El pasado sábado 7 de septiembre, a las 7:00 p.m. —con rigurosa puntualidad—, dio inicio el espectáculo Granada, traición y crimen, al cual tuve el privilegio de asistir como invitada.
El dramaturgista es Aníbal Grunn, quien también asume la codirección junto a Carlos Arroyo y Rufino Dorta. La puesta en escena congrega a un talentoso elenco conformado tanto por actores y actrices emergentes como consolidados, con el propósito de rendir homenaje al insigne escritor español Federico García Lorca, a los noventa años del fusilamiento que lo aniquiló físicamente, pero que no pudo exterminar el legado que dejó a la humanidad.
Durante la función se entrelazan la vida, la
poesía y la dramaturgia del autor sin dejar de resaltar los trágicos momentos
de su persecución y posterior asesinato. El recorrido se divide en seis
estaciones, destacándose, desde mi perspectiva personal, los siguientes
momentos:
Comienza
en los espacios abiertos del estacionamiento de la Compañía Nacional de Teatro,
donde se recrea la ribera de un río con agua alrededor mediante expresivos
movimientos corporales y coreografías, acompañados por un grupo de mujeres que
entonan cantos de labor.
El
público se desplaza hacia otros rincones. Desde un balcón se proclaman
fragmentos de su legado literario y en el cafetín se representa una pequeña
parte de la pieza Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, enriquecida
con matices guitarristas y plegarias.
La
experiencia no concede tregua ni a los intérpretes ni a los espectadores,
porque el formato exige una caminata constante. En el trayecto se incluyen
pasajes humorísticos y números de danza que rememoran instantes de "La Barraca",
la emblemática compañía teatral fundada por el gran poeta y hombre de
teatro.
A lo
largo de todo el trayecto, una sombra acecha la luminosidad del arte: un
gendarme que cumple el doble rol de encarnar la represión y la autoridad
exagerada, y de guiar a la audiencia en la transición de cada estación. También
la figura de Bernarda Alba, en varias ocasiones, irrumpe para exigir un silencio
luctuoso, tal vez presintiendo el fatal destino de su creador. Yerma no se
queda atrás lamentándose de la infertilidad, y el Romancero Gitano nos permite
emocionarnos una vez más.
El
viaje llega a su fin en la sala Román Chalbaud del recinto, donde se vive el
episodio más desgarrador: el fusilamiento del poeta, representado a través del
lenguaje dramático y corporal, simbolizando la ejecución perpetrada contra la
poesía, las tablas, la danza y la cultura en general. Este trágico suceso no
silencia el lamento de los personajes femeninos, cuyos cantos y expresivos
gestos sellan la presencia eterna del artista.
La
obra deja claro que el crimen trasciende al poeta, pues Federico García Lorca
no es uno solo. Vive en cada verso, en el compás de la danza, en el amor a la
palabra y en cada actriz, actor, espectador y poeta. A pesar del gendarme que vigila los pasos de los espectadores,
su duende permanece intacto, arropado por la admiración del público.

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