Por
Miguel Flores
En 1984, un grupo de jóvenes encendimos en El
Tigre una chispa que se convirtió en fuego: nacía el Grupo de Teatro Relevo,
cobijado por el Ateneo y la Casa de la Cultura Simón Rodríguez.
El equipo fundador lo integrábamos Candelario
Mirabal, Miguel Chettik, Oscar Rodríguez, Luis Rincón y mi persona. Éramos,
para decirlo con mis propias palabras, "como un grupo de evangélicos
fanáticos del teatro, pero sin ningún tipo de conocimiento". Nos sobraba
intuición y nos faltaban conceptos, pero las ganas de comernos el escenario
eran sagradas.
La disciplina del oficio.
Aunque amateurs, nos autoimpusimos un rigor
absoluto. Diseñamos un cronograma propio: mientras la mayoría estudiaba o
trabajaba, ensayábamos diariamente de 7:00 a 10:00 de la noche.
Los sábados la jornada era intensiva, de 9:00
de la mañana a 3:00 de la tarde, llevando nuestra propia comida para no quebrar
el ritmo. Solo el domingo quedaba libre.
Esos sábados nos inventamos nuestra propia
dinámica de formación: nos auto educábamos. Dedicábamos horas a la expresión
corporal, la voz y la dicción. También nos aventurábamos a leer obras de teatro
y a estudiar "a lo loco" algún libro de Stanislavski que nos costaba
muchísimo entender, pero que devorábamos con pasión.
Más allá del entrenamiento, ese espacio era el
punto de encuentro donde compartíamos como jóvenes, como equipo y como seres
humanos. Bajo esa entrega, los primeros cuatro años fuimos "una fábrica de
hacer churros": producíamos tres obras al año, guiados por la pura
necesidad de crear.
Hay que dimensionar lo que significaba
producir en aquel momento: era un mundo sin teléfonos celulares ni redes
sociales. La convocatoria se hacía a pulso.
Los diseños gráficos de los afiches se
elaboraban completamente a mano, y las carteleras informativas eran lienzos en
la pared pintados minuciosamente por un artista plástico o un diseñador amigo.
Para la difusión, dependíamos del periódico
impreso y de redactar las tradicionales gacetillas de prensa que llevábamos
directamente a las redacciones. Si querías que la gente se enterara, había que
activar la calle con pura artesanía y presencia.
El viaje de las tablas.
Nuestra primera obra fue Despertar en un
laberinto, un monólogo de Luis Rincón. Luego vino Había dos veces una,
una creación colectiva que nació de una anécdota personal que me ocurrió a mí
mientras dormía.
El gran salto llegó con El sueño raro
de Mark Twain, un verdadero exitazo de diez funciones que nos hizo crecer.
Con el tiempo, el grupo buscó un carácter más
serio y sumamos piezas de peso: El tigre urgente de Levi Rosell, Coloquio
de hipócritas y el exigente montaje de Siempre de Heiner Müller.
Una época de alianzas.
El teatro era un regalo: gratuito para el
público. Tuvimos el privilegio de una época distinta, donde el Ateneo, bajo la
dirección de Juan Manuel Muñoz "Moriche" y una junta directiva
liderada por Luis Octavio Bedoya, nos respaldaba con una fluidez económica hoy
impensable; eran ellos quienes nos perseguían para que entregáramos los
presupuestos anuales. Nosotros solo queríamos actuar.
Más tarde se incorporarían Rosa Noguera, Dorys
Galea, Alex Almea (+), Miguel Argenis Lozada.
El fin del ciclo.
La aventura duró una década. Partí a Caracas a
estudiar y el grupo tomó otros rumbos.
Al final, como ocurre donde la pasión
desborda, la necesidad de una mayor preparación, los choques de conceptos, las
dinámicas de órdenes y contraórdenes, y los inevitables temas de ego terminaron
por disolvernos.
Hoy rescato este fragmento porque la historia
de nuestro teatro en El Tigre ha tenido muchas idas y venidas, pero también
"muchas ganas de hacer y mucho privilegio". El país era otro y las
alianzas florecían.
A todos los que dejaron su huella en el Grupo
de Teatro Relevo: gracias por la aventura. Celia Magdalena Caraballo /Jorge
Guerra.



















