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13.3.26

“La Quinta Dayana”: Radiografía de un país llamado Venezuela

 
Leonardo Guilarte Lamuño / Red de Espectadores
Función del domingo 15 de febrero de 2026

Llevar a las tablas un libreto que es una obra maestra, es como caminar por un cable a 500 metros de altura y con mucho viento. Pero con La Quinta Dayana del dramaturgo Elio Palencia, es demasiado difícil no querer montarse en ese cable. Palencia creó una fuente inagotable de reflexiones, acotaciones, señalamientos, preguntas, dudas, certezas inconclusas; una mezcla de caleidoscopio con collage.

Cuesta encontrar, en cualquier país, textos que traten en profundidad y sin ambages ni propaganda, el tema de la identidad. Palencia nos pinta, como lo hizo Bárbaro Rivas, compone un universo teatral como Luisa Richter hacía collages.

Luis Ledrick se sumergió en este texto maravilloso, potente y complicadísimo de montar, para su participación en la 11a edición del Festival de Jóvenes Directores del Centro Cultural Trasnocho. Dicho evento es una de las marcas más reconocidas de ese recinto y también uno de sus mayores aportes en una trayectoria que supera los 25 años de existencia. El Festival sirve de vitrina, no solamente para directoras y directores, sino para todo el personal que trabaja en las obras. La función que pudimos vivenciar, fue la que dio origen a la denuncia, por agresión, realizada por la actriz Cloudet Márquez (Katy) y secundada por la actriz Angélica Vitanza (Dayana), sus cuentas en Instagram, donde se realizaron las denuncias, son, respectivamente: @cloudetmarquez y @angelicavitanzaoficial .

El libreto (agradezco enormemente al maestro Elio Palencia, por habérmelo enviado) comienza con un monólogo de Dayana, recién llegada de Canadá junto a su amiga Katy, en un viaje que será corto y en el que anunciará dos noticias que causarán impacto en sus familiares: dentro de pocos días se someterá a una operación para formalizar su identidad como mujer (ya que nació siendo Daniel) y debido a los costos de dicha intervención médica, comunicará que no puede seguir pagando las cuotas de la quinta; solamente quedan 3 años por pagar y entre todos y todas, deberían poder contribuir para cancelar cada giro sin problemas. Pero bueno, una cosa es lo que piensa el burro y otra quien lo arrea.

Dayana, en el inicio, rompe la cuarta pared y nos dice “¡Una quinta! ¿Quién no sueña con una quinta? ¿Quién no la haya tenido por herencia, trabajo o latrocinio de la picaresca criolla? ¿Quién no la sueña? ¿Quién que haya pasado los últimos cien años entre cují palma moriche tierra adentro o mar perdida recoveco caserío pueblo y gallinero a trocha camino carretera autopista industria proletariado… rancho parroquia barrio casita vereda apartamento bloque… no ha soñado con una buena casa de dos pisos, garaje techado y habitación de servicio?

Esta mujer transgénero, a punto de pasar a transexual, nos mete a todas y todos en el mismo saco, y así se va construyendo lo identitario que ocasionará que nos veamos en el escenario.

Pero Ledrick nos prepara otro comienzo, que respeta lo identitario y lo potencia; respetó todo el libreto, lo comprendió a cabalidad, absorbió cada contenido, el manejo semiótico es una delicia; por ello, la obra pasa a tener un preámbulo antes del prólogo: entramos como público al espacio teatral y estamos en la quinta, en la cual hay un bochinche armado, los personajes bailan, cantan, van de un lugar a otro, abren la nevera, toman algo de allí, se echan broma, los niños juegan, algunos están paloteados, otros no tanto, son los personajes que Palencia tiene en el libreto (Maíta, Mamá -Mercedes-, Rey, todos los del Coro) salvo Dayana, Katy y Monche. Esta inmersión acentúa lo de la identidad, lo de obra coral, lo del collage, lo del caleidoscopio, lo de hacer que el público mire hacia muchos lados, que observe en profundidad, que vea hacia arriba, hacia las esquinas, que observe, que observe, que se vea allí, que se escuche, es que si no se identifica con una canción, se identificará con la siguiente o con la otra, con la cerveza que se toman, con como bailan o como discuten, es una aviso de alerta que reza Estás dentro, esto no es para ti, esto es tuyo, eres tú. Poco a poco, el bullicio disminuye, cesa la música, cada uno se va retirando a dormir, el espacio queda sin personajes, se hace de día y es entonces cuando llegan Dayana y Katy. Es magistral.

Los anuncios de Dayana nos llevan a recorrer una línea de tiempo y a penetrar en la mentalidad de su familia y la suya. Con lo de lo transexual, se da paso a cuestiones del pasado, a eventos que marcaron y, algunos que, seguirán afectando la vida de Dayana: discriminación, rechazo, violencia, violación, negación, odio, impotencia, solidaridad, amor, nostalgia, incomprensión, comprensión, aceptación, autoestima, entre otros. Lo del pago de las cuotas de la quinta nos devela: irresponsabilidad, insensibilidad, egoísmo, chuleo, miedo, angustia, terror, hipocresía, desesperación, falta de empatía, ignorancia, entre otros.



En el libreto Palencia se vale del Coro, para exponer la pluralidad de sentimientos, sensaciones, pensamientos, juicios, prejuicios, etc. Ledrick, por su parte, conforma un elenco heterogéneo, en el que están los personajes indicados por el dramaturgo: la flaca, la embarazada, los gordos, los niños, el adolescente y otros más. Hay quien debuta con esta obra y quienes ya tienen un camino andado; todas y todos están en un alto nivel de interpretación, y esto incluye a las niñas (las hijas del actor Theylor Plaza) y el adolescente. Hay algo que los conecta y que causa que nosotros como público estemos muy pendientes de ellas y ellos: sus miradas. Lo que Palencia, logra con la diversidad de frases, las intenciones, los puntos de vista y el ritmo; Ledrick, lo alcanza tejiendo las miradas, nos enteramos de sus pensamientos sin escucharles, porque vemos lo que sienten y piensan, nos revelan sus almas, sus incomodidades, su actitud egoísta o de complot.

Al poco rato de haber comenzado la obra, sentí una leve decepción, esto no tiene que ver con el espectáculo sino con la expectativa: el año pasado tuve la oportunidad de ver dos obras en las que Luis Ledrick participó, una fue Respira en la que actuó e hizo de dramaturgo, una pieza muy linda, por cierto; y la otra fue Los pájaros vuelan sin alas, en la que dirige. En ambas está plasmado el trabajo de la danza en el teatro, algo que viene manejando con su emprendimiento “Actores de la danza”; así que bueno, esperaba danza…y no la obtuve… ¿O sí?

Pensé que no, de hecho, luego de la función una amiga me presentó al talentoso Jeizer Ruíz y le hice el comentario. Pero en el proceso de varias semanas trabajando en esta crítica, las miradas, de los personajes del Coro, me ayudaron a ver la coreografía que está armada, aunque no dancen formalmente. Las actitudes, las idas y venidas, el escuchar a escondidas, los momentos grupales, los cantos, todo encaja coreográficamente.

Palencia (@palenciaelio) nos hace sentir la importancia del Coro, para comprender esta radiografía de país; el elenco nos la hace vivir: Anilec Vera (@anilecvera), se afinca en la expresión corporal y lo gestual, para componer a La preñada: John Hernández 8(@johnhernvoz), emplea su corpulencia maleable, para conectarnos con la actitud y el mundo interior de ese fortachón; Yendy Vegas (@yendyvegas), con su excelente manejo de lo vocal y sus gestos, dibuja una muda inolvidable, de esas que “hablan” más de la cuenta, aunque no hablen; la actitud de Maikel Rivera (@maik_2025r), expresa la serenidad con su lentitud de movimientos y una mirada que indaga y maneja cierto distanciamiento; Jhurani Servellon (@jhurita), con el movimiento contenido y quizá calculado, nos acerca a su vulnerabilidad y resentimientos; Eduvina Soto (@eduvina95_), logra que su delgadez ocupe más espacio que el que corresponde, su presencia escénica es notable; Mónica Morón (@monique_moron), construye un desparpajo bien administrado; las dos Niñas (Carmela y Candela) con su expresión corporal y sus sonrisas, iluminan el escenario; Santiago Pereira como el adolescente, se convierte en representación de la adolescencia gracias a la frescura.

Estamos inmersos en una batalla de concepciones de la vida, Dayana apelando a la responsabilidad, y Mamá, sosteniendo lazos atávicos que le imposibilitan crecer, queda envuelta en sus autoengaños y hasta cierto narcisismo, acompañado de la eterna posición de víctima. Rossana Hernández (@Rossanahm), realiza una interpretación magistral, brindando el abanico de actitudes y sentimientos que vive Mercedes. En la escena cumbre con Dayana, donde sale lo peor de ella, ciertamente provoca un rechazo brutal y a la vez está mostrando cuán vulnerable es, cuánta desesperación tiene y cuánto le queda por sanar.

María Brito (@mariabritoteatro) compone un personaje que nos da el contraste necesario para poder apreciar, de manera equilibrada, lo que está sucediendo; con Maíta, representó a todas las abuelas nobles de Venezuela, a esas que te van a apoyar cuando nadie te brinda una mano, cuando todos te abandonan. Sus cambios de ritmos en lo corporal; su manejo de los sentimientos, en lo vocal y gestual; su ritmo al hablar; la integración de todo esto con la mirada y la transmisión de las intenciones son sencillamente inolvidables.

Theylor Plaza (@theylorplaza) tenía un reto: interpretar al irreductible chulo que, hemos visto en obras de teatro, películas, telenovelas, sin que se parezca a esos otros sopotocientos chulos. Lo logró con creces, hay un manejo de sus labios, de sus expresiones faciales, la forma en la que lleva los bermudas, la manera de caminar, cómo pasa, en micras, de ser racional a un soberano chantajista emocional, cómo construye al pasivo agresivo; la escena con Mercedes, en el cuarto de ella, cuando va allí para que ella le haga los pies, es antológica. Dos de nuestros mejores intérpretes de la actualidad, en una escena brillante, divertida, profunda, reveladora y contundente.

Cloudet Márquez se metió en la piel del personaje que, sin tanto opinar, nos da la mirada exterior, la de quien no tiene la menor idea de dónde se encuentra, de cómo es esto, pero lo va comprendiendo, intuyendo, conociendo. Convence desde el inicio, sus rompimientos de la cuarta pared son impecables, su acento tipo canadiense funciona a la perfección; la ayuda el vestuario de “turista en el Caribe” y ella lo aprovecha.

Lo que Marlon Brando tenía que lograr en la película Superman, esa presencia que te atrapa en el primer segundo y hace que te creas que es Jor-el, el padre de Superman; lo tiene Luis Serría (@luisserria). El libreto nos adelanta quién es Monche, nos da el spoiler; esto complica más al actor, porque ahora debe cumplir con las expectativas creadas y lo hace de maravillas, es un roble y eso es el personaje. La conciencia, la responsabilidad, el salmón que nada contra la corriente, entendiendo qué lo criticarán, lo discriminarán, le podrán dejar de tener aprecio y hasta cariño, pero él no se doblegará, no traicionará sus principios. Monche, en la vida real, son esas personas que logran que un país no caiga en una guerra civil. Y su interpretación de A tu regreso de Henry Martínez, es hermosa, lindísima a más no poder, con las voces de casi todos los personajes cantando ese tema que tanto los toca y tanto nos afecta. El elenco pasa a representar la ternura, esa característica tan nuestra y tan dejada de lado, como si diera miedo reconocerlo. Con A tu regreso, Palencia nos muestra, nos obliga a enfrentarnos a la sensibilidad que tenemos, a la humanidad que nos acoge, a esas notas invisibles y visibles que nos enlazan y por algunos minutos todas y todos terminamos siendo uno. Extraordinariamente asertivo Palencia, al incluir este tema musical en el libreto.

Angélica Vitanza, más allá de contar con la conexión de género con el personaje, realiza una interpretación vibrante, sensible, conmovedora; se mueve con soltura en ese escenario – quinta que termina siendo una catarata de nostalgias y olvidos que se niegan a olvidarse; de pasados crudos que vuelven como si hubiesen sucedido ayer. Su lucha por la identidad, que extralimita lo del género, y se convierte en la lucha por ser, la construcción del ser, teniendo a casi toda la sociedad y la familia en contra, está plasmada sin fisuras, la recordaremos siempre y cada vez que esta obra se represente en cualquier país, conectará con el público, porque esa lucha es universal.

Ledrick (@luisledrick) nos ha brindado una pieza excepcional, con una escenografía que por sus texturas y colores nos remiten al collage. Fenomenal, la elección de la cortina transparente del cuarto de Mercedes, es evidentemente un elemento de transparencia en las artes plásticas y contribuye a la dureza del discurso agresivo de Mercedes, cuando quita ese velo para atacar a Dayana. Que el cuarto esté arriba, acompaña lo semiótico del personaje, que representa a la matrona y al patriarcado, al poder y al resentimiento, a quien está atrapada en esa “torre” y busca un “príncipe” que la salve de las cuotas del crédito por pagar. Toda la Dirección de Arte es una delicia (Escenografía, Vestuario, Maquillaje, Peinados), así como la Iluminación, que no trata la iluminación sino la luz y se convierte en creadora de atmósferas.

El manejo de la profundidad, tanto desde el frente, como desde los laterales, es magistral. A mí me tocó un lateral y la obra funciona a la perfección, mi condición de cineasta me llevó a imaginarme las otras dos visuales y son del carajo. Hay una traducción de la angustia, de la multiplicidad de pensamientos y sentimientos, de la heterogeneidad del Coro, que al presentarse en 5 planos frontales (el borde donde se rompe la cuarta pared, el siguiente donde por un lado están los sofás y por el otro la mesa, el tercero que es la franja a la que pertenece el horno – cocina, el cuarto que es ese que da acceso al fondo y finalmente el fondo), en todos pasa algo y algo que tiene que pasar, aquí no hay nada gratuito. Desde los laterales hay tres planos de profundidad, y además el director nos regala mirar hacia arriba para encontrarnos con el cuarto de Mercedes y otros elementos; convirtiendo el escenario, conceptualmente, en una especie de caleidoscopio.

La sonoridad va desde temas salseros hasta las voces con ternura, de reclamos, de indignación, de rabia, los pasos, los gritos, el sonido de la puerta de la nevera; la Dirección Musical de Abraham Mendoza (@abj_mt) y Maikel Rivera, es asertiva, sensible, creadora de atmósfera, promotora de bochinche; la sonoridad nos adentra en la quinta y nos mantiene en ella.

Palencia utilizó el barrio para desnudar a la sociedad venezolana; pero pudo haberlo hecho con la “Operación Colchón” aplicada de manera sistemática en canales de televisión, emisoras de radio y sellos disqueros, para solamente nombrar tres escenarios; pudo haber elegido el tema de los Auxilios Financieros durante el segundo gobierno de Rafael Caldera; el de la legitimación de capitales en el municipio Chacao, desde su fundación; el de la indiferencia de la “Clase Media” durante finales de los setenta y parte de los ochenta, en los cuales se bebió en whiskey los sueldos y salarios que podría haberle aumentado a sus trabajadores, para que tuvieran mejor calidad de vida y se llegara a ser la “Suiza del Caribe”; pudo ubicarla en el mundo de las medianas y grandes empresas, tan chulo (dólares que han ido y no han vuelto, por ejemplo), con tantos aportes crediticios que no llegaron a nada. En todos encontraría los elementos negativos de nuestra identidad, y esto incluye al mundo universitario, aunque tal vez no los positivos, vistos de la forma en la que se manifiestan en nuestros barrios.

Esta obra es descomunalmente buena. Se hace muy buen teatro en Venezuela. Y me atrevo a afirmar que se seguirá haciendo.


FICHA
Dramaturgia: Elio Palencia.
Dirección: Luis Ledrick.
Actuación: Angélica Vitanza, María Brito, Rossana Hernández, Theylor Plaza, Cloudet Márquez, Luis Serria, Maikel Rivera, Mónica Morón, Eduvina Soto, Jhurani Servellon, Abraham Mendoza, Anilec Vera, John Hernández, Yendy Vegas, Santiago Pereria, Candela y Carmela.
Dirección Musical: Abraham Mendoza y Maikel Rivera.
Asistencia de Producción: Andrea García Lara y Andrés Martínez.
Fotografía: Augusto Marcano.
Diseño Gráfico: Thais Morales.
Diseño de Iluminación: Valentina Sánchez.
Acompañamiento Coreográfico: Antonella Mijares.
Diseño y Realización de Escenografía: Pedro Arias y Virginia Sancler.
Vestuario: Felia Torres.

 

Leonardo Guilarte Lamuño (@leonardoguilartel)

Es dramaturgo, guionista, docente, director y publicista. Con más de 30 años en el mundo audiovisual, también participa en experiencias teatrales. El año pasado, en julio, estrenó como dramaturgo y director: “Extraños en el Subte”, en el Festival de Autores In-visibles”, y posteriormente en noviembre, “¿Qué vaina esta?”. Actualmente escribe la trilogía de monólogos “Sentir las cadenas”. Forma parte de “Taima Teatro” y dirige el emprendimiento educativo Cursos Solidarios (@cursos.solidarios).

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