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27.3.26

Secuestro Rosa: Manifiesto de la Hembra Cíclica, por María Gabriela Arellano Quiroga

Secuestro Rosa: Manifiesto de la Hembra Cíclica
Escrita por Elio Palencia, bajo la dirección de Rufino Dorta 

Por María Gabriela Arellano Quiroga

Secuestro Rosa es el manifiesto de la contradicción femenina. Lo que comienza como el secuestro ejecutado por cuatro vendedoras de catálogo, florece en una catarsis colectiva donde la estética pastel choca de frente con la crudeza del encierro. Es un ataque de nervios compartido que las obliga a mirarse en el espejo de su propia vulnerabilidad, recolocándose los ovarios para avivar todo aquello que han mantenido cautivo en su interior.

El expresionismo de la "Fémina Rosa".

Bajo la dirección extrema de Rufino Dorta, las actrices no interpretan: se desbordan. El montaje exige que se mojen la piel con el sudor de sus personajes, honrando una euforia fucsia que domina cuerpo, rostro y movimiento desde los gestos del expresionismo. Es un ciclo visceral de risas y llantos que sacude al espectador en su butaca, invitándolo a integrar esa naturaleza cíclica que nos define. En un pacto de manos y sombras, estas mujeres desnudan sus verdades más profundas.

Una tribu de espejos y desgracias.

El elenco sostiene una danza de sincronía impecable, una tribu que se reconoce y se cuida en el epicentro del caos. Cada una arrastra su propia batalla bajo el maquillaje saturado, escarchado y rosa. 

La Maracucha: Entregada a un amor volcánico, pero asfixiada por la infidelidad clásica.

La Ambiciosa: Que busca en un ascenso la validación que la vida le niega.

La Decisión: Cargando con el peso silencioso y urgente de querer abortar.

La Oculta: Esa identidad sexual que no puede gritar y que arde por dentro.

La Secuestrada: El reflejo final de la ermitaña, la soledad pura que nos habita a todas.

La irrupción estética.

La puesta en escena es un campo de batalla visual. El vestuario, un estallido floreado, rosa y hortera, contrasta con la euforia simbólica del espacio. Mientras una mujer se quiebra en un primer plano de dolor orgánico, al fondo irrumpe la imagen definitiva de la contradicción: el juego de la "papa caliente" con un falo gigante y la representación del galán de Luis Miguel, el deseo erótico de la mujer. Es la dualidad entre lo profano y lo sagrado, se desploma al frente mostrando atrás la celebración en cámara lenta.   

El diseño de iluminación es narrativo: nace de un azul sombrío y asfixiante que oculta el delito, para luego estallar en un frenesí lumínico que incendia la energía de los personajes y atraviesa la piel del público.

El retorno de la Diosa.

La música de Luis Miguel y su "Cuando Calienta el Sol" dicta la sincronía de la unión, mientras que el himno de la compañía actúa como el cable a tierra necesario tras el delirio. La entrada de los querubines es puro realismo mágico: la representación de la Diosa interna rompiendo el drama para dar paso a la sátira y al humor más corrosivo.

Secuestro Rosa es una transformación de afuera hacia dentro. Es el momento exacto en que el lenguaje "bonito" de la cortesía ya no alcanza para tapar la falta de libertad. Aquí no hay juicios, solo el estallido de un patrón roto. Al final, la liberación no es un rescate externo; es avanzar como toda una hembra, recolocándose los ovarios.

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