Mariajosé Escobar
Este
pasado jueves 27 de agosto, se estrenó Granada Traición y Crimen, obra con la
que la Compañía Nacional de Teatro honra a Federico García Lorca al cumplirse 90
años de su vil asesinato a manos del fascismo español. Este espectáculo se
estará presentando en el teatro Alberto de Paz y Mateos los días jueves,
viernes, sábado y domingo a las 7:00 pm hasta el 13 de septiembre.
En
primer lugar, hay que mencionar que se trata de una apuesta teatral sui géneris
no sólo por combinar distintas artes -poesía, baile, música, teatro- sino por
lo dinámica e inmersiva que resulta, al hacer del espectador parte de la obra
misma. Este efecto se logra, principalmente, al ser representada en seis
espacios completamente diferenciados entre sí a los que el público tiene que ir
accediendo siguiendo la instrucción de ese personaje vil y oscuro,
representación del fascismo que seguirá a los personajes durante toda la obra,
siempre observando.
La
puesta en escena comienza en el sótano del teatro, en una oscuridad total, el
público se dispone alrededor de un espejo de agua creado especialmente para la
representación. Es allí cuando caemos en cuenta de lo novedoso de la obra: lo
primero son las sensaciones, el miedo a la oscuridad, el agua que llega a
salpicar al público, los cantos, la percusión en el piso, la música, el sonido
de los pasos de las bailarinas que chapotean en el agua, los surcos de sus
pasos en el agua, los reflejos de sus faldas de colores. Todo un deleite
sensorial en una majestuosa escena inicial que es representación de las
lavanderas en el río, sus cantos, sus risas. La escasa iluminación genera un
efecto dramático en el que se enfatizan las emociones.

Nos vamos encontrando
en el desarrollo de la puesta en escena con un Lorca fragmentado en seis
personajes diferentes de sus obras, que según mi interpretación, representan a
los republicanos en última instancia. De pronto el personaje oscuro grita: “Que
nadie se quede, todos adelante” y va señalando los nuevos escenarios hacia los
que el público debe ir para continuar el espectáculo.El segundo escenario es dispuesto a la manera
de un bar callejero y el público sentado en las mesas es parte de la
escenografía, como si fuéramos todos espectadores en este lugar bohemio en el
que se representa teatro de calle.
Nos sentamos en mesas con manteles rojos y
velas, aparece un guitarrista. La atmósfera pasa de ser fresca a ser
nostálgica, en la parte de arriba hay un balcón, en el que se encuentran dos
mujeres que cantan a Lorca, y recitan sus poemas. Él está en el centro
acompañado de una guitarra. De esa manera, se va tejiendo una construcción
dramática polifónica, múltiple, en el que se enhebran finamente diferentes
significados: la poesía de Lorca -que emerge en los labios de los actores
principales- el ambiente español de la época, su música -como el cantejondo, y
guitarras- sus bailes, teatro de calle con personajes que son mitad actores
cómicos y mitad mendigos, con lo cual se reduce la tensión dramática mediante
la risa. Luego de salir de este espacio, por instrucción del personaje que
representa al fascismo, siempre acechante, pasamos a un espacio-otro de
transición que podría sumarse a los seis que comento al principio. Se trata de
las escaleras que constantemente el público debe bajar o subir para moverse
junto a los actores de un espacio a otro, aumentando el dinamismo de la obra en
su conjunto. En las escaleras, la voz de mujeres rezando una plegaria: “dulce
amargo, dulce cruz, dulce nombre de Jesús” que nos hace sentir en una
procesión.

Resulta
un hecho interesante que esta sea la obra con la que la Compañía Nacional de
Teatro vuelva a escena luego de la pausa que nos impuso el terremoto, y en
general luego de este año signado por las catástrofes en nuestro país. En toda
la obra, se hace una gran reflexión, necesaria, sobre los peligros del
autoritarismo, el fascismo y la traición, en un mensaje oportuno y necesario
para los tiempos en los que vivimos, una alerta para nuestros días.
Estoy
tan maravillada con esta manera de presentar una obra de teatro que podría
explicar cada una de sus escenografías, sus diálogos, sus imágenes. Sin embargo,
no es ese el objetivo de una reseña. Creo que los tres directores que
participaron en esta obra: Anibal Grunn (director y dramaturgo), Carlos Arroyo
y Rufino Dorta, toda la Compañía Nacional de Teatro que participó en pleno, y
los artistas que conforman el equipo creativo entre ellos Carmen Ortiz (coreografía),
Julia Carolina Ojeda (música) Gerónimo Reyes (iluminación), Juan Carlos Azuaje
y Jesús Gómez (escenografía), Roxana
Méndez y José Alejandro Torres (muralistas), Arístides Muñoz y Jasón Hernández
(producción), y los asistentes de dirección: Eloy Marchán, Jasón Hernández y
Alejandro Capote, y por supuesto los cuarenta maravillosos actores en escena
merecen una ovación de pie por traernos esta obra inmensa y arriesgada, digno
homenaje al gran Federico García Lorca.
No
se pierdan esta obra, háganse el inmenso regalo de volver al teatro en estos
tiempos difíciles.