En exclusiva, presentamos a continuación los apuntes del crítico de arte del Teatro Baralt, miembro del equipo del blog Miradas al Escenario y reportero ad honorem de Noticia Al Día, acerca de otra extraordinaria joya cinematográfica de nuestro tiempo, también muy vinculada con la historia universal del arte de la actuación. Menester será leerlos y sentirlos…
Valor Sentimental: Acerca del infinito afán de la memoria.
Sólo quienes han subido a un escenario y han sentido ese delicioso estado de
pánico escénico, previo al comienzo de una representación teatral, podrán
comprender a cabalidad ese incendio desde las entrañas que consume a “Nora
Borg”, el personaje protagonista de esta última extraordinaria película del
noruego Joachim Trier, Valor Sentimental, la cual, con un Globo de Oro
en su muy rutilante palmarés, se apresta ahora a coronarse en marzo próximo,
durante la ceremonia de los Premios Óscar.
“Nora Borg”, la actriz de la ficción de Trier, interpretada en el filme por la
excepcional noruega Renate Reinsve, tiene que salir a escena para un pequeño
rol en una obra del maestro ruso, Anton Chejov. Pero también ella estará
después convocada para protagonizar “Nora” (Casa de muñecas), obra de su
compatriota Enrik Ibsen y de donde le proviene su nombre:
“HELMER: ¡Claro! Como abogado, lo he comprobado en numerosas ocasiones. Casi
todas las personas depravadas en su juventud han tenido madres embusteras.
NORA: ¿Por qué madres... precisamente?
HELMER: De ordinario son las madres; aunque, como es lógico, también los padres
influyen en este sentido. Bien lo saben todos los abogados”.
Ojo: ese texto citado de Ibsen no está incluido en el filme de Trier, pero he aquí que lo utilizo para referirlo y para no arruinarles la fiesta a ustedes, bienamados lectores, con necios spoilers. No, señor…Aunque también pude haber enloquecido un poco, citando aquella bella canción de Lennon y Los Beatles, citada por Haruki Murakami: “Y cuando desperté estaba solo, este pájaro había volado. Así que encendí un fuego ¿No es buena la madera noruega?”
Joachim Trier habla de su película maravillosa: “Lo que heredamos no es propiedad: es memoria”. Así planteada, Valor Sentimental es un drama familiar, discretamente devastador, sobre el legado, el ego artístico y el patrimonio emocional del que nunca nos desprendemos. Cuando un cineasta, antaño aclamado, regresa a la vida de sus hijas distanciadas, viejas heridas resurgen en una casa que ha absorbido generaciones de amor, abandono, ambición y silencio… Una ojeada a la enciclopedia virtual refleja:“Sentimental Value (2025), dirigida por Joachim Trier, es una película noruega que evoca la intensidad dramática de Henrik Ibsen, explorando traumas familiares no abordados, el distanciamiento y la carga de la memoria. La protagonista, Nora, es una actriz que interpreta el papel de Nora en Casa de muñecas, de Ibsen, reflejando la búsqueda de liberación y autenticidad del clásico…”.
Así, como una preciada joya familiar muy antigua van apareciendo las claves,
los objetos cuyo valor sentimental florecen durante las dos horas de la
película: culpas, actos fallidos, descomunicación, oscuros recuerdos gregarios,
dolorosos recuerdos del fascismo y sus agravios torturantes. Dos niñas crecen
escuchando conversaciones de terapias terribles, en una antigua casa donde los
ductos calóricos incendian las almas ofuscadas por la postguerra y sus crímenes
extendidos. Un muchacho crece y envejece marcado por la culpa y el estupor ante
el suicidio de su madre. Es un artista que proclama la palabra libertad como el
componente fundamental de toda obra estética importante. Libertad, recordábamos
desde Erich Fromm, es soledad muy sola.
Cuando entra a escena, al actor o actriz le sucede esa paradoja terrible: tiene
detrás a todo un equipo humano, técnico y artístico que le acompaña, pero en
verdad está íngrimo ante ese monstruo, esa hydra llamada El Público. Por ahí
transcurre la pieza cinematográfica de Trier, por ese mundo de espectros
vivientes llamado Teatro. Así, los “Borg” son gente de teatro y por ello las
alusiones a Medea, no sólo la de Eurípides, sino tal vez a la reescrita
por Heiner Müller, subyacen en la mente del espectador cinéfilo.
Como también le seducirán esas subyacentes alusiones al médico ruso dramaturgo,
Anton Chejov, en cuyas obras el tiempo pareciera detenerse en el ser de los
personajes, cuyos conflictos, también impregnados de soledad, permean toda la
estructura familiar. Susurros vuelan: “Lo raro y muy admirable es que a Trier
le haya cabido un particular y fino sentido del humor y un fardo de mordacidad
en su ‘container’ colmado de drama sin resquicios y que a través de sus
personajes nos hable de las diferentes calidades del arte, del cine, de la
frivolidad de redes y plataformas, o la escenificación del miedo de salir a
escena y actuar…”.
Al extraordinario maestro sueco, Stellan John Skarsgård (Gotemburgo, 13 de
junio de 1951), ya le llueven los premios como actor, por esta interpretación
de “Gustav Borg”, un artista consagrado invadido por las culpas devenidas de su
propio oficio. Ha abandonado a sus sendas hijas y solo dedicó tiempo a una
porque la incluyó como niña actriz en uno de sus más exitosos filmes tempranos.
Sin embargo, su vida íntima está destrozada y solo desea intentar reivindicarla
a través de una última película cuyo guión tiene listo y que él necesita que
sea Nora, su hija actriz, quien lo protagonice. Ella se niega rotundamente, ni
siquiera leerlo. Vaya golpazo.
Aquí necesitamos comprender cómo, en estas dos últimas crónicas sobre cine, encontramos referencias de artistas escénicos trascendiendo la tendencia a la frivolidad de las selfies y los likes, para proponer verdaderos acercamientos de los espectadores hacia los grandes valores universales del oficio de ficcionar la realidad o de construir ficciones desde ésta. Nunca olvidemos que los actores y actrices importantes están en una cruzada en defensa de los derechos de imagen y de voz. Un asunto insólito pero muy vigente. La muerte del Ser y del Otro a manos del capitalismo.
Volviendo al film de Trier, encontramos otra poderosa figura protagónica, cuyo nombre también nos resultará muy familiar desde el punto de vista de lo teatral: “Agnes Borg”, hermanita hermosísima de “Nora”, está interpretado por la también noruega, Inga Ibsdotter Lilleaas, una presencia fundamental de la narrativa de Trier. Ella es la madre de “Erik”, el nieto de “Gustav”, felizmente interpretado por el niño actor Øyvind Hesjedal Love y para quien su abuelo tiene planes interesantes: quiere que lo interprete cuando era ese niño que padeció el suicidio de su madre, “Karin”, una activista contra los nazis, cuyas ideas políticas le costaron sendos años de su propia vida.
Cuando “Nora” rechaza el proyecto de su padre, éste se encuentra, en un festival de cine donde se celebra su trayectoria, con “Rachel Kemp”, una estrella de cine en ciernes, interpretada por la formidable actriz estadounidense Elle Fanning. El veterano director quiere que ella haga ese papel tan trascendente, pero ella, aún haciendo un alarde de maestría interpretativa, reconoce que no podrá dar el rol. Y entonces tiene lugar otra gran escena-lección de actuación: humilde y otra vez humilde va y habla con el maestro y le ruega que acepte su renuncia al personaje. “Eres una buena persona”, le dice el viejo y entonces recordé ese principio, acuñado por un maestro polaco del periodismo, Ryszard Kapuściński: “Para ser un buen periodista (artista, digo yo) hay que ser fundamentalmente una buena persona”. Sin duda.
Cierro con ese monólogo de “Nora”, una extraordinaria revelación o epifanía. Les aseguro que esta película, Valor Sentimental, con mucho puede ayudarnos a encontrar a Dios y sus misterios divinos:
“Sabes, no creo en Dios para nada. Veníamos de un hogar donde todo eso era irrelevante. No nos bautizamos. Mi hermana y yo tuvimos una confirmación civil solo por dinero. Entonces tuve una especie de crisis. Estaba sola en casa otra vez, tumbada en la cama, llorando. Sé que todos se tumban en la cama llorando en algún momento, pero... Alguien dijo que rezar no es realmente hablar con Dios. Es reconocer la desesperación. Tirarse al suelo porque es lo único que puedes hacer. Algo así como un desamor: ‘Llámame. Por favor, cambia de opinión. ‘Llévame de vuelta’. Ahí estaba. Lo había arruinado todo. Estaba sola, tumbada allí, llorando. Y entonces, por primera vez, me senté y recé. Es difícil de explicar. No sé a quién le recé, pero lo dije en voz alta: "Ayúdame. No puedo con esto. No puedo hacerlo sola. Quiero un hogar". Dios es nuestro gran valor sentimental”. Lo juro.
Alexis Blanco
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