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5.5.26

Centenario de Humberto Orsini, por Carlos San Diego

Foto: Roland Streuli

Hombre grande salido de una orilla de las aguas. Un maestro del teatro. Una condición humana parecida a una fogata en las tinieblas. Creyó en el teatro y le entregó la existencia.

Humberto Orsini nació en Santa Cruz de Orinoco, municipio José Gregorio Monagas, estado Anzoátegui, Venezuela, el 4 de mayo de 1926.

De Santa Cruz de Orinoco, siguió la ruta del río. No fue la excepción. Tal ocurría en esa época con gente ribereña. Niño, bajo la protección de un padrino, se desprendió de la casa "El Volcán", humilde y acogedora morada de sus padres y sus 10 hermanos. En una pequeña embarcación lo llevaron a Ciudad Bolívar para que estudiara.

Cursaba el 4to grado cuando hizo su primera actuación teatral en la escuela. Pero mientras estudiaba, su padrino, más preocupado en la producción inmediata del trabajo que del estudio, le asignó responsabilidades. Cada vez mayores en la pulpería de su propiedad, de la que el niño terminó llevando buena carga administrativa y de servicio a la clientela.

La escuela pasó a un segundo plano hasta la mayoría de edad. Sin embargo, no dejó de estudiar y aprender por cuenta propia. De manera autodidacta aprendió alemán, inglés, francés y ruso.

Dejó la pulpería. Se empleó en la empresa Creole Petroleum Corporation. Primero en San Tomé, Anzoátegui. Luego, por la facilidad de idiomas, fue transferido a la gerencia en Caracas.

Con futuro promisorio en el mundo del mercado energético, en 1953, renunció a la industria petrolera. Con el pago de la liquidación viajó más de dos años por países europeos, conociendo la vanguardia teatral de la época. Conocimiento determinante. Le sirvió para toda la vida.

A su regreso a Venezuela, en 1956 funda junto con César Rengifo, Enrique Izaguirre y la que fue su esposa Malú del Carmen, entre otros, el grupo Máscaras, que revolucionó el teatro social a cielo abierto en Venezuela.

150 obras de distintos autores, adaptó y dirigió Humberto Orsini, incluyendo 20 de su autoría, entre ellas, "El conde luna" escrita cuando tenía 13 años de edad. Drama, comedia, espectáculo multimedia y sainete, comprende su bibliografía escénica.

También escribió investigación e historia teatral: "Teatro venezolano, comentarios y memoria" (1993), junto con José Gabriel Núñez; "Sainetes de hoy con temas y estilos de ayer" (2008) y "Antología de la dirección teatral" (2009).

Dejó inéditos varios relatos breves relacionados con su experiencia de viaje en Venezuela y otros países.

Contribuyó a formar varias generaciones de actores y actrices en las cátedras de Actuación, Dirección e Historia del Teatro. Impartió clases en distintas instituciones: cátedras libres de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), escuelas de teatro César Rengifo y Porfirio Rodríguez, Instituto Universitario del Teatro (IUDET) y Universidad de las Artes (UNEARTE) casa de estudios que le otorgó el título de Doctor Honorario.

Fue miembro ejecutivo del Instituto Internacional de Teatro (ITI) de la UNESCO.

En el IUDET también prestó sus servicios como director del Centro de Documentación e Investigación del Teatro, paso que aprovechó para editar material bibliográfico para la formación teatral.

Su hijo Ylich Orsini, asegura que Humberto siempre tuvo amigos de todas las edades y era una especie de ídolo respetable entre jóvenes y alumnos.

En el año 1995 fue designado por la UNESCO para escribir el mensaje del Día Internacional del Teatro, mensaje que fue traducido a 20 idiomas y difundido en 28 países del mundo.

Ese mismo año, 1995, le fue otorgado en Venezuela el Premio Nacional de Cultura mención Teatro.

Falleció a la edad de 91 años, el 26 de octubre de 2017, en Caracas.

En el mundo se le considera una figura fundamental del teatro del siglo XX.

No obstante, autoridades del municipio José Gregorio Monagas, de donde Humberto Orsini es oriundo, no muestran mayor interés por hombres y mujeres que dan relevancia al gentilicio, a la historia local, que es la base de toda historia, mucho menos a la historia inmediata, tan importante como la del pasado.

La ausencia de reconocimiento a nosotros mismos es tan grave como ignorar la huella de la buena obra marcada en el camino que hemos de transitar. Se borra el sentido de pertenencia. Después nos quejamos de la pérdida de la memoria y la identidad.

Carlos San Diego 

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