Un punto de vista
El Teatro de Cecilia
Geijo
por Carlos Rojas
Especial
para Miradas al Escenario
Cecilia Geijo. Foto: Arturo Pelayo
Antes de entrar en la figura de Cecilia Geijo Doménech,
conviene detenerse en aquello que su obra pone en crisis: no un tema, no una
problemática puntual, sino la arquitectura misma desde la que solemos mirar el
teatro contemporáneo. Hay textos que buscan representar el mundo; otros, más
incisivos, lo organizan para que pueda ser comprendido. Pero, existen piezas y
aquí radica la singularidad del material que nos ocupa que no pretenden ni lo
uno ni lo otro: operan como dispositivos de desmontaje. No explican la
realidad, la exponen en su funcionamiento.
En ese sentido, Trilogía
de los juguetes.
Parte I no se deja leer como una obra sobre la infancia, ni
sobre la violencia, ni siquiera sobre la guerra. Sería una reducción cómoda. Lo
que el texto articula es una lógica: la continuidad entre prácticas que el
discurso social insiste en separar.
La escena deja de ser un espacio de representación para
convertirse en una especie de terreno de operaciones donde se evidencian las
relaciones entre economía, deseo, poder y lenguaje. No hay exterior posible a
ese sistema; tampoco, por tanto, inocencia desde donde observarlo.
Este tipo de escritura exige una lectura distinta. No se
trata de seguir una historia, sino de reconocer patrones. No de identificarse
con personajes, sino de detectar mecanismos. La dramaturgia renuncia a la
ilusión de excepcionalidad esa necesidad de encontrar “casos extremos” que
tranquilicen al espectador y, en cambio, instala una incomodidad más profunda:
la de reconocer que lo que ocurre en escena no es extraordinario, sino
estructural.
En el texto dramático aquí analizado, titulado Trilogía
de los juguetes. Parte I (2024), inspirado en el
poema La cruzada de los niños de Bertolt Brecht, de la dramaturga y
creadora escénica española Cecilia Geijo. La escritura escénica de
esta obra se construye como una gran acusación al mundo adulto, no desde el
grito simbólico ni desde la moral simplificada, sino desde una dramaturgia que
entiende el horror como sistema.
Aquí no hay un “tema” aislado (la guerra, la explotación
infantil, el turismo sexual, la violencia doméstica, el mercado), sino una conexión
de prácticas coherentes que se sostienen unas a otras. La pieza es consciente
de ello y por eso evita el relato lineal clásico: la estructura avanza por
capas, por situaciones, por superposición de escenas que se responden entre sí
como un mismo latido oscuro del cuerpo dramático.
Uno de los mayores aciertos de la pieza de Geijo, es su
negativa a ofrecer personajes tranquilizadores. Ninguna figura adulta puede ser
leída como excepción ética. Los personajes: El Hombre, la Mujer Elegante,
los empresarios, los soldados, los turistas, incluso las víctimas adultas,
todos participan del mismo engranaje, aunque ocupen posiciones distintas.
El drama no busca culpables individuales, sino exponer una
lógica de funcionamiento donde la responsabilidad se diluye en frases hechas,
en contratos, en órdenes, en “no había otra opción”. Esa dilución es
precisamente lo que la obra señala como crimen.
Encontramos que La Mujer Elegante concentra una de
las tensiones más incómodas del texto. No aparece como una villana irónica,
sino como una superviviente que ha convertido su cuerpo y el de otros en
mercancía. Su discurso es frío, pero no falso; es reconocible porque está
construido con los mismos argumentos que sostienen actualmente el mercado
global.
El tejido dramatúrgico es inteligente al no desautorizarla
desde fuera, sino dejar que se incrimine sola al hablar. Cuando afirma que sólo
se vende lo que alguien compra, la obra no la corrige: la deja enunciar una
verdad insoportable. Esa decisión escénica fortalece el texto y evita cualquier
moralismo fácil.
El Hombre, por su parte, encarna
la hipocresía moral del ciudadano funcional. Su indignación aparece cuando el
horror roza su esfera privada, cuando los niños podrían tener la edad de su
hijo. La escritura escénica desmonta con precisión ese gesto, mostrando cómo la
violencia que dice rechazar se reproduce en su propia casa, en el maltrato, en
el silenciamiento, en la amenaza. Aquí la pieza establece una continuidad clara
entre la violencia íntima y la violencia estructural: no son planos distintos,
son el mismo lenguaje aplicado en escalas diferentes.
Las escenas empresariales, con los C.E.O. y el bolígrafo,
introducen una reflexión poderosa sobre el orden como coartada ética. El escrito
convierte un objeto mínimo en signo ideológico: cerrar el bolígrafo equivale a
cerrar procesos, cerrar preguntas, cerrar vidas. No se trata de una metáfora fortuita,
sino de una afirmación clara sobre quién escribe las reglas y quién debe
obedecerlas. El texto acierta al mostrar que la explotación no es un accidente
del sistema, sino una consecuencia lógica de su funcionamiento.
El uso de los tambores como elemento sonoro y simbólico
atraviesa toda la obra y le da unidad dramática sólida. No pertenecen a un sólo
espacio ni a un sólo tiempo: irrumpen en la guerra, en el hogar, en la empresa,
en el juicio. Funcionan como memoria que no puede ser silenciada, como
advertencia constante, como latido colectivo de aquello que el mundo adulto
intenta ignorar. La inteligente pieza de Geijo entiende el sonido como
dramaturgia y lo convierte en una presencia que acosa a los personajes, al lector
y al espectador mismo.
El tribunal infantil es, quizá, el gesto político más
radical del argumento. Los niños no reclaman justicia en los términos de los
adultos, no piden reparación ni perdón. Escuchan. Y esa escucha basta para
desnudar la repetición de excusas, el cinismo, la cobardía. El cuerpo dramático
es especialmente eficaz al permitir que todos los acusados hablen, se
expliquen, se defiendan, hasta que sus voces se vuelven indistinguibles. No
hace falta un veredicto explícito: la acumulación de discursos es ya la condena
por sí solo.
El tránsito de la Niña que hace muchas preguntas a
la Niña que ya no hace preguntas marca con claridad el punto de no
retorno. Dejar de preguntar no es comprender, es haber sido expulsada de la
infancia. La figura de Khaled, transformado en sombra, en nombre que se repite,
en cuerpo ausente que sigue caminando, sostiene el cierre poético de la obra
sin caer en la redención. La imagen final no promete un mundo mejor, pero sí
una continuidad: los nombres se dicen, la marcha sigue, la memoria no se
detiene.
En términos de escrito, la obra apuesta por una acumulación
consciente del horror, sin dosificarlo para comodidad del lector. Esa decisión
implica un riesgo, pero también una coherencia ética: la pieza no quiere ser
soportable, quiere ser verdadera dentro de su propia lógica. No busca conmover
para aliviar, sino incomodar para obligar a pensar y reflexionar. La fuerza del
texto reside en esa decisión radical: no ofrecer refugio, no señalar salidas
falsas ni fáciles, no absolver a nadie.
En suma, se trata de una obra política de gran densidad,
que entiende la escena como espacio de confrontación y no como alivio. Una partitura
que no interpela sólo a los personajes, sino al lector/espectador mismo,
obligándolo a reconocerse como parte de un mundo que funciona exactamente así.
Y en esa afirmación, incómoda, cruel y persistente, es donde está su mayor acierto
y potencia dramática.
CR (@mipuntocritico)
Sobre la autora
Cecilia Geijo Doménech (León; 1981) es una
directora de escena cuyo trabajo trasciende la simple puesta en escena para
convertirse en una investigación constante sobre el lenguaje teatral. Su
formación en psicopedagogía, dirección escénica e investigación literaria
configura un perfil donde creación y pensamiento crítico van de la mano.
Fundadora de la Compañía La Pitbull, ha desarrollado
una trayectoria marcada por el interés en dramaturgias contemporáneas exigentes
y poco complacientes, con montajes de su propia dirección como El buen hijo o BACKUP para otras
agrupaciones. Paralelamente, su labor pedagógica en la ESAD de
Sevilla refuerza una práctica donde enseñar y crear forman parte del mismo
proceso.
Con Trilogía
de los juguetes, da un paso hacia una autoría propia más
radical, consolidando una mirada que entiende el teatro no como representación,
sino como un espacio de confrontación, incomodidad y pensamiento.
Nota: Las referencias de
diálogos que aquí se utilizan fueron extraídos de la obra Trilogía de los
juguetes. Parte I, de Cecilia Geijo, escrita en el año 2024 en Sevilla-España.
Foto
cortesía de Arturo
Pelayo © 2026.
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