Un punto de vista
A OTRO GALLO CON ESE
CANTO
EL
FIAV:
¿Un festival para todos o son artes vivas para algunos privilegiados
en un escenario con ley de cultura?
por
Carlos
Rojas
criticarojas@gmail.com
Especial para Miradas al
Escenario
FIAV BOGOTÁ 2026. Imagen cortesía Prensa FIAV Bogotá.
Hay algo
que el FIAV 2026 dejó absolutamente claro, aunque haya hecho
todo lo posible por maquillarlo con cifras y muchos cacareos: aquí no hubo
ninguna transformación cultural. Hubo, eso sí, una optimización del viejo
modelo. Una versión más pulida, más eficiente, más sagaz en el uso del lenguaje
y, por qué no decirlo sin tanta vanagloria, más hábil para disfrazarse de
revolución mientras reproduce exactamente lo que dice combatir.
Porque si
algo caracteriza esta segunda edición no es su audacia artística ni su supuesta
disposición democrática, sino su impecable capacidad para simularlo todo:
inclusión, acceso, territorio, diversidad, paz…Palabras elocuentes para una
estructura burocrática que, en lo esencial, no transformó absolutamente nada.
La ciudad
de Bogotá, por supuesto, hizo lo que siempre hace frente a este tipo de
aparataje: aplaudir y recibir lo que le dan. Plazas llenas, espectáculos de
alto impacto, cuerpos suspendidos en el aire, música reconocible, prensa
complaciente, cifras redondas, ausencia de críticos. Mucha bomba. Mucho ruido.
Mucho teatro. Pero, cuando se apaga la pirotecnia, el aplauso deja de oírse y
la urbe vuelve a su rutina, aparece la pregunta que nadie quiere hacerse:
¿Y tanto despliegue para qué? ¿El mundo en un escenario? ¿Es en serio?
Porque detrás de toda esa maquinaria perfectamente maquillada, lo que queda no es una transformación del sector cultural, sino la repetición de un viejo modelo de gestión: un circuito de legitimación cerrado, una red de validación controlada y una política cultural que sigue privilegiando la imagen sobre el proceso. Lo demás es otro canto.
Para
entender este déjà vu festivo no hace falta ser profeta ni
extranjero; basta con tener memoria. El modelo no nació ayer ni con este
gobierno que se autoproclama transformador. Viene de lejos. El Festival
Iberoamericano de Teatro de Bogotá, aquel gigante que durante décadas
definió qué era visible y qué no en la escena capitalina, no surgió de la nada:
fue heredero directo del Festival Internacional de Teatro de Caracas impulsado
por Carlos Giménez.
Es decir,
el modelo ya estaba ahí desde el inicio: el festival como evento de ciudad,
como vitrina internacional, como acumulación de nombres, países, funciones y
espectadores. Luego, vino Fanny Mikey, con una capacidad
empresarial que nadie discute, y convirtió ese modelo en una marca global. Y lo
logró: el Iberoamericano fue, durante años, el festival más grande del mundo y
porque no, de Colombia.
En ese
crecimiento descomunal también se generó su límite: el tránsito silencioso de
un espacio de encuentro artístico a una maquinaria de espectáculo donde el
acceso estaba cuidadosamente segmentado. Lo importante para unos pocos; lo
visible para muchos como prueba de una inclusión que, en realidad, era
truqueada. La calle como escenario democrático. El centro como territorio
restringido.
Obra Nexus de Zenit
Aerial Ballet (España) Foto: Juan Diego Castillo.
Y ahora
aparece la segunda edición del FIAV con la promesa
de ruptura, de renovación, de nueva política cultural. ¿Ruptura? Ninguna. El
FIAV no rompe con ese modelo. Lo perfecciona. Lo vuelve más selecto, más
discursivo, más contemporáneo y exactamente igual en su lógica de fondo. Ya no
separa lo elitista de lo popular de manera burda. Ahora lo integra todo en una
narrativa impecable donde la inclusión no transforma nada, lo cierto es que lo
representa todo.
Y ahí está su mayor logro: hacer pasar la representación por transformación en un gobierno que se vende como histórico. La trampa, como siempre, está en las palabras: democratización, acceso, territorio, diversidad, paz. Discursos intocables, incuestionables, blindados ideológicamente y, sin embargo, profundamente vacíos cuando uno se toma el trabajo: cada vez más sospechoso para algunos de mirar cómo operan en la práctica. Porque decir “todos” no implica que todos participen. Implica que todos son nombrados. Y hay una diferencia brutal entre ser nombrado, tener el poder de ser visibilizado y de que participes.
FIAV BOGOTÁ 2026. Imagen cortesía Prensa FIAV Bogotá.
El FIAV ha
entendido esto a la perfección. Ha construido una maquinaria donde la inclusión
funciona como imagen, no como estructura. Donde la participación es visible, y
la decisión sigue concentrada. Donde la calle absorbe el relato democrático
mientras el verdadero festival: el que legitima, el que define, el que decide
quién existe y quién no en el mapa cultural ocurre en otro lugar, menos visible
y mucho más restringido.
Porque aquí hay que dejar de dar papaya: el problema no es el festival. El problema es quién decide qué es teatro hoy. Quién programa. Quién repite. Quién circula. Quién queda afuera. Y bajo qué criterios. Y cuando uno revisa con un mínimo de rigor la operatividad del FIAV, lo que aparece no es diversidad, sino repetición sistemática. Nombres que regresan, redes que se fortalecen, afinidades que se consolidan. ¿Casualidad? Por favor. Aquí no hay nada fortuito. Eso es control con elegancia.
¿El
festival es para el público bogotano? Sí, claro: durante diez días, en la plaza, en las fotos, en las cifras.
El verdadero FIAV no ocurre ahí. Sucede en los circuitos donde se decide qué
obra viaja, qué artista se legitima, qué estética se valida. Y ese espacio no
es público: se administra selectivamente.
Y ahí la
pregunta se vuelve incertidumbre:
¿Para quién
se está haciendo realmente este festival? ¿Para la ciudadanía o para los amigos
del circuito? ¿Para los creadores que sostienen procesos en condiciones
precarias o para los nombres que ya orbitan entre IDARTES y
los afectos institucionales de turno? En serio, pregunto porque tengo mis dudas.
Porque aquí
conviene dejar la ingenuidad en la puerta: cuando los mismos nombres aparecen,
cuando las mismas redes operan, cuando las mismas lógicas se repiten, no
estamos ante una política pública. Estamos ante una administración de cercanías
y amiguismos. Y eso lo saben ustedes muy bien. Así operan. Así se manejan entre
ustedes. Y nadie dice nada por miedo a que lo cancelen. O no lo vuelvan a
invitar. Si es que lo invitan a participar en la fiesta más grande de la
capital.
Y en medio
de todo esto hay un silencio que resulta, francamente, escandaloso: la ausencia
total de un espacio real para la crítica y la apreciación teatral. No hubo un
lugar donde el festival pudiera tener un diálogo abierto con la crítica, los
creadores y el público. No hubo confrontación de ideas.
Hubo, sí,
conversatorios inofensivos, agendas académicas decorativas, espacios diseñados
para confirmar lo evidente: que todo está bien. Y eso no es un descuido. Es una
decisión. Diversidad programática, sí. Dicho esto, hay unanimidad discursiva. Sin disenso, sin confrontación,
sin crítica que arroje juicios de valores, lo que tenemos no es un sector
cultural vivo, sino una puesta en escena bien iluminada: todo parece plural…
siempre y cuando nadie cuestione nada.
Aquí es donde la ironía alcanza niveles desfasados. Todo esto ocurre bajo un discurso político que habla de transformación, de ruptura con las lógicas de la derecha, de democratización cultural. Y uno no sabe si reír o pedir explicaciones. Porque lo que estamos viendo es exactamente lo contrario: la continuidad de un modelo que privilegia el evento sobre el proceso, la visibilidad sobre la sostenibilidad, la circulación sobre la creación. Se habla de fortalecer el sector teatral.
Los grupos
independientes siguen, para decirlo sin medias tintas, bien jodidos. Se habla
de estímulos. Sólo que las becas parecen tener nombre propio antes de abrirse.
Se habla de acceso. Sin embargo, los precios no fueron precisamente solidarios.
Se habla de lo público. Aun así, lo gratuito fue mínimo frente a lo cobrado. Y
aquí surgen otras preguntas:
¿Cómo se
justifica que un festival financiado con recursos públicos termine siendo, en
buena parte, inaccesible para ese mismo público que lo financia? ¿De qué
democratización estamos hablando cuando el acceso real sigue mediado por la
capacidad de pago? Porque llenar una plaza con un
espectáculo gratuito no compensa una programación mayoritariamente costosa. Eso
no es política cultural.
Ministra Yannai Kadamani. Foto: Prensa Mincultura.
Y entonces
aparece la otra gran ilusión quizás la más sofisticada de todas: la jurídica.
Porque mientras el FIAV desplegaba su maquinaria impecable de cifras: 125.000
asistentes, 52.000 boletas vendidas, expansión a diecinueve
ciudades, crecimiento de participación regional, cuantificación de
descentralización y diversidad: el país celebra, casi en simultáneo, un
proyecto de fortalecimiento de la Ley General de Cultura que
promete exactamente lo mismo que el festival ya dice estar encarnando:
dignificación del sector, participación efectiva, ampliación del acceso,
democratización de la toma de decisiones, sostenibilidad y apoyo al sector
cultural.
Y aquí la pregunta deja de ser delicada para volverse pragmática:
¿Estamos
frente a una transformación real o ante una sincronización perfecta entre
discurso político y demagogia institucional?
Porque si
la ley habla de abrir el sistema, de redistribuir el poder, de garantizar
incidencia directa de los agentes culturales, si el principal evento cultural
del país sigue operando bajo lógicas de concentración, repetición de redes,
validación cerrada y acceso condicionado, entonces lo que tenemos no es un
avance sino una coherencia inquietante entre lo que se dice y lo que se simula.
¿De qué
gobernanza hablamos cuando los mismos deciden? ¿De qué participación cuando los
mecanismos siguen filtrados? ¿De qué dignificación cuando el teatro
independiente continúa en precariedad estructural mientras la institucionalidad
celebra su eficiencia?
Porque el
riesgo no es que la ley falle; el riesgo es que funcione exactamente igual que
el festival: como una arquitectura discursiva impecable donde la inclusión se
enuncia, con todo no se ejerce, donde el acceso se promete, la realidad es que
se dosifica, donde el cambio se redacta, pero no se ejecuta. La sospecha ya no
es un discurso vacío sino metodológica: si el FIAV es el espejo inmediato de
esa política cultural en construcción, lo que refleja no es una redistribución
del poder sino su refinamiento.
Y mientras
tanto, fuera del escenario institucional, sigue existiendo el otro teatro. El
que no aparece en los informes. El que no tiene presupuestos millonarios. El
que sostiene la vida cultural durante todo el año en condiciones precarias,
sobreviviendo a punta de convocatorias intermitentes y una terquedad casi
suicida. Ese teatro independiente no está en el FIAV. No porque no exista, sino
porque no pertenece al sistema.
Por eso, al
final, la discusión no es si el festival funciona. Ya sabemos que funciona
perfectamente. Demasiado bien. La discusión es para quién funciona. Y la
respuesta, por necesaria que resulte, es bastante evidente: funciona mejor para
quienes ya están y tienen amigos dentro, para quienes entienden el código, para
quienes circulan en las redes correctas, para quienes no sólo participan del
evento, sino del sistema que lo sostiene.
Obra Nexus de Zenit
Aerial Ballet (España) Foto: Juan Diego Castillo.
Lo demás la
multitud, la plaza llena, la narrativa de inclusión: es validación simbólica.
Es el aplauso como argumento. Pan y circo. Más de lo mismo. No importa el color
del gobierno de turno: seguimos repitiendo los patrones de siempre.
Así que no.
No estamos ante ninguna revolución cultural. Estamos ante lo mismo de siempre,
con mejor estrategia promocional, mejor discurso y una habilidad notable para
convertir la continuidad en cambio. Y frente a eso, más que indignación, lo que
queda es una certeza fatigosa.
Porque
cuando la inclusión es pura tramoya, cuando el acceso es puro cuento, cuando el
poder no se redistribuye y cuando la crítica no tiene espacio para dialogar,
no estamos ante una política cultural real de Estado.
Estamos
ante una puesta en escena bien diseñada. Y como todo buen montaje, está hecha
para que no veamos sus mecanismos internos sólo el aparataje externo. No
obstante, están ahí. Funcionando. Afinados. Eficientes. Intocables. Por ahora.
A otro gallo con ese canto, ministra.
CR (@mipuntocritico)
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