castilla, la historia del llamado “descubrimiento de América”, escrita patas pa’ arriba por el Jobo y que retomaría contándola cabeza pa’abajo Nazoa en Los martirios de Colón.

Comento a un amigo director que se precia de “vanguardista” la obra teatral de este escritor. “Chico… Estamos en plena globalización. ¿A quién le va a interesar eso”, me dice. El compañero teatrista  olvida que, en el mero centro del globo al que alude, vivimos nosotros. Todo lo demás en el planeta es periferia. Interesante y valioso, por supuesto, pero, a fin de cuentas, casi siempre,  monte y culebra  filtrados por el poder cultural hegemónico.


Una antología de la obra de Francisco Pimentel, contentiva de la obra teatral Jabón de Castilla, puede obtenerse en línea en https://bibliotecadigital.bnv.gob.ve/wp-content/uploads/antologia.pdf  y en (reedición) https://cenal.gob.ve/?wpdmpro=coleccion-bicentenario-carabobo-162-francisco-pimentel-job-pim-antologia-personal

20.10.26

Nace El Centro Nacional Autónomo de Dramaturgos Venezolanos

 Para impulsar la escritura en las artes escénicas desde Parque Central


Con el firme propósito de agrupar, dignificar y potenciar la creación teatral en el país, este miércoles 21 de octubre, 2026 a las 2:00 p. m. se llevará a cabo el acto oficial de apertura del acta constitutiva del Centro Nacional Autónomo de Dramaturgos Venezolanos.

El emblemático complejo cultural y residencial de Parque Central será el escenario de este hito para el gremio artístico nacional. La cita tendrá lugar en la Sala César Eduardo Rojas, sede oficial del reconocido grupo teatral L30 Producciones, ubicada en la Torre Oeste de Parque Central, en plena Avenida Bolívar de Caracas.

Este nuevo espacio institucional surge bajo la coordinación general del maestro y promotor cultural Eduardo J. Bravo G., quien junto a un destacado equipo de autores, directores y creadores escénicos ha impulsado esta iniciativa para consolidar un órgano autónomo que tutele, proteja y promueva el libre ejercicio de la dramaturgia en Venezuela.

La apertura del acta constitutiva marca el inicio formal de las operaciones de la institución, la cual enfocará sus esfuerzos en el desarrollo de programas formativos, la edición y publicación de textos teatrales inéditos, la defensa del derecho de autor y la proyección internacional de las letras escénicas venezolanas.

El comité organizador hace una abierta y cordial invitación a dramaturgos, directores, actores, estudiantes de las artes del espectáculo, periodistas y al público general a ser testigos de este nacimiento institucional que promete renovar y fortalecer el aparato cultural del país.

Detalles del evento:
• Actividad: Apertura del acta constitutiva del Centro Nacional Autónomo de Dramaturgos Venezolanos.
• Fecha: Miércoles 21 de octubre de 2026.
• Hora: 2:00 p. m.
• Lugar: Sala César Eduardo Rojas (Sede de L30 Producciones), Avenida Bolívar, Parque Central, Torre Oeste, Caracas.
• Coordinación: Eduardo J. Bravo G.

La paradoja del oficio: El peso del proceso.

Tercera parte de la trilogía sobre la apreciación de la actuación

Por Miguel Flores

​I. La memoria viva y el archivo del espectador

​Llegar a una conclusión sobre el propio oficio exige desprenderse de las complacencias y mirar la trayectoria con absoluta severidad. Al examinar el camino recorrido, reconozco que mi dimensión como actor no se sostiene únicamente sobre el aula académica, sino sobre una inmensa y privilegiada experiencia vivencial, formativa y visual. Soy el resultado de una época y de un paisaje teatral irrepetible.

​Formado en escuelas rigurosas y bajo la tutela de docentes de excepción, mi verdadera escuela fue también la calle, la sala a oscuras y el encuentro cotidiano con los referentes de nuestra escena. Viví la efervescencia teatral de los años ochenta, consumiendo hasta cinco espectáculos por día, devorando funciones maratónicas los sábados y siguiendo de cerca el trabajo del maestro Carlos Jiménez a lo largo de veinte años, a quien admiré profundamente como espectador constante de su obra, aunque nunca integrara el elenco directo de sus espectáculos.

​Tuve la fortuna indiscutible de recibir clases, trabajar y cultivar la cercanía del gran maestro Mariano Álvarez. Acumulé vivencias imborrables que moldearon mi sensibilidad: la fascinante maestría de ver representar el Fausto de Goethe a través del arte de los títeres; la libertad poética de caminar descalzo por el centro de Caracas junto al inolvidable maestro Lindsay Kemp; la explosión de arte urbano al presenciar a Mano Negra en plena Avenida Bolívar; y la lección magistral de disciplina vivida al trabajar bajo la dirección del maestro Ugo Ulive. Aunque mi tarea física en aquella producción consistiera sencillamente en mover una silla en escena, los cuatro meses de proceso me marcaron para siempre: presenciar un cronograma de ensayos milimétrico, donde cada jornada estaba estructurada con precisión matemática y donde nada se dejaba a la improvisación, fue una revelación absoluta sobre el rigor metodológico del teatro.

​Sin embargo, frente a la inmensidad de lo que el arte escénico exige, surge una certeza incómoda: la vivencia acumulada no siempre basta si el instrumento carece de la polivalencia técnica que el teatro contemporáneo demanda.

​II. El mito de la suficiencia y el arte del cuerpo polifacético

​Es en la confrontación con las destrezas técnicas donde aparece la noción del actor incompleto. Un actor debería ser un organismo integral, un territorio de habilidades múltiples: no solo la corporalidad del clown, el mimo y el arte circense, sino también el dominio de la voz a través del canto en sus variadas tesituras y estilos, y la versatilidad del baile en sus distintas formas de expresión corporal. A esto se suma la destreza para dominar un caballo, una motocicleta, un vehículo de carga o cualquier requerimiento específico de la escena.

​Especial atención merece el dominio de disciplinas como la lucha escénica, la esgrima o el boxeo teatral. La lucha escénica es, en esencia, la paradoja perfecta del teatro: el arte de construir una mentira técnica rigurosa para entregar una verdad visceral. No se trata de agredirse, sino de dominar la ilusión de la violencia mediante la distancia, el ritmo, el impulso y la complicidad física. Es una coreografía de engaños calculados al milímetro que deben ejecutarse con tal precisión orgánica que el espectador sienta el impacto, el peligro y el dolor como verdades incontestables. Si el actor no domina esa técnica, la simulación se desmorona o se convierte en un riesgo real.

​A esto se suma la necesidad de dominar idiomas, poseer un bagaje de lecturas complejas y mantener un entrenamiento permanente. En nuestro contexto, lamentablemente, abunda la autoproclamación de la maestría: un entorno donde la figura de «maestro» se otorga con ligereza tras un taller fortuito o una figuración efímera. Guardar distancia del ego y asumir nuestras carencias es un deber ético. Las limitaciones materiales de nuestra realidad económica han fragmentado a menudo la continuidad formativa, alimentando la prisa y la brecha con las nuevas generaciones, quienes hoy irrumpen con un ímpetu e instrumentos tecnológicos que a muchos adultos de la escena nos han tomado por sorpresa.

​III. La inmediatez contra la decantación: El actor de proceso

​El conflicto medular del intérprete radica en la brevedad de los períodos de transición. En las dinámicas actuales del cine y del teatro, los lapsos de preparación se han reducido drásticamente: llamados a rodaje con un mes de antelación para abordar un guión complejo, o montajes teatrales que pretenden consolidar el texto en quince días y estrenar en dos meses.

​Cuando el tiempo de investigación es escaso, el actor se ve obligado a improvisar la adquisición de habilidades técnicas sobre la marcha. Si el personaje exige manejar un camión o adentrarse en la lógica de una plataforma digital (streamer), la búsqueda acelerada de un entrenamiento rápido distrae al intérprete de lo verdaderamente crucial: la construcción psicológica y orgánica de la criatura escénica. Se prioriza el adiestramiento externo por encima de la arquitectura interna del personaje, fracturando la verdad de la representación.

​Frente a la velocidad acelerada del director moderno, el actor de proceso se percibe lento. Asumir la composición de un personaje requiere tiempo para asimilar la estructura, para digerir la palabra y evitar la lectura mecánica de las primeras lecturas de mesa. Construir una entidad capaz de deconstruirse en escena —de habitar con coherencia giros temporales complejos, como empezar por la propia muerte— exige una lentitud reflexiva que choca frontalmente con la urgencia del espectáculo mercantilizado.

​IV. Conclusión: Hacia una ética de la preparación continua

​Si la lentitud para abordar la prisa y la exigencia de una preparación más rigurosa me sitúan en la incómoda categoría de la mediocridad, asumo esa etiqueta no como un juicio destructivo, sino como una toma de conciencia ética. Esta autoevaluación revela una verdad fundamental del arte dramático: un actor nunca está suficientemente preparado.

​La labor interpretativa no admite complacencias ni títulos heredados. Requiere una entrega técnica implacable, un conocimiento interdisciplinario constante y la valentía de reconocer las propias limitaciones frente al escenario o la cámara. Cerrar esta trilogía sobre la apreciación de la actuación implica reafirmar que el compromiso con el arte exige tiempo, rigor y una búsqueda incesante de la verdad, aun cuando la inmediatez del mundo circundante intente imponer lo contrario. Yo soy un actor mediocre...

​Hasta aquí esta serie de reflexiones que conforman mi trilogía sobre la actuación. Me gustaría abrir la conversación con ustedes: ¿Cómo ven la formación del actor hoy en día? ¿Creen que la prisa actual devora el proceso orgánico del intérprete, o forma parte del lenguaje inevitable del arte contemporáneo? 

Presentan la obra teatral “Amigas” en Ciudad Ojeda

 

Luis Gerardo Leal

El grupo Teorema Producciones de Maracaibo presentará la comedia teatral Amigas, este sábado 24 de octubre desde las 5:00pm en la Fundación Alas de Luz de Ciudad Ojeda, dando continuidad a un año de continuas presentaciones escénicas de alta calidad en el municipio Lagunillas.

Esta obra, escrita y protagonizada por la periodista Lolimar Suárez y dirigida por Arnaldo Pirela, cuenta la historia de la Chiquis y la Fruleydi, dos amigas que se encuentran después de 5 años sin verse, lo que despierta todos los recuerdos de las experiencias vividas entre ambas.

Esta pieza promete hacer reír al público y al mismo tiempo reflexionar sobre el valor de la amistad, el paso del tiempo, la soledad, las exigencias de la sociedad hacia las mujeres, entre otros temas abordados con humor irreverente y honestidad brutal.


La función contará con un preludio teatral titulado La Boda, original de Carlos Canales y dirigido por Jhonathan Camacaro, una comedia ligera cargada de picardía a cargo de Emily Acosta, Michell Nava y Noé Pirela, del colectivo Tejedores de Sueños.

La presentación se realizará en la sede de la Fundación Alas de Luz, en la calle Bermúdez, edificio La Rosa de la Tienda del Peluquero, primer piso, y la entrada tiene un costo de 3 dólares.

17.10.26

El Pez que Fuma reivindica al teatro y al cine nacional.

 

Alexis Blanco

“No se cuenta lo que no se ve”, dice Jairo a Dimas, en una escena crucial de la versión cinematográfica que el actor y realizador Luis Fernández ha hecho de la obra cumbre de Román Chalbaud, El Pez que Fuma, la cual entra hoy a las carteleras de todas las salas de cine en Venezuela. Esta crónica intentará revisar cómo el teatro permea el sentido ético y estético de esta obra de arte venezolana.

Contradiciendo el referido diálogo entre los protagonistas masculinos de El Nuevo Pez que Fuma, esto es, la película inspirada en la obra cumbre de la llamada “Edad de Oro del Cine Criollo”, El Barroco Cronista Cuántico(BCC), alter ego de quién escribe esta historia, pretenderá contar lo que se ve y lo que no se ve en este filme signado por sus indudables virtudes escénicas: el riesgo grupal que toda compañía asume cuando monta un espectáculo, llámese Nuevo Grupo, Gente de Cine o, como en este caso, de la versión de Luis Fernández, la compañía española El Sueño Eterno Pictures, en coproducción con Divarte Cine.

En 1968, con el histórico Nuevo Grupo, el maestro merideño Román Chalbaud escribe, dirige y estrena su obra teatral El Pez que Fuma. Ahí aparece, totalmente desnuda, en una atrevidísima (para la época) brevísima escena, una exuberante muchacha de 18 años llamada Mimí Lazo, haciendo de Zobeida, un cameo para la núbil Ana María Mercedes Lazo Domínguez, quien ya había tomado clases de actuación en Italia y Estados Unidos. La dulce voz de Chalbaud abre la película que, dentro de su película, aquí se propone de manera magistral para manifestar su asombro ante la hipocresía reinante entonces.

Porque, sí, Luis Fernández esgrime elementos que, desde la última fila, al BCC le permiten referir este gran trabajo desde la interpretación del filósofo francés Jacques Derrida, para quien “la palabra deconstrucción (déconstruction) no significa destruir ni demoler, sino desarmar, descomponer y analizar analíticamente las estructuras ocultas que dan forma a nuestro pensamiento, al lenguaje y a los textos. Derrida revolucionó el análisis crítico en la década de 1960, develando su “estrategia de lectura crítica”, cuyo objetivo era “demostrar que ninguna idea, texto o institución política es ‘natural’ o posee una verdad absoluta, sino que todas son construcciones históricas plagadas de contradicciones internas…”. Román aplaudiría…

Porque su corazón era inmenso y generoso. Muchas veces estuvo en Maracaibo, ofrendándose como maestro creador e incluso le donó a Fundacine, de Siria Briceño y Emiliano Faría, su colección de grandes películas en video. Aquí rodó Manón, junto con Maira Alejandra y Enrique León y su Sociedad Dramática de Maracaibo. León dirigió, con la Compañía Nacional de Teatro, una versión de Los Ángeles Terribles y otra de Caín Adolescente y así, siempre estuvo presente el maestro Román Chalbaud y su alma libre. Él fue así con todo el país.

El espíritu de cuerpo, o “esprit de corps” (gracias a la Alianza Francesa de Maracaibo y a Mexy de Donato y Viviana Márquez por la invitación a la premiere para la prensa, el miércoles pasado), el espíritu gregario, constituye el pilar fundamental que sostiene el éxito de cualquier producción artística colectiva, ya sea una puesta en escena teatral o el rodaje de una película. Por definición, el teatro y el cine son artes de colaboración y convivencia. Quienes asistan a las salas de cine a ver El Nuevo Pez que Fuma en esta muy creativa versión, debe comprender que se trata de una compañía que está produciendo una película que cuenta otra película y, al mismo tiempo, se está contando a sí misma. Cine dentro del cine dentro del cine. Matrioshka bendita que nos conmoverá. Y mucho…

Necesito insistir en la espléndida naturaleza teatral de todo lo que involucra el estreno de esta versión de El Pez que Fuma. Tenía once años no cumplidos, cuando se estrenó, el jueves 11 de julio de 1968, en el entrañable Alberto de Paz y Mateos, producida por El Nuevo Grupo. El elenco signa la historia del teatro venezolano: La Garza: Gloria Mirós; Dimas: Herman Vallenilla; Juan: José Luis Silva; El Bagre: Humberto Buonocuore; Ganzúa: Julio César Lucena; Selva María: Hercilia López; La Argentina: Mayra Chardiet; Tobías: Rafael Briceño; Jacinto: José Salas (quien además fue el escenógrafo de la obra); El Profesor: Rodolfo Parra; Marlene: Norma Prieto; Batman: Alexander Milic; Robin: Raúl Medina; Muñeco: William Moreno; Hombre 1: Jairo Gómez; Hombre 2: José Antonio Espinoza. Intérpretes sublimes de aquella estética emergente.  

“La obra cuenta acerca del burdel como metáfora de un país: El verdadero impacto de la película radica en que funciona como una alegoría de la Venezuela de los años 70. El estreno coincidió con el auge de la bonanza petrolera ("la Venezuela Saudita") y la nacionalización del crudo. Chalbaud utilizó el burdel para retratar la decadencia moral, la corrupción, el dinero fácil y cómo los gobernantes se disputaban los recursos sin importar las consecuencias”, cuenta el BCC, con perspicacia.

En la película de Román, el reparto incluía, junto con Hilda Vera como La Garza, a Miguel Ángel Landa como Dimas; Orlando Urdaneta, como Jairo; Javier Quintero Garcia; Haydée Balza, como Selva María; Rafael Briceño, como El Bagre; Nelly Meruane como La Argentina; Arturo Calderón, como Don Ganzúa; Herminia Valdez, como La Cubana; Eduardo Cortina, como El Gordo Sosa; Cristóbal Medina, como Negro Rivera; Carlos Flores como El Gallero; José Salas como Jacinto; Oscar Araujo como El Mono; Gustavo González como El Comisario; Nacki Guttman como La Machorra; Mimí Lazo como Zobeida; Karla Luzbel como La Satanica; Víctor Febles como Ramírez; Ana Zavala como Eurubi; Ignacio Navarro: El Loco Tobías; Tony Padrón como Montilla; Luis Pardi como Izaguirre; Blanca Pereira como La Violetera; Pilar Romero como Deborah "La Cucuteña"; Irma Guzmán como Una Vecina; Oscar Berrizbeitia como El Ganadero; Luis Muñoz Lecaros como El Profesor; Jeff Levis como El Americano; Virginia Vera como Doris Josefina; Albertina Álvarez como Nieves La Bruja; el mexicano Claudio Brook y nuestro inmortal Virgilio Galindo.

Como la mayoría de las piezas teatrales tempranas de Román Chalbaud, esos textos terminaron siendo patrimoniales películas. Una anécdota que él contaba fue ese primer empleo suyo como actor, donde hacía de payaso al lado de su inmenso compañero de aventuras escénicas, José Ignacio Cabrujas. Pues bien, de clowns pasaron a cómplices guionistas: entre ambos, en 1977, realizaron el guión original de El Pez que Fuma.
¿El argumento? “Es una historia de amor tradicional aunque no romántica en el sentido clásico. Al contrario, es un crudo y pasional drama sobre el poder, la traición y la supervivencia, ambientado en un burdel de La Guaira llamado justamente El pez que fuma".  Años más tarde, el legendario colega Óscar Yánez, quien estuvo casado con una extraordinaria actriz llamada Agustina Martín, escribió un libro que según él mismo (me lo declaró para Panorama) estuvo inspirado de alguna manera en El Pez que Fuma. Hablo de Del Trocadero al Pasapoga: historias de mujeres buenas. Entre risas citaba algunos filósofos que para aquel momento habían puesto de moda el tema de la sexualidad y el poder, tales como Michel Foucault y su maestro, George Bataille.

Mimí Lazo es una extraordinaria actriz de teatro. Su monólogo, El Aplauso va por dentro, escrito por Mónica Montañés, es una de las obras más vistas en la historia del teatro venezolano. También Luis Fernández, su marido, tiene en su haber un palmarés muy importante, no solo por sus estudios en Harvard o por haberse formado dentro de la estética del Grupo Theja, sino porque además de haber hecho más de 600 funciones de su unipersonal No eres tú soy yo, también es escritor y productor teatral de gran categoría. Mucho de esa dinámica como pareja creativa constituye el alma y el sentido de esta versión libre que recupera para la cultura nacional ese prostíbulo excelso llamado El Pez que Fuma. “No se cuenta lo que no se ve”, pero, “si se puede ver, hay que contarlo”, dice el BCC.

Entre líneas se advierte, en la versión de Fernández del clásico de Chalbaud, algunas citas teatrales muy interesantes, configuradas, por ejemplo, desde Nora, que fue el título original que el dramaturgo noruego Henrik Ibsen a su célebre obra Casa de Muñecas. Hay alguna línea de semejanza entre La Garza/Ana y Nora Helmer: el despertar de la conciencia y la ruptura del rol: ella descubre que ha vivido en una "casa de muñecas" siendo tratada solo como un objeto decorativo y de entretenimiento por su esposo Torvaldo. Así, el BCC descubre que “el enfoque de Luis Fernández se centra en el despertar emocional e intelectual de la mujer (La Garza). La película plantea cómo la protagonista asimila la violencia patriarcal extrema a su alrededor y decide romper con las falsas estructuras de protección masculina…”. Por otra parte, también aparece otro detalle:

“La ilusión del poder frente a la ‘sumisión’": mientras que en la obra original de Román Chalbaud el burdel es gobernado por una dinámica de machos en competencia (Dimas y Jairo desplazándose mutuamente), la versión de Fernández alude a Ibsen al poner en duda la supuesta sumisión de la mujer. La trama propone que los hombres son circunstanciales y que es la perspectiva de La Garza —quien sobrevive y navega la opresión— la que verdaderamente ejerce el control, tal como Nora operaba en las sombras protegiendo las finanzas de su hogar antes de dar su portazo final”. Vaya ironía…

De manera análoga, “la meta-ficción en El nuevo pez que fuma alude a este conflicto al retratar el viaje de la actriz protagonista (Mimí Lazo), cuyo cuerpo y carrera se convirtieron en un "campo de batalla por la moralidad" tras realizar el primer desnudo icónico en los años setenta. Ambas historias funcionan como una fuerte contestación hacia el juicio público y el puritanismo social”.  Luego, el clímax de la propuesta de Luis Fernández pone a la protagonista frente a la misma disyuntiva existencial que a Nora Helmer: aceptar un liderazgo compartido bajo las reglas del juego de los hombres, o asumir en solitario el control de su propia vida y destino, desprendiéndose de los roles impuestos.”. Fuerza de la tragedia.

Disfrutar en pantalla grande la divina presencia del magno maestro José Torres y, como exquisito corollarium, la presencia de mi favorita actriz, Francis Rueda, eleva la calidad intrínseca de este trabajo múltiple y multiplicado de Fernández y su equipo: además de la mil y otra vez bella Garza, digo, Ana, digo, Mimí Lazo, encontramos, además del talentoso español Fran Berenguer, como Jairo; un poderoso Jorge Reyes, honrando de modo extraordinario a su antecesor, Miguel Ángel Landa y su Dimas; luego un estupendo Rafael Romero, haciendo un Director creativo de raza superior (esa escena donde detiene toda la grabación y se lanza un discurso sobre la fragilidad del arte como necesidad nacional promueve un cierto guiño brechtiano, una suerte de “distanciamiento” que concede razón al BCC y sus metáforas teatralísticas, y verga).

Entonces uno descubre que una cámara es lo que convierte a Claudia Rojas en esa gata sobre el tejado de zinc caliente que ella es durante sus preciosas escenas eróticas, luego Carlota Sosa impone su ley de veterana mujer de la vida intensa; Karina Velásquez y la legendaria cantante Estelita del Llano son imágenes impolutas de un ambiente lleno de suspiros, gemidos, vahídos y sortilegios. Hugo Carregal aporta una sutil referencia de ese otro mundo.


Durante la semana y a partir de distintos eventos, este BCC ha conversado mucho con el director general del Teatro Baralt, Jesús Lombardi Boscán, acerca de la recurrente presencia del Realismo Mágico en todo nuestro quehacer cultural y estético. En El Nuevo Pez que Fuma, La Garza muestra una insólita pecera, un acuario donde un pez negro y monstruoso, vigila a las figuritas que representan a cada uno de los miembros de esta corporación de placer y decadencia. Humedad que, desde la ciencia, permite al BCC referir: para el siquiatra suizo Carl Gustav Jung, “el concepto de lo húmedo o la humedad (humiditas) no se refiere a un estado climático, sino a un concepto alquímico fundamental que simboliza la vida, la emoción, el inconsciente y la fluidez del alma […] Para Jung, lo húmedo está íntimamente ligado al principio femenino y al Eros (la función de relación y conexión). Representa el estado líquido de la psique: las emociones, los sentimientos y el flujo de la vida…”. No señor: el de Román Chalbaud nunca fue un prostíbulo cualquiera. Noooo…

Otro detalle comentado con el arquitecto especialista del Teatro Baralt tuvo que ver con el set escenográfico, donde una escalera de caracol permite desarrollar una inteligente plantilla de desplazamientos que, en sus movimientos de ascenso/descenso, habilita en la mirada del espectador cinéfilo la representación de esa gracia real-maravillosa que subyace en cada toma y encuadre. Ello apuntala el trabajo de fotografía realizado por Antonio García (un nombre u homónimo histórico teatral aquí en Maracaibo). Esa estupenda Dirección de Arte que él mismo Fernández apuntala apoyado en Angélica Burgos Colls. En una escena, el actor Jorge Reyes/Dimas se pone unos lentes de sol y le pregunta a Gabriela Martínez, la vestuarista, “¿con o sin?”, a lo que ella le responde: “¡Con!”. Valga este detalle para reconocer este preciosista trabajo de vestuario, de lo cual, la actriz Carlota Sosa hablará antes, cuando menciona el imponente vestido con el cual la protagonista consumará su gloriosa tragedia final. Les repito: este cine es de otra raza.

Y no es para menos, según apunta con sapiencia el relator de esta crónica lujuriosamente impregnada de posverdad: “La película fue votada como la mejor película venezolana de todos los tiempos con 22 votos en una encuesta de 1987 a 29 expertos organizada por la revista 'Imagen'.  También fue votada como la mejor película venezolana de todos los tiempos con 33 votos en una encuesta de 2016 de 41 expertos organizada por la Cinemateca Nacional.  Forma parte de una de las 15 películas consideradas patrimonio cinematográfico de Venezuela por la UNESCO, e incluida en Memoria del Mundo: Patrimonio Cinematográfico Nacional…” 

Vayan a verla.

Y cómo esta historia intenta contar las referencias sobre El Pez que Fuma, desde su propia dimensión teatral, nadie mejor que el bienamado maestro José Ignacio Cabrujas para cerrarla:
“El pez que fuma no es la historia de un prostíbulo; es la metáfora exacta de un país que vive de la renta, donde el poder cambia de manos, pero las dinámicas de corrupción, ambición y vasallaje permanecen idénticas […] En El pez que fuma nadie produce nada, todos administran la ganancia ajena. Jairo no llega con ideales, llega a sustituir a Dimas en el usufructo del burdel. Es la viveza criolla elevada a estructura de Estado”.  Nos vemos en el cine.

(Alexis Blanco. El Barroco Cronista Cuántico. Las fotos provienen de la productora)

Pedro y el Capitán: la puesta en escena bajo la óptica del Teatro de Atmósfera.

  

 

Por: Eduardo J. Bravo G.

Ser recibido por la muerte para tomar asiento en una puesta en escena que difunde algunos aspectos de lo inmersivo, coloca al espectador en el contexto de que la muerte ronda en el espacio como un símbolo del silencio. Pero un silencio que hace al espectador cómplice de lo que allí va a ocurrir, al tiempo que van transcurriendo los acontecimientos.

La luz en una especie de umbra fue marcando el espacio gradual de unos microescenarios que se presentarían como referentes dentro de la trama. A medida que el público tomaba su silla como espectador de la tortura, la atmósfera de las penumbras y los conos de luz puntual iban estrechando el campo visual de Pedro —quien ya había vivido varias torturas— y de un Capitán arrogante y seguro de su fuerza en el otro extremo, haciendo que el público sintiera la misma claustrofobia que más adelante ahogaría al verdugo.

Ese claroscuro de la muerte nos presentaba un tercer personaje que en la obra de Benedetti no se encuentra. Esta puesta nos presenta una nueva lectura: una muerte expandida por los cuatro microescenarios, que a su vez era el torturador que movía la cabeza del público, envolviendo a todos en el mismo clima del caso.

Una atmósfera fría y quirúrgica despojaba la escena de cualquier calidez, obligando al espectador, según mi experiencia vivida, a no tener escapatoria visual ni emocional ante la agonía.

Pedro y el Capitán, obra original de Mario Benedetti, producida por Impuribus Mirum en la Sala Experimental del Teatro Alberto de Paz y Mateos, bajo la dirección de Amilkar García y con el elenco conformado por Kevin Génova como Pedro, Amilkar García como el Capitán y David Cedeño como la Muerte. La producción y musicalización corrieron a cargo de Yisser Oviedo; el vestuario y la utilería, de Sara Escalona; y la iluminación, de Alejandro Capote.

La propuesta original de Benedetti presenta un drama teatral en cuatro actos, escrita durante el exilio y ambientada en el contexto de las dictaduras militares del Cono Sur. Apunta Helio Gallardo (1983):

Un género del teatro de cámara con dos personajes en escena: Pedro, el prisionero político torturado, y el Capitán, su interrogador. Sus orígenes evolucionan de la novela previa del autor titulada El cepo. Pedro es la víctima que representa la dignidad humana, la resistencia moral y la convicción ideológica frente a los golpes, la humillación y el desgaste físico. El silencio es su control y firma de aguante, siempre negándose para no traicionar a sus compañeros. (p. 35)

Gallardo aclara que el Capitán, en este caso el victimario, representa el poder del Estado opresor, el abuso de autoridad y la violencia institucional. No se presenta como un monstruo fantástico de caricatura; es un ser humano común que se ha deshumanizado mediante su función (p. 36).

En este sentido, se comprende que él asume en el comienzo de la obra el rol del interrogatorio, donde la manipulación busca despojar a la víctima de una información que le es útil al Estado. No obstante, a medida que Pedro no cede, el Capitán sufre una degradación psicológica y una inversión de roles.

Es una temática presentada por Benedetti donde la psicología del torturador y del torturado indaga en qué lleva a una persona común a naturalizar la crueldad y cómo la víctima puede conservar su soberanía interior. Una tortura como ignominia del poder.

Es ahí donde nos encontramos con la denuncia directa contra la deshumanización sistemática; es esa forma de recuperar la objetividad y la verdad moral. Apunta Gallardo que Pedro y el Capitán es una obra que nació para no ser representada, según las palabras del propio autor: “Pedro y el Capitán es un tenso y largo diálogo entre víctima y verdugo que se desarrolla en una sala de interrogatorios” (p. 13).

Tomando como ejemplo el origen de la obra, ahora nos toca dar nuestra impresión sobre su puesta en escena, presentada en el mes de octubre de 2026 por el grupo Impuribus Mirum.

Si la obra de Benedetti en su origen es un texto dramático-político de diálogo y confrontación moral, la puesta en escena de Amilkar García la reescribió escénicamente desde una estética posdramática sobre la culpa, la resistencia y la muerte.

El hecho de incorporar un tercer personaje, a diferencia del texto clásico de dos figuras, lleva la obra a otra dimensión dramática posterior a su presentación original: un tercer actor como símbolo o alegoría de la muerte, pero que a su vez es el torturador que hace visual las torturas ante el público, invitándolo a vivir el sufrimiento de cerca, de manera inmersiva y cruel.

Así da forma a esa división inicial del texto original en cuatro actos, encontrándolos aquí bajo las cuatro atmósferas recurrentes de espacio y de tiempo que de manera progresiva generan la tensión dramática hasta su punto final. Un espacio dividido en cuatro microescenarios de atmósfera para reflejar la estructura dramática y los cuatro actos de la obra, con un simbolismo muy marcado en la rejilla que llevaba en el rostro Pedro desde el inicio, un elemento metafórico clave para representar el encierro psicológico y el juicio moral entre víctima y victimario.

La inclusión de este tercer personaje —aunque el texto original es un duelo actoral entre dos actores que encarnan los roles— dota a la obra de una forma narrativa de alegoría, casi de epifanía, acompañando la tensión dramática del espacio. En este caso, la opresión ideológica y la barrera moral entre la dignidad del prisionero y la vulnerabilidad ética del victimario conjugan fuerzas antagónicas de alta intensidad.

Aunque la mirada cansada y desgarrada de Pedro mostraba agotamiento, esa rejilla metálica transformaba la atmósfera en distancia; no de espacio, sino ideológica y de carácter supremo. Era un elemento escénico central, mirándola desde varias perspectivas metafóricas del encierro físico y del saber: ¿qué comprendemos nosotros como encierro?

La rejilla en el rostro sirvió como el eje del dispositivo escenográfico, funcionando como un límite físico y a la vez psicológico que separaba dos mundos: el poder formal versus la convicción moral.

De lo ya indicado se establece que una paleta de luces sobrias y puntuales acentuaba la frialdad de la sala de interrogatorios y resaltaba las siluetas en los momentos de mayor tensión, otorgándole a la muerte un impacto visual casi fantasmal.

Esta versión presentada mantuvo la esencia del diálogo ético-psicológico de Benedetti, introduciendo elementos de lenguaje escénico y simbolismo propio, concatenando la estructura de los cuatro microespacios correspondientes a las cuatro etapas o actos dramáticos convertidos en atmósferas de tensión.

Un interrogatorio que va desnudando al Capitán y elevando a Pedro hacia la sumisión del hecho liberador, rompiendo con el esquema de la catarsis para instalar un esquema de liberación producido por el personaje, pero que al mismo tiempo experimenta el público.

Claramente el texto original de Mario Benedetti no se plantea como un mero enfrentamiento de tortura física, sino como un duelo de convicciones ideológicas, matices de desnudos internos y externos, y dilemas éticos.

En la puesta en escena estudiada, esa resistencia opera como moral. Pedro encarna la negativa inviolable a ceder la dignidad o a traicionar. Es aquí donde surge lo liberador desde el espíritu y el alma, donde el cuerpo físico deja de contar para dignificar la estancia del hecho vivo. La obra muestra ideológicamente cómo el prisionero, a pesar del dolor y el encierro físico, mantiene la libertad; no pretende generar catarsis, sino un hecho liberador puro que desarma gradualmente la aparente superioridad del torturador y hace que el victimario erosione. Es decir, el aparato estatal e institucional, representado en este caso por el Capitán, justifica la violencia bajo el discurso del orden y el deber. A medida que transcurre la trama, se revela la grieta moral del opresor: el Capitán no logra romper a Pedro y termina siendo derrotado psicológicamente. Este personaje también experimenta una liberación, pero al reconocer su propio vacío ético.

De ahí lo imprescindible de la culpa y la muerte. Cuando la muerte ronda por el espacio, materializa el costo ideológico y humano de la represión, recordando que las consecuencias del terrorismo de Estado alcanzan tanto a la víctima como al verdugo.

Hablamos de cuatro microescenarios creados por la atmósfera de manera conceptual, metonímica corporal, lumínica, expresiva y emocional, haciendo que la trama muestre sus cuatro etapas tal como se halla en la obra original. Cuatro reuniones entre Pedro y el Capitán son las que dotan de esa experimentación inmersiva de asfixia y seguimiento cercano.

El uso de este tercer personaje es, sin duda, una de las decisiones de dirección más arriesgadas e interesantes de la propuesta de Amilkar García, ya que modifica de forma sustancial la dinámica del texto original de Benedetti. Al fusionar la figura del torturador físico con la alegoría de la muerte, la puesta en escena logra texturas profundas:

1.    La deshumanización de la violencia dentro del torturador: En el texto de Benedetti, la violencia física se mantiene en un segundo plano (sucede fuera de escena), dejando el escenario para la tortura psicológica entre el Capitán y Pedro. Al encarnar este tercer personaje el rol del torturador ejecutor, el Capitán queda como el intelectual de la represión: se limpia las manos ante la violencia directa, manteniendo una fachada de civilidad y burocracia. El torturador es la fuerza bruta, representando la maquinaria violenta desprovista de empatía, el brazo ejecutor que no razona, sino que opera.


2.    La omnipresencia de la muerte: Su distribución espacial, el dolor y el sufrimiento se van presentando como un hecho de liberación interna que luego emerge hacia lo externo y se expande hacia el espectador.

La verdadera riqueza del montaje radica en cómo este personaje pasa de ser un verdugo terrenal a una fuerza alegórica que se desplaza por los cuatro microescenarios constitutivos de la escena. Al generar un efecto de acoso al circular constantemente por toda la sala experimental, el personaje rompe la distancia con el espectador, al punto de que desde la entrada del público ya nos invita a ser cómplices de las torturas que se propinarán a Pedro; nos invita al espectáculo.

La muerte no es solo un destino final para Pedro, sino una sombra acechante que rodea toda la sala en complicidad con nosotros, los espectadores: un círculo del cual es imposible escapar. Para Pedro, la muerte es una presencia física inevitable; pero para el Capitán, es el recordatorio constante del juicio moral y la descomposición de su propia conciencia. Esto hace que la atmósfera de los cuatro escenarios metonímicos actúe como una sustancia en el ritmo corporal; su desplazamiento por el espacio es un generador de contrapunto visual que no distrae, dotando de gran fuerza a la inmovilidad o encierro de Pedro y a los monólogos del Capitán, marcando la transición entre un microescenario metonímico y otro.

Es allí donde el mismo público comienza a reflexionar y preguntarse: “¿Quién es el verdadero muerto?” Queda planteado el dilema ético. Con la presencia continua de este personaje, la pregunta central de la obra se visualiza de forma directa: Pedro se acerca a la muerte física, pero su espíritu y sus ideales permanecen vivos e inquebrantables; el Capitán, aunque vive y conserva el poder formal, ya está muerto en vida éticamente hablando, consumido por la complicidad y el vacío moral. La muerte rondando a su alrededor simboliza su propia ruina inevitable.

Esta es precisamente la grieta filosófica más potente de la obra. Con la presencia física de la muerte rondando la sala se crea una paradoja inquietante: en un primer momento parece acechar a Pedro por ser quien sufre el castigo físico; pero a medida que avanza la función, la balanza se inclina hacia el Capitán (el verdugo).

La duda que se siente en la sala responde a cómo se invierten los roles éticos en la puesta en escena:

  • Para Pedro (la víctima): La muerte es un límite físico, pero no una derrota. Pedro logra asumir el dolor y la posibilidad del fin con una serenidad basada en sus ideales. Paradójicamente, la muerte no puede matar su dignidad; solo puede reclamar su cuerpo.
  • Para el Capitán (el verdugo): La muerte lo acecha de una manera mucho más aterradora: como condena moral y podredumbre espiritual. El Capitán empieza la obra creyendo que tiene el control de la vida y de la muerte, pero termina acorralado por la culpa, la cobardía y el aislamiento moral. Ya está muerto por dentro.

El hecho de que el personaje se desplazara constantemente entre los microescenarios metonímicos hacía que la muerte no fuera de uno solo, sino una sombra compartida: para uno, la liberación de la tortura; para el otro, la sentencia de su propia ruina. Y es aquí donde el espectador experimenta y vive esa liberación también. Es por ello que no hablo de catarsis, sino de liberación. Sé que este concepto a muchos pondrá patas arriba: “¡Qué! ¿Cómo es eso de que no se produce catarsis?”, pero es una forma de ver la posmodernidad y la estética posdramática. No obstante, ya ese es un tema para disertar en otro escrito.

Esa atmósfera en progresión, articulada en cuatro espacios dentro de un mismo espacio, captura con total precisión la curva dramática de la obra y la razón por la cual la muerte cambia de dirección:

  • Desde el primer encuentro, en el monólogo inicial, el Capitán se siente invulnerable, dueño absoluto del espacio y de la vida de su prisionero. En esta primera atmósfera, la muerte parece estar totalmente del lado de Pedro como una amenaza externa ejercida por el régimen.
  • La primera palabra («Sí»): Ese primer «sí» de Pedro marca la quiebra del monopolio de la palabra. A partir de ahí, la muerte empieza a cambiar de bando, revelando que la resistencia de Pedro no se puede doblegar con violencia física.
  • En la tercera atmósfera, la confrontación de ideales es el choque directo. El despliegue del personaje de la muerte por el espacio ya no funciona solo como la amenaza del castigo, sino como el espejo donde se reflejan las contradicciones y el miedo del Capitán: una proyección psicológica.
  • El punto culminante es el desplome, la revelación y la liberación última, cuando Pedro reconoce que el Capitán ya es un muerto en vida.

En ese instante, la atmósfera se vuelve asfixiante para el Capitán: el espacio que antes dominaba se convierte en su propia tumba moral, mientras que Pedro, aun al borde del colapso físico, alcanza una trascendencia absoluta. Se libera.

Esa transición de atmósferas demuestra cómo la dirección logró que la muerte no fuera un mero efecto escénico, sino una fuerza viva que terminó devorando al verdugo. Por tal motivo, la enmarco dentro de la estética del Teatro de Atmósfera.

Entendiendo que en el drama clásico la atmósfera es solo un adorno para acompañar al diálogo, en el teatro posdramático la atmósfera se emancipa: el espacio sonoro, la luz, los cuerpos y los objetos generan una experiencia estética por sí mismos, tal como ocurre con la rejilla que lleva Pedro en la cabeza.

Se vincula así el A-Texto o lo no-logocéntrico: el espacio invisible como protagonista. Cuando nos adentramos en un teatro convencional, comprendemos que la escenografía es el marco y el texto su motor o empuje. Ahora bien, en el Teatro de la Atmósfera, el espacio que hay entre los actores y los espectadores se llena de fuerza viva. Es a lo que yo llamo «el teatro de lo invisible». Por tal motivo indico sobre los cuatro microescenarios metonímicos, porque implica crear la escena partiendo de lo invisible para componer el hecho que será representado por los actores, y eso es la metaesencia. La atmósfera es una cualidad emocional que flota en el aire (miedo, melancolía, tensión, júbilo) y que rodea tanto a los personajes como al público, logrando dar forma a lo que en muchos casos denomino «la curva de las emociones».

Esa visión teórica y práctica de maestros de la escena como Mijaíl Chéjov es apuntada con mucha certeza por Yanina Meerzon (2005): “Es una propuesta donde la emoción y el sentido no nacen de las palabras, sino del aire que se respira en el escenario” (p. 6).

La misma empatía espacial con el espectador genera una estética al disolver la separación entre la escena y la platea, el asiento, el lugar desde donde se está mirando, escuchando y oliendo. Aclara Meerzon:

La atmósfera no se queda detrás del proscenio: contagia la sala. El espectador no solo observa una historia, siente la temperatura emocional del lugar. (p. 8)

La estética de la atmósfera es uno de los pilares fundamentales de lo que Hans-Thies Lehmann teorizó como teatro posdramático, donde expone que:

Cuando el teatro deja de estar subordinado al texto (al drama tradicional), necesita otros elementos para construir sentido, y es ahí donde la atmósfera cobra un rol protagónico. (p. 43).

Enmarco pues la obra Pedro y el Capitán bajo esta estética y estilo. Aunque su origen es un texto de marcado corte dramático y convencional, en este nuevo montaje se apoyó en recursos posdramáticos y en la creación de atmósferas para potenciar el horror y la resistencia sin caer en el mero realismo naturalista.

Una atmósfera de encerrona conjuntamente con la tortura, pero ¿a quién torturaba en verdad la muerte: a Pedro o al Capitán?  Todo transformado en un pequeño ecosistema emocional. El mismo espacio sonoro —con zumbidos, silencios opresivos, ecos y sonidos fuera de escena— fue materializando la violencia sin necesidad, en algunos casos, de mostrarla.

En el entorno íntimo y cargado de la Sala Experimental del Teatro Alberto de Paz y Mateos, la atmósfera hace que el público, desde su entrada, deje de ser un observador distante. Respirando la misma tensión que los personajes, la experiencia aborda cómo el montaje interpela la ética del espectador frente a la impunidad, invitándolo a vivir esa tensión, el dolor y la dignidad. Es allí donde el espectador experimenta la inmersividad.

Ahora bien, en cuanto al trabajo actoral, casi siempre evito realizar una crítica ligera, puesto que su esencia es fundamental en el proceso y requiere de una gran cantidad de explicaciones en cuanto a técnica, método, tratamiento y práctica, casi siempre bajo la mirada del director. Ciertamente, Pedro y el Capitán exige un duelo de actores; la química entre ellos tiene que ser clave para que todo lo planteado en este escrito tome cuerpo, evidenciando el cambio de poder psicológico.

Comprendemos allí el paso progresivo de la arrogancia al colapso emocional del Capitán. Los actores mostraron estas acciones dentro del hecho textual: desde el sostenimiento del ritmo que exige el formato denso y dialogado de la pieza, el elenco logró manejar los silencios, las modulaciones de voz y la contención física sin perder la tensión dramática a lo lo largo de las cuatro atmósferas escénicas. A ello se sumó el tercer actor que encarna la muerte y el torturador, aportando un lenguaje gestual y corporal preciso que irrumpió en el espacio sin romper la verosimilitud de la conversación principal.

Todo esto es fundamental para el desarrollo de la puesta. Sin embargo, algo está ocurriendo en la escena venezolana con las actuaciones, dado que se perciben personajes repetitivos de una obra a la otra, y esto es sumamente grave; cada personaje de un actor necesita su descanso y su propio proceso para poder encarnar una nueva vida. Esto lo digo desde mi rol de crítico de teatro, pues lo estoy viendo muy a menudo y resulta peligroso. No obstante, ese es un tema para desarrollar de manera profunda en otro escrito.

En conclusión, Pedro y el Capitán se muestra desde la perspectiva plástica, actoral y conceptual que hemos analizado, bajo la puesta en escena de Amilkar García para el grupo de teatro Impuribus Mirum. No sigue una sola línea rígida, sino que se enmarca dentro de una síntesis estética clara: el teatro de atmósfera.

En esta puesta en escena, la composición plástica de la luz no solo acompañó el texto, sino que materializó físicamente la asfixia para los espectadores; la combinación entre la proxemia física de los actores y una iluminación casi opresiva convirtió al público en un testigo directo e inevitable de la caída del verdugo, un aspecto concreto que se detalla desde la posibilidad del «teatro de lo invisible». Invito, pues, a un nuevo montaje y a un descanso riguroso de los actores para la creación de nuevos personajes; recordemos que son actores, no intérpretes:

…un actor encarna personajes distintos, vidas distintas; un intérprete interpreta cualquier texto, pero es solo eso.

El actor o actriz es en esencia un constructor de vidas y realidades dramáticas creadas que vienen de lo concreto en muchos de los casos. Su labor principal radica en la encarnación y en la ficcionalización.

El intérprete es un canal de ejecución expresiva, técnica y performática. Su labor gira en torno a la traducción estética y la presencia aquí y ahora.

Finalmente, esta estética sombría despoja la escena de distracciones para concentrar todo el peso en el gesto, la voz, la proxemia física y la tensión psicológica.

¡Felicitaciones!

 

Fuentes Bibliográficas

-Benedetti, Mario. Pedro y el Capitán. Editorial Nueva Imagen. México (2.ª ed.), 1980.

-Gallardo, Helio. El universo ideológico de Pedro y el Capitán. Dialnet (8958209), 1983.

-Meerzon, Yanina. Hans-Thies Lehmann y el Teatro Posdramático. (Documento

académico de circulación en Academia.edu), 2005.

-Fotos. Instagram cnteatro_ve vayaalteatro. 2026.

 

Caracas, 15 de octubre de 2026

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