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28.3.26

Petróleo, crudo

 


Asistí el viernes 27 de marzo de 2026, Día Internacional del Teatro a la reinauguración del Teatro Ateneo de Maracay, pero como no hago reseña social me voy a ir directamente al espectáculo Petróleo, del dramaturgo y director Rubén Joya acompañado del siguiente elenco: Yannine Champion, María Medina, Juan Martín Rivas, Raquel Romero, Ezequiel Piñero, Alberto Ruiz, Oswaldo Buitrago, Warner Martínez, y David Fernández. María Elizabeth Alvarado como Asistente de Escena; coreografía de Jesús Guaimara; Simón Añez en la escenografía; vestuario de Francis Castro y Anny Pereira, todos en una coproducción teatral.

Petróleo es un espectáculo que nos ubica cronológicamente en los albores del siglo XX, donde con el Zumaque I en Mene Grande, en el Zulia por allá en 1914 y con la anuencia de Juan Vicente Gómez, se da inicio formal a la explotación petrolera en Venezuela; se certifica que el país está lleno de eso que es oro negro, lo cual modificó estructuralmente los cimientos económicos, sociales, urbanísticos y de pensamiento de la cultura criolla. La llegada de norteamericanos, ingleses y holandeses cambió el pensamiento del venezolano. Sobre este tema Miguel Otero Silva y César Rengifo hablaron y escribieron mucho. Rengifo tiene una trilogía específicamente en este sentido.

Ahora bien, la obra de Joya no trata de hacer un análisis de la nueva realidad que se está levantando desde la segunda década del siglo pasado; se dedica más al panfleto, no en término despectivo, sino como mecanismo político, por la brevedad del discurso (la obra dura 32 minutos), por lo agresivo, sin tapujos y satírico. Tiene un solo propósito: despertar la irritación momentánea en el espectador. Bastante usado en los años sesenta. Lento en su accionar, si tomamos en cuenta que es un discurso eminentemente político, que busca la reacción rápida del espectador.

Estos trabajos se dan casi siempre en tomas de calles, en huelgas de trabajadores o de estudiantes; con escenas relámpagos y textos cortos.
Me quiero detener en cuanto a la estructura referencial que Joya le adicionó al montaje, con personajes alegóricos y actores y actrices distanciados de lo que estaba sucediendo. Por lo general estos trabajos se dan caricaturescamente. Solo Warner Martínez y Raquel Romero esbozaron la construcción de personajes “creíbles”. Martínez demostró calidad para la interpretación y logró hacer un viejo con personalidad, si la expresión cabe. Romero dejó constancia de lo buena que es como actriz, desdoblándose y centrando la atención en un personaje que no está en escena, pero que lo hace carne y sentido. David Fernández se fue por lo más fácil. El resto estuvo marcando el texto. Porque la obra se queda trunca para la construcción de personajes que pudieran crecer. Es un gran lamento que no termina de enjugar las lágrimas petroleras.

Hay que hacer un reconocimiento especial a la iluminación, ya que por primera vez observé luces teatrales bien enfocadas, a tiempo y dando el matiz requerido para que los actores y actrices se vean actuando. Imágenes excelentes que realzan la puesta en escena. Voces cantadas que dan una tonalidad sepulcral, permitiendo que el público se conecte.

Pero ojo, este espectáculo se montó rápidamente para un evento trascendental como lo es la reapertura del Teatro Ateneo, después de más de diez años cerrado, ante las autoridades culturales nacionales y regionales, lo que da a entender que con mayor horas de vuelo, se pudiera convertir en una obra para el repertorio nacional. Por lo tanto, si Joya decide seguir corrigiendo, anexando escenas y puliendo, por ejemplo, la escena de la comida, la puesta en escena se desarrollaría ostensiblemente.

Por lo tanto, hago votos para que esta obra pueda ser llevada a cada rincón del país, sobre todo en el marco político en que estamos sumergidos, con los cañones apuntándonos a la cabeza y el Norte Global chupando el llamado oro negro.


Bartolomé Cavallo. Alumno de Ramón Lameda.

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