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10.8.25

ENSAYO: Los hombres de los cantos amargos de César Rengifo, por el Grupo Teatro Negro de Barlovento, bajo la mirada del Nacimiento de la Tragedia de Friedrich Nietzsche. Eduardo Bravo

 Los hombres de los cantos amargos de César
Rengifo, representada por el Grupo Teatro Negro de Barlovento, bajo una mirada del Nacimiento de la Tragedia de Friedrich Nietzsche

Eduardo J. Bravo G.

El atributo y la forma de realizar un análisis de una obra teatral para su posterior representación en escena, bajo enfoques no convencionales referentes a un dispositivo escénico, no se dan, por así decirlo, en muchos casos o casi nunca en la estructura y el análisis de un montaje de una puesta en escena en Venezuela, o al menos eso es lo que hasta el momento se observa en cada ensayo de un montaje e incluso en su realización ante el público.

En este caso se pretende realizar un análisis de una obra teatral, pero no en su proceso de escritura, sino más bien dentro del proceso de montaje y representación; es decir, el manejo y dominio del dispositivo escénico que será efectuado por un director o directora de escena. Se analizará cómo se estudia la obra ya escrita para su posterior representación. Se plantea un análisis bajo la mirada de El nacimiento de la tragedia de Friedrich Nietzsche. Dado que una cosa es cómo la ha escrito el dramaturgo y otra son los matices, texturas, ritmos, movimientos y enfrentamientos que puedan plantear el director o la directora de escena al instante del desarrollo de la representación. Para este análisis se selecciona la obra Los hombres de los cantos amargos de César Rengifo, representada por el grupo Teatro Negro de Barlovento en el año 2017 en el Teatro Municipal de Caracas.

En tal sentido, se puede inferir lo que Erwin Panofsky (1892- 1968) estipula referido al análisis y aplicación de su método, basándose desde la descripción pre iconográfica, pasando por el análisis iconográfico y su análisis iconológico de una obra de arte, en especial la pintura, donde establece ciertos parámetros importantes para la observación. En este caso Catalina Armendáriz., M. Sc. Rex Sosa.,  Ign. Carlos Puca (2013) parafraseando a Panofsky indican que cualquier otro objeto es sujeto de análisis. Aseveran que:

Se convierten en una ventana a través de la cual parece estar viendo el espacio escénico, donde la perspectiva juega un papel preponderante en su configuración estética. En él se exponen algunas de sus virtudes, que nos pueden servir para el objetivo planteado: que permita seguir siempre un orden descriptivo preestablecido en todos y cada uno de los elementos; que establezca una relación directa entre pasado y presente, entre el inicio simple y el final complejo, entre las vertientes estilísticas de una época y otra; y entre la asociación de los elementos tangibles/fácticos con los valores simbólicos que representan. La formalización del dispositivo escénico facilita el trabajo. (p. 6).

Ciertamente, son ventanas, miradas de realizar observaciones de una obra de arte. En este caso, Nietzsche nos permite plantearnos esas fuerzas contrapuestas que se pueden ver, bajo otra mirada planteándonos El nacimiento de la tragedia, entre lo dionisiaco y lo apolíneo. De cómo se puede realizar un estudio con perspectivas diferentes que se encuentran intrínsecas en cada obra de arte. Así pues, se podría encontrar esa contraparte, entre la embriaguez y la divinidad de la luz, de la belleza y hasta de lo sublime.

Por lo tanto, se va a conseguir en lo dionisiaco desde su forma y estructura. En este sentido Bowra C. M. (1967), Historia de la Literatura Griega  nos plantea que el surgimiento de la danza coral, viene con ese vínculo con Dionisio. Apunta que:

Los hombres solían disfrazarse de animales, con la idea de asemejarse a las divinidades y asimilar algo de su poder. Dionisos llegó a ser el amo de aquellos que, bajo disfraces de chivos, representaban el espíritu de los bosques y la vida silvestre. Era él, en efecto, el dios de las exaltaciones extáticas, y ejerció un natural señorío sobre cuantos se sentían en contacto con los secretos de la naturaleza o procuraban indagar los misterios que gobiernan la existencia humana, de la cuna a la sepultura. (p. 61).

En lo apolíneo nos encontramos en contraposición a lo dionisiaco, en tanto que el dios Apolo representa una resplandecencia, la divinidad de la luz. Pero también este dios domina la belleza y la apariencia del mundo interno, de la fantasía. Nietzsche lo corrobora claramente,  parafraseando a Schopenhauer en El Nacimiento de la tragedia, donde alude que:

La verdad superior, la perfección propia de estos estados, que contrasta con la sólo fragmentariamente inteligible realidad diurna, y además la profunda consciencia de que en el dormir y el soñar la naturaleza produce unos efectos salvadores y auxiliadores, todo eso es a la vez el analogon simbólico de la capacidad vaticinadora y, en general, de las artes, que son las que hacen posible y digna de vivirse la vida. (p. 8).

Se distingue que esto presenta esa vida suprema de la realidad onírica, ese sentimiento traslúcido en su apariencia, como lo apunta Nietzsche: “El hombre filosófico tiene incluso el presentimiento de que también por debajo de esta realidad en que nosotros vivimos y somos, yace oculta una realidad del todo distinta; esto es, que aquélla también es una apariencia” (p. 8). Por lo tanto, lo vincula, afina a esas realidades y formas del mundo. “En el sentido propio de cómo se nos presentan las cosas, las realidades de este mundo onírico, entre fantasmas e imágenes ensoñadoras. (Ob. Cit.).

Es lo que Nietzsche afirma cuando relata que los sueños son: 

La bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya producción cada hombre es artista completo, es el presupuesto de todo arte figurativo, más aún, también, como veremos de una mitad importante de la poesía. Gozamos en la comprensión inmediata de la figura, todas las formas nos hablan, no existe nada indiferente ni innecesario. (p. 8).

Ahora bien, eso es lo que nos dice el autor, en El nacimiento de la tragedia, específicamente sobre lo apolíneo: “la relación que el filósofo conserva con la realidad de la existencia es la que el hombre sensible al arte mantiene con la realidad del sueño; la contempla con minuciosidad y con gusto” (p. 8). Es en correlación con esas imágenes que él saca su interpretación de la vida, puesto que mediante esos sucesos se ejercita para la vida. Entendiendo que no son simplemente las imágenes agradables y amistosas las que él experimenta con aquella inteligibilidad total: también las cosas serias, oscuras, tristes, tenebrosas, los obstáculos súbitos, las bromas del azar, las esperas medrosas. Afirma que, en suma, toda la “divina comedia” de la vida, con su Inferno, desfila ante él, no solo como un juego de sombras —pues también él vive y sufre en esas escenas— (p. 8). Dicho de otro modo, estos hechos: “que dan claramente testimonio de que nuestro ser más íntimo, el sustrato común de todos nosotros, experimenta el sueño en sí con profundo placer y con alegre necesidad” (p. 8). Nietzsche indica que: 

En el sueño fue donde, según Lucrecio, por vez primera se presentaron ante las almas de los hombres las espléndidas figuras de los dioses, en el sueño era donde el gran escultor veía la fascinante estructura corporal de seres sobrehumanos, y el poeta helénico, interrogado acerca de los secretos de la procreación poética, (…). (p.7).

 

Referente a esto, el autor nos dirá que Apolo y Dionisos se alzarán a nuestro conocimiento, donde subsiste una enorme antítesis que los marca claramente en cuanto al origen y las metas; entre el arte del escultor (arte apolíneo) y el arte escultórico de la música, en el cual entra en juego el arte dionisíaco. En este caso, se ve claramente que esos dos instintos tan diferentes marchan uno junto al otro. Nietzsche nos trae a colación que: 

Casi siempre en abierta discordia entre sí y excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos, para perpetuar en ellos la lucha de aquella antítesis, sobre la cual sólo en apariencia tiende un puente la común palabra «arte»: hasta que, finalmente, por un milagroso acto metafísico de la «voluntad» helénica, se muestran apareados entre sí, y en ese apareamiento acaban engendrando la obra de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia ática. (p. 7).

 

Claramente nos pone de manifiesto que: “para poner más a nuestro alcance esos dos instintos, imaginémoslos, por el momento, como mundos artísticos separados: el sueño y la embriaguez; entre cuyos fenómenos fisiológicos puede advertirse una antítesis correspondiente a la que se da entre lo apolíneo y lo dionisiaco”. (p. 7).

Clarificando algunos de los puntos más relevantes que manifiesta Friedrich Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, se puede ahondar en un análisis basado en esta perspectiva de lo apolíneo y lo dionisiaco aplicado a la obra Los hombres de los cantos amargos de César Rengifo, representada por el grupo Teatro Negro de Barlovento. Se indaga en la profundidad de las apariencias que se encuentran dentro de esta obra literaria, donde se observa ese matiz político innato y, al mismo tiempo, esa parte onírica y embriagadora. Al realizar este análisis bajo la mirada de El nacimiento de la tragedia, se hallan estos elementos inmersos en ella. 

Este trabajo, en su puesta en escena, fue realizado por el director Jorge Canelón, quien de manera creativa da un vuelco escénico en la composición de los elementos que intervienen en la realización del montaje. La obra de César Rengifo forma parte de una trilogía: Los Hombres de los Cantos Amargos, drama en tres actos muestra la lucha de los negros por conseguir su libertad mediante un decreto del gobierno de José Gregorio Monagas. Época: 1854-1855. Un tal Ezequiel Zamora, drama con un prólogo en dos cuadros y tres actos. Época: 1859. Lo que dejó la tempestad, epílogo dramático de la Guerra Federal, con un prólogo y tres actos. Época: 1865. Estas obras, escritas por César Rengifo, forman parte de su gran proceso creativo. Como gran artista completo, dejó una vasta gama de trabajos que han enriquecido el acervo cultural y artístico de nuestros pueblos de América Latina. 

Ahora bien, el dispositivo escénico que se enmarca dentro de la obra Los Hombres de los Cantos Amargos, mantiene ese imaginario que siempre estuvo vinculado con la libertad que buscaba, el espacio libre, con su ser o, mejor aún, con la naturaleza que lo hace expresarse con mayor fuerza. Entre el ser y su mundo, de ese significado que le dan los símbolos, los signos que van interpretando al paso que las heridas van sanando sus violentos encuentros y violentas formas de existir y coexistir en este mundo. Los símbolos son ese vehículo de interacción, esos elementos artefactuales de la cultura, comprendiendo una visión del mundo, ese quantum de sentido ante la amenaza del caos constante de la nada. Y justo en este punto se encuentra, en un primer momento, lo apolíneo de la obra, desde el primer parlamento, cuando los personajes hablan del nacimiento de un hijo y de cómo debería ser en el futuro, el soñar con tener una libertad plena, el ser libres para siempre. 

La composición plástica inicial de la obra se ve así: al iniciarse la historia, vemos en el centro del escenario un tambor bajo una luz cenital. Con un contraluz, van apareciendo esclavos y esclavas cargando bultos imaginarios, con un canto triste y amargo, lastimero y agrio. Poco a poco van sentándose, con dificultad, cansados, agotados y tristes. De pronto aparece Marcelina y se dirige al tambor. Empieza a tocarlo y a cantar, pidiendo a San Juan que ayude a los negros, a sus negritos. Durante el canto, otros se incorporan suplicando al santo. Cuando los cantos terminan, los niños Esperanza, Camejito, Oyabí y Oyisay traen agua en unas taparas y se la dan de beber a todos poco a poco. Oyabí y Niño Bueno ayudan a Guiomar a incorporarse. Entra Camejo, agitado:

 

GUIOMAR.- Gracias Oyabí, hija. (OYABI ABRAZA A SU MAMÁ Y LE SOBA LA BARRIGA) Si nace varón le pondré Tilingo como su pae y será buenazo y tranquilo como él. 

VIEJO GANGA.- La amargura que da es que será esclavo, por eso es que digo y redigo puaí, que los negros no debemos tené hijos. 

POPO.- ¡Pero bueno, Viejo Ganga, no hable de esa manera! ¡Qué cosa por Dios! 

ÑA JULIA.- ¡Gua, hay que multiplicase!

ÑORA OTILIA.- Además los negros no vamos a esta´ siempre así. 

MARCELINA.- Tu hijo va a ver muchas cosas buenas, Guiomar. 

POPO.- Mis hermanas, Julia, Otilia y Marcelina, hicimos el ensalme la otra noche y todo lo que vimos fue felicidad. (p. 2).

El maquillaje de los personajes se ve desgarrador, tétrico y lleno de tristeza; sus peinados lucen desalineados y andrajosos, al igual que la vestimenta que presentan. En esta escena, los hombres llevan el cuerpo medio desnudo, con la ropa desaliñada y muy desgastada. Las mujeres llevan vestidos alargados, pero muy deteriorados y sucios; los colores son opacos.

Sobre este aspecto de esta primera escena, se nota el tiempo mítico (Eterno Retorno), que también se circunscribe a un espacio tridimensional: el propio cuerpo como una forma animada y transfigurable, una manifestación epifánica de la energía. De ese núcleo central de lo sagrado, de la fuente de energía vital, se configura un espacio ceremonial. Este espacio ceremonial se presenta en el primer instante cuando el director, mediante una puesta en escena ritualista, mágico-religiosa y festiva, abre la obra. Lo hace presentando tambores y un baile festivo frente al inmenso dolor de verse privados de su libertad. 

         Sin embargo, todo este espectáculo y su dispositivo escénico se presentan en cuatro grandes configuraciones escénicas básicas dentro de la propuesta: 1. La hacienda; 2. La casona; 3. La calle; 4. Los bufones. Todas estas configuraciones se repiten constantemente, pero la mayor diferencia radica en la hacienda y la calle, a pesar de ser las mismas, ya que en la hacienda comienza la pieza, con el ciclorama en proscenio y las sombras de los actores. Luego sucede el momento del maltrato por parte de los capataces, quienes generan una configuración en “V”, y el discurso del propietario. Es justo dentro de este dispositivo escénico que vamos a notar con mucha claridad ese encuentro bien apuntado entre lo dionisiaco y lo apolíneo, porque durante toda la obra, desde su comienzo hasta el final, es un proceso ritualístico festivo; a su vez, la búsqueda de los esclavos que quieren conseguir su sueño, la esperanza de ser libres; y de ser libres por razones lógicas en esa Venezuela de 1854, cuando José Gregorio Monagas da el decreto de abolición de la esclavitud; sin embargo, en muchas haciendas las noticias llegaban tardíamente; y aunque los negros ya eran libres, muchos se mantenían en esclavitud por no saber la información que se había dado en la ciudad de Caracas.        


 Es en este punto donde la obra se complica al tiempo que los hacendados se enteran del decreto y los negros también se enteran de dicha información. Esto sitúa a los dueños de la hacienda en una gran disyuntiva sobre si deben liberar a los negros o no, mientras que los negros se enfrentan al desafío de conseguir su sueño de libertad, formulándolo —o plasmándolo— en algo festivo que los representa como grupo único. En este caso, se distingue que lo apolíneo se muestra de nuevo cuando se les presentan esperanzas que se van a diluir en la fantasía; pero una fantasía que se encuentra oculta en los sueños de los negros. Muy claramente se percibe en la escena de la hacienda: 

Entra Camejo agitado. Todos se movilizan, se ponen muy tensos. Esperan lo peor.

MARIA.- Camejo, ¿algo malo?  

CAMEJO.- Puaí mientan que ese apuro en ponernos a trabajá día y noche los trapiches, es porque los amos, nos van a vendé. 

Todos reaccionan con dolor y miedo, se agrupan, algunos se abrazan, se juntan. La luz cambia y aparece el capataz Longa, los esclavos y esclavas se alinean para ser revisados como animales por el delegado Telémaco. Cuando terminan vuelven de nuevo a la misma posición anterior. 

ÑA ZAPATA.- San Juan nos ampare. 

VIEJO GANGA.- Se fijan, todo lo que viene es bueno.

(ESCUPE).

ÑORA OTILIA.- ¡Cállate, viejo! 

LUZ.- Si me van a vendé que sea con Birongo. 

VIEJO GANGA.- Eso lo deciden los amos, pá eso somos de ellos. 

Todos reaccionan en contra del Viejo Ganga. (p. 7).

Cuando Viejo Ganga dice que se fijen en que todo lo que viene es bueno, es porque dentro de su ser siempre sueña con ese momento de libertad; pero lo que aún no saben es que esa libertad ya ha llegado. No obstante, una gran cantidad de hacendados mantienen oculto el decreto, y esto trunca el sueño de libertad de los negros. Sin embargo, esa información sobre la libertad permite que los negros se enteren, de hacienda en hacienda, mediante el repique de los tambores y cánticos que retumban en cada hacienda donde ha llegado la información traída desde Caracas. La música y el sonido llenan de relevancia el discurso, contestado por los tambores; un discurso entrecortado por la palabra, creando una forma rítmica entre tambores, música, ritmo y la palabra que van diciendo los actores. Reaccionan con dolor y miedo, se agrupan, algunos se abrazan, se juntan.   Veámoslo en el siguiente texto entre el secretario Salvatierra, su esposa Gertrudis y Telémaco: 

El secretario de gobierno Salvatierra espera a alguien en la calle.  Aparece su esposa Gertrudis agitada.

GERTRUDIS.- ¿Puedo hablarte, secretario Salvatierra, esposo mío?

SALVATIERRA.- ¿De qué deseas hablarme, Gertrudis?

GERTRUDIS.- Ha estado a verme doña Hortensia Llaguno.

SALVATIERRA.- ¿Y qué te dijo?

GERTRUDIS.-  Que piensan darles la libertad a los esclavos. ¿Es cierto?

SALVATIERRA.- ¡Esa señora no se mide para divulgar las informaciones de Estado!

GERTRUDIS.-  ¿Es verdad, entonces?

SALVATIERRA.-  Es una posibilidad, una posibilidad. GERTRUDIS.- Es el colmo. ¿Quién nos va a servir? ¿Qué haré yo en esa enorme casa sin los negros? Y las haciendas ¿quién las va  a trabajar?

SALVATIERRA.- Eres mujer, Gertrudis.

GERTRUDIS.- Ustedes los hombres que gobiernan y mandan no consideran nunca los intereses de sus mujeres.

SALVATIERRA.- Si lo hiciéramos no podríamos mandar.

GERTRUDIS.- No entiendo a los hombres.

SALVATIERRA.- Tienes la cabeza muy chiquita para hacerlo, querida.

GERTRUDIS.- Puede que yo no tenga cabeza, pero por algo la gente dice: Venezuela es una vaca

La leche que da es peseta

Y el que está en el mamotreto No quiere afloja la teta.

 Llega el delegado Telémaco.  Gertrudis al verlo, se retira furiosa.

TELÉMACO.- Secretario Salvatierra.

SALVATIERRA.- Amigo Telémaco, aquí estaremos en privado y sin indiscreciones.

TELÉMACO.- Comprendo.

SALVATIERRA.- Pero vamos al asunto. Confidencialmente le diré que el señor Presidente José Gregorio Monagas está dispuesto a ir adelante con el decreto de liberación de los esclavos. Usted como delegado de los hacendados y los banqueros ¿qué puede decir al respecto?

TELÉMACO.- Que las cifras lo digan todo. (p.16).

 

La escena nos presenta ese momento de encubrimiento que hace que el sueño de los negros no sea revelado por apariencias de opulencia; en este caso, el de la misma Gertrudis, quien le reclama a su marido que esto no puede ser posible. Que de ahora en adelante, ¿quién se va a encargar de la hacienda? Ella ve sus sueños frustrados; no piensa en los sueños de sus esclavos, que desean ser libres. Es justo en este punto del montaje teatral que se ve lo apolíneo en sí mismo, entre el sueño de uno que para él es su realidad y el sueño del otro que también es su realidad y forma de ver el mundo; es la conflictividad interna de lo apolíneo que se halla inmerso en los personajes que se conflictúan en la obra. Ahora bien, esta información lleva directamente a los personajes a un estado de embriaguez. Directamente, por lo que se conoce ya en todas las haciendas, es decir, en pleno [contexto o evento], se va a presentar nuevamente lo dionisiaco, pero en esta escena se nota de una forma muy degradante el discurso, en este caso, el del director escénico, cuando presenta a dos personajes de forma muy festiva y burlesca, lo que ha producido la noticia del decreto. Estos personajes son Anastasia y Caribita, quienes, con una percusión frenética, se distribuyen por toda la escena e incluso apuntan directamente hacia el público el mensaje, la noticia conocida por todos. Aparecen las aprovechadoras. Vigilan que nadie las vea, miran a todos lados y chocan entre ellas, gritando como un pregón:

TELEMACO.-  El decreto debe ser una sorpresa. (SALEN CONVERSANDO)

APR.ANASTASIA.- ¿Qué hay por fin, se puede hacer el negocio?

APR. CARIBITA.-  ¡Haga ofertas para vender, lanzarán el decreto!

La música frenética se escucha más fuerte y aparece un grupo bailando al son de la música, mientras Caribita y Anastasia juguetean con ellos. Estos personajes están vestidos como camaleones, mitad animales mitad personas.  Al terminar la música continúan con los pregones:

APR. JACKIE.- Saldré hasta del último negro y pondré el dinero en bancos e hipotecas.

APR.BERNARDO.- Esto será la ruina de muchos.

APR.OROZCO.- Y  el enriquecimiento de otros.

APR. LETICIA.- Hay que andar con cuidado y aprovechar.

APR. LOLITA.- Eso es, aprovechar.

CORO:   Aprovechar, aprovechar, aprovechar, aprovechar, aprovechar.

Regresa  la  música  inicial,   se canta y se baila  la canción  “Hay que aprovechar”. Al concluir la canción y el baile salen.

Se escucha el repicar frenético de una campana.  Aparece  Pascualón, Birongo y Camejo, gritando y corriendo por todos lados  como locos:

PASCUALON.- ¡El decreto, el decreto, el decreto, el decreto, el decreto, el decreto!

BIRONGO.- ¡El decreto, el decreto, el decreto, el decreto, el decreto, el decreto!

CAMEJO.- ¡El decreto, el decreto, el decreto, el decreto, el decreto, el decreto! (p. 19).  

En estos diálogos de las aprovechadoras, se nota claramente la intervención del director. En la obra de César Rengifo no se encuentran presentes estas intervenciones. Esto rompe con el tono festivo y lleno de ironía dirigido al público, que buscaba generar una sensación de embriaguez, pero una embriaguez dicotómica.

Esto crea una algarabía que se extiende por todas las haciendas debido al famoso decreto; los negros sienten que sus sueños se han cumplido, que sus ruegos a los dioses han sido escuchados. En este punto, notamos cómo lo apolíneo y lo dionisíaco se conjugan: el disfrute de los negros, por un lado, y la desgracia de los dueños de las haciendas, que deben cumplir el decreto a pesar de su oposición, por otro. Esta oposición se evidencia claramente en la celebración que los negros realizan en honor a San Juan Bautista, San Benito y San Juan de Congo. Aquí se percibe el acceso a través del rito o mito-drama.

           Varios elementos se usan en este montaje teatral. Entre los elementos estéticos se hallan el canto, la danza y los distintos tipos de tambores, que en la cultura barloventeña son fundamentales en los rituales mágico-religiosos, por la simbología que mantienen desde sus ancestros. Por ejemplo, instrumentos musicales como el “cule´ e puya” tienen diferentes sonidos que representan el prima, el cruzao y el pujao (representando al padre, la madre y el hijo). En ello se basa el director, en el teatro ritualista mágicoreligioso. Por lo tanto, la iluminación acompaña el proceso simbólico del grupo en toda la composición escénica. La palabra, el tono, la mímica, el gesto, el movimiento, el maquillaje, el peinado, el traje, los accesorios, la decoración, la música y el sonido mantienen un lenguaje único dentro de una composición plástica.

En este aspecto, el director Jorge Canelón utilizó en su dispositivo escénico dos técnicas: una del teatro simbolista y otra del teatro de sombras. En este sentido, para adentrarnos en ese concepto simbolista, debemos llegar a la profundidad de su sensibilidad, al lenguaje que construye lo literario y lo cognitivo, donde el éxtasis se levanta ante la oscuridad. La profundidad de su significado esboza lo latente bajo su superficie: los mensajes ocultos que mueven las emociones, las ideas que se transmiten a través de los elementos en el escenario. Es un todo unificado, con el significado de los colores, el vestuario, la iluminación, los accesorios, los elementos escenográficos; la palabra hecha poesía donde se transmite ese significado profundo. Al encontrarnos con un símbolo teatral en la escena, despierta el pensamiento, el sentimiento, incluso la capacidad de cuestionar. Simboliza, va más allá de la obra de teatro; se convierte en una experiencia, en la imitación de la realidad hecha símbolo. El uso de los símbolos — objetos, colores, sonidos, movimientos, entre otros— nos presenta un significado de la realidad donde las emociones humanas florecen, hasta que, a veces, se hacen ininteligibles. Aquí, la representación de la palabra y las acciones representan algo más, como la representación de la libertad, por ejemplo.

En este aspecto, el director Jorge Canelón utilizó en su dispositivo escénico dos técnicas: una del teatro simbolista y otra en el teatro de sombra. En el simbolismo, la trama de la historia se conjuga con la textura, el color y el estilo. Las cosas más sencillas, hechas poesía, pueden cambiar de significado. Un objeto bien representativo puede simbolizar una gran profundidad en la trama. Allí todo se integra, desde un telón hasta una mesita de noche con una vela. Esto conlleva una carga simbólica sobre cómo se ve la realidad y su manera de representarla. El énfasis dado a cada elemento significa algo profundo, como la sombra y la luz o la iluminación del espectáculo; estos crean sensaciones de angustia, misterio, tristeza, huida, peligro o pueden ser muy reveladores de algún acontecimiento. Lo mismo ocurre con la música y el sonido: todo tiene significado. El diálogo mismo está cargado de ese significado simbólico, desde lo más simple hasta lo más profundo. El lenguaje se hace vivo y profundo. El estilo se desliza con matices, texturas, ritmos y movimiento. Es la transmisibilidad de su significado profundo. Pero también este proceso simbolista rompe con las normas sociales, explorando temas que se hunden en lo intrínseco de la vida misma. Es el significado de los diálogos en capas lo que enriquece la comprensión del teatro. Se busca el subtexto, pero no el que está entre líneas, sino el subtexto del inconsciente, el mensaje transmitido a través de los símbolos ocultos de la representación escénica. La estética simbolista se cuela en cada gesto, cada palabra, cada movimiento y hasta en el ritmo que despliega sus colores por cada escena, donde el espíritu, la eternidad del alma, yerra por el espacio. Cada historia, por mucho que parezca real, en el teatro se llena de simbolismo al momento de su representación. Cuando estamos ante una obra simbolista o una representación simbolista, encontramos en ella símbolos, mitos, imaginación y mundos posibles. Es como significar algo que nos aleja de la realidad, presentando una realidad de matices que es importante que se exprese.

    En cuanto al teatro de sombras, cabe destacar que es un género teatral con una estética de mucha antigüedad. No obstante, se ha utilizado en numerosos espectáculos teatrales para transmitir un concepto o significado que el director desea proyectar. Este tipo de teatro se interpreta con siluetas de personajes, pero también con objetos que pueden dar una sensación de movimiento o proyección al espectador. En muchos casos, se proyecta sobre una pantalla de tejido traslúcido iluminada desde atrás. Sin embargo, en la actualidad han surgido nuevas técnicas que han permitido un gran crecimiento en este arte. En este caso, es muy importante la técnica empleada en el escenario para manipular las sombras.

Ahora bien, los elementos fundamentales que intervienen en este proceso son tres, y la luz juega un papel muy importante: la fuente de luz, el objeto que se interpone y la superficie donde se proyecta la sombra. Al realizar un espectáculo de esta magnitud, se debe tener en cuenta la clasificación de las fuentes de luz. En la luz natural, se pueden proyectar cuatro tipos de sombras: las sombras de nubes (que generan movimiento reflejado en la tierra), las sombras topográficas, las sombras urbanas y las sombras resultantes de la combinación de estas. No obstante, en el espectáculo teatral se utilizan diferentes técnicas de proyección de luz artificial, según la preparación del espectáculo.   

En este sentido, tanto en la naturaleza como en el teatro, se indica la creación de diferentes tipos de sombras. Aquí radica el ingenio del director y el diseñador de iluminación en la proyección de sombras para crear significados y símbolos. Entre estos tipos de sombras, tenemos, propiamente dicho, la sombra proyectada, que depende de la cantidad de objetos opacos en el escenario que se desee proyectar o del movimiento del propio cuerpo del actor, generando un sistema de símbolos para su representación; su tamaño dependerá de la relación entre el tamaño del objeto y el de la fuente de luz. Así se crea la sombra y se determina su uso. Luego tenemos la umbra, con otro significado en lo referente a la simbología. En este caso, se podría usar la linterna de un teléfono para apuntar a un punto fijo del actor en escena; esto podría provocar la invisibilidad de un objeto situado detrás de él o visibilizarlo para darle mayor énfasis. Aquí aplica el diámetro de la fuente de luz. La umbra es la porción central oscura de la sombra, mientras que la penumbra y la antumbra son diferentes tipos de sombras parciales.  

 Ahora, en el caso de la penumbra, la fuente de luz no es puntual, ya que proyecta sobre una mayor superficie. En este caso, aparece un segundo tipo de sombra alrededor de la umbra del objeto, formando la penumbra. Un diámetro menor en la fuente de luz genera esta forma. Esto se puede realizar en toda la escena, si es el gusto del director, o focalizar la sombra en un punto, generando una penumbra de entrada, salida, o una penumbra total en la escena, o con el mismo objeto en movimiento en manos de un actor, donde la sombra que refleja la penumbra es la del objeto. Sin embargo, en este sentido, el espectador verá el movimiento según cómo el actor lo realice y comprenderá el significado de esta penumbra en la escena, ya sea en el objeto o en toda la escena.

La antumbra genera otra reacción en su proyección, cuando el diámetro de la fuente de luz es mayor que el diámetro del objeto, el actor o la forma. Allí aparece la umbra cónica, que ofrece un significado distinto a las otras. El doble del diámetro de la fuente de luz respecto al objeto da esta sensación de forma.

    Es claro que para el proceso de este espectáculo, tanto en lo simbólico como en la creación de símbolos mediante la sombra como hecho estético, es notable. En Los hombres de los cantos amargos, se aprecian estas dos formas teatrales, donde se aunaron todas las artes en un espectáculo, con el juego de la combinación de luces, sonido, música, ritmo, movimiento y sombra. Allí se presenta lo metafórico, poético, lírico y subjetivo dentro del espacio escénico.

Ambos ensalzaron el proceso lingüístico basado en el signo-objeto, ya que la iluminación, en vez de ser icónica (como lo requiere el teatro realista), es simbólica, y la técnica del teatro de sombras realza, en algunos momentos, ese simbolismo dentro de las cuatro configuraciones escénicas básicas de la propuesta. Allí juegan un papel importante todos los demás dispositivos escénicos, pero donde se describe el lenguaje de la luz como elemento discursivo del espectáculo, se identifican los procesos sígnicos (semiosis) de la luz en relación con la puesta en escena de la obra teatral. En este sentido Fernando del Toro (1987) nos comenta que en el texto dramático y el texto espectacular existen diversas concepciones de texto. Atestigua en este caso, todo es texto. Exterioriza del Toro (ob. cit.) que: “la concepción semiológica define el texto como productividad” (p. 53).

Todo esto relacionado con lo sígnico, se apoya en las bases teóricas y conceptuales de Max Bense, Elisabet Walther (1975). La Semiótica. Guía Alfabética. Entendiendo una tricotomía en la que, primero, el signo puede ser un cualisigno; segundo, un sinsigno; y tercero, un legisigno; según una segunda tricotomía, primero, un icono; segundo, un índice; y tercero, un símbolo; y según una tercera, primero, un rema; segundo, un desisigno; y tercero, un argumento. (p. 109).  Es importante esta perspectiva de la obra, puesto que el análisis realizado ha permitido esa puesta en ejecución en la estructura de la relación que nos pueda presentar de manera muy clara lo dionisiaco y lo apolíneo, sin dejar a un lado el hecho dentro del significado y el significante. Puesto que ambos, tanto lo dionisiaco como lo apolíneo muestran esos signos que nos imbuyen dentro de la representación.  

Al plantearnos el llamado espacio escénico, que es intrínseco a la obra, la puesta en escena o dispositivo escénico del proceso de interpretación, estaríamos hablando de múltiples estilos y formas de hacer teatro. Los escenarios varían dependiendo del espectáculo y de la concepción del director a la hora de llevarlo a cabo. Allí se observan múltiples lenguajes del arte escénico, que se definen por una gran fuerza transformadora según el espacio. Es muy importante tener en cuenta que el director teatral posee un valor muy significativo dentro del dispositivo escénico, en lo que respecta a la puesta en escena actual; esto se debe a que el director, junto con los demás participantes, le da forma al montaje teatral mediante el proceso de narración visual, en el que debe profundizar en cada una de las definiciones de los signos visuales. Es en este punto donde se puede hablar de creación escénica, ya que son eventos que acontecen ante la vista y el oído, y que representan la realidad o, en última instancia, la imitan.

La obra, en su puesta en escena, continúa su curso, y se puede distinguir cómo giran el cuerpo como en el baile del tambor redondo: una vuelta hacia un lado y otra hacia el contrario. Empieza el repique de la curbata, se arma una gran algarabía. Mientras suceden los cantos y bailes de mina, algunos salen de escena y regresan, cantan, bailan, se salen de nuevo, ríen, hablan sin parar; algunas parejas, pícaras, se besan y se invitan a la intimidad, salen y luego vuelven, terminándose de vestir, beben hasta el cansancio; las mujeres toman los tambores para deleite de los presentes. De pronto, los niños gritan: “¡Vienen los africanos! ¡Vienen los africanos!”. Aparecen el africano Pnana y el africano Congo. Hacen silencio. Los africanos inician un ritual que todos siguen. Realizan una señal de la cruz, dan una palmada y soplan. Luego pronuncian las palabras “malabí, maticú, lambi”, repetidas veces.

Es claro cómo Dionisio se apodera completamente de esta escena, que forma un anteclímax muy importante en la obra, ya que va a dar un vuelco en las próximas escenas, dejando muy abismados a los negros, que ahora son libres. De repente, el africano Pnana se detiene, abre los brazos hacia el cielo y le dice unas palabras en su idioma al africano Congo. Éste canta “Obra bo”, y realizan un gran coro y un gran baile con esta canción. Al final, tocan tambor redondo; ya están agotados. Otros, borrachos, de los que van quedando, los africanos cuentan algo que no escuchamos, pero que les causa de nuevo una risa a mandíbula batiente; caen al suelo despatarrados, sin poder levantarse otra vez. Esa es la última imagen que vemos de esa gran noche de libertad. Los tambores continúan sonando sin parar: mina, culoepuya, parranda, quitiplá, tambor de perra, quichimba. La luz disminuye muy despacio hasta desaparecer. Los tambores se siguen escuchando.

           La luz regresa con un nuevo día. Vemos a los negros y negras tirados por el suelo en diferentes posiciones. Algunos abrazados, otros encima de otros, sentados, abrazados a la botella, otro bailando solo. Los tambores se escuchan un poco más lejanos. Gertrudis entra asustada, pero comienza a dar limosnas. Poco a poco se van incorporando, pidiendo comida. Se sienten mareados, caminan dando tumbos, no tienen rumbo fijo, van de un lado a otro, entran y salen continuamente. Solo uno permanece en el suelo y es Camejo, dormido, abrazado a un tambor. Entran Salvatierra y Telémaco muy apurados y alterados. Salvatierra sale apresurado y refunfuñando. Entra Gertrudis. Salvatierra sale y Gertrudis queda en medio de la calle sola, con mucho miedo. Aparecen Anastasia y Caribita, una por la izquierda, la otra por la derecha. Luego van llegando Orozco, Bernarda, Jackie, Leticia y Lolita. Camejo se despierta y se incorpora muy lentamente; le duele todo el cuerpo, se mueve como un robot.

Es justo en este punto cuando se puede ver cómo lo apolíneo se adueña de nuevo de los personajes y de las escenas que presenta el director. El conflicto interno de unos y otros, que ahora no trabajan en las haciendas, no tienen qué comer ni qué hacer, comienza a buscar una nueva esperanza, un nuevo sueño, saber qué hacer con su vida. Pero esto es compartido entre los personajes: entre los que desean volver a trabajar en las haciendas por un real y entre los que prefieren seguir el rumbo de la libertad, sin importar que esto los lleve a la guerra.

Ahora, en las últimas escenas se va a dar una gran batalla entre lo apolíneo y lo dionisíaco, en primer momento sobre el nacimiento del niño, que en la obra original de César Rengifo nace muerto. Sin embargo, en el montaje del Grupo Teatro Negro de Barlovento, el niño nace vivo, para dar una esperanza, un sueño del primer negro que nace libre en estas tierras. Esta escena se representa de la siguiente manera: Entran Guiomar, Tilingo y Pascualón agitados. Se ponen tensos. Todos intervienen para evitar la pelea. Juntos reaccionan en contra, menos Ganga, el Congo Mayor y los africanos. Entra el capataz. Reaccionan extrañados y asustados. Los individuos reaccionan de manera amenazante hacia el capataz, quien se asusta. Los africanos intervienen y los calman un poco. Entran Santa Luisa y Yeyisahi, muy alteradas. Reaccionan algunos aprobando el razonamiento de Tilingo, otros lo rechazan. Birongo se retuerce en el suelo; unos se asustan. Popo, Marcelina, Ña Julia, Ña Zapata, Luz, Congo Mayor, Ñora Otilia y los africanos Pnana y Congo lo rodean y cantan una canción de cuna africana muy suave, en coro, como un murmullo. Birongo se tranquiliza. La mayoría celebra y aprueba lo que dice Birongo. De nuevo, celebran y aclaman al Viejo Ganga. Dicen todos, de una u otra forma: «Si ustedes van, nosotros también». Se abrazan y reconfortan unos a otros. Guiomar permanece callada, furiosa, mirando fijamente a Tilingo. Guiomar enfrenta a Tilingo. Están expectantes. Guiomar lo mira con rabia y dolor. Le da la espalda y Tilingo se derrumba. No lo puede creer. Con mucha lentitud se aleja. Se escucha la música de la flauta. Las mujeres abrazan a Guiomar y la reconfortan.

Un grito ensordecedor rompe el silencio. Machetes y escopetas se alzan amenazantes, al compás de tambores que marcan el ritmo del canto "¡Soy cimarrón!". Todos cantan, disparando sus armas al unísono. Al finalizar la canción, un salto amenazante, una pose congelada que se prolonga con la música.

Desde una perspectiva icónica, la puesta en escena del director Jorge Canelón se estructura de la siguiente manera:

Hacienda/ciclorama: Primera aparición de San Juan, en posición de "V". La hacienda se presenta en diagonal. Espacio escénico en forma de cuadro. Entrada de los bufones por los balcones, representados gráficamente con una "X" verde. Público. Lectura del decreto desde la hacienda. 

 Segunda aparición de San Benito: Fiesta, alegría, danza en la hacienda. El espacio se centra en la figura del propietario. Concentración en el centro del escenario. Iluminación poética con candilejas.

Calle. Celebración. Popo abre la escena danzando por las cuatro esquinas. Tercera manifestación al santo San Juan. Danza al feto. Celebración. Cansados. Diezmo (poder/pobreza). Casona. Diagonal. Presencia de la pobreza en escena. Diagonal. Bufones. Con presencia de pobreza. Bufones con presencia de pobreza/poder. Calle. Primer enfrentamiento. Tilingo y Guiomar heridos. Ritual. Cuarta manifestación del santo: San Benito. Curación. Segundo enfrentamiento entre Tilingo y Guiomar. Ofrecimiento de los hacendados. Tercer enfrentamiento entre Tilingo y Guiomar. Manifestación de la división entre los negros. Decisión de Tilingo. Llamada a la guerra. Zarabanda (o Zarambeque, dependiendo del contexto). Danza.

En este punto se puede aclarar que las presentaciones de los santos, las festividades, se sitúan entre lo amargo y la embriaguez que en este caso nos presenta el director de escena; el nacimiento de una vida con un niño y su canto; y los enfrentamientos entre los personajes, tanto internos como colectivos. Es en esos puntos donde me he permitido realizar este análisis de la obra, no como proceso escrito del dramaturgo, sino como montaje en sí, realizado por el director de escena.

En ello, debe señalarse que la puesta en escena constituye la síntesis de un proceso en el que intervienen muchos factores y está dirigida a un público. En este caso, la puesta en escena incluye varios elementos, entre ellos: el autor de la obra (que plantea la forma de la escena); el director de escena (que levanta una visualización a partir del texto); el actor (que presenta su cuerpo, figura, alma y vida a los seres de ficción); y los elementos escénicos como decorados, luces, utilería, vestuario, maquinaria, efectos especiales, entre otros.

El proceso general de una obra o espectáculo teatral va más allá del punto mismo de la palabra, ya que la imagen que se desprende de ella controla las reacciones de los lectores y espectadores a todos sus niveles. Entre contrastes, caracteres y acciones, contribuyen a la impresión total. En este aspecto, se puede indicar que la acción del drama no es una simple representación de acontecimientos que se desarrollan en el escenario. Va más allá, a ese mundo de la mente del espectador que conecta los lazos entre acontecimientos y formas que se producen en escena, de una escena a otra, de una acción a otra; ahí es donde se erige verdaderamente la idea o imagen general. Se podría decir que la obra se manifiesta en la imaginación del lector o espectador.

Finalmente, esa forma onírica de lo apolíneo se percibe durante toda la obra, mediante un sueño; pero no un sueño que nos lleva a la etapa del dormir, sino el sueño de un ser despierto, que crea realidades en su mundo, y que a la vez nota que sus sueños son truncados, ya sea por otras personas o por su propia forma de ver y enfrentar el mundo. Esto le sucede a los negros de las haciendas al soñar con su libertad; sin embargo, al tenerla, ya no saben qué hacer con ella. Ese mundo creado en su fantasía es una realidad existente que ellos han creado y que se ha hecho realidad, pues creen en esa resplandeciente visión de un mundo distinto al de la esclavitud, hacia una verdad innata que, en el fondo, está llena de una realidad más cruda, como se va revelando a medida que la historia avanza.

Es esa forma dionisíaca que se ve en su simbolismo trágico allí presente. Como eso que va a indicar Nietzsche: “la naturaleza misma nos interpela con su voz verdadera, no cambiada: «¡Sed como yo! ¡Sed, bajo el cambio incesante de las apariencias, la madre primordial que eternamente crea, que eternamente compele a existir, que eternamente se apacigua con este cambio de las apariencias!». (p. 45). Y es que se nos presenta en toda la obra; es el nacimiento, muerte y resurrección de Dionisio en todo el montaje de la obra, contraponiéndose a lo apolíneo para no dejarse vencer por este dios. Es lo que se puede ver en este dispositivo escénico: donde Dionisio nace milagrosamente, tiene un rápido y lozano desarrollo, vence los obstáculos que se oponen a su marcha, gana como premio a su novia, comete excesos y queda condenado fatalmente a caer, sufrir derrotas y morir, para ser devuelto a la vida. Y claramente lo vemos con los personajes que hacen vida en Los hombres de los cantos amargos. Entender esa parte apolínea y dionisíaca que Nietzsche ve en el nacimiento de la tragedia, es acercarse al mito desde su surgimiento en una danza coral, en la cual los hombres solían disfrazarse de animales con la idea de asemejarse a las divinidades y asimilar algo de su poder. 

 

Fuentes Bibliográficas

Bense, Max y Elisabeth Walther. La Semiótica. Guía Alfabética. Editorial

Anagrama. Barcelona, España, 1975.

Bowra, C. M.  La literatura griega. Editorial. Fondo de Cultura Económica. 

México, 1967.   

Del Toro, Fernando Semiótica del Teatro, del texto a la puesta en escena.

Editorial. Galerna. ·3ª Edición.  Buenos Aires. Argentina, 1987   

 

Fuentes Electrónicas

Armendáriz, Catalina, M. Sc. Rex Sosa,  Ign. Carlos Puca. “Análisis y Aplicación

del Método Panofsky en la Actividad Turística”. Plan Piloto en Museos del Centro Histórico de Quito. https://www.dialnet.unirioja.espdf 2013.

Aristóteles.  El Arte de la Poética. Traducción, Prólogo y notas, José Goya y

Muniain (1948). Buenos Aires. Argentina. [Libro en Línea]. http://www.elartepoéticatraduccióndejoségoyaymuniain. 

La Poética de Aristóteles. Consultado 1 de febrero 2017. [Libro en

Línea].www.philosophia.cl/EscueladeFilosofíaUniversidadARCIS

Nitzsche, Friedrich. El Nacimiento de la Tragedia. [Libro en Línea].

http://www.://juliobeltran.wdfiles.com/localfiles/cursos%3Aebooks/Nietzsche__E l_nacimiento_de_la_tragedia__Ed_Alianza_B.pdf. 

13.7.25

Caracas. Menguada la hora, de César Rojas. Por Eduardo Bravo

 


Este sábado 12 y domingo 13 de julio de 2025, 4 pm y 3 pm respectivamente, con mucho esfuerzo se abre nuevamente la Sala A-Teatro, antigua sede de la Asociación Venezolana de Profesionales del Teatro (AVEPROTE), con el montaje de la obra: Menguada la Hora de César Rojas, adaptación del cuento venezolano escrito por Rómulo Gallegos, en 1919, La hora menguada.   La puesta en escena a cargo del Grupo Teatral Acción y bajo la dirección de Henry Álvarez, con las actuaciones de Yacmary Martínez como Enriqueta y Denisse López cómo Amelia, dónde la amargura y la frustración las hará tener una vida llena de amor y de odio por cada segundo vivido, entre la casa del Calvario y la casa de Chacao. Un vientre bendito y vientre marchito compartirá la existencia de un hijo nacido por la traición de una hermana hacia la otra cuando decide tener amoríos con su cuñado. Cada momento les rasgará el alma, una de la otra: “una luna llena, bella, blanca y brillante, dónde el todopoderoso puso en ella toda la belleza, pero por eso no puede dar a luz un hijo, porque la luna llena no puede dar un hijo, en cambio, ella, fea, destruida, desalineada, sí puede dar un hijo, pero yo que soy la luna llena…”

Lo abrumador de la soledad, del mismo sentimiento del honor y esa maternidad que tal vez llega en el momento más esperado. Sin embargo, la envidia, el odio, la traición y la misma esperanza de existir en un mundo conflictuado, las coloca en desventaja en una época llena de hipocresía, dónde la moral y las costumbres sobresalen por los hombros entre las personas.

Las trampas de la vida las hacen vivir de una realidad sicológica que expone una enseñanza desde adentro, desde lo interno. Cada una busca cómo defenderse de la otra, pero también busca la condición del hombre y que su existencia las haga ser más justas. Pero su lógica las enreda con el devenir de su profunda soledad.

El compartir el amor de un hijo no las dejará vivir en armonía y cada una vive su propia existencia que le ha presentado el destino, dónde esperan interminablemente, por su hijo Gustavo Adolfo, que ya nunca regresará, y entre ese proceso de prolepsia, analepsia y silepsia, se abre una atmósfera, que va discurriendo la obra entre un pasado muerto, con un presente vivido y el desacierto de un futuro desgarrador. El tiempo no las ha perdonado, viejas y arrugadas, aguardan con desesperación la llegada de su hijo que nunca llegará. Bajo ese mismo resplandor de la luna llena aguardan, llenas de infelicidad y bajo un silencio que abruma la existencia del ser al hijo que prefirió marcharse, dejando una carta, dónde cuenta que se había enterado de todo.

El derrumbe del silencio expectante deja colar la amargura, el odio, la frustración y la espera eterna de estás dos hermanas, que prefirieron vivir atrapadas dentro de una especie de elipsis temporal, que no las deja perdonarse una de la otra, cómo un ciclo que puede repetirse por cada cumpleaños cumplido de Gustavo Adolfo, quedándose en ese ir y venir de este drama de dos mujeres al principio del siglo XX, con una espera inquietante e interminable.

Eduardo Bravo, Caracas 12 de julio de 2025

30.6.25

Ensayo: Poder Subterráneo, Eduardo J. Bravo G. (2008)

 Poder Subterráneo

por Eduardo J. Bravo G.

El matiz político inherente en las piezas El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas, Sagrado y obsceno de Román Chalbaud y Anselmo y Gata de Javier Moreno.

 

Luego de realizar la lectura de las obras El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas (1937-1995), Sagrado y obsceno (1931), de Román Chalbaud y Anselmo y Gata (2004) de Javier Moreno, se puede indagar profundamente en el matiz político innato de cada una de las obras mencionadas. Comenzando con la obra El día que me quieras, estrenada el 26 de enero de 1979 en el Teatro Alberto de Paz y Mateos, del Nuevo Grupo, con un gran éxito de la crítica nacional, teniendo aproximadamente más de 200 funciones, lo cual la mantuvo en cartelera durante un año.

Esta obra es un extraordinaria bra en torno al viaje de Carlos Gardel a Caracas en 1935, para una actuación especial ante el dictador Juan Vicente Gómez. Se nota una extraña relación con la familia Ancízar, a la que conoce accidentalmente y que provoca, además, una insólita decisión del comunista y enamorado Pío Miranda. La obra presenta su contexto histórico, que se detalla prácticamente en el último año de la vida de Juan Vicente Gómez. En ella se presentan siete personajes. En primer lugar, las mujeres de la familia Ancízar: las hermanas María Luisa, Elvira y Matilde Ancízar. Después tenemos a los hombres que forman el cuarteto central de la trama: Plácido Ancízar, hermano de las anteriores; el novio de María Luisa, Pío Miranda; el cantante de tango Carlos Gardel y su representante, Le Pera. También hay personajes referenciales, que se muestran en extraescenas, como un hecho de metonimia, formando un punto importante dentro de la trama.

Esta obra, estructurada en dos actos interdependientes, se articula en torno a las canciones que la conforman. Sin ellas, la obra perdería cohesión y sentido, pues el título mismo las presenta como elemento fundamental. Las canciones, que movilizan la trama con un ritmo interno y externo que entrelaza lo amoroso y lo ideológico, son el hilo conductor de la narrativa. En el primer acto, que abarca una sola jornada, desde el mediodía hasta la medianoche, se presenta la canción "Rubias de Nueva York". Esta elección temporal es significativa, ya que el autor juega con la simultaneidad en un mismo espacio. El acto se desarrolla en la casa de la familia Ancízar, cerca del mediodía, momento crucial en el que Pío Miranda visita a su novia, María Luisa. Sin embargo, la conversación gira en torno a la llegada de Gardel a Caracas, su presentación en el Teatro Principal y su estadía en el Hotel Majestic, un acontecimiento que genera gran expectación entre las hermanas Ancízar y las mujeres de la ciudad. Este acto presenta los planes de futuro de Pío y María Luisa, incluyendo su posible viaje a Ucrania para trabajar en un koljós de remolacha, y aborda temas relacionados con la Revolución Soviética y la posibilidad de una vida matrimonial lejos de Venezuela. La obra desarrolla estos temas con un enfoque íntimo y reflexivo. En otro contexto histórico de la existencia humana, junto con el deseo de Pío Miranda de pertenecer al Partido Comunista Soviético, éste comienza a vivir un contraste. La llegada de Gardel genera una gran expectación en la ciudad, debido a la perfección del cantante, a su experiencia vital, a su paso por los mejores escenarios y a su influencia con gente importante del mundo. Esto es algo que Pío Miranda solo tiene en sus pensamientos. Todo esto forma parte, en este primer acto, de una referencia, de un estratagema, con los personajes presentados de forma metonímica: Gardel, Le Pera, y los líderes de la Revolución Soviética. Se puede denotar en el siguiente texto de Elvira, cuan llega a almorzar a la casa:

ELVIRA: ¿Vieron las banderas? (Silencio) Dios mío, uno podría morirse viendo las banderas. Él no. Él va a pasar de largo del puerto al Ferrocarril, del Ferrocarril al Capitolio, del Capitolio al Panteón y del Panteón al escenario. No hay una flor en toda la ciudad. Te enfermas y buscas una flor y preguntas dónde hay una flor antes de caer muerta, y te dicen que no hay. Esta noche el Principal huele a magnolia. Y él viene de negro. ¿Se enteraron? ¿No es increíble que salte por encima de este asunto panameño y que en lugar de blanco nos entregue un invierno? Chaleco marfil, por supuesto. Como sabe. Como es. Ni una gota de sudor en todo el cuerpo. Ni siquiera cuando acarició las palomas en la plaza de las palomas. Aquella frente limpia y todo el mundo comentando: no suda, no suda...

Matilde: ¿No sudó?

Elvira: ¡No sudó!

Prontamente, en el segundo acto, se presentan la cancione “Shimmy Tut-Ankh-Amón”. Ya es medianoche. Carlos Gardel va a presentarse de una manera muy cordial a la casa humilde de los Ancízar. Todo esto lo deja entrever el autor como una velada que ha generado la simpatía de las mujeres ante Carlos Gardel. Es en este segundo acto donde Pío Miranda deja en el ambiente su frustración, sus miedos, angustias y el hecho de no saber con certeza nada del mundo, solo los referentes que le han presentado los libros con sus lecturas. Esto llega a un punto culminante, entre tragos de champán y el entusiasmo de Gardel en la casa, donde el mismo Plácido va a generar esa angustia en el mismo Pío, al hacer que se realice un juego de preguntas, donde, por supuesto, Pío Miranda ya develará su desconocimiento del mundo en el hecho de presenciarlo. Las quimeras que Pío vive en su fantasía y que, de una u otra manera, hace vivir a los demás, comenzando con su novia, la inocencia de Matilde que cree todo lo que ha dicho Pío, y la forma complaciente de Plácido con todo lo que Pío le ha contado del mundo. Pero no así con lo que Elvira ya sabe del hombre que tiene todos los días su visita a las doce del mediodía, para burlar el hambre. Cada punto y juego de palabras va a dejar ver esa Venezuela que vive en el atraso, el sufrimiento de su gente y lo avanzado que ha ido el mundo. El mismo Gardel es un referente del mundo, de lo nuevo, de lo avanzado y de lo que invoca el atraso en estos países de Sudamérica.

Ese mundo nuevo lo notamos en un diálogo muy importante de Elvira ante todos. Cuando apunta a su hecho de que ella está colgada del brazo de la historia, refiriéndose a Gardel, que su memoria tendría que estar atenta para recordar todo lo que ha vivido, que cómo haría para recordar todo lo vivido, y con mucho entusiasmo lo dibuja: “A ver... entraste por esa puerta... y yo estaba en la cocina... Salí... Matilde te entregó la espiga que simboliza la fertilidad de nuestro suelo... Y tú besaste la espiga y la devolviste a la tierra donde estará hasta el día de mi muerte... porque ese día, con tu permiso, quiero llevármela en el cajón del horizonte... para oler un poquito de esperanza... a olor tuyo...

(Huele a Gardel)”... (p. 56).

Donde Matilde le pregunta: ¿Y a qué huele? Elvira se maravilla y, como si estuviera montada en una nube, viviendo la fantasía: “a universo… a Rey Mago… colgada del brazo de la historia”, (p. 56).

Cada palabra es un encuentro con ese mundo nuevo, que lo ven reflejado en Carlos Gardel y Le Pera. Es esa manera que Venezuela debería buscar ante el mundo y no encontrarse en una “equivocación de la historia”. Donde el sentir de los personajes, que se presentan en la familia Ancízar, incluyendo al mismo Pío, presenta esa marginalidad y miedo del país, de una Venezuela atrasada donde llega un ser que ha recorrido el mundo, como si el mismo Gardel, para el autor, representara esa esperanza que está a punto de llegar. Recordemos, en este punto, que el dictador muere ese mismo año, un 17 de diciembre.

Ahora bien, el desenlace se presenta de manera abrumadora y abrupta cuando el mismo Pío Miranda deja colar sus frustraciones ante todos los demás, dentro de una forma de burla y vergüenza que él comienza a sentir, como si sintiera la dominación del conocimiento de Gardel y que todo lo que él ha dicho ha sido mentira y no le ha quedado otra cosa que desnudar su verdad, frustrando el gran amor que María Luisa ha sentido por él. Lo existencial de Pío Miranda se deja colar, pero también es lo existencial del propio país que está a punto de derrumbarse, la llegada de un ocaso, para presentar ante todos el despertar del alba. Pues las palabras que revela Pío Miranda, donde indica que ya no se casará con María Luisa, que no tendrán ningún viaje a Ucrania, que el koljós de remolacha cabe en la calle de Gato Negro, a unas cuantas cuadras de la Pastora. Que el cultivo de remolacha será en ese espacio.

La pieza teatral está enmarcada en un tiempo que, paradójicamente, se sitúa un día de 1935 en Caracas, donde se presenta Carlos Gardel; el mismo día que, tras la muerte de Lenin, se busca un sucesor. Ritos y mitos, ídolos y líderes se mezclan y confunden en una suerte de danza al ritmo del tango. El día que me quieras es una alegoría de héroes y cobardes, de líderes y súbditos; una alegoría que nos envuelve en la duda sobre el absolutismo. El autor estrenó El día que me quieras hacia el final de una década cuyo paisaje moral estuvo dominado por una desilusión política.

Los setenta fueron los años que concluyeron con todos los segundos alientos, todas las intenciones de corrección del movimiento comunista internacional, todas sus distensiones tácticas y estratégicas, todas sus exploraciones en las que el confidente era sustituido por el paredón de fusilamientos, todos sus gestos, todos sus propósitos y todos sus cultos. De igual forma, Venezuela seguía en avanzada luego del triunfo de la democracia en 1958. Ya se habían aplacado todas las guerrillas de izquierda en el país; se estrenaba un nuevo presidente electo a través del voto popular para 1959. Ciertamente, se tiene conocimiento de que la obra no ataca el régimen existente en el momento, si bien mezcla la caída de una ilusión de izquierda que iba en declive en el mundo occidental, combinando esa singularidad entre la muerte de Lenin y la presentación de Carlos Gardel, tal como veremos en el siguiente texto de Pío Miranda:


María Luisa: Lloraba.

Pío: Lloraba. Los grandes ojos de Bujarín repletos de lágrimas. Vladimir Ilich los había dejado aquel 21 de enero de 1924. Y Iosif bajó la cabeza, Iosif Visarianovich, mejor conocido por Stalin, acero, así se templó el acero, bajó la cabeza por última vez hasta el sol de hoy y dijo: Camaradas, ¿cómo se llena un vacío? (p. 2).

María Luisa: ¿Dijo?

Pío: Camaradas, ¿cómo se llena un vacío? (p. 2).

En efecto, son claras las intenciones del autor: crear esta paradoja con fundamentos políticos, que impregna la obra desde el inicio del primer acto y la primera escena. La llegada de Gardel crea una gran expectativa en un público ávido de un espectáculo de envergadura, mientras que el personaje Pío Miranda tiene sus pensamientos en los acontecimientos que se van desarrollando en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pensamientos que transmite a su adorada novia María Luisa, quien lo venera con fervor y está segura de que existe una tierra y un sistema distintos al que ella vive, así lo reseña el diálogo que mantienen Pío Miranda y María Luisa al iniciarse la primera escena:


María Luisa: ¿Y Stalin?

Pío: Stalin los reúne a todos en el salón de conferencias, a mano izquierda, entrando por la puerta principal como quien va hacia el comedor del terrible. Stalin aguarda y entra Bujarín y entra Zinoviev y entra Kamenev y Trotsky y los viejos bolcheviques, tensos, impenetrables, definitivos. Rakovski...

María Luisa: ¿Quién es Rakovski, Pío?

Pío: Rakovski es el comisario de Armenia, el gran oso de los kuláks. Rakovski tose. Stalin lo mira. Rakovski no tose. Stalin se levanta, sobrio, medular, profundo. Y hay ese momento de angustia. Y Stalin dice: Camaradas: Vladimir Ilich, acaba de morir.

María Luisa: Ay.

Pío: ¿Qué...?, dice Kamenev... ¿Qué...? Un qué abrumado, un qué terrible... ¿Qué...? Y la cabeza se mueve...

María Luisa: ¿La cabeza de quién...?

Pío: La cabeza de Kamenev (Y la cabeza de Pío reproduce la perplejidad de Kamenev) ¿Qué...? ¿Qué...?

María Luisa: Ay.

Pío: Y Bujarín se levanta y camina hacia el llamado ventanal de la zarina en tiempos de opresión. Zinoviev lo mira. Stalin lo mira y Trotsky pregunta: ¿Qué hace el camarada Bujarín en el llamado ventanal de la zarina? (p, 1).

Vemos cómo el personaje de Pío presenta desde el primer momento su posición política y su apego al sistema comunista. Con mucho orgullo, describe a María Luisa todo lo referente a la vida koljosiana de la URSS. De algún modo, Pío Miranda, un charlatán, ve perderse su inocente patraña koljosiana y soviética en la calle Gato Negro, ni siquiera a manos de Juan Vicente Gómez, el tirano ineludible e íntegro, sino por obra y gracia de la mera visita de Carlos Gardel. Esta se pierde entre la ilusión de una familia arruinada como los Ancizar, que representa para el autor la sociedad del gobierno gomecista. Lo que quizá valió para la minoría que vivía bajo una férrea y errática dictadura, no entraba en el campo de la izquierda venezolana, que no alcanzaba a explicar a las masas el decidido, fervoroso y tumultuoso entusiasmo por una política distinta.

Tal vez, a esa vida contenida y sin potencial, como la de los insectos atrapados en un trozo de ámbar, vive Pío Miranda, visionando un sistema que llegará en cualquier momento y cambiará las cosas y todo el sistema establecido. Así lo muestra el próximo diálogo con Plácido Ancízar:

Pío: ¿Cómo sabes que será en 1947?

Plácido: No sé. Siempre he pensado que será en 1947.

Pío: Tal vez, antes...

Plácido: ¿Quién sabe si antes?

Pío: Pondremos la bandera en el Capitolio...

Plácido: (Entusiasmado) ¿Con la hoz y el martillo, verdad Pío?

Pío: Con la hoz y el martillo.

Plácido: ¿Y vendrá Stalin, verdad?

Pío: Vendrá el camarada Stalin, de visita...

Plácido: ¿Cómo Gardel...?

Pío: (Iluminado) Nunca habrás visto tanta gente en Caracas, como el día de la visita de Stalin. Esa mañana, nos encontraremos frente al Congreso, y si puedo, si me es dado, te entregaré el cordel de la bandera roja para que tú mismo la subas. (p. 18).

Justamente, en este diálogo, podemos ver cómo Pío Miranda desea con ansiedad el día en que se coloque la bandera que cambiará el sistema. Muy paradójicamente, si analizamos la historia de Venezuela y vemos que el autor escribió esta obra aproximadamente en 1973, pero la ubica en el contexto de la dictadura de J. V. Gómez, aquí el autor se adelanta a los acontecimientos.

Cuando Plácido le pregunta: “¿Cómo sabes que será en 1947?”, Pío le responde: “¿Quién sabe si antes?”. Ya para la fecha de 1945 había sucedido en Venezuela una revolución conocida por todos como “la Revolución del 18 de octubre de 1945”, la cual dio paso a la llegada de los adecos al poder, quienes para ese entonces eran de una corriente mayoritariamente comunistas, que después con el pasar del tiempo, sus procesos ideológicos fueron cambiando su sistema, hasta convertirse en una democracia social.  De esta forma, observamos cómo se pasea el autor por los cambios ideológicos y por esa frustración de la izquierda que comenzaba a decaer paulatinamente.

Ahora bien, la llegada de Gardel aromatiza para siempre la casa y las vidas de los Ancízar con la sola certidumbre de su existencia y también el cambio paulatino de Pío Miranda, quien se descubre ante Elvira, desnudando su verdad en el intenso monólogo que descubre toda su vida, donde le confiesa que no existe nada y que no hay nada.


Elvira: ¿Quieres dejar a María Luisa?

Pío: No lo sé.

Elvira: ¿Y la carta de Romain Rolland?

Pío: No va a contestar.

Elvira: (Pausa) ¿Cómo sabes?

Pío: (Pausa) No la envié nunca.

(Pausa)

Elvira: Judas.

Pío: Ni siquiera sé dónde vive Romain Rolland. Y aunque lo supiera... ¿qué puede importarle? (p, 20).

Desde esta primera entrada en los diálogos con Elvira, Pío Miranda se desnuda ante ella, revelando quién es, pero lo hace con un sentimiento interno que revela su existencia humana dentro de la miseria que puede vivir un ser. El hecho de inventar para subsistir en su tiempo, aunque pueda notarse como un acto subversivo con una posible posición política, echa mano del engaño para presentar su ideología, la cual enmarca su forma de ser y existir, aun cuando ese engaño trastoque los cimientos del amor. Es allí donde el estallido sentimental lo libera de la controversia entre la mentira y el amor, pero con un amor que se amarra a la ideología del hecho histórico que se vive en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero en ese primer acto, Pío Miranda va a presentarle a Elvira su gran engaño, su forma de vida y frustraciones. El monólogo intenso de Pío Miranda desvela todo su proceso y lo descubre, ya ante Elvira, pero también ante el espectador, quien ahora espera cómo se resolverá el conflicto. La misma Elvira, al escuchar semejante desfachatez, le indica:

Elvira: “Vivimos tan mal, Pío Miranda, con los helechos y los canarios, y el “Ecce Homo” detrás de la puerta… vivimos tan mal…”

Allí notamos la tristeza profunda que habita en Pío, agobiado por la existencia misma y la angustia. Ve que debe inventarse un mundo para existir, dado que sabe que el mundo real es demasiado grande para él. No obstante, la fantasía lo hace tener ese mundo en sus manos y hacer posibles sus sueños de traspasar las fronteras, pero aún así no atraviesa ni siquiera las fronteras de sus miedos hasta que se presenta junto a Elvira y luego, en el momento final, ante todos.

Esa certeza cancela el proyecto koljosiano de Pío Miranda, que no ha sido más que una cobarde postergación, una patética engañifa que cobra la forma de un proyecto de vida solo desplegable en el ámbito desprendido y noble, y remoto de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Mientras que Gardel, el triunfador cosmopolita y jovial, es la donosa realización del que siempre hubo en él; los Ancízar, el simpático espectador que es Plácido y el retórico Pío Miranda no han tenido ni siquiera un destino que arrastrar: sueñan que viven, sonámbulos, bajo una dictadura sorda y muda. Al cabo, Gardel parte tras dejar sus señas postales, y los Ancízar son de nuevo aventados a esta “equivocación de la historia”. Pero Miranda se ha salvado al traicionar, de toda forma filantrópica y futura, al acatar el mandato de ser, a su vez y por primera vez, el que siempre hubo en él: una herida viviente, aquí y ahora, que lo culmina con su última intervención, donde se deja descubrir por Gardel y por todos los presentes en el brindis en la casa de los Ancízar, desplegando toda su voracidad de inquietud y ocultamiento, de esa equivocación de la historia que vive en su mundo, y deja colar su verdadera realidad y su verdadera política, al desnudarse ante su novia, diciéndole que no existe nada, tal como lo deja ver su último monólogo:


Pío: Está bien, señores... se acabó... vayan a vislumbrar a sus madres... ¡se acabó! Tengo diez años aquí... con el almuerzo al mediodía... Todo esto empieza... porque... digamos... veo un perro, así, con los huesos marcados... un costillar de perro... y me digo: coño... el perro con los huesos... como si la respuesta fuera mía... Excúsenme... no es verdad... no es mía... No es mi culpa... no me cabe el país... No tengo por qué responder... (Desesperado) Soy un príncipe... un boyardo sangrante... Excúsenme... no sé... maldito sea... no sé... no fui yo... me lavo las manos.... (A María Luisa) No hay nada en Ucrania. No sé dónde queda Ucrania. No hay Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. No hay Kamenev ni Zinoviev... no sé pronunciarlos. No hay Trotsky... ¡No hay Alliluyeva! ¡No hay Stalin! ¡No hay ventanal de la zarina, ni Bujarín doliente! ¡No hay Lenin! ¡No hay nada...! (pp, 43, 44).

María Luisa: Pío…

Pío: Preguntale a Elvira, ella sabe, ella es la única que sabe.

En conclusión, José Ignacio Cabrujas nos muestra, en su mejor obra, El día que me quieras, el disfrute de una comedia satírica que nos lleva de paseo por la apacible Caracas antigua, con todos sus signos y costumbres, con su estructura, sus valores, su tiempo y espacio; todo esto a punto de eclipsarse cuando se hace auténtica la presencia de Carlos Gardel, el cantante que conjugaba todas las formas deseadas. Esta fusión de placidez ancestral y revolución sensual, en el tejido que urdió el autor de esta obra, agregando a ello una extraña sazón: hacer que los personajes hablen hoy, con un lenguaje de 1935, Cabrujas lo llevó al mejor término. Y desde esta latitud, caminando… sin olvidar la libertad de su idea, su letra, su acción y, sobre todo, su política dentro de la obra. A fin de cuentas, de lo simbólico de la preexistencia personal, negada para mayor desvalorización estética en casi toda la dramaturgia de izquierda de la América Latina pujante, y el deseo de espectáculo, y la existencia del icono visual y del teatro para recrear, con lo cual escaldó Bertolt Brecht a los teatros del mundo.

Un Pio Miranda que desnuda su verdad y, retirándose de la casa, la abandona como dejando en el abandono su sueño cuando indica que: “(...) Yo debo explicarle a un perro el porqué de su costillar… Yo… estoy mal… yo… me voy… y nunca más volveré a esta casa… No me esperes… ¡No hay nada! ¡No pasa nada! Mentí…” (…) Mientras María Luisa se sienta y desliza sobre el mueble la bandera con la hoz y el martillo, que representa el sueño de su vida koljosiana, que de ahora en adelante vivirá en la calle Gato Negro.

Sin embargo, se hace énfasis cuando los personajes, especialmente las mujeres, piden con vehemencia a Gardel que interprete “El día que me quieras”, la cual canta y luego se marcha, dejando un vacío profundo en la escena con todo lo que ha desvelado Pío Miranda. En ella se utilizan otras canciones, como “Amores de estudiantes”, “Cuesta abajo” y “Sus ojos se cerraron”.

La obra nos lleva a u descanso de reflexión, donde luego nos presenta un final abierto. Se nota como Maria Luisa despliega la bandera del Partido Comunista sobre el sofá. Pero también queda allí la maleta con sus cosas, sus libros. La ilusión se ha culminado en una sola jornada que arranca en el mediodía hasta la medianoche. No se sabe si Pio Miranda volverá a la casa de los Ancizar, si habrá matrimonio, dejando el viaje en el limbo al igual que a la revolución. Queda la bandera como un símbolo que representa una cosa, que no saben en ese momento que es, dado que la ideología se ha quedado en los libros y pensaientos de los teóricos leidos por Pio Miranda. Es notorio que todo el hecho referido sobre el materialismo hitorico descansa en cada palabra de  Pio Miranda, donde la fantasia de sus pensamientos, pretende hacerlos realidad, pero que solo quedan en el deseo. Es remover su mundo interior, para intentar conseguir un mundo mejor en un futuro. “El día que me quieras” se deja colar por los sentimientos de una verdad que se confunde entre amor, ideología y el imaginario de una sociedad pujante. 

Por otro lado, podemos ver un progreso en la fundamentación del matiz político en la obra Sagrado y obsceno de Román Chalbaud (1931). En ella se realiza una fusión de creación activa, significativa para esta dramaturgia y un importante avance en el teatro nacional. Sagrado y obsceno es el primer sainete satírico venezolano, donde aparece con mucha majestuosidad el humor negro que marcará las futuras producciones de este autor. Tiene una estructura enmarcada en un contexto social y político donde se desarrollan los personajes, que viven en el imaginario del dramaturgo. Chalbaud nos presenta su punto de vista político en esta obra, pues la enmarca rápidamente dentro del contexto sociopolítico, al mostrar cómo va desapareciendo la autoridad salvadora, presentándola como la enemiga. En ese mismo fondo de la obra parece ponerse en movimiento un mundo que busca cambios ideológicos, demostrando la carencia de un eje o centro fijo, que surge de la crisis de identidad. Esta obra, representada en el espacio-tiempo de una Caracas del auge petrolero y la pacificación de los guerrilleros de las décadas de 1960 y 1970, busca intensamente reflejar los sufrimientos sociales y la culminación de un sueño que se pierde entre las montañas junto con sus armas de lucha ideológica. Desde el primer momento en que el autor presenta al personaje de Pedro, como un exguerrillero del proceso ideológico marxista, la obra adquiere un tinte marcadamente político sobre la Venezuela de las décadas de 1960 y 1970. Esa pacificación de los grupos guerrilleros trajo consigo la consolidación de una democracia más robusta, en crecimiento para la época; sin embargo, ya comenzaban a verse los grandes males de una democracia que se presentaba como el desarrollo más eminente de una sociedad en vías de desarrollo.

El autor ubica a esa Venezuela pujante en una pensión donde pueden existir todos los males que aquejan a una sociedad, pues la variedad de personajes así lo asemeja. Por ejemplo: Edita, una solterona que cose, reza y enseña catecismo, a la vez que gobierna la pensión. Allí podemos ver cómo este personaje va desdibujando esa especie de gobierno que rige una democracia que avanza con tropiezos, y que el autor coloca en manos de una mujer, a la manera del personaje de la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, pero en tiempos y espacios distintos. Mientras que Ángela, una adolescente protegida por Edita, quien la está preparando para su primera comunión y realiza los quehaceres de la casa, vive su ilusión como cualquier adolescente que sueña con algo más allá de la vida cotidiana.

El dramaturgo coloca a este personaje de una manera muy inocente, que se deja manipular y moldear al antojo de quien lleva su custodia; sin embargo, es arrastrada por el amor. Ese amor imposible choca con lo establecido en la sociedad. Ella se enamora del exguerrillero idealista, y, a modo de Romeo y Julieta, crea una barrera de conflicto que impide que se unan en su amor eterno. Pero, al final del último acto, “a la manera venezolana”, es robada y llevada a su morada, a una nueva vida. Ángela es sumamente creyente de la religión católica, mientras que su amado es un marxista-comunista que no cree en la existencia de un Dios ordenador de todos los sistemas. Pedro, el joven comunista que se enamora de Ángela y que viene a buscar unos paquetes que dejó escondidos el enamorado de Glafira en su cuarto, conoce a Ángela y, desde el primer momento, queda deslumbrado, creando una fuerte confusión de sentimientos encontrados entre su ideología y su nuevo amor.

Entre ellos hace vida en la pensión Juan Sebastián, un loco cuerdo que encuentra la realidad demasiado fea y solo quiere escuchar la música de su tocayo Bach. Tal vez esa realidad avizora los desmanes de una sociedad en descomposición, con la llegada de los hechos de la realidad latente de un mundo más dividido por los conflictos ideológicos y religiosos. Otro ejemplo muy potente dentro de esta pieza es el personaje del joven Ignacio, idealista que pierde su empleo al retirarse del partido del gobierno. De esa forma, se muestra cómo los seres solo tienen valor cuando están dentro de las filas políticas, pero cuando se dan cuenta de que aquello no se corresponde con sus ideales, se van y luego son desechados como piltrafas humanas que no tienen nada que ofrecer al sistema. Ignacio se coloca en ese paraje ideológico, desde un punto de vista político, analizando cómo el poder político manipula y maneja a su antojo las necesidades del hombre. Allí, dentro de esa pensión, cohabita un personaje muy emblemático que marca la consistencia de una realidad palpable y cruda de las sociedades en vías de desarrollo: Glafira, una prostituta con buenos sentimientos. Ella es la principal sostenedora de la pensión con sus pagos quincenales, que realiza sin falta. Es una manera de ver desde adentro el alma de los seres que allí coexisten. En una oportunidad, ella le indica a Edita que es el único sostén de la pensión y que su alma es quizás la más pura de todos, tal como lo podemos ver en el siguiente texto:


Glafira: ¿A que no lo dices? ¿Ves no te atreves? ¿A que no dices puta?

Puta, puta. Yo si puedo decirlo.

Edivia: Dios nos proteja.

Ofidia: La virgen se apiade de nosotros.

Glafira: Si tú quieres di “cortesana”, que te puede parecer más elegante y es más cursi… ¡cursi! ¡Te va muy Bien!

Editara: ¡Vas a pagar todo esto! ¡Lo vas a pagar!

Glafira: ¿Cómo te pago  a ti mis quincenas? ¡Puntualmente!

Edita: La decencia no se compra.

Glafira: Pero se vende. Tú vendes tu decencia… si es que la tienes ¿Qué te crees? ¿    Qué eres una señora porque eres amiga del cura, del general y del dueño de la fábrica? Cuando recibes el dinero que yo me gano con mis piernas y con mis senos estas cometiendo un acto de prostitución. Eres tan prostituta como yo. (p, 265).

 

Vemos cómo este personaje desenmascara al gobierno reinante de la pensión y a la misma sociedad que se esconde detrás de supuestos principios, pero que por dentro están tan marchitos como todos. Esta es una neta postura política del autor, que critica la democracia y a la Iglesia, poniendo en conflicto a la dueña de la pensión y a la prostituta que le cancela quincenalmente su pago. Glafira le recrimina que el hecho de que tenga influencias en el alto gobierno, eso no le da licencia para humillarla por ser prostituta. Es esa humillación perenne de este mundo, donde el poderoso siempre intenta humillar al oprimido. Ahora bien, esta obra está completamente llena de procesos ideológicos y ataques a un sistema, y de la postura del otro. Desde el primer acto se pueden notar fácilmente estas actitudes, como lo sugiere el siguiente texto de Glafira, cuando entra cantando:

Glafira: (Cantando) Conozco a Cuba primero… y al extranjero después. (p, 199).

Con este texto el autor señala, la simpatía del personaje con el sistema reinante en Cuba, seguidamente notamos en el personaje de Gregorio que grita a cuatro voces:

Gregorio: ¡Que gritaba! ¿Cuba sí, yanquis no? (p, 207).

 

La obra está diseminada, en todo su contexto, entre apologías a un régimen comunista y ataques al sistema democrático imperante en la actualidad. Esto es lo político que ve el autor y que, a través de sus personajes, va dibujando para dar su visión del hecho histórico del momento. La trama teje una especie de conflicto, acompañado de otros personajes que ayudan a crear la atmósfera del clímax. Por ejemplo, el Chamito, un niño que hace los mandados en la pensión, lleva a los personajes a soñar en su inconsciente, llevándolos del imaginario real a la posibilidad de hacer realidad sus sueños; camina lleno de ilusión e inocencia, como la inocencia de un país que no se deja morir. Por otra parte, se encuentra el mandamás de la cuadra, al que todos deben pleitesía. Este personaje representa la descomposición de una sociedad acomodaticia: el Papa Upa, cabecilla de un grupo de rateros y mayor oponente del noviazgo de Ángela y Pedro, pero que al final es vencido por la unión de todos para derrotar a la maldad. Otros personajes son El Furruco, Araguato y Trampolín, compinches de fechorías del Papa Upa, que lo apoyan en cada una de las marrullerías que este diseña. Allí notamos, pues, los personajes oponentes y ayudantes que sirven para el desarrollo de la trama. De igual forma, Edita tiene sus aliadas, las amigas beatas Eivia y Ofedia, que coadyuvan a la permanencia de la iglesia en el pueblo y sus preeminencias entre los desposeídos. Por otro lado, se encuentra el Padre Lorenzo, que hace las veces de celestina de la trama; es el personaje que se satiriza en toda la obra. Algo parecido a este personaje es la similitud con fray Lorenzo de Romeo y Julieta de Shakespeare, que se muestra como el salvador de la doncella enamorada, así lo afirma el siguiente texto:

 

Padre: Si estuviéramos en Verona y ese tiempo de hoy fuera otro siglo, fray Lorenzo te casaba y luego te daba un sobrecito con polvos mágicos. Y tú perecerías muerta. Pero no… el sobrecito de polvos mágico va a ser una mentira. (p, 271).

 

Finalmente, el autor resuelve la escena como un juicio a la Romeo y Julieta, pero en una versión muy moderna, donde al final el joven Pedro decide robarse a su enamorada Ángela, sin importarle lo que digan los demás. Ángela, por su parte, decide dejarlo todo atrás: el rosario y su recuerdo de la primera comunión, como muestra de su amor hacia el comunista. Sin embargo, su huida es interrumpida por Papá Upa y su banda, quienes inicialmente se lo impiden, pero luego son salvados por la prostituta Chamito, Ignacio (el joven idealista), Juan Sebastián y otros compañeros de Papá Upa que deciden darle un golpe de Estado. Ángela se enfrenta a Edicta y decide construir un nuevo mundo con su amado comunista, mientras Edicta y sus cómplices son apresadas por la policía, quienes allanaron la pensión. La policía fue notificada por la misma Edicta, y el hallazgo de un paquete compromete a Glafira y a su exnovio, que está preso. Al encontrar un grabador, la policía decide llevarse a todos. Ellos intentan escapar, pero al final son llevados a la cárcel, salvándose solo Chamito y Juan Sebastián, quienes se ocultan en el baño. Esta es la salvación que el autor propone: la inocencia de ese pueblo inocente que cree en su propia verdad y en su propio camino. En definitiva, el mismo matiz político sirve para unir en un solo amor la ideología y la religión, que el hombre suele dividir; algo parecido a la canción de Ricardo Arjona (cantante guatemalteco), aunque fuera de contexto, sirve para comparar, en dos palabras, todo este texto: “Lo que las ideologías dividen al hombre, el amor con sus hilos los une en su nombre”. Y esa unión hace que, más allá de una visión política y religiosa, el hombre y el amor se encuentren en un solo cuerpo.

Ahora, luego de notar el matiz político de El día que me quieras y Sagrado y obseno. Nos toca dibujar con las palbras lo referido que nos lleva la obra Anselmo y Gata de Javier Moreno, farsa neoronal basada en un cuento de los hermanos Grimm, estrenada en la sala Horasio Peterson del Ateneo de Caracas el 11 de marzo de 2004. En ella se pueden encontrar ese matiz político, con un sadismo que hurga en la miseria humana desde muchas perspectivas. Si bien es cierto que esta obra parte del cuento de los hermanos Grimm, “Hansel y Gretel”, no deja de sorprendernos con sus fundamentos netamente políticos, que el autor fue transmitiendo a lo largo de la obra. Anselmo y Gata es el título de la obra merecedora del Premio Nacional de Teatro en 2004. Es bien sabido que el terrorífico cuento de “Hansel y Gretel” puede ser aún más grotesco, más falto de ética, más realista. La versión teatral de Javier Moreno parte del cuento original, que nos narra la historia de Hansel y Gretel, hijos de un pobre leñador. A causa del hambre, la mujer del leñador (la madrastra de los niños) lo convence de llevar a los niños al bosque y abandonarlos allí. Hansel y Gretel escuchan el plan de su madrastra y recogen guijarros blancos para dejarse un rastro que les indique el camino de vuelta a casa. 


Perdidos en el bosque, encuentran una casa hecha de pan, con ventanas de azúcar, la cual empiezan a comer. La habitante de la casa, una vieja mujer, los invita a entrar y prepara un banquete para ellos. Cogiendo joyas de la casa de la bruja, ellos partieron a su casa para reunirse con su padre, cuya mujer había muerto por entonces. "Así fue que toda necesidad llegó a su fin, y vivieron juntos en perfecta felicidad". La bruja de la casa de caramelo se calcinó, y quedó allí muchísimos años más; ahora la casa es habitada por dos niños que comen poco a poco la casa.


Por el contrario, en la obra Anselmo y Gata, el autor nos muestra una acción desgarrada por la misma miseria humana, trasladándonos a una realidad venezolana. Javier Moreno cimienta la leyenda de dos jóvenes venezolanos, indagando en el público la aceptación de su conveniente historia como país. El efecto es una comedia de elevación, representada por actores que dan sabor y vida a sus héroes criollos, logrando conquistar las risas y la aceptación de un público exigente. Sin los aludidos gestos de una comedia ligera, sino buscando la participación activa del público. Esta obra maneja con mucha ligereza los entresijos, con un matiz político que va tejiendo, entre líneas, una postura política de la Venezuela del momento. Reconocer el lenguaje con el que se quiere hacer partícipe a un colectivo, es clarificar sus argumentos y lo que va dando en cada parlamento al espectador, quien, entre risas, piensa y analiza una situación distinta a la realidad que vive. Anselmo y Gata son dos personajes bien llevados para divertir, pero divertir con la dureza y franqueza de una realidad existente de un pueblo que no ve su reflejo en el espejo.

Este argumento criolliza a los ya desarrollados hermanos Anselmo y Gata, quienes también han sido abandonados por su padre y que posteriormente encuentran la casita de chocolate. Con la simplicidad propia de unos ingenuos y el interés de un facineroso en pleno crecimiento, llegan, sin medir las consecuencias de sus acciones, a un territorio donde todo es astucia, en este caso, ventas y negocios: una casa de "mala vida", con su infaltable bruja que quiere aprovecharse de ellos. Allí encuentran a una hechicera que regenta el lugar con la serenidad y experiencia de una mujer con mucha vida y conciencia. Sus parlamentos son de antología poética-social (al estilo de una Garza o de Doña Bárbara). Con ella trabaja un sirviente que ayuda en la casita de chocolate y, de alguna manera, entrena a las novatas en la profesión más antigua del mundo.

Una comedia, una farsa, un cuento y un país. Anselmo y Gata constituye una obra de grandes interpretaciones, con un fondo real político trabajado de manera divertida. La carga de miseria que se ve a lo largo de toda la obra es la misma que podemos percibir en nuestra realidad venezolana: un país que se pudre en medio de la riqueza, pero que, en el fondo, la pobreza lo carcome por todos los puntos cardinales, tal como lo asevera el siguiente parlamento:

Don Lorenzo: Pero tú  puedes ser tan desnaturalizada.

Egidia: A mí no me toca. Yo no tengo nada natural con tus muchachos cagones.

Don Lorenzo: Pero son míos. Lo mío es tuyo. Son buenos muchachos.

Egidia: No lo vuelvo a discutir. Ya están grandes… O me voy yo, también sirve.

Don Lorenzo: No sirve un… un cuerno, ¿entiendes? Son mis hijos, coño.

Egidia: Estamos progresando. Ya dijiste por lo menos una grosería. En cualquier lugar van a estar mejor que aquí. Lejos de la miseria

Don Lorenzo: Esta es honrada pobreza. La miseria llega cuando se pierden las perspectivas. (p. 10). 

Este diálogo entre Egidia y don Lorenzo, al principio de la obra, nos da una idea de la posición social de la familia a la que pertenecen Anselmo y Gata. La discusión de la madrastra revela que no fueron criados en un hogar normal; más bien, discuten para ver quién se queda con los jóvenes o quién los echa del lugar de miseria en que viven. De igual forma, algunos parlamentos posteriores nos indican cómo se debe honrar la pobreza, ya que la miseria llega cuando se pierden las perspectivas. Por el contrario, ella le recuerda: "¿Qué perspectiva? ¿Que si no se acuerda del desayuno de esta mañana? Que ha sido una postura de gallina para tres". Le indica que él se pone en perspectiva y que es solo una "ñema". Si observamos detalladamente, el diálogo nos muestra la miseria que impera en la familia, ya que compartir una porción de huevo para tres se pierde de perspectiva en un país que, lleno de riquezas por todas partes, no es capaz de proporcionar el sustento adecuado para levantar a una familia y no dejarla hundirse en la pobreza extrema. El autor expresa en estos diálogos su posición política y la situación de la sociedad venezolana más desposeída en cuanto a la consecución del sustento diario. Más adelante, el dramaturgo reafirma su denuncia de la miseria y de cómo estos jóvenes viven en pleno abandono, aunque se encuentran en compañía de su padre y su madrastra, tal como lo indica el próximo parlamento:

Egidia: No, si se pone con esas profundidades, hasta yo me dejo la barba y me rasco el ombligo. Usted falta a esa responsabilidad. Son un par de montunos, y lo que es peor, de factos tienen más que un poquitín. Dale ala a esos pichones que se te van a pasmar.

Don Lorenzo: Alas como las que te dieron a ti de niña.

Egidia: Yo no tengo alas, yo tengo hambre y necesidad. Es un irresponsable que tiene esos hijos en la inopia. Ya están estiraditos y Anselmo me mira. (p. 11).   

Anselmo y Gata es una obra muy cargada de una denuncia social sobre la pobreza y el maltrato a la adolescencia, tanto por sus padres como por su madrastra y algunos foráneos. Como sucede cuando Anselmo y Gata llegan a la casa de chocolate, después de haberse perdido en la selva, allí son engañados, manipulados e intercambiados por dinero. Se les induce al sexo a través de lecciones bien detalladas, como muestra el diálogo de la Hechicera:

Hechicera: Una primera lección. Esto, que se parece a la vida misma, se divide en vienes y servicios, o valores de intercambio. Todo en la vida es dinero. No importa cuán flacos, descuidados y silvestres, no importa cuán inexpertos, imprecisos, torpes, nunca pierdan conciencia del propio valor. (p. 18).

En otras palabras, el autor nos indica con este texto su posición política referente al sistema capitalista y cómo lo maneja y manipula. Cuando la hechicera dice que todo se divide en bienes y servicios, o valores de intercambio, afianza esa posición. Afianzándola aún más cuando dice que todo en la vida es dinero. El dramaturgo utiliza la obra para expresar su postura respecto al sistema imperante en el momento y lo critica en su profundidad formal. Son las entrelíneas, que con mucha astucia coloca, las que dejan ver su perspectiva política. Más que un burdel para simbolizar un país prostituido y saqueado de mil y una formas, es la miseria operante del hombre en su entorno familiar, que es el sostén de la sociedad como país. Allí se desarrolla buena parte de la obra, y si miramos a fondo los diálogos, podemos notar que en esa casa de citas, “La casa de chocolate”, se mezclan: el secuestro, la prostitución, la violación de los derechos humanos, el tráfico de personas, la complicidad, la corrupción, la traición, la pobreza, el abandono y hasta un golpe de Estado, que se realiza de manera muy metafórica casi al final de la obra, con la vuelta al poder de la hechicera y su nueva aliada, Gata. Viéndolo bien, el autor quizás quiso entrever una Venezuela que aún no se encuentra consigo misma y que, de igual manera que antes, las cosas no cambian, sino que siguen como siempre; o simplemente se refiere al refrán popular que dice: “Son los mismos, solo que se cambiaron el cuero”. Es la pobreza extrema que tropieza en todos los rincones del país, y es la forma como el autor la plasmó en sus personajes, que se cruzan para vivir juntos la desdicha de sus almas y la realidad que los corroe cada día y a cada instante.

En conclusión, se puede decir que estas tres obras están fundamentadas en ese matiz político. Si bien es cierto que las distancia, el espacio y el tiempo, también lo es que presentan similitudes en cuanto a los sistemas operantes del momento. Sin embargo, se observa que esos males sociales continúan, y que las políticas que las obras denuncian requieren un verdadero cambio, independientemente de la ideología. Es decir, que se mire más allá de la forma superficial y no se quede en los documentos inertes de los archivos del sistema. El día que me quieras, con su ilusión de un sistema en deterioro personalizado por Pío Miranda, refleja su creencia y fantasía de una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tomando el té de samovar de la tarde en la calle Gato Negro, deja entrever la miseria humana de la mentira y la ilusión de un mundo mejor y justo. Pedro y Ángela, buscando el amor eterno, se ven envueltos entre la pasividad de la religión y las balas de los guerrilleros que se esconden en las montañas, cargados de esperanza, a la espera de un futuro coherente y apegado a sus sueños, esperando esa quimera que algún día se hará realidad: la toma del Capitolio. Por otro lado, Anselmo y Gata intentan salir de una cruel miseria y un destino desolador que los ahoga en un país que vulnera su existencia como seres humanos, sin pensar que la elección de una casa de chocolate los llevaría a la cruel realidad de un sistema que profundiza la miseria y traiciona la verdad de la libertad, sustentándose en la avaricia y el poder subterráneo. 

 

Fuentes consultadas:

Teatro I, Román Chalbaul. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela. 1° edición, 1991.

Teatro I, J. I. CABRUJAS. Editorial. Monte Ávila Editores. Caracas Venezuela. 2° edición, 1994.

www.analitica.com/bitblio/msocorro/chalbaud.asp - 40k. es.wikipedia.org/wiki/José_Ignacio_Cabrujas - 28k

Javier Moreno, (2004) Tres Piezas Duras de Javier Moreno. Editorial TAOSA. Caracas,                     Venezuela. 

 

 

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