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| Foto: Juan Mantilla |
Isidro Morillo respira y respira, al término de su proeza actoral denominada Claroscuro, y desde las profundidades de su alma aún poseída por el rigor shamánico, extrae fuerzas para agradecer al hechizado público su declaración de principios: El Teatro Esencial apenas comienza su nueva etapa.
Desde hacía buen tiempo perseguía la gloria y la fortuna de presenciar este
extraordinario espectáculo de Isidro Morillo. Incluso, para la penúltima
función, el sábado 25 de abril, llegué puntual junto con mi hijo Dylan, cuatro
de la tarde, solo que el tiempo con sus “wanulúes” (¿o sería Juyá?) nos jugó
una broma pesada: aún era viernes 24, esto es, 24 horas antes. Deidades luz.
El sábado dos de mayo se produjo este milagro teatral. “Quizás nos lo legó la
luna llena en Escorpio”, me susurró un duende lorquiano que por allí anduvo, o
quizás fue el ánima del maestro Ernesto Rubino, pero lo cierto es que, desde
esa tarde, este Barroco Cronista Cuántico que me habita, hombre de teatro por
derecho y por deber, no ha podido ser el mismo. Quizás fue esa voz temprana de
Aquiles Nazoa, su ánima bendita, esa que en mayo de 1975, con una muñeca de
trapo sobre sus rodillas, de quienes contaba su “Vida Privada, etc…”., musitaba
las mismas líneas con las que Isidro Morillo su Claroscuro comenzaba:
-“Creo en Pablo Picasso, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra;
creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones,
que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo ,
pero que cada día resucita en el corazón de los hombres,
creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable,
[…] Creo en la amistad como el invento más bello del hombre, creo en los
poderes creadores del pueblo,
creo en la poesía y en fin,
creo en mí mismo, puesto que sé que hay alguien me ama…”.
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| Keren Montero y María José Alviárez. Foto: Juan Mantilla |
“Cómo no voy a pintar tus ojos de pintora. Si tu falda entalla mejor en tus caderas, que mi cintura tan serena en el balcón de esta sociedad, que impone sus arrebatos machistas y descompone a quien compone un lienzo… Unos ojos grandes oscuros, por donde entra la luz de un modo distinto al resto de sus semejantes, como los que ahora te miran, sólo que estos están serenos, no temerosos…No me mires bella, pintura, que te comencé a pintar con la mirada tonta, déjame seguir indagando el misterio de tu presencia en mi vida, no quisiera seguir mintiendo, pero no puedo dejar de pintarte… Señorita, ayer de la mano de tu hermana que te deja, y hoy te nombró señora de la mano de mi hermano, que te ama, y te imagino reina y te admiro y ardo en deseos de profanar tus pinceladas de libertad para no sentirme presa en mi falta de coraje, ya no hagas que te hable. Háblame, mujer, de ser pintor. Artista, maestra de tu maestro, háblame que tengo miedo… Mucho miedo…”.
Ya para ese entonces estabais envuelto entre una atmósfera de sangre y de territorio. Ya parecías escuchar aquellas antiguas entrevistas con Eduardo Marín, el dramaturgo y director creador del Teatro Esencial. Él, junto con Marisol Sánchez, con fina estampa de creyente declarando: “Esencial significa que algo es fundamental, necesario o constituye la naturaleza intrínseca de una cosa. Se refiere a lo que no puede faltar o ser eliminado sin alterar o destruir el ser o el sentido de algo. Es un adjetivo sustancial, principal y central, clave para la comprensión de conceptos, con sinónimos como indispensable, fundamental, básico, sustancial o vital…”. Sonoridad arcaica e inseminada por el aire de esta era de militantes tan teatristas.
Y de ahí proviene la santidad de Isidro Morillo. Un obrero integral (sic) del oficio teatral y en quien se nos convierte en poiesis greco-maracuchista-rubinista aquella frase antológica del sabio inglés, Peter Brook: “El teatro no es un espejo para la realidad, sino un martillo con el que darle forma”. Cuando Pablo García Gámez, príncipe mentor de este santo Blog del Teatro Venezolano posteó una invitación para ver Claroscuro, tras ver el conmovedor espectáculo le comentamos: “Esto es otro nivel. Prometo que te enviaré mi crónica ad hoc. Estoy muy orgulloso de pertenecer a la era de Isidro Morillo”. Esto es una autocrítica: este texto mío aparece muy impregnado de posverdad. Es decir, escribo muy influenciado por mis emociones.
Es algo que resulta inevitable, una vez que Keren y Marijo te remueven el palito de la miel y de la hiel y mucho más cuando Isidro vuelve a recitar, con su voz de truenos distantes: “A veces siento que no temo, y cuando eso pasa me da miedo. ¿Para qué me sirven las alas, si no puedo volar? Sé que no soy como el avestruz. Sé que no soy de los que esconden la cabeza, pero mis alforjas están repletas de calamidades: las que me invento y las que me inventan. Es duro llegar al tiempo de cosecha y darte cuenta que se te olvidó sembrar más, aún tienes una semilla en el bolsillo, pero el miedo se va a poner de tus manos y se entrelazan gasas, mientras veo pasar a mí alrededor aquellos que sembraron cargados de motivos para ser feliz. ¿Para qué sembrar un árbol que no da sombras, ni da frutos? ¿para qué escribir un libro que nadie lee?; ¿para qué tener un hijo en el abandono? Quisiera sembrar libros enteros, escribir 1 millón de páginas, tener tres hijos y educarlos con el mejor de los ejemplos. Pero es tarde, porque ya estoy muerto”.
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| Foto: Juan Mantilla |
Muy vivo está este proyecto del Teatro Esencial. Isidro tiene unos admirables
rituales para prepararse para cada función. Siendo el sábado, el inicia el
lunes anterior un muy particular proceso de ayuno. Una ceremonia que le viene
desde el lunes 10 de junio de 2002, cuando comenzó la primera de las tres
etapas históricas de su Claroscuro.
“Eduardo Marín estaba dando el primer taller, yo estaba trabajando, haciendo
las cosas que yo tenía que hacer dentro de la escuela de teatro. En el taller,
que estaba al lado de la sala. Y dejaba de trabajar un rato y me iba a
escucharlo ante sus talleristas. Un día amanecí, como se dice, con el santo
volteado y le dije “Marín, yo te quiero mostrar a vos y a los muchachos lo que
es para mí el teatro esencial. Y entonces él me dice ‘dale, échale bola’.
Bueno, agarré y empecé a buscar cosas que tenía allí dentro. Agarré un pantalón
de jean, que tenía allí de trabajar. Agarré un saco de fique, metí algunas
cosas dentro del saco, entre las cuales había una flauta dulce y simplemente,
sin preparar nada, empecé a evocar lo que Eduardo había dicho, tratando de
representarlo. Así comenzó esto”.
“-Hoy me he reído del dolor, he descubierto que el arte es una esencia que vive
conmigo, desde que estoy solo. Me hace falta un cuerpo donde alojar mi divino
tesoro. Mira dentro de mí, a través de mis esculturas y mi teatro, eso es lo
que soy y seguiré siendo mientras me haga feliz. Déjenme seguir soñando, que no
puedo, para que cuando despierte me complazca saber que siempre he podido Me
encontraron torturando la realidad, con mis sueños y me llamaron enemigos y me
dejaron solo, solo, solo…”.
Tres etapas de Claroscuro que ya generan una nueva generación. La
estudiante de la Escuela de Teatro “Inés Laredo”, Claudia Roncajolo,
tataranieta de la inmortal poeta zuliana, María Calcaño, nos confidencia su
mirada Claroscuro:
“La puesta en escena de Claroscuro con Isidro Morillo, es una obra que refleja
la dualidad entre la luz y la sombra interna, el caer, renacer y prosperar.
Establece el arte como una forma de protesta, de vida, de sentir y amar.
Menciona que pierde a su hijo artista, que no ha muerto físicamente, sino que
"fallece" al convertirse en soldado. Muere porque deja atrás su
sensibilidad ante los detalles, ante lo delicado, ante el amor. Deja atrás su
humanidad para levantar un arma y un -escudo-, que está en su corazón. Las dos
acompañantes, como ángeles u observadoras le dan un toque místico a la obra,
crean una atmósfera cálida que hace sentir que el protagonista, aunque camine
solo, tiene compañía. El ritual indígena transmite arraigo a las raíces, que
también están repletas de arte. Nos muestra que, aunque a veces perdemos partes
de nosotros (o personas que amamos), siempre habrá esa luz dentro de la
oscuridad…”.
Con su Claroscuro, Isidro Morillo agrega un extraordinario aporte al teatro
zuliano contemporáneo: el discurso antropológico inspirado en la riquísima
cultura ancestral wayuu. En esa escena final (este espectáculo bien podria
involucrar dos piezas en una sola función), él, junto con sus hermosas
compañeras, detenidas en silentes plañideras, él se transforma en un líder de
una nación desconocida para todos.
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| Foto: Juan Mantilla |
Los wayuu son un pueblo de teatristas. Son animistas, profundamente simbólicos y militantes de sus propios sueños u onirias. Ellos suelen dar vida a todos los seres: flora, fauna, agua montañas, salinas, fenómenos naturales. Con devoción muy particular, (Esencial sería el término cabal), entablan su relación con la naturaleza y las entidades superiores. Según nos refería el maestro Nemesio Montiel Fernández, primer antropólogo guajiro, estamos ante una cultura material espiritual y simbólica donde los rituales mágicos religiosos son trascendentales. Todo tiene alma, espíritu, vida, todo es un paso en el largo camino para la eternidad por que el alma no muere”. Y sobre eso, nuestro hermoso bienamado actor articula, gesticula, danza, baila, toca su propia música, tanto con el cuerpo como con elementos muy sui generis: maracas, un manare con semillas, sus pequeñas esculturas y así, un mundo entrañable, donde luz y sombra, vida y muerte, fluyen con regocijo vital por el gran cosmos. Sí, una extraordinaria sesión teatral alentada por Maleiwa, la suprema deidad de los wayuu.
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| Foto: Juan Mantilla |
Ese aplauso para nuestro Maestro Actor, muy por encima de todo primer, segundo y ene actor, seguirá retumbando en nuestros corazones. Vaya lección de bondad, generosidad y coherencia como artista. Dios y Maleiwa te cuiden, bienamado colega don Isidro Morillo.
¡Salud!





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