El maestro Orlando Ascanio no solo formó actores, sino que sembró
identidad en una comunidad a través de la constancia.
Especial para Mirada al Escenario.
Por:
Jesús Eduardo Espinoza
El teatro venezolano hoy baja el telón con una profunda reverencia. Ha partido el Maestro José Orlando Ascanio, un hombre que no solo hizo del escenario su vida, sino que convirtió la vida de todo un pueblo en un escenario de dignidad y arte. Nacido en Los Teques, el 23 de mayo de 1939. Dramaturgo, director y profesor de teatro. Fue alumno del mexicano Emilio Carballido, el colombiano Enrique Buenaventura y el uruguayo Atahualpa de Cioppo en cursos breves y largos entre varios otros nombres que incluyen a profesores regionales, nacionales y europeos. Ha dirigido en compañías de Aragua y Miranda. Ha sido distinguido con premios y reconocimientos, Ascanio llevó el teatro en el pulso desde sus primeros años escolares, una vocación temprana que lo conduciría a formarse bajo la tutela de figuras titánicas acompañado de Miguel Torrence. Hoy los teatristas de Aragua, lloran su partida a la eternidad.
El milagro de Villa de Cura
Lo que comenzó como un proyecto de taller-montaje en Villa de Cura terminó siendo una de las historias de amor pedagógico más hermosas de nuestra geografía teatral. Ascanio no llegó solo a dar clases; llegó para quedarse. Los niños, jóvenes y adultos del pueblo, cautivados por su mística, lo “atraparon” en la mejor de las redes: la necesidad de aprender. Allí fundó una escuela que se convirtió en el epicentro sociocultural de la región.
A través del Teatro Estable de Villa de Cura, capital del Municipio Zamora del Estado Aragua, el Maestro demostró que el talento no tiene fronteras geográficas. Sus obras, cargadas de una poética social y un compromiso humano inquebrantable, llevaron el nombre de su pueblo a festivales nacionales e internacionales, demostrando que el teatro es, ante todo, una herramienta de transformación.
Un
legado entre gigantes
La estatura artística de Orlando Ascanio se mide por el respeto de sus pares. Su sala fue refugio y centro de saberes donde convergieron las mentes más brillantes de nuestra escena. Por sus espacios transitaron figuras de la talla de Rafael Briceño y Amalia Pérez Díaz, pilares de la actuación; Carlos Jiménez, Román Chalbaud, Isaac Chocrón, Rodolfo Santana y otros dramaturgos vieron en la labor de Orlando un ejemplo de resistencia cultural.
La
justicia del tiempo
Aunque los últimos años del Maestro estuvieron marcados por la nostalgia y el deterioro físico de su amada sala de teatro, el destino —y quizás la justicia divina de los artistas— permitió que en el tramo final de su vida sus peticiones fueran escuchadas. La recuperación de su espacio de trabajo y el reconocimiento de la Compañía Nacional de Teatro a través de su presidente Carlos Arroyo, le otorgaron el lugar de honor que su trayectoria de décadas reclamaba.
El
adiós a un Maestro
Hoy, el
teatro venezolano se viste de luto, pero no de silencio. El fallecimiento de Orlando
Ascanio nos deja un vacío físico, pero su legado respira en cada uno de sus alumnos
que hoy sostienen la antorcha. Orlando no se olvida; se vive en cada ensayo, en
cada texto social y en cada aplauso que resuene en Villa de Cura.
¡Paz a su alma, Maestro! ¡El escenario de la
eternidad lo recibe de pie!

No hay comentarios:
Publicar un comentario