Pablo García Gámez
Miércoles 24 de junio, 2026. En Queens, recordando estar hace dos años en San Agustín del Sur, Caracas.
Barrio vestido de rojo y blanco para celebrar a San Juan: desfile,
tambores y baile en honor al santo. En
Queens no se celebra San Juan, el 24 es un día más.
Me comunico con un pana por WhatsApp. Pasadas las seis escribe: “Tembló feo”. La memoria abre sus puertas: vuelven los
recuerdos del filtro de agua tambaleándose, del televisor con la imagen de
Superman, a punto de caer de la mesa; de la gente corriendo en el callejón, 59
años atrás durante el terremoto del ’67 que nos agarra a mis hermanas y a mí en
la mínima casa en el barrio Manicomio.
Contactar a familiares y amigos cercanos mientras se buscan los canales de televisión por internet que muestren las primeras imágenes. Poco a poco, durante la noche, va armándose la devastación de los dos terremotos; temprano en la mañana del 25, por las pantallas se asoma una ruina gigante: La Guaira. El lugar para pasear y relajarse literalmente en el suelo, con seres humanos entre escombros. Una reportera expresa un pensamiento colectivo: “Todos tenemos recuerdos de La Guaira”.
De niño, esperaba los domingos en El Junquito -pueblo también devastado por los terremotos- para ir a La Guaira con la familia: el pescado frito con hallaquitas, tostones y el helado de coco en Naiguatá. Las playas y la piscina de Los Caracas. Recuerdos.
Ruinas.
Mezcla amorfa de concreto, metal, vidrio. Adentro, seres humanos, mascotas. Unos pierden la vida; otros intentan escapar del horror. La Guaira es
invadida: efectivos de seguridad, ciudadanos, los motorizados se dirigen
hacia allá, pero no para descansar ni para rumbear como se hace antes del 24 de
junio sino para servir y socorrer.
Las personas que pierden sus hogares son
reubicadas temporalmente en espacios abiertos, plazas, escuelas; cualquier lugar
sirve para albergar a multitudes en las que la población infantil
es notoria. Por cierto, en el terremoto
del ’67, a mis seis años, mi familia constituida por cinco personas dormimos
varias noches en el Ford Fairlane 500 de mi papá.
Por supuesto, aparecen los chalequeadores que, como
en la letra de San Juan tó lo tiene, representan “...un pueblo que canta
cuando va a llorar”. Acogidos en refugios parodian con coreografía incluida:
Nosotros vivimos en Ciudad Carpita
nosotros vivimos en Ciudad Carpita
Si cae un palo de agua se moja todita (El
Watahumor01).
El performance de los irreverentes refugiados contrarresta el dolor. Hay que actuar. Es esencial la comida, el agua, la ropa; también es importante intervenir la realidad. Los sismos y las réplicas lleva a los venezolanos a la liminalidad; la cotidianidad se quiebra y la población se siente rodeada por una atmósfera de oscuridad. Los artistas escénicos salen a ayudar: sentir el duelo por los que partieron y a la vez encontrar la promesa de un mundo más amable; salen a los campamentos de refugiados: primero desbocados y después de manera organizada.
Actores, titiriteros, payasos, trapecistas, mimos, cuentacuentos, bailarines, músicos, cantantes. Algunos con sus vestuarios o instrumentos musicales; otros con ropa informal, todos con ganas de compartir saberes. El espectro abarca la representación, el espectáculo circense, el concierto, la danza y con frecuencia la intervención del espectador para que éste se exprese.En los campamentos se quiebran angustias. La actitud del gremio hace recordar que la
cotidianidad no es el presente de concreto amorfo y polvo, sino el futuro que decidamos
en colectivo: hay que ser solidarios.
Estos teatreros, y trabajadores de la escena, pertenecen a un movimiento
hibrido, fragmentado, la mayoría en la alteridad y con recursos limitados. Llevan el oficio a pesar de los obstáculos que
ellos también atraviesan. Está la
actriz-dramaturga que navega por las redes sociales, buscando ayuda para el amigo atrapado entre los escombros de un edificio; ella se recompone y visita
los campamentos para brindar momentos de esparcimiento. En otra ciudad, una mujer de teatro crea una
actividad en la sala donde trabaja para recoger donativos para los damnificados;
ella siente apenada porque tiene poco para donar: ¡coño, ella, la misma que
organiza el evento para su comunidad! En
otra ciudad una teatrera echada pa’lante produce un stand-up comedy en pocos
días para recaudar fondos para un refugio para niños.
Los trabajadores de la escena están dispersos por
la geografía venezolana ayudando a la población a recuperarse del trauma causado
por el horror de dos terremotos. Por ello,
son héroes anónimos que han ganado la admiración de las comunidades al forjar las
memorias de solidaridad.


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