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29.3.26

Respuesta a los desaciertos y reflexiones innecesarias del dramaturgo Diego Fernando Montoya Serna, por Carlos Rojas

 Un punto de vista

Respuesta a los desaciertos
y reflexiones innecesarias del dramaturgo
Diego Fernando Montoya Serna

por Carlos Rojas

Especial para Miradas al Escenario

 

Imagen del artículo publicado en Territorios Escénicos del CELCIT

En un artículo reciente, el dramaturgo colombiano Diego Fernando Montoya Serna, galardonado con el Premio Nacional de Dramaturgia 2025 en su país, responde de manera particularmente enfática a algunas de las observaciones críticas que formulé sobre varias obras de la escena bogotana.

He leído su extensa reflexión con detenimiento y confieso que también con cierta curiosidad intelectual: siempre resulta interesante observar cómo reacciona un autor cuando la crítica abandona el terreno de la adulación y decide entrar en el del análisis.

Más aún cuando se trata de un creador que ni siquiera aparece mencionado en el artículo que decide desacreditar. Ese detalle, lejos de ser anecdótico, dice bastante sobre el termómetro de la susceptibilidad que a veces rodea al ejercicio de la crítica en Bogotá.

Esperaba hallar una respuesta que arrojara alguna luz sobre los puntos en discusión; en cambio, encontré un texto que prefiere bordearlos. Allí donde podría haber una confrontación de argumentos expuestos en Desaciertos en la escena bogotana, aparece más bien un despliegue enciclopédico de citas y autoridades que sustituye la discusión por su falso alarde.

No se trata, en rigor, de un análisis crítico del artículo que lo motiva, sino de una larga divagación discursiva destinada quizá a impresionar a lectores poco familiarizados con estos autores. La erudición, aquí mal empleada, no reemplaza al argumento. Y cuando la cita ocupa el lugar del pensamiento, lo que se obtiene no es una reflexión como respuesta, sino apenas una maniobra cargada de mala fe destinada a distraer del problema central.

Por esa razón he decidido responderle, no porque su texto lo amerite en proporción a su calidad, sino porque lo cuestionado aquí todavía me motiva a hacerlo y merece que se despeje el humo de las susceptibilidades heridas.

1.- Le agradezco sinceramente que haya reaccionado con tanta vehemencia frente a mi escrito. Su reflexión no demuestra que mi análisis sea correcto, pero sí que el problema que plantea merece ser discutido. Si un artículo sobre los desaciertos en la escena teatral bogotana logra desatar semejante despliegue mediática, es porque no cayó en tierra estéril.

El silencio habría sido una respuesta más inteligente; la sobreactuación, en cambio, delata una inseguridad intelectual de la que presume su falaz intervención.

2.- Su respuesta no rebate ninguno de los argumentos centrales de mi artículo. No discute ninguna de las fórmulas dramatúrgicas, no confronta la ausencia de riesgo conceptual que señalé en varios montajes y tampoco aborda el problema del aplauso autocomplaciente que con frecuencia circula dentro de los mismos circuitos de legitimación teatral.

En lugar de ello, recurre a una artimaña bien conocida en la historia de las polémicas intelectuales: desplazar el debate desde el contenido hacia la legitimidad del interlocutor. Cuando no se desmonta un argumento, se intenta desautorizar a quien lo formula. Es una estrategia desgastada y, por lo mismo, fácilmente identificable.

La crítica conviene recordarlo no requiere permiso de la obra ni la bendición de sus creadores para existir. Su función no es proteger sensibilidades ni custodiar prestigios, sino pensar la escena. Cuando este desplazamiento ocurre, la discusión deja de ser estética para convertirse en un gesto de defensa gremial. Y el teatro, como cualquier práctica artística viva, debería poder soportar algo más que el aplauso y las palmaditas complacientes de sus propios círculos.

3.- Usted afirma que mi artículo carece de rigor. Hubiera sido estimulante que precisara dónde radica esa supuesta carencia. Pero, imposibilita señalarla y se refugia en autoridades ajenas para presumir sus conocimientos y deslumbrar a los desconocedores de estos teatrólogos citados.

No desmonta un solo párrafo. No rebate una premisa. No cuestiona una conclusión con antecedentes o contraargumentos. Se limita a adjetivar. Y el adjetivo, cuando no está sostenido por análisis, es argumentación fatua. Citas muertas.

4.- No me atribuya intenciones que no he escrito. Mi texto no fue un ajuste de cuentas ni una diatriba personal. Fue un ejercicio crítico sobre ciertas dinámicas de la creación que atraviesan buena parte del panorama teatral capitalino.

Si usted se sintió aludido y decidió convertirse en paladín de la escena bogotana, quizá convendría preguntarse por qué. El artículo no personaliza a nadie; habla de procesos creativos y examina teatralidades, discursos y resultados escénicos, recordando algo elemental: en el territorio de la crítica ninguna obra ni creador son intocables.

5.- Confundir subjetividad con arbitrariedad es un desliz teórico bastante común en su escrito. Toda crítica parte de una mirada situada, pero eso no la invalida. Lo que la legítima es la argumentación. Mi texto está sustentado en los montajes observados y analizados durante meses; plantea una hipótesis, desarrolla ejemplos y señala procedimientos escénicos. Que usted no comparta la tesis es legítimo. Sustituir la discusión estética por un ataque personal, no.

6.- Hay algo casi entrañable en su tono didáctico, como si necesitara explicarme qué es el teatro. Créame: no necesito que se me explique qué es el teatro latinoamericano. Lo observo y lo estudio desde hace más de treinta y cinco años. La diferencia es que no lo idealizo. Lo pienso y examino.

El verdadero enemigo del teatro no es la crítica ni un crítico incómodo, sino la complacencia hipócrita de los aduladores. No es la mirada extranjera que interroga, sino el aplauso automático que persiste. Y de esa ausencia de pensamiento crítico sí padecemos.

7.- Hay además un problema elemental que su reflexión evade: la lectura parcial. Usted construye su irrisoria argumentación a partir de un solo texto de mi autoría como si ese artículo agotara mi mirada sobre el teatro colombiano. Confundir un escrito con una totalidad siempre facilita la contradicción, pero no corresponde a la realidad.

En el mismo período he publicado, entre otros: Panorama teatral bogotano: diversidad, memoria y riesgo escénico, Segunda mirada al panorama teatral bogotano, La nueva escena teatral colombiana, ¡Esto vi!, Punto cadeneta punto, Teatro La Candelaria: 59 años de resistencia y Una mirada crítica a cuatro escenarios.

Textos donde examino procesos, reconozco búsquedas y, cuando corresponde, también señalo las zonas que necesitan reforzarse. La cartografía crítica está ahí. Lo que no aparece en su artículo es la voluntad de leerla.

Si le interesa ampliar la mirada, lo invito a visitar mi blog
https://mipuntodevistacritico.blogspot.com/ donde podrá encontrar todos los artículos dedicados al panorama teatral bogotano y leerlos en su contexto completo.

8.- Hablemos de las citas. La teoría no reemplaza el análisis; lo ubica. Cuando la cita sustituye la lectura de la obra, deja de ser marco conceptual y se convierte en defensa argumental.

Citar no es pensar, y mucho menos argumentar. La erudición no se mide por la cantidad de escritores convocados, sino por la capacidad de articularlos en una idea propia. Cuando la cita sustituye al argumento, se convierte en simple barroco discursivo. Y el teatro, al menos el que aspiramos a cartografiar, no necesita divagación sino pensamiento crítico.

Ya lo advertía Erasmo en Elogio de la locura: cuanto menor es la sustancia, mayor es la exhibición. No lo digo yo; lo ha dicho la historia del pensamiento. Y el teatro que se refugia en el amiguismo termina convertido en complacencia sin compromiso. Usted, como dramaturgo laureado, debería saberlo.

9.- La crítica no existe para tranquilizar a la escena, sino para incomodarla. Su función es abrir interrogantes, examinar procedimientos y discutir resultados. El teatro puede sobrevivir a un desacierto escénico: la historia del arte está llena de ellos, pero difícilmente sobrevive a la complacencia intelectual.

El aplauso benevolente no produce pensamiento; provoca conformidad. Cuando la escena cultural comienza a confundir el análisis con una agresión personal, suele ser señal de que ha empezado a temerle al pensamiento crítico.

10.- Reducir ese conjunto de textos a una sola pieza para desautorizar no es rigor intelectual; es una treta cuestionable: desacreditar al crítico para no discutir el asunto. Cuando la raíz del problema no es la crítica como tal. Lo inconveniente radica en la dificultad de convivir con ella.

11.- En su reflexión se presenta como una suerte de voz autorizada del quehacer teatral bogotano, investida de una autoridad crítica que hasta hace muy poco no parecía ocupar un lugar visible en el debate público.

Resulta curioso que el problema de la crítica teatral haya adquirido súbitamente tanta relevancia precisamente después de la publicación de mi texto Desaciertos en la escena bogotana.

Si hoy el tema genera incomodidad, quizá no sea porque la crítica haya excedido sus límites, sino porque ha vuelto a formular preguntas que durante un tiempo permanecieron suspendidas en un espacio de falsa cordialidad acrítica.

La crítica teatral en Colombia no necesita defensores ofendidos ni custodios de susceptibilidades artísticas. Necesita creadores capaces de sostener el disenso sin convertirlo en agravio personal que usted no esté de acuerdo, ese es su problema, no el mío.

12.- Usted quiso exponerse descalificándome como crítico. Y lo que consiguió fue exhibir la fragilidad de un discurso que no soporta la confrontación. Cuestiono ideas y formulo juicios; usted responde con argumentos prestados y evade el núcleo del debate.

No me interesan los corrillos que usted pregona, ni las adulaciones de pasillo, ni las validaciones de las cofradías que usted tanto desdeña. Vivo de mi trabajo y de mi conciencia crítica, no del aplauso colectivo. Si para ciertos círculos soy incómodo, lo asumo como síntoma saludable. La crítica que no desagrada termina convertida en deleite.

Por último, yo firmo lo que escribo y lo someto al escrutinio público. Aquí el crítico también es criticado. Pero esa crítica exige argumentos, no homilías que desacrediten sin pruebas.

P. S.: Para evitar malentendidos, coloco a continuación su artículo completo, así como el enlace de mi crítica original para que todos puedan leerlo.

***

Diego Montoya Serna.  Foto: Kiosko Teatral © 2026

A propósito del artículo “Desaciertos en la escena bogotana”, publicado recientemente en varios portales teatrales (18 de diciembre de 2025), propongo una reflexión.

Más que responder a los juicios emitidos sobre obras y creadores específicos, el interés aquí es examinar los presupuestos conceptuales, metodológicos y éticos desde los cuales dicho texto ejerce la crítica. Algunas de sus afirmaciones presentadas como diagnósticos generales sobre la escena bogotana y el teatro colombiano plantean problemas que merecen ser discutidos con rigor.

El título no es solo provocación, es un marco ideológico cerrado: “Desaciertos en la escena bogotana”. En una crítica rigurosa el título no es inocente, funciona como hipótesis abierta o como campo de preguntas, no como veredicto previo. Aquí ocurre lo segundo. El texto parte de una conclusión antes del análisis. No propone investigar si hubo desaciertos, sino demostrar que los hubo. Todo lo que sigue queda subordinado a confirmar esa tesis.

Esto contradice principios básicos de la crítica moderna. Roland Barthes sostiene que la crítica no debe clausurar el sentido antes de leer la obra. Susan Sontag insiste en la necesidad de describir y analizar antes de juzgar. Para Georges Banu, el crítico es un testigo activo, no un fiscal. Desde el título, el texto se posiciona como sentencia, no como indagación: fija el marco interpretativo antes del encuentro analítico.

A esto se suma una falsa declaración de neutralidad. El texto afirma: “Este panorama no pretende señalar las ‘obras menos logradas’…”. Esa afirmación es discursivamente falsa. Todo el artículo hace exactamente eso, y además de manera punitiva, no analítica.

Cuando el discurso contradice su propia enunciación, la fiabilidad se resiente. Se declara apertura y se ejerce condena; se promete análisis y se practica descalificación; se invoca rigor mientras se opera desde el gusto personal elevado a ley.

En términos de Pierre Bourdieu, esto constituye una violencia simbólica del gusto: el crítico impone su escala estética sin explicitarla ni someterla a examen. El problema no es el juicio, sino la negación de su propio gesto evaluativo, lo que debilita su honestidad intelectual.

El texto adolece además de una ausencia casi total de marco teórico explícito. Un ejercicio crítico que aspira al rigor debe hacer visible su aparato conceptual. Aquí no se define qué se entiende por “riesgo”, qué noción de “conflicto” se maneja, desde qué concepción de “teatro político” se juzga ni qué tradición estética se privilegia —realismo, épico, posdramático, performativo, entre otras—. Se emplean términos como riesgo, conflicto, verdad, incomodar, urgencia o acción sin delimitarlos. El resultado es una crítica impresionista autoritaria: esto no incomoda, por lo tanto, falla. Como advierte Hans-Thies Lehmann, no es posible exigir conflicto a todas las formas contemporáneas sin antes definir el régimen estético desde el cual operan. Aquí, todas las obras son evaluadas desde un único ideal normativo nunca explicitado. El texto no desarrolla un método, sino que formula una opinión fuerte.

A lo anterior se suma una generalización abusiva acompañada de un tono de demolición. El artículo recurre de manera reiterada a absolutismos —“falla en cada intento”, “no logra”, “nunca logra”, “desfachatez”, “todo lo que el teatro debe evitar”. En una crítica el absoluto es siempre sospechoso, porque cancela la posibilidad misma del análisis diferencial. El uso de la hipérbole no está equilibrado por el examen de escenas concretas, decisiones formales específicas ni ejemplos verificables de estructura, ritmo, actuación, espacio o tiempo. Se viola así un principio elemental: el juicio debe ser proporcional al análisis. Aquí el juicio desborda el análisis y el tono se vuelve punitivo, performativamente agresivo, lo que debilita su credibilidad intelectual.

En varios pasajes, además, el texto cruza una línea ética al confundir crítica con ajuste de cuentas simbólico. Ironías finales como “mejor ver MasterChef”, descalificaciones personales indirectas o expresiones como “Este despropósito no alcanza la categoría de montaje”, “optimismo digno de estudio” y “onanismo” no constituyen pensamiento crítico, sino escarnio cultural.

George Steiner advertía que la crítica pierde legitimidad cuando disfruta la destrucción; Antoine Vitez insistía en que la crítica debe abrir pensamiento, no cerrar trayectorias. En esos momentos, el texto deja de dialogar con las obras y busca imponer una superioridad intelectual.

Todo ello desemboca en una incoherencia interna: se exige riesgo, pero se castiga toda desviación. Se sanciona lo poético, lo alegórico, lo simbólico, lo narrativo, lo popular, lo político y lo íntimo. Nada pasa el filtro. Cuando todo falla, el problema deja de ser el campo y pasa a ser el marco evaluativo.

Es el gesto que Jacques Rancière ha señalado como propio de una crítica que se erige en guardiana del “verdadero teatro” y transforma la pluralidad estética en decadencia moral. En lugar de dialogar con la escena, el texto termina negándola como totalidad.

La afirmación “Si Bogotá aspira a recuperar la relevancia teatral que alguna vez tuvo” introduce, sin argumentación alguna, una narrativa de decadencia que funciona más como gesto retórico que como diagnóstico crítico. ¿Recuperar qué relevancia, exactamente? ¿En qué período histórico se sitúa ese supuesto momento de plenitud? ¿Bajo qué condiciones estéticas, políticas, económicas y de circulación se produjo? El texto no lo precisa. A esta vaguedad histórica se suma otra generalización no demostrada cuando se afirma que “el teatro colombiano este año ha estado marcado por una sobreabundancia de propuestas fallidas”. ¿Sobreabundancia en relación con qué volumen de producción? ¿Fallidas según qué criterios explícitos?

¿A partir de qué muestra representativa del campo teatral nacional? Ninguna de estas preguntas encuentra respuesta. Del mismo modo, la idea de una “acumulación de desaciertos” no se sostiene sobre un análisis histórico comparado, ni sobre un inventario de tendencias, ni sobre una lectura estructural del campo teatral bogotano.

Sin datos, sin periodización y sin marco historiográfico, la noción de decadencia —tanto pasada como presente— opera como una ficción normativa: un pasado idealizado y un presente descalificado en bloque que se invocan para desautorizar la diversidad de la escena actual.

La crítica no puede apoyarse en nostalgias implícitas ni en panoramas totalizantes no demostrados sin incurrir en una forma de conservadurismo estético disfrazado de exigencia radical.

La crítica es necesaria, incluso cuando es incómoda. Pero cuando sustituye la pregunta por el veredicto, cuando reemplaza el análisis por la descalificación y naturaliza un ideal único de lo que el teatro debe ser, deja de abrir el campo y comienza a clausurarlo. Más que un ejercicio de pensamiento crítico, el texto analizado opera como un dispositivo de poder discursivo que fija un modelo, lo impone y juzga desde allí todo aquello que no se ajusta a él.

***

Para concluir este risible impasse, le hago una invitación sencilla: responda, clara y concretamente, los argumentos planteados que escribí en el artículo. Sin enciclopedias, sin procesiones de autoridades, sin adjetivos altisonantes donde aparezca su propia voz. Analice. Argumente. Demuestre. Confronte. Incomode.

Si no puede responder con argumentos propios, quizá sea más prudente bajar el telón y dejar que el silencio haga el trabajo que la palabrería vacía no supo hacer. Porque el teatro cuando es arte dramático verdadero, no les teme a los desaciertos. Los necesita para redimensionarse. 

Como coda diré que: entre el pensamiento y la descalificación, la historia del teatro ya ha tomado partido desde hace siglos. Sería digno y ético que su innecesaria reflexión, también, haga lo mismo. 

CR (@mipuntocritico)

 

Acá el enlace de la crítica publicada Desaciertos en la escena bogotana el día 26/12/25.
En el Blog de Crítica Teatral Miradas al Escenario:

 

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