Buscar este blog

30.4.26

Insistir, hasta el final…, por Carlos Rojas

 Un punto de vista

Insistir, hasta el final

por Carlos Rojas

criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

 

Orlando Ascanio. Foto cortesía de su archivo personal © 2026

 

“Hay que hacer algo y pelear como gato boca arriba.

 Porque si nos paramos, se viene hasta la voluntad.”
Orlando Ascanio

Cada vez que abro Facebook me encuentro con una nueva ausencia. Hoy se fue Orlando Ascanio (1939-2026). Hace apenas unos días habíamos hablado por WhatsApp, y la noticia: lo digo sin que me quede nada por dentro, me golpeó. Pero este texto no nace como una despedida, sino como un hasta pronto. Porque él no era de esos artistas que se dejan archivar en la memoria; era, más bien, una continuidad obstinada, una energía en movimiento, una forma de estar en el mundo que no sabía esperar, que no concebía la pausa como una opción.

Por eso, incluso ahora, cuando la tragedia me abruma con esa tristeza de lo irreversible de la muerte, lo que queda no es el silencio sino una especie de sentimiento que persiste en el tiempo; es una manera de vivir que no se extingue: es seguir con su legado.

Orlando Ascanio y Carlos Rojas en el Festival de Teatro de Tovar

En este mes de abril, te pienso amigo y regreso inevitablemente a aquella noche en el año 2011. Veníamos del Festival de Teatro de Tovar en Mérida, atravesando esa carretera larga y oscura que parece tragarse al país por dentro.

Íbamos rumbo a Barinas; él seguiría hasta Aragua, hacia su Villa de Cura y, yo haría una parada en Lara para ver a mi madre. Pero, ese trayecto que hoy entiendo como un espacio suspendido terminó siendo mucho más que un viaje: fue una lección sin solemnidad, una de esas clases magistrales que no se anuncian, pero que te cambian la vida y la forma de entenderlo todo.

Hablamos de teatro durante horas, sin descanso, como si el tiempo no existiera. De puestas en escena, de Román Chalbaud y de sus películas, de directores, de actores, de críticas, de desaciertos necesarios, de esa obsesión por seguir haciendo teatro incluso cuando no hay condiciones para hacerlo. El maestro hablaba sin necesidad de concluir nada, abría ideas, las dejaba en el aire y confiaba en que uno sabría qué hacer con ellas. Ahí estaba su verdadera enseñanza: no cerrar, no imponer, sino provocar.

Gracias a él estuve en ese festival, invitado como crítico teatral y tallerista en varias oportunidades. Y fue también Orlando quien insistió en una partitura de movimiento mía: Chejoviando, un híbrido de tango-teatro atravesada por textos de Chéjov y por esa nostalgia que también es una forma de país, hasta encontrar su lugar, su espacio en la escena.

Recuerdo aún, con esa mezcla de ironía y fe que lo definía, cuando dijo: “Si es de Carlos Rojas, debe ser buena”. Y en esa frase: más que un elogio había un acto de confianza, una manera de sostener el trabajo del otro, de hacerlo existir.

Ascanio no sólo hacía teatro: propiciaba circunstancias para que otros lo hicieran. Empujaba, incomodaba, lanzaba a la gente al vacío con una convicción feroz de que algo iba a surgir en la caída. Eso no se enseña en ninguna escuela.

Orlando Ascanio y el Teatro Estable de Villa de Cura.

 

Fundó el Teatro Estable de Villa de Cura en 1982 no como quien levanta una institución, sino como quien decide quedarse a pelear en un territorio donde aparentemente no había nada. Y desde ahí, durante décadas, hizo lo que muy pocos logran sostener: formar, soñar, producir, escribir, dirigir, insistir.

Más de treinta obras, generaciones enteras de actores, experiencias comunitarias que desbordaron cualquier idea estrecha de lo que debe ser el teatro.  Pero reducirlo a esos datos sería una forma de traicionarlo, porque Orlando nunca creyó en los currículos como medida de valor, les resbalaban. Lo suyo era otra cosa: el trabajo diario, la disciplina, la terquedad, la necesidad de hacer incluso en medio del desgaste.

Recuerdo cuando, en la última entrevista que le hice hace cinco años, me dijo: “Puedo decir que nací hace 39 años”. No hablaba de edad, sino de decisión. De ese momento en el que se lanzó -como él mismo lo describe- por un tobogán del que nunca quiso bajarse. Porque llegar era detenerse, y detenerse era, para él, empezar a morir.

Esa idea, que en su momento parecía una metáfora más dentro de su manera de hablar, hoy adquiere otro peso, otro valor. Ya no es una ocurrencia lúcida, sino una mirada clave. Una forma de entender por qué su ausencia no termina de encajar del todo. Porque Orlando nunca quiso llegar. Siempre eligió el tránsito. Y en ese movimiento terco, inacabado es donde, de algún modo, sigue estando.

También decía algo que hoy resuena con una claridad casi opresiva: que los grupos y agrupaciones de teatro no desaparecen cuando fallece su director. Queda el trabajo, queda la gente, queda lo vivido. En ese sentido, su ausencia no clausura nada; al contrario, irradia.

Orlando Ascanio y el Teatro Estable de Villa de Cura.
 

El maestro está ahora en cada actor que pasó por ese espacio, en cada joven que empezó a escribir porque alguien le dijo que podía, en cada función hecha contra todo pronóstico, en cada ensayo improvisado en una casa, en una plaza, en cualquier lugar donde el teatro decidiera aparecer sin pedir permiso.

Pero hay algo más, eso que no se deja maquillar con palabras bonitas. Su partida no pide consuelo: exige. Porque sería muy fácil convertirlo en homenaje, en figura, en nombre repetido con respeto y nostalgia. Y no. No tratándose de alguien que pasó la vida entera recordándonos que detenerse era perderlo todo.

Orlando Ascanio. Foto cortesía de su archivo personal © 2026.

La pregunta que nos deja hoy Ascanio no es quién fue, sino qué hacemos nosotros con lo que hizo. Cómo se continúa sin traicionar esa insistencia. Cómo se sostiene ese impulso en un contexto que, como él mismo sabía, parece diseñado para que todo se detenga… y, aun así, seguir.

Hoy el teatro venezolano pierde a uno de sus hombres más tercos, más necesarios. Y, yo pierdo al amigo con quien compartí no sólo conversaciones, sino una forma de entender el teatro como vida, sin concesiones, sin permisos, sin excusas. Alguien que, incluso en el cansancio, en la precariedad, en la incertidumbre, repetía como si invocara una ley divina del universo: no parar.

Por eso, más que decirte adiós, lo que me queda es otra cosa. Una especie de continuidad inevitable. Como esa carretera de regreso desde Mérida que, de algún modo, todavía no se termina de recorrer. Como esa conversación que seguirá abierta en algún lugar de la memoria, lanzando preguntas al aire que no se dejan sin respuestas.

Buen viaje, querido Orlando. O, mejor dicho: sigue soñando, maestro. Porque si algo dejaste claro…es que esto no se detiene. Es hasta donde se pueda. Insistir, hasta el final…esa es la orden.

Bogotá; 30 de abril del 2026.

CR (@miPuntoCritico)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Maneras de mirar

Maneras de mirar

Miradas al escenario nace como resultado  del taller de Crítica Teatral organizado por la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela durante e...