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5.5.26

Trilogía de los Asedios de José Martín Recuerda por Carlos Rojas

 Reseña Literaria

Trilogía de los Asedios de José Martín Recuerda
por Carlos Rojas

criticarojas@gmail.com

Portada del libro Trilogía de los Asedios de José Martín Recuerda © (2026)

Leer a José Martín Recuerda (1926 - 2007), implica asumir una incomodidad que no es pasajera ni estética, sino profundamente ética. Su Trilogía de los Asedios (2026), publicada por Ediciones del Bufón (Sevilla - Morón de la Frontera), no se ofrece como una simple recopilación de tres textos fundamentales del teatro español del siglo XX, sino como una experiencia de lectura que enfrenta al lector con una estructura de pensamiento donde el conflicto no se diluye ni se resuelve, sino que se instala y persiste.

A través de La llanura, Las salvajes en Puente San Gil y Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca, el escritor español articula un universo dramatúrgico donde el encierro deja de ser una circunstancia escénica para convertirse en una forma de organización social, en un dispositivo de control que atraviesa lo familiar, lo religioso y lo institucional, revelando con una lucidez implacable los mecanismos que regulan, castigan y moldean el deseo, especialmente el femenino.

En La llanura (1947), el dramaturgo sitúa la acción en la Granada de la posguerra, pero lo que construye va mucho más allá de una recreación histórica o costumbrista. El espacio doméstico se convierte en un territorio cargado de tensiones donde la pobreza, la ausencia del padre y la fragilidad de los vínculos familiares configuran una atmósfera opresiva que condiciona cada gesto y cada palabra. En el centro de este entramado aparece la Hija, un personaje que escapa a cualquier intento de idealización y que se construye desde la contradicción, la incomodidad y la urgencia. Su deseo de salir, de romper con el encierro que la define, no es presentado como una aspiración heroica sino como una amenaza que desestabiliza el orden establecido.

El autor no necesita construir grandes acontecimientos para sostener el conflicto; le basta con colocar el deseo en el lugar equivocado para que todo el sistema reaccione. El realismo que atraviesa la obra se ve intensificado por una dimensión poética que no suaviza la dureza del contexto, sino que la amplifica, haciendo que cada silencio, cada ausencia y cada gesto adquieran una densidad emocional que desborda lo anecdótico.

En Las salvajes en Puente San Gil (1961), el encierro adquiere una forma más sistemática y explícita. El convento, que en apariencia debería ser un espacio de recogimiento y espiritualidad, se revela como una estructura de control donde la disciplina, la obediencia y la culpa funcionan como herramientas de regulación del comportamiento. Recuerda desplaza el conflicto hacia el interior de una institución que se sostiene sobre la negación del deseo y la supresión de la individualidad, y lo hace sin recurrir a una crítica superficial o panfletaria.

Lo que emerge en escena es un entramado de relaciones donde el poder no se ejerce únicamente desde la autoridad visible, sino que se reproduce en cada una de las mujeres que habitan ese espacio, generando una dinámica donde la vigilancia y la represión se internalizan hasta convertirse en norma. La obra desarma la idea de santidad y expone cómo cualquier sistema que pretenda domesticar el deseo termina produciendo formas de violencia que se manifiestan tanto en lo simbólico como en lo psicológico. La tensión dramática no se sostiene en grandes rupturas, sino en la acumulación de pequeñas fracturas que, al hacerse visibles, revelan la fragilidad de un orden que se presenta como incuestionable.

Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca (1970), por su parte, lleva esta lógica de control a un territorio donde la hipocresía social se hace más evidente. El espacio de recogimiento, destinado supuestamente a la redención de mujeres consideradas desviadas o marginales, se convierte en un escenario donde la exclusión se institucionaliza y la violencia se legitima bajo el discurso de la caridad. Recuerda construye aquí una de sus críticas más directas y contundentes, mostrando cómo la sociedad no solo castiga a quienes se apartan de la norma, sino que crea mecanismos específicos para corregirlas, reforzando así el mismo sistema que las condena.

Las mujeres que habitan este espacio no son figuras pasivas ni meros símbolos de victimización; son sujetos atravesados por el conflicto, capaces de resistir, de cuestionar y de evidenciar las contradicciones de un modelo que pretende salvarlas anulando su identidad. El lenguaje se vuelve más crudo, más directo, y esa elección no es gratuita: responde a la necesidad de nombrar una realidad que no admite eufemismos ni distancias cómodas.

Lo que articula estas tres obras no es únicamente la recurrencia de ciertos temas o la presencia de personajes femeninos en situaciones de opresión, sino la construcción de una mirada que entiende el teatro como un espacio de interrogación constante. Recuerda no escribe para ofrecer respuestas ni para confirmar certezas; su dramaturgia se instala en la incomodidad de las preguntas, en la tensión entre lo que se dice y lo que se calla, en la distancia entre el orden impuesto y el deseo que lo desborda.

La trilogía funciona como una cartografía donde el encierro adopta distintas formas, pero responde a una misma lógica: la necesidad de controlar aquello que no puede ser plenamente domesticado. En este sentido, el valor del libro no radica solo en la calidad individual de cada pieza, sino en la posibilidad de leerlas como un sistema que se expande y se complejiza, permitiendo al lector reconocer las conexiones entre distintos espacios y contextos.

La escritura de Recuerda se sitúa en un territorio donde el realismo social se encuentra con una dimensión poética que potencia su alcance. No se trata de un lirismo decorativo, sino de una herramienta que permite intensificar la experiencia dramática y profundizar en la construcción de sentido. Los espacios cerrados, los silencios, las ausencias y las tensiones no resueltas configuran un universo donde cada elemento está al servicio de una mirada crítica que no se limita a describir la realidad, sino que la interroga y la desestabiliza. En esa operación radica buena parte de la vigencia de su obra: en la capacidad de señalar estructuras que, aunque transformadas, siguen operando en el presente.

La publicación de esta trilogía por parte de Ediciones del Bufón no es un gesto menor ni un simple ejercicio de rescate editorial. Se inscribe en una línea de trabajo que apuesta por textos que no buscan la complacencia ni la facilidad, sino que invitan a la reflexión y al debate. En un contexto donde el consumo cultural tiende a privilegiar la inmediatez y la superficialidad, apostar por una dramaturgia que exige tiempo, atención y disposición crítica es, en sí mismo, un acto significativo. Este libro no está pensado para ser recorrido de manera ligera; demanda una lectura atenta, capaz de sostener la tensión que cada obra propone y de asumir las preguntas que quedan abiertas.

Acercarse a Trilogía de los Asedios implica también abrir la puerta a un autor cuya obra sigue dialogando con las preocupaciones contemporáneas. José Martín Recuerda no pertenece únicamente a un momento histórico determinado; su escritura trasciende ese marco al poner en evidencia dinámicas que se repiten bajo distintas formas y discursos. Leerlo hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino una oportunidad para reconocer en sus textos resonancias que interpelan el presente y obligan a reconsiderar ciertas certezas.

Para el lector interesado en el teatro como herramienta de pensamiento, este libro representa una entrada privilegiada a una dramaturgia que no se conforma con representar la realidad, sino que busca incidir en ella. Para la comunidad teatral, ofrece materiales de enorme riqueza escénica, abiertos a múltiples interpretaciones y posibilidades de puesta en escena. Y para quienes aún no se han acercado a la obra de Recuerda, constituye una invitación directa a descubrir una voz que, lejos de acomodarse, insiste en incomodar.

Leer esta trilogía es, en última instancia, aceptar una invitación a pensar desde el conflicto, a habitar la tensión sin la necesidad de resolverla de inmediato, a reconocer que el teatro, cuando se toma en serio, no es un espacio de evasión sino de confrontación.

Ediciones del Bufón, al poner en circulación este volumen, no solo amplía su catálogo, sino que refuerza una apuesta por un tipo de lectura que exige y transforma.

Acercarse a este libro, suscribirse a su propuesta editorial y seguir explorando su catálogo es también una manera de participar en una conversación más amplia sobre el lugar del teatro en la construcción de pensamiento crítico.

En conclusión, hay textos que se leen y se olvidan, y hay otros que permanecen, que incomodan, que obligan a volver sobre ellos; la Trilogía de los Asedios pertenece, sin duda, a estos últimos.

Carlos Rojas /Crítico Teatral (Venezuela).

Ficha Técnica:

Portada del libro Trilogía de los Asedios de José Martín Recuerda © (2026)
Título: Trilogía de los Asedios
Autor: José Martín Recuerda
Editorial: Ediciones del Bufón
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