Un punto de vista
CUARTOSCURO
Memoria
de cuerpos bajo los deseos ocultos
por Carlos Rojas*
Especial para Miradas al
Escenario
Obra CuartOscuro Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas ©
2026
Desde la primera coreografía se comprende que la pieza no pertenece únicamente a los intérpretes, sino a la arquitectura misma de la edificación. Gracias a la creación de Ricardo Rozo, a la gestión de Andrés Cárdenas y, a la producción de Artestudio Bogotá, el antiguo sauna gay deja de ser un espacio recuperado para transformarse en el organismo visual, sonoro y expresivo de una instalación performántica donde cada muro, escalera, ducha y corredor participa activamente de la danza-teatro.
El
espectador cruza la puerta creyendo ingresar a un espacio cultural y descubre,
casi de inmediato, que ha entrado en un territorio donde la memoria permanece
adherida a las superficies. Nada intenta neutralizar ese pasado; por el
contrario, la propuesta lo activa desde el comienzo. Antes de que aparezca el
primer intérprete, el edificio ejecuta su propio movimiento y revela el
hallazgo central del proyecto: el lugar también guarda recuerdos y puede
convertirse en materia escénica.
Durante
décadas aquella edificación funcionó como sauna. La instalación evita convertir
ese dato en una referencia anecdótica o en un gesto de provocación nostálgica;
lo transforma en el núcleo conceptual. El público no recorre una escenografía
que representa un cuarto oscuro, sino un sitio donde innumerables personas
dejaron inscritas experiencias de deseo, clandestinidad, placer, miedo y
supervivencia. La arquitectura deja de servir a la representación para
convertirse en archivo sensible de una historia que raras veces aparece en los relatos
oficiales de la sexualidad latinoamericana.
La
propuesta parte de una certeza histórica y humana: la vivencia homosexual no
puede reconstruirse únicamente desde recuerdos, discursos religiosos o
conquistas institucionales. Existen impresiones grabadas en las paredes.
Durante los años ochenta y noventa, saunas, bares y lugares de encuentro
furtivo fueron refugio para quienes podían perder el trabajo, la familia o la
vida por su orientación sexual. La penumbra no era un recurso erótico; era,
ante todo, una estrategia de supervivencia.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Desde
esa perspectiva, la puesta en escena adquiere una dimensión política que evita
cuidadosamente el panfleto y los clichés homofóbicos. Los intérpretes jóvenes
no reconstruyen un pasado que desconocen; lo atraviesan al habitar un inmueble
donde sus huellas todavía parecen respirar. Allí se produce uno de los diálogos más
conmovedores de la experiencia: el encuentro entre generaciones separadas por
vivencias radicalmente distintas del deseo, la clandestinidad y la libertad.
La
instalación excede las categorías convencionales de la danza contemporánea, el
teatro inmersivo o el performance. Integra arquitectura, movimiento, artes
visuales, diseño sonoro e iluminación en un único lenguaje transdisciplinar
donde ninguna disciplina domina sobre las demás. La puesta prescinde de una
narración lineal y convierte el trayecto en su verdadera partitura: el
observador deja de mirar desde una distancia segura y pasa a formar parte
activa de la experiencia.
La
escena inaugural condensa con precisión toda la experiencia escénica. Tres
hombres desnudos permanecen inmóviles mientras un pintor interviene lentamente
sus pieles bajo una luz rojiza que recuerda un laboratorio fotográfico. Pintar
deja de significar representar para convertirse en revelar.
Como
una imagen que emerge durante el revelado, la historia del espacio reaparece
sobre la piel de los intérpretes. El pigmento no embellece el cuerpo; lo
convierte en superficie de inscripción histórica y devuelve presencia a aquello
que el tiempo había condenado a la invisibilidad.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Uno
de los mayores logros del montaje consiste en transformar la percepción de
quien asiste. Su creador rompe con la frontalidad tradicional del teatro
occidental y convierte cada pasillo, puerta, escalera y habitación en un mapa
espacial que altera continuamente la relación con el tiempo, la distancia y la
presencia. El tránsito no busca
sorprender mediante efectos inmersivos; constituye la estructura misma de la
pieza. Cada desplazamiento obliga a decidir, elegir trayectos y construir una
lectura propia.
En
esta concepción resuena, inevitablemente, la herencia de Pina Bausch, aunque
aquí se desplaza la pregunta del movimiento hacia el entorno. Los performers no
sólo cargan su memoria personal, sino que dialogan permanentemente con la del
lugar. La coreografía deja de ordenar pasos para organizar relaciones entre los
cuerpos, la materia y el pasado.
No
existe un ángulo desde el cual pueda contemplarse la totalidad de la puesta.
Mientras una acción ocurre ante los ojos del espectador, otra permanece oculta
tras un muro o al final de un pasillo. Los sonidos llegan antes que las
imágenes y muchas escenas apenas pueden intuirse.
Esa
imposibilidad de abarcar el conjunto constituye uno de los aciertos más
inteligentes de la dirección, pues reproduce el funcionamiento mismo del
recuerdo: fragmentario, incompleto y siempre reconstruido a partir de
vestigios.
(
Obra CuartOscuro.
Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
La
monumental pirámide sintetiza de manera ejemplar la investigación espacial de
la pieza coreográfica. Más que un elemento escénico, es una estructura que
impone sus propias reglas físicas y obliga al elenco a negociar equilibrio,
respiración, precisión y trabajo colectivo.
El
esfuerzo nunca se oculta; se convierte en el verdadero contenido de la imagen.
Sin necesidad de subrayados discursivos, la secuencia evoca la dificultad
histórica de conquistar espacios de representación dentro de una sociedad
excluyente. Ascender deja de ser una acción física para convertirse en una
vivencia de resistencia.
Algo
semejante ocurre en la secuencia de los cubos. La referencia al ideal clásico
del cuerpo masculino se transforma gradualmente en una reflexión sobre su
fragilidad. Las poses heroicas se sostienen sobre superficies inestables donde
el equilibrio nunca termina de consolidarse; los músculos tiemblan, la
respiración se hace visible y la caída permanece siempre latente. La heroicidad
deja así de asociarse con la perfección para identificarse con la persistencia.
Lo
admirable es que ninguna de estas ideas interrumpe la experiencia sensible. La
pieza piensa mediante imágenes: no explica, sugiere. Cada instalación abre
asociaciones nuevas y devuelve al silencio, al cuerpo y a la materia una
capacidad de reflexión que buena parte de las artes vivas contemporáneas ha
sacrificado en favor del exceso discursivo. Allí reside una de las mayores
fortalezas del montaje: permitir que el público piense a partir de lo que ve,
escucha y atraviesa, y no de lo que un discurso pretende imponerle.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo
Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Los
intérpretes constituyen la energía que activa este organismo arquitectónico. Su
trabajo no puede medirse únicamente por la precisión técnica ni por la
exigencia física de las partituras. El verdadero desafío consiste en sostener
una presencia capaz de dialogar con un lugar que nunca deja de imponer su
historia. El director no busca virtuosos; busca cuerpos disponibles para
convertirse en superficies de resonancia.
Después
de catorce temporadas y más de noventa funciones, la propuesta continúa
transformándose porque cambian los cuerpos, las sensibilidades y la relación
con el pasado que la atraviesa. Ese relevo generacional constituye uno de sus
aspectos más poderosos: muchos de los jóvenes intérpretes crecieron en una
época donde la clandestinidad dejó de ser la única forma posible de vivir el
afecto y la sexualidad.
La
partitura de movimientos con técnicas mixtas no les exige reconstruir una época
ajena; les propone habitar un entorno construido por el miedo mientras
pertenecen a un tiempo marcado por mayores libertades. De ese choque temporal
surge una reflexión que termina hablando menos de la homosexualidad que de la
responsabilidad compartida de la memoria.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
A
esa arquitectura de cuerpos se suma un diseño sonoro de extraordinaria
precisión, elaborado por Rozo conjuntamente con Julien Pellatón. La música no
acompaña la acción; construye zonas. Resonancias metálicas, respiraciones,
vibraciones electrónicas y silencios producen la sensación de que la estructura
continúa respirando incluso cuando aparentemente nada sucede. El oído comienza
a orientarse antes que la mirada y obliga a recorrer el lugar con todos los
sentidos.
La
iluminación, correctamente integrada a la propuesta, contribuye a revelar con
nitidez la concepción estética de la obra. La penumbra deja de ser un recurso
atmosférico para convertirse en una indagación sobre la visibilidad. Los tonos
rojizos evocan simultáneamente el laboratorio fotográfico y el universo furtivo
de los antiguos saunas; la luz nunca revela por completo, sino que administra
aquello que puede mostrarse y eso que permanece oculto. Lo que durante décadas
fue una condición para sobrevivir se transforma aquí en lenguaje escénico.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo
Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Entre
los momentos más logrados destaca Capital Sexual, Abuso y Poder que profundiza
esa dimensión política desde una notable economía expresiva. Las duchas del
antiguo sauna, cubiertas por telas y figuras militares, evocan memorias
atravesadas por la violencia familiar, el abuso institucional y la persecución.
Nada se subraya; la tensión aparece en los gestos, en la distancia entre los
cuerpos, en los silencios y en la capacidad del espacio para conservar aquello
que ocurrió entre sus muros.
La
secuencia del Bosque Peligroso, donde la inteligencia plástica alcanza
una de sus expresiones más sólidas. Sería reduccionista leer la escena
únicamente como una alusión al cruising; lo que propone es una verdadera
arqueología del deseo. Vegetación en descomposición, circuitos electrónicos,
humedad, olores y un paisaje sonoro minuciosamente construido configuran un
territorio donde naturaleza y artificio se funden. El espectador atraviesa un tramo estrecho que
elimina cualquier distancia contemplativa y lo obliga a experimentar
simultáneamente libertad, amenaza, placer e incertidumbre.
Igualmente,
refinada resulta La Pared, donde cuatro intérpretes deslizan lentamente
sus cuerpos sobre un muro hasta transformarlo en una superficie pictórica en
constante mutación. La referencia inicial al canotaje desaparece para dar paso
a una investigación sobre contacto, apoyo y continuidad corporal. Poco a poco dejan
de percibirse individuos aislados y emerge una única imagen colectiva, cercana
en espíritu a ciertas exploraciones de Yves Klein, aunque desplazada hacia una
dimensión profundamente social.
En
Kamasutra, la puesta renuncia a toda provocación evidente y explora el
erotismo desde el peso, el equilibrio, el contacto y la confianza. La intimidad
deja de depender de la desnudez y surge de la vulnerabilidad compartida; el
homoerotismo recupera así una dimensión profundamente humana, alejada tanto del
espectáculo como del estereotipo.
La
trayectoria de Artestudio explica la madurez de esta propuesta. La formación de
su equipo en artes plásticas, estética y creación artística, sumada a una
investigación desarrollada entre Colombia, Francia y Suiza, ha dado lugar a una
puesta donde cada decisión responde a una reflexión sostenida sobre el cuerpo,
el entorno y los elementos escenográficos.
Obra CuartOscuro. Dir. Ricardo
Rozo. Foto Carlos Rojas © 2026
Definir
la propuesta únicamente desde la coreografía resulta insuficiente: el trabajo
expande la danza-teatro hasta convertirla en una forma de pensamiento espacial.
También merece destacarse la labor de creación y gestión de Artestudio, que ha
permitido que investigaciones de esta naturaleza trasciendan el impulso efímero
del estreno, incorporen nuevas generaciones de intérpretes y continúen
evolucionando sin perder coherencia artística. Esa permanencia constituye, por
sí misma, una forma de resistencia cultural dentro del panorama de las artes escénicas
bogotanas.
Al
abandonar la casa no quedan únicamente imágenes memorables: permanece la
sensación de haber recorrido un organismo vivo donde la arquitectura conserva
las huellas de quienes la habitaron y donde el arte, es capaz de activar esas
presencias sin convertirlas en monumento.
En
tiempos en que la diversidad corre el riesgo de reducirse a un discurso
institucional o a una consigna de consumo masivo, esta invitación propone una
experiencia más profunda: no explica una reivindicación política, sino que
invita al espectador a atravesarla con su propio cuerpo.
Después
de más de cuatro décadas de investigación, Ricardo Rozo ha construido un
lenguaje singular que amplía las posibilidades de la danza contemporánea
colombiana al fundir cuerpo, espacio y memoria en una misma creación.
CR (@mipuntocritico)
*Carlos
Rojas. Crítico e Investigador
teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).
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