Por Miguel Flores
Hay una extraña nobleza en heredar la grieta. La mía proviene de María,
mi madre, quien tuvo el trágico y poético destino de terminar sus días en un
hospital psiquiátrico. De ella no heredé haciendas ni títulos nobiliarios, sino
algo mucho más extravagante: una pasión desmedida por las bellas artes y una
veneración devota por el Doctor José Gregorio Hernández. Ella proyectaba su fe
entre delirios y óleos; yo, como fiel albacea de su neurosis, decidí
transformar esa devoción en oficio escénico y ponerme la sotana del venerable
sobre los escenarios.
Así comenzó mi ejercicio como especialista en la esquizofrenia colectiva de
este país. A fin de cuentas, si uno ha de perder la cordura en un entorno que
roza el absurdo diario, lo más prudente es encubrir el extravío tras el barniz
de la cultura y ostentar un par de diplomas colgados en la pared.
II. El rigor académico y la sombra de los verdaderos maestros
Atesoro la distinción de haberme formado en la escuela de actuación más importante del país y de haber egresado de la universidad como productor teatral, acumulación de credenciales que me califica con absoluta precisión para saber cómo quebrar económicamente en cualquier montaje de vanguardia.
En ese trayecto, la vida me ha concedido privilegios genuinos: estudiar, colaborar y conocer de cerca a Belén Orsini, una destacadísima documentalista venezolana cuyo rigor cinematográfico admiro profundamente; haberme sumergido en las filigranas del stop motion junto al talento de Héctor Puche; o haber estado en el plató presenciando la dirección de Alejandro Hidalgo, observando cómo se orquesta la cinematografía de gran escala. Haber navegado esas aguas me otorgó la excusa perfecta para autoasignarme el pomposo título de «cineasta», aunque mi trabajo haya consistido muchas veces en sostener la claqueta con solemnidad filosófica o contemplar en silencio la magia ajena.
III. El calvario de la pluma y la conspiración del intelecto
Debo confesar una verdad desarmante: yo no soy escritor. La escritura no fluye en mí con la naturalidad de un manantial, sino con la agonía de un parto de piedras. Puedo pasar semanas enteras concibiendo una sola idea, puliendo un párrafo, tachando y recomenzando en un proceso frustrante que revelaría a cualquiera que no sirvo para la pluma.
Si logro construir un texto articulado, es gracias a una red de complicidades intelectuales y afectivas que me sostienen el pulso. Está Verónica, mi mentora, una mente joven, lúcida y madura que actúa como mi ancla a tierra y pule mis escritos cuando el ego amenaza con despeñarme. Está el rigor del crítico Carlos Rojas, que impulsa mis ideas desde la confrontación estética, y la generosidad de Pablo García Gámez, quien desde Nueva York insiste en publicar mis desvelos. Está la voz de mi hijo, Miguel Alejandro Flores, comunicador social y guía espiritual, que interrumpe mi aislamiento para repetirme que ya basta de tanto silencio, que es hora de desempolvar el baúl, mostrar el archivo acumulado y monetizar tantos años de oficio. Y, por supuesto, está la Inteligencia Artificial: este espejo digital con el que coescribo y me debato, una herramienta sin la cual la arquitectura de estos artículos jamás vería la luz. Este ensayo es, en esencia, una obra a varias manos entre mi caos y la paciencia de mis aliados.
IV. Del Art Brut de patio al gurú de la comarca pueblerina
Cansado de las convenciones del teatro formal, he descendido al taller del Art Brut, al arte marginal nacido de una necesidad visceral, pura y desinteresada de crear. Encerrado en mi patio, entre vegetación y cachivaches, ensamblo piezas que no buscan el aplauso del mercado ni la venia académica, sino dar salida a un impulso urgente de transformación plástica.
Esta suma de extravíos —actor, productor, aprendiz de cineasta y ahora artista plástico marginal— me ha convertido en una auténtica entelequia en mi pueblo. En una comarca donde habitan verdaderos «dinosaurios de la genialidad», respetables tótems de la cultura local a los que cuido de no herir con mi brillo encandilador, yo he decidido multiplicar mi personaje: me ejercito en el asana para coronarme yogui, me inscribo en cursos de radio para dictar cátedra desde las ondas hertzianas y planeo tomar las aceras con performances callejeros para terminar de consolidar mi estatus de genio incomprendido.V. La catarsis de la ironía frente al espejismo del fracaso
No se piense, sin embargo, que este ejercicio de vanidad simulada es ciego a la realidad. Las heridas colectivas y la tragedia persistente en el entorno me mantienen con la sensibilidad a flor de piel. El dolor alrededor es demasiado real como para ignorarlo.
Por eso elijo la sátira. Burlarme de mí mismo es un acto de higiene mental y un escudo filosófico. Rodeado de mentes brillantes, mentores lúcidos y un hijo que me exige hacer rentable mi trayectoria, a ratos me asalta la sospecha destructiva de que no he concretado «nada serio» en la vida, tentado a calificarme como el tonto de mi propia comparsa.
Pero prefiero erigirme en el chivo expiatorio de mi propia comedia antes que asumir la solemnidad amargada de los sabios. Al final del día, la lección de mi madre María permanece intacta: la frontera entre el delirio psiquiátrico, la frustración del aficionado y el genio de vanguardia depende únicamente de la elegancia con que se firme el manifiesto.
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