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6.6.26

Luisa... Aires de Libertad emocionó a Yaracuy


 El pasado viernes 5 de junio, la Biblioteca Pública Domingo Oviedo Parada del municipio Urachiche, espacio no convencional, fue el escenario de una velada cultural inolvidable. La Compañía de Teatro Araguaney (@teatro_araguaney_valorarte ), Patrimonio Cultural del estado Yaracuy, presentó esta obra inspirada en la heroína de la patria Luisa Cáceres de Arismendi, al cumplirse 160 años de su fallecimiento.

Bajo la dirección de Doris Tibisay Rodríguez, la pieza contó con la magistral interpretación de la joven artista Karlys Alexarte quien además diseñó el vestuario y maquillaje. El público ovacionó de pie esta mirada sobre nuestra historia y dejó excelentes comentarios.

Ficha artística:
Intérprete: Karlys Alexarte
Dirección: Doris Tibisay Rodríguez Ramos
Texto: Creación Colectiva
Asistencia técnica: Astrid Rodríguez y Carlos Arriechi
Diseño de vestuario y maquillaje: Karlys Alexarte
Producción: Compañía de Teatro Araguaney

¡El teatro sigue activo en Yaracuy!



5.6.26

Rigor de la puesta en escena al esperpento de la desidia, por Miguel Flores.

 

Foto: Algimiro Hernández

Por Miguel Flores

​El hecho teatral es, ante todo, un acto de comunión y de tremenda responsabilidad pública. Cuando un director asume la tarea de levantar un universo sobre las tablas, no solo manipula elementos tangibles como la escenografía, el vestuario o la iluminación; está, fundamentalmente, articulando un lenguaje visual y conceptual.

​En este proceso, la estética no puede ser un accidente ni un barniz decorativo; es la manifestación sensible de una idea, la encarnación del tiempo, el espacio y la voluntad del texto o del creador. Por ello, la estética no pertenece únicamente al reino de la belleza o de la plástica: pertenece, de manera indisoluble, al territorio de la ética.

​Para comprender esta relación, es imperativo desmantelar un equívoco contemporáneo: la confusión entre la libre elección de lo feo como categoría artística y la fealdad producto de la impericia, la pereza o el descuido profesional.

​El arte de lo feo existe y es, de hecho, una de las vertientes más complejas y fascinantes de la creación humana. La historia de la cultura nos ha demostrado que lo terrible, lo grotesco y lo deforme tienen un valor estético legítimo cuando nacen de un criterio riguroso.

​El filósofo Umberto Eco, en su célebre Historia de la fealdad, ya advertía que lo feo posee una fuerza expresiva tan vasta como la de lo bello, a menudo actuando como un espejo crítico de las contradicciones humanas. Sin embargo, para edificar la fealdad artística se requiere maestría. El pintor que deforma un rostro o el dramaturgo que retuerce el lenguaje dominan primero la anatomía y la gramática a la perfección.

​El ejemplo más excelso en nuestra lengua lo encontramos en Ramón María del Valle-Inclán y su teoría del esperpento. Al distorsionar la realidad, al mirar a los héroes clásicos a través de los espejos cóncavos de la calle del Gato, Valle-Inclán no improvisaba. Había un rigor geométrico en su deformación, una técnica implacable y una necesidad ética urgente: reflejar la verdad rota de un país en crisis.

​El esperpento es bello en su ejecución porque es preciso, porque responde a una necesidad poética y a una coherencia espacial y temporal milimétrica. Lo mismo podríamos decir del feísmo en ciertas vanguardias o de la crudeza en el teatro de Heiner Müller; en todos ellos hay un mapa, una brújula y un respeto absoluto por el espectador.

​El problema ético surge cuando la puesta en escena se entrega a lo que podríamos catalogar como la estética de lo ripiante. Esto ocurre cuando el escenario se satura con lo primero que se encuentra a mano, justificando la falta de factura bajo el cómodo paraguas de la "experimentación" o la "ruptura".

​Hoy en día, asistimos con preocupación a una suerte de flojera intelectual y pereza productiva por parte de ciertos directores. Escudándose en la falacia de que "lo único que importa es el texto" o la interpretación actoral, abandonan por completo la construcción del espacio escénico.

​Esta dejadez es una profunda contradicción. El texto dramático posee un concepto universal, una atmósfera inherente y unas coordenadas de tiempo y espacio que exigen ser dialogadas desde la visualidad. Dirigir no es sentarse a escuchar cómo los actores dicen las líneas; dirigir es crear un universo.

​Cuando se renuncia a la producción material y conceptual de la obra por mera desidia, el teatro deja de ser arte para convertirse en un hecho antiprofesional, un panfleto visualmente horripilante que delata la deshonestidad de quien timonea el barco. Es el triunfo de la ocurrencia sobre la idea, de lo fortuito sobre lo planificado.

​El respeto por la época, por el lugar y por la esencia de lo que se quiere comunicar —sea a favor del texto original o en una deconstrucción consciente de este— es la primera norma ética del director de teatro. Cada elemento que pisa el escenario debe ganarse el derecho a estar allí.

​Si se elige el vacío, debe ser un vacío cargado de tensión; si se elige la fealdad, debe ser una fealdad que interpele, que mueva las fibras del intelecto y de la emoción, no que cause el rechazo estéril que produce lo mal hecho. Hacer teatro con el máximo rigor posible, cuidando la armonía o la disonancia de cada imagen, no es un acto de vanidad: es un pacto ético con el público y con el oficio mismo.

Por lo tanto, es momento de hacer un llamado urgente a la acción.

Foto: Algimiro Hernández

​Hago un emplazamiento directo a los hacedores de teatro, especialmente a las nuevas generaciones de directores, creadores y productores: regresemos al rigor. No permitamos que la inmediatez de estos tiempos ni la pereza disfrazada de vanguardia destruyan la dignidad de nuestro oficio.

​Estudiemos el texto en su universalidad, conceptualicemos el espacio con devoción, exijamos producciones dignas y coherentes, donde cada luz, cada utilería y cada trazo escénico respondan a una necesidad artística real.

​Frente a la proliferación de lo ripiante y lo complaciente, el verdadero creador escénico debe dar un paso al frente y defender las tablas. Reivindiquemos la estética como lo que realmente es: la forma visible de la honestidad intelectual, de la disciplina y del amor sagrado por el teatro.

​¡A trabajar con rigor, que la escena nos lo exige!

1.6.26

Este 30 de mayo, La Sala Coordinación, en San Felipe, Yaracuy, recibió de vuelta a Olalúnea en su reestreno, por Elsy Loyo


Foto: Alexander Brandt

Llegó el 30 de mayo, día de nuestro reestreno.

El día amanece con el sol de fiesta. Su máximo esplendor nos avisa sobre las altas  temperaturas en esta ciudad que nos alberga. El transcurso del día confirma lo que el amanecer nos anunció.  El cálido San Felipe abre su espacio a cada uno de los miembros del equipo para ir llegando a la Sede, cada quien buscando manejar de la mejor manera lo que este supremo calor hace en nuestros cuerpos. Así que vamos haciendo estaciones para procurar regularnos, antes de entrar a la Sala.

Finalmente vamos al interior del recinto teatral. Todo está dispuesto. Han sido meses de trabajo, y de solventar diversas situaciones desde que nos planteamos retomar el montaje para su reestreno en este 2026.

El proceso y el transitar de la realidad nos han llevado a que esta función de nueva apertura coincida casi en su totalidad con la fecha del estreno, siendo en aquella ocasión el 31 de mayo de 2023. Y ahora el reestreno abre para darse este 30 de mayo de 2026. Nos parece un buen augurio.

Nuestra querida Olalúnea… siempre un gran reto en todos los sentidos. Esta vez no es la excepción.

Encontrarnos de nuevo en este mundo LUNAR, viviendo sus ciclos otra vez en el proceso, nos abrió nuevamente a esta conciencia de ser parte de un gran todo en este universo que nos contiene, y al que pertenecemos como planeta y humanidad.

Volver a todo lo que Olalúnea también nos muestra en la realidad del día a día. Ver y sentir lo que vivimos hoy en el mundo, y en nuestros lugares de vida reflejado allí.  Nos movió.

Nos movió como intérpretes. Como quien dirige un proceso creador, y también como seres humanos cuya relación con el mundo, y con nosotros mismos hace menguar, vaciarnos, crecer y, también, plenarnos.

Este movimiento nos abrió caminos de nuevas reflexiones para alimentar la esencialidad de lo que queríamos hacer crecer dentro de lo que Olalúnea es, y de lo que queríamos hacer ver y sentir para esta nueva apertura a quienes vinieran a este encuentro.

El proceso, en esta etapa, como lo hace un ciclo lunar, se completó. Abría un nuevo momento para Olalúnea… para ofrendarla en la luna llena de mayo.

Ya todo está listo en la sala. Nosotros también. Uno de los miembros del equipo entra emocionado. Nos viene a informar que faltan 10 minutos para dar sala… ¡y que hay casa llena!

Hacemos un último recorrido para asegurarnos de que todo está donde debe estar y, seguidamente, el ritual de siempre, el que precede al momento de la entrada del público, juntarnos, auparnos, encomendarnos… ¡Mierda! ¡Fuerza y luz!

Comienza a entrar el público.  Se inicia el viaje.  Olalúnea ha vuelto. La realización de la función es un intenso tránsito, un reto y también una comunión.  Es un encuentro.

Agradezco que este encuentro haya sido posible. Agradezco a todas las personas que asistieron, que abrieron, que recibieron tan bonito este Renacer Lunar.  A las personas que acogieron a esta Olalúnea que nos habla en distintos dialectos, idiomas y sonoridades, como provocación, como llamado a vernos como una sola humanidad.

El próximo 06 de junio volvemos, retornamos como la Luna, en una segunda entrega de este reestreno. Es en el mismo lugar: Sala Coordinación, San Felipe – Yaracuy, a las 5:30PM. ¡Olalúnea para todos!


No quiero dejar de escribir sin antes mencionar al equipo que ha hecho que exista este puente creador para seguir encontrándonos en este estar, en este sentir, en este Olalunear:


OLALÚNEA. Teatro Experimental e Intimista.  Agrupación Teatral Coordinación.
Dramaturgia y Dirección: Elsy Loyo.
Intérpretes Escénicas: Lesbia Landinez y Elsy Loyo.
Iluminación: Elbis González.
Montaje Técnico: Enrique Fonseca y Elbis González.
Elementos escenográficos: Enrique Fonseca, Cristina Tortolero de Loyo y Lusvio Ramírez. 
Vestuario y accesorios: Silvia Salcedo, Cristina Tortolero de Loyo, Bárbara Peña, Vanesa Graterol.
Apoyo en Sala ICEY: Rosa Montes y Elianni Palmera.
Producción: Lusvio Ramírez. 

Seguimos abriendo espacios. Seguimos y seguimos….



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