Conversatorio. El desafío del teatro venezolano en la actualidad
(4)-El desafío del teatro venezolano en la actualidad: Rubén Joya

Dora Lucena
Ramírez
Continúo con la publicación de las ponencias
correspondientes al Conversatorio El desafío del teatro venezolano en la
actualidad, que formó parte de las actividades del XXII Festival de Teatro
y Títeres en las Comunidades de Caracas Alberto Ravara (Fetcom 2024). Este
conversatorio se llevó a cabo en noviembre de 2024, organizado por el Instituto
de Investigación para el Desarrollo del Arte en Venezuela, (iiAVE) La cuarta
ponencia que les presento se titula El desafío del teatro venezolano en la
actualidad y fue escrita por Rubén Joya, actor de teatro y cine,
dramaturgo, productor audiovisual independiente, instructor, director y
promotor teatral.
Rubén Joya es ganador de varios
Premios Nacionales de Dramaturgia, como el Gilberto Pinto (2017), Apacuana
(2018), Premio Nacional de Literatura Humorística Aquiles Nazoa (2020). Asimismo, ha recibido diversos reconocimientos por su
destacada actuación y su labor en el ámbito teatral y formativo. Se
desempeña como Coordinador General del tradicional ensamble teatral de
agrupaciones del estado Aragua, con motivo del Día Nacional del Teatro. Es condecorado en 2020 con la Orden al Mérito al
Trabajo, en su 1ra Clase “Alfredo Maneiro”.
4 - El desafío del teatro venezolano en la actualidad
Ruben Joya

Yo supe de una señora que estuvo, sin opción alguna, en medio de la
guerra y cuando bombardeaban se negaba a ir a los refugios y se quedaba en
casa. Le decían que si se tapaba con una sábana no le pasaría nada. Y no
le pasó.
En este escenario, el verdadero desafío fue un acto de resistencia, una
declaración a inventar su supervivencia y un credo personal que articulara
su lucha en medio del caos.
Como en la dramaturgia, esta situación nos arroja a dos vías; una
posible y poco creíble; otra creíble, pero improbable; la fragilidad de
nuestras esperanzas se sostiene entre lo real y lo ficticio, en un teatro
cuyas escenas están hiladas por circunstancias que claman por transformaciones
audaces hacia otros “imposibles”.
Ante este desafío, se requiere una militancia sensible y articulada. Sensible
para discernir con claridad las opciones que se nos presentan; articulada,
para que nuestra lucha no se reduzca a vías con letreros y señalizaciones
marcados, sino que encuentre nuevas sendas que desafíen las rutas trazadas
permitiéndonos vislumbrar destinos insólitos y auténticos.
Resulta poco productivo imaginar desde un escritorio cómo habla y siente
una persona común que sufre algo común o extraordinario dentro de una sociedad
tan sacrificada como demandante. Pareciera que estamos destinados al
fracaso insalvable cuando de lo que se trata es de repensar cómo funciona
lo que significa hacer algo para nos-otros.
Reflexionar sobre el funcionamiento de alguna fanfarronada nos invita a
explorar un vasto espectro que abarca desde el Siglo de Oro hasta nuestros
días, abriéndose a nuevas variantes del fanfarrón. Este viaje puede
revelarnos un arquetipo social que, anclado en las experiencias contemporáneas,
se despliega más allá de los confines de un diálogo disfrazado de poder,
o a la inclinación de un diálogo con un minúsculo sector que solo
construye una realidad artificial a sangre fría sin otro interlocutor que
lo perturbe.
El verdadero desafío radica en fomentar el encuentro desafiando la
linealidad impuesta, que a menudo se presenta como el único objetivo. Es
esencial crear un acontecimiento escénico que derrumbe la cuarta pared
revelando nuestra presencia activa en los asuntos que nos afectan. Debemos
posicionarnos no como meros portavoces, sino como protagonistas de la realidad
que vivimos en este momento. Solo así podemos dar voz a nuestras experiencias
y contribuir a un diálogo transformador.
A veces, tenemos la tentación de caer en lo mismo, de repetir lo
conocido. A pesar de que ciertos temas puedan resurgir, existen múltiples
ángulos para abordarlos. ¿Cuál es realmente el desafío? ¿Es llenar la sala
de teatro con público? ¿Producir talleres de formación innovadores? ¿Por
qué nos hemos quedado al margen de nuestra propia abundancia?
Sabemos lo que implica cierto tema, pero a menudo nos cuesta alejarlo de
lo reiterativo y aburrido. Pero, ¿Por qué? ¿Nos da miedo confrontar lo que
late debajo de la costumbre? ¿O hemos caído en la orfandad creativa?
Uno de los desafíos para mí, es aproximarme a la realidad teatral en las
regiones porque existe la vieja costumbre de llamar “Serie Mundial” a lo
que apenas sucede en un solo patio, mientras la capital se contempla el
ombligo como si fuera el centro de toda nuestra geografía dramática.
En Maracay existen dos instituciones de teatro que imparten clases
regodeados en los clásicos -que son importantes- sin darse a la tarea de
indagar en la cuerda de “amenazas inusuales” conformado por teatristas
galardonados en todas las áreas del quehacer dramático. Voces dispuestas al
diálogo, incluso, en el silencio de la gratuidad junto a talentos emergentes
que se niegan a esa máxima mediocre de “arroparse hasta donde alcance la
cobija”. Debemos romper la ética de la resignación porque el arte no busca
conformarse con el tamaño de esa manta, sino entender que el teatro es,
por naturaleza, el acto de desbordar los límites.
Nuestro desafío no es habitar el espacio que nos ceden, sino diseñar
nuestros propios vértices con el fuego de nuestras arrecheras y el peso de
las frustraciones compartidas. Reclamamos una gobernanza de la
sensibilidad: una sintaxis propia donde el pueblo sea el autor de su propio
asombro lejos de las gramáticas impuestas por el poder; romper el cerco de
los prejuicios infundados por la sociedad negándonos a ser el decorado
aburguesado de una vitrina que se lucra con el sudor del talento ajeno.
Ser imaginantes perpetuos implica autonomía. No buscamos lo dicho, ni
repetir el guion de otros, buscamos lo que está por nacer.
¿Nos faltan obras con un latido más feroz que dialoguen de frente al
presente o con una poética del despojo donde la palabra sea tan potente
que no necesite más que un cuerpo y una luz? Quizás el desafío, entonces,
es dejar de lamerse las heridas con el lenguaje del agobio, y permitir que el
prodigio, ese que ya vive en nosotros, reclame su lugar por derecho
propio.
A veces me asalta la sospecha de que hemos agotado desde el pensamiento
más subversivo hasta el más cruel. Siento que estamos ladilladísimos
pensando más en lo que los otros nos pueden impedir que en la alegría que
pudiésemos darnos; estamos ladillados en darle una explicación al que se
sienta a ver lo que pasa, en el miedo que nos produce pensar en lo mismo.
Pero el teatro no puede ser una condena al cansancio. No nacimos para ser
los administradores de nuestra propia agonía. No, qué va; la vida y el
teatro reclaman otro pulso.
Parece un contrasentido pensar que lo que alimenta nuestra práctica teatral
son los pequeños incendios que olvidamos encender: la autodisciplina, que
debería ser nuestro soporte, se convierte en un gesto vacío y el sagrado
respeto al acuerdo colectivo en una mofa; el valor de habitar la piel del
otro pareciera como una pérdida de identidad; desafiar las creencias
fijas y los estereotipos que nos petrifican se ve como un riesgo
innecesario, y, en medio de todo esto, valorar las heridas ajenas y el
sentir del otro parece una cosa de gente rara, una locura en lugar de una
necesidad.
Es nuestro desafío, ¿llenar las salas de teatro con público? ¿Buscar
talleres para repetir fórmulas o para fundar nuevos lenguajes? ¿Tener un sistema
productivo rentable? Si no es rentable, ¿es porque, quizás, aún no hemos
logrado que nuestra necesidad de decir sea tan vital como la necesidad de
otros de escucharnos?
La señora que nunca conocí transformó el caos en cosmos; creatividad,
imaginación y templanza la acompañaron bajo las sábanas en medio de un
conflicto bélico del cual jamás fue parte. Sin embargo, ante esta brutal
agresión, supo aplicar lo impensable. Quizás había llegado el momento de
romper con un prolongado período de indecisión y abandonar reglas y
criterios anquilosados. ¿Fue acaso una cuestión de fe? ¿Reaccionó ante un nuevo
desafío?
Tenemos desafíos que brillan como luciérnagas en cada uno de nosotros,
no hay vuelta atrás. No nos defraudemos, no dejemos de derribar muros con
preguntas. Las viejas certezas ya no aseguran nada. Pensemos cada uno en
uno mismo y en todos a la vez, porque no existe pensamiento peligroso que se
resista al incendio de nuestra propia verdad.
Enero 2026