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23.4.26

Colombia. EL FIAV: ¿Un festival para todos o son artes vivas para algunos privilegiados en un escenario con ley de cultura?. por Carlos Rojas

                                                        Un punto de vista

A OTRO GALLO CON ESE CANTO
EL FIAV: ¿Un festival para todos o son artes vivas para algunos privilegiados en un escenario con ley de cultura?
por Carlos Rojas
criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

FIAV BOGOTÁ 2026. Imagen cortesía Prensa FIAV Bogotá.

Hay algo que el FIAV 2026 dejó absolutamente claro, aunque haya hecho todo lo posible por maquillarlo con cifras y muchos cacareos: aquí no hubo ninguna transformación cultural. Hubo, eso sí, una optimización del viejo modelo. Una versión más pulida, más eficiente, más sagaz en el uso del lenguaje y, por qué no decirlo sin tanta vanagloria, más hábil para disfrazarse de revolución mientras reproduce exactamente lo que dice combatir.

Porque si algo caracteriza esta segunda edición no es su audacia artística ni su supuesta disposición democrática, sino su impecable capacidad para simularlo todo: inclusión, acceso, territorio, diversidad, paz…Palabras elocuentes para una estructura burocrática que, en lo esencial, no transformó absolutamente nada.

La ciudad de Bogotá, por supuesto, hizo lo que siempre hace frente a este tipo de aparataje: aplaudir y recibir lo que le dan. Plazas llenas, espectáculos de alto impacto, cuerpos suspendidos en el aire, música reconocible, prensa complaciente, cifras redondas, ausencia de críticos. Mucha bomba. Mucho ruido. Mucho teatro. Pero, cuando se apaga la pirotecnia, el aplauso deja de oírse y la urbe vuelve a su rutina, aparece la pregunta que nadie quiere hacerse:

¿Y tanto despliegue para qué? ¿El mundo en un escenario? ¿Es en serio?

Porque detrás de toda esa maquinaria perfectamente maquillada, lo que queda no es una transformación del sector cultural, sino la repetición de un viejo modelo de gestión: un circuito de legitimación cerrado, una red de validación controlada y una política cultural que sigue privilegiando la imagen sobre el proceso. Lo demás es otro canto.

Para entender este déjà vu festivo no hace falta ser profeta ni extranjero; basta con tener memoria. El modelo no nació ayer ni con este gobierno que se autoproclama transformador. Viene de lejos. El Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, aquel gigante que durante décadas definió qué era visible y qué no en la escena capitalina, no surgió de la nada: fue heredero directo del Festival Internacional de Teatro de Caracas impulsado por Carlos Giménez.

Es decir, el modelo ya estaba ahí desde el inicio: el festival como evento de ciudad, como vitrina internacional, como acumulación de nombres, países, funciones y espectadores. Luego, vino Fanny Mikey, con una capacidad empresarial que nadie discute, y convirtió ese modelo en una marca global. Y lo logró: el Iberoamericano fue, durante años, el festival más grande del mundo y porque no, de Colombia.

En ese crecimiento descomunal también se generó su límite: el tránsito silencioso de un espacio de encuentro artístico a una maquinaria de espectáculo donde el acceso estaba cuidadosamente segmentado. Lo importante para unos pocos; lo visible para muchos como prueba de una inclusión que, en realidad, era truqueada. La calle como escenario democrático. El centro como territorio restringido.

Obra Nexus de Zenit Aerial Ballet (España) Foto: Juan Diego Castillo.

Y ahora aparece la segunda edición del FIAV con la promesa de ruptura, de renovación, de nueva política cultural. ¿Ruptura? Ninguna. El FIAV no rompe con ese modelo. Lo perfecciona. Lo vuelve más selecto, más discursivo, más contemporáneo y exactamente igual en su lógica de fondo. Ya no separa lo elitista de lo popular de manera burda. Ahora lo integra todo en una narrativa impecable donde la inclusión no transforma nada, lo cierto es que lo representa todo.

Y ahí está su mayor logro: hacer pasar la representación por transformación en un gobierno que se vende como histórico. La trampa, como siempre, está en las palabras: democratización, acceso, territorio, diversidad, paz. Discursos intocables, incuestionables, blindados ideológicamente y, sin embargo, profundamente vacíos cuando uno se toma el trabajo: cada vez más sospechoso para algunos de mirar cómo operan en la práctica. Porque decir “todos” no implica que todos participen. Implica que todos son nombrados. Y hay una diferencia brutal entre ser nombrado, tener el poder de ser visibilizado y de que participes.

FIAV BOGOTÁ 2026. Imagen cortesía Prensa FIAV Bogotá.

El FIAV ha entendido esto a la perfección. Ha construido una maquinaria donde la inclusión funciona como imagen, no como estructura. Donde la participación es visible, y la decisión sigue concentrada. Donde la calle absorbe el relato democrático mientras el verdadero festival: el que legitima, el que define, el que decide quién existe y quién no en el mapa cultural ocurre en otro lugar, menos visible y mucho más restringido.

Porque aquí hay que dejar de dar papaya: el problema no es el festival. El problema es quién decide qué es teatro hoy. Quién programa. Quién repite. Quién circula. Quién queda afuera. Y bajo qué criterios. Y cuando uno revisa con un mínimo de rigor la operatividad del FIAV, lo que aparece no es diversidad, sino repetición sistemática. Nombres que regresan, redes que se fortalecen, afinidades que se consolidan. ¿Casualidad? Por favor. Aquí no hay nada fortuito. Eso es control con elegancia.

¿El festival es para el público bogotano? Sí, claro: durante diez días, en la plaza, en las fotos, en las cifras. El verdadero FIAV no ocurre ahí. Sucede en los circuitos donde se decide qué obra viaja, qué artista se legitima, qué estética se valida. Y ese espacio no es público: se administra selectivamente.

Y ahí la pregunta se vuelve incertidumbre:

¿Para quién se está haciendo realmente este festival? ¿Para la ciudadanía o para los amigos del circuito? ¿Para los creadores que sostienen procesos en condiciones precarias o para los nombres que ya orbitan entre IDARTES y los afectos institucionales de turno? En serio, pregunto porque tengo mis dudas.

Porque aquí conviene dejar la ingenuidad en la puerta: cuando los mismos nombres aparecen, cuando las mismas redes operan, cuando las mismas lógicas se repiten, no estamos ante una política pública. Estamos ante una administración de cercanías y amiguismos. Y eso lo saben ustedes muy bien. Así operan. Así se manejan entre ustedes. Y nadie dice nada por miedo a que lo cancelen. O no lo vuelvan a invitar. Si es que lo invitan a participar en la fiesta más grande de la capital.

Y en medio de todo esto hay un silencio que resulta, francamente, escandaloso: la ausencia total de un espacio real para la crítica y la apreciación teatral. No hubo un lugar donde el festival pudiera tener un diálogo abierto con la crítica, los creadores y el público. No hubo confrontación de ideas.

Hubo, sí, conversatorios inofensivos, agendas académicas decorativas, espacios diseñados para confirmar lo evidente: que todo está bien. Y eso no es un descuido. Es una decisión. Diversidad programática, sí. Dicho esto, hay unanimidad discursiva. Sin disenso, sin confrontación, sin crítica que arroje juicios de valores, lo que tenemos no es un sector cultural vivo, sino una puesta en escena bien iluminada: todo parece plural… siempre y cuando nadie cuestione nada.

Aquí es donde la ironía alcanza niveles desfasados. Todo esto ocurre bajo un discurso político que habla de transformación, de ruptura con las lógicas de la derecha, de democratización cultural. Y uno no sabe si reír o pedir explicaciones. Porque lo que estamos viendo es exactamente lo contrario: la continuidad de un modelo que privilegia el evento sobre el proceso, la visibilidad sobre la sostenibilidad, la circulación sobre la creación. Se habla de fortalecer el sector teatral.

Los grupos independientes siguen, para decirlo sin medias tintas, bien jodidos. Se habla de estímulos. Sólo que las becas parecen tener nombre propio antes de abrirse. Se habla de acceso. Sin embargo, los precios no fueron precisamente solidarios. Se habla de lo público. Aun así, lo gratuito fue mínimo frente a lo cobrado. Y aquí surgen otras preguntas:

¿Cómo se justifica que un festival financiado con recursos públicos termine siendo, en buena parte, inaccesible para ese mismo público que lo financia? ¿De qué democratización estamos hablando cuando el acceso real sigue mediado por la capacidad de pago? Porque llenar una plaza con un espectáculo gratuito no compensa una programación mayoritariamente costosa. Eso no es política cultural.

Ministra Yannai Kadamani. Foto: Prensa Mincultura.

Y entonces aparece la otra gran ilusión quizás la más sofisticada de todas: la jurídica. Porque mientras el FIAV desplegaba su maquinaria impecable de cifras: 125.000 asistentes, 52.000 boletas vendidas, expansión a diecinueve ciudades, crecimiento de participación regional, cuantificación de descentralización y diversidad: el país celebra, casi en simultáneo, un proyecto de fortalecimiento de la Ley General de Cultura que promete exactamente lo mismo que el festival ya dice estar encarnando: dignificación del sector, participación efectiva, ampliación del acceso, democratización de la toma de decisiones, sostenibilidad y apoyo al sector cultural.

Y aquí la pregunta deja de ser delicada para volverse pragmática:

¿Estamos frente a una transformación real o ante una sincronización perfecta entre discurso político y demagogia institucional?

Porque si la ley habla de abrir el sistema, de redistribuir el poder, de garantizar incidencia directa de los agentes culturales, si el principal evento cultural del país sigue operando bajo lógicas de concentración, repetición de redes, validación cerrada y acceso condicionado, entonces lo que tenemos no es un avance sino una coherencia inquietante entre lo que se dice y lo que se simula.

¿De qué gobernanza hablamos cuando los mismos deciden? ¿De qué participación cuando los mecanismos siguen filtrados? ¿De qué dignificación cuando el teatro independiente continúa en precariedad estructural mientras la institucionalidad celebra su eficiencia?

Porque el riesgo no es que la ley falle; el riesgo es que funcione exactamente igual que el festival: como una arquitectura discursiva impecable donde la inclusión se enuncia, con todo no se ejerce, donde el acceso se promete, la realidad es que se dosifica, donde el cambio se redacta, pero no se ejecuta. La sospecha ya no es un discurso vacío sino metodológica: si el FIAV es el espejo inmediato de esa política cultural en construcción, lo que refleja no es una redistribución del poder sino su refinamiento.

Y mientras tanto, fuera del escenario institucional, sigue existiendo el otro teatro. El que no aparece en los informes. El que no tiene presupuestos millonarios. El que sostiene la vida cultural durante todo el año en condiciones precarias, sobreviviendo a punta de convocatorias intermitentes y una terquedad casi suicida. Ese teatro independiente no está en el FIAV. No porque no exista, sino porque no pertenece al sistema.

Por eso, al final, la discusión no es si el festival funciona. Ya sabemos que funciona perfectamente. Demasiado bien. La discusión es para quién funciona. Y la respuesta, por necesaria que resulte, es bastante evidente: funciona mejor para quienes ya están y tienen amigos dentro, para quienes entienden el código, para quienes circulan en las redes correctas, para quienes no sólo participan del evento, sino del sistema que lo sostiene.

Obra Nexus de Zenit Aerial Ballet (España) Foto: Juan Diego Castillo.

Lo demás la multitud, la plaza llena, la narrativa de inclusión: es validación simbólica. Es el aplauso como argumento. Pan y circo. Más de lo mismo. No importa el color del gobierno de turno: seguimos repitiendo los patrones de siempre.

Así que no. No estamos ante ninguna revolución cultural. Estamos ante lo mismo de siempre, con mejor estrategia promocional, mejor discurso y una habilidad notable para convertir la continuidad en cambio. Y frente a eso, más que indignación, lo que queda es una certeza fatigosa.

Porque cuando la inclusión es pura tramoya, cuando el acceso es puro cuento, cuando el poder no se redistribuye y cuando la crítica no tiene espacio para dialogar, no estamos ante una política cultural real de Estado.

Estamos ante una puesta en escena bien diseñada. Y como todo buen montaje, está hecha para que no veamos sus mecanismos internos sólo el aparataje externo. No obstante, están ahí. Funcionando. Afinados. Eficientes. Intocables. Por ahora. A otro gallo con ese canto, ministra.

 CR (@mipuntocritico)

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