Con el eslogan Venezuela Renace, se intenta crear un concepto categórico para impregnar todo el país de un sentimiento autonómico, cargado de paz, esperanza y resiliente; donde todo apunte a la reconstrucción de la infraestructura, la economía y nueva modernidad.
Se sabe que no se volverá a lo que estaba, por
eso lo nuevo debería ser de otra forma. Mejor, sería la palabra. Pero de qué
forma. En el área de la cultura y específicamente en el teatro, desde donde yo
me desenvuelvo, el panorama se torna turbio. Ya en otra nota hablé de las Zonas
Especiales, que por cierto se desinflaron, advertía la necesidad de la
infraestructura teatral; ahora vuelvo a lo mismo.
En un encuentro con un dirigente del Teatro
Ateneo de Maracay, quien propugnó que de ahora en adelante serían los grupos
teatrales -y de cualquier naturaleza cultural- que tendrán que encargarse de
sus costos de producción, logística, taquillería y financiamiento, dado que ya
el Estado no tiene dinero. Yo diría también que no tiene voluntad. Aunque esto
no sorprende.
Es decir, que el Ateneo solo será un espacio
para el alquiler.
Por eso vemos muñecos, fantoches, imitadores y
payasos que no hacen reír, pero pagan el alquiler. La pregunta odiosa es
¿cuánto público me garantiza el Ateneo? Porque entonces yo debo no solo montar
la obra, sino también conseguir vestuario, hacer afiches, pagar honorarios y
vender las entradas, inclusive, llevar mi propio taquillero.
Y siguen las preguntas aborrecibles, ¿cuál es
el papel del Estado Cultural?
Una vez un directivo del Teatro de la Ópera
manifestó que abrirle el teatro a un grupo – cuando existía la política de un
día al mes para el teatro- le costaba a él 4.000 dólares y que él no
percibiría.
En este sentido, habría que preguntarse ¿cuál
es la política que tiene el Estado para con el teatro aragüeño? Porque ser
directivo así parece fácil, si solo debo esperar a que los grupos vengan a mí
para hacer el contrato.
*Bartolomé
Cavallo. Alumno de Ramón Lameda*
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