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16.10.26

Niña Vieja: Las mujeres se entrelazan como las hebras de un chinchorro.

 

Leonardo Guilarte Lamuño / Red de Espectadores

Función del domingo 12 de abril de 2026 / Sala Doris Wells / Casa del Artista

Niña Vieja es una obra con la cual regresa la Compañía de Teatro Estable Casa del Artista. Una pieza con dos personajes femeninos, una madre y una hija, un drama que nos introduce en un tiempo pasado gracias a la radio que nos conecta con una época y una mujer que nos hace pensar en la Penélope de Joan Manuel Serrat, en la Rosita de Doña Rosita la soltera del poeta Federico García Lorca, en aquella mujer solitaria de En el muelle de San Blas de Maná; una mujer, no tan joven, que al igual que la del muelle de Maná escuchó a su amor jurar que volvería y empapada en llanto, ella juró que esperaría.

El talentosísimo dramaturgo Benjamín Farías, no se limitó con las referencias implícitas y eso le brinda una transversalidad etaria al libreto. A ratos nos sentimos cerca de Lorca y un poco más allá estamos sentados en el muelle de San Blas, con algún banco similar al de Penélope. Sentimos que esta historia la hemos visto, pero no en el teatro o la música, sino en la vida, pues continúa siendo la historia de las mujeres, que pasa el tiempo, pero no pasan las dependencias.

La historia de Venezuela parece confirmar que somos un país en espera, en espera de superar el gomecismo, en espera de internalizar el daño de ese grupo terrorista que fue el perezjimenismo, en espera de comprender la magnitud de la traición de Rómulo Betancourt y Rafael Caldera en Nueva York y que luego la vuelven fotografía en la casa Punto Fijo de Rafael Caldera en Caracas, en espera de que no se siga invisibilizando el terrorismo de Estado de Betancourt, Leoni, Iglesia Católica, Fedecámaras, URD, con la complicidad de Radio Caracas Televisión y Venezolana de Televisión que por allá de 1964 a 1974 era propiedad de los Vollmer; seguimos en espera de que la bonanza petrolera llegue al pueblo llano y no se quede represada en botellas de whiskey 12 años en el sureste caraqueño; seguimos esperando la inclusión, igualmente a un parlamento nacional de izquierda, para que se acabe de una vez por todas eso de que quienes tienen la propiedad de una empresa se pueden quedar con el 80% de las ganancias, en español matemático: imagina que una empresa tiene 500 empleadas y empleados y solamente 2 socios, y que a final del período fiscal se ganó un millón; bueno, lo que dice la Ley del Trabajo es que esas 2 personas se pueden quedar con 800 mil, 400 mil cada uno, y que a las otras 500 les quedarán menos de 400, es decir, mil veces menos, porque recuerda que a quienes tiene cargos más altos les quedará más plata, vaya que esto es lo contrario a lo que hacía Robin Hood, la Ley del Trabajo permite que quien más tiene le robe a quien menos tiene. En español marxista – leninista: aquí la explotación laboral es legal. Estamos a la espera de que vayan a la cárcel quienes han practicado la operación colchón en canales de televisión y emisoras de radio, también los de la payola (y no me vengan con ídolos de una generación, hijas e hijos de la payola es lo que son), igualmente los violadores del derecho humano al debido proceso, los nepotistas, quienes violan la Constitución y quienes como alcaldes y gobernadores andan colocando sus nombres y rostros en vehículos oficiales, edificaciones, franelas y suponemos que quizá también entre las nalgas de algunas y algunos; estamos a la espera de que vuelva la luz y también el agua. Una obra sobre la espera, en este país, evidentemente es un acierto.

Pero la espera, también es obsesión. Esta mujer que está esperando, vive en un mundo como el de Penélope o sea está como obsesionada con la cuestión y nada de lo que le diga su madre altera esa situación, no logra cambiarla, la afecta, pero no logra que comprenda lo que vive. Entonces la obra se nos convierte en una reflexión sobre la relación madre – hija, en este caso: Cipriana y Renata, respectivamente.

El sufrimiento - esperanza de Renata se mantiene, pero no como algo que sucede en el pasado, que así lo es, sino como un reflejo de que también está pasando en el presente, que la mucha universitaria de 2026 no está tan alejada de Renata.

Es algo bien simpático lo que hace el dramaturgo, que nos pone en el pasado para contarnos el presente y casi que para decirnos Mira, Renata es como la del muelle de San Blas e igual le sucede a las muchachas hoy en día, a las adolescentes les está pasando mucho este tema, relaciones tóxicas de pareja en adolescentes, obsesiones donde hay violencia de género psicológica y también violencia de género física, nada el dramaturgo decide hablarnos de la vulnerabilidad de la mujer de cómo además el corazón te juega en contra, se convierte en tu enemigo. La madre en cada conversación se estrella contra el muro de la obsesión y la esperanza.

Edison Querales, en su estreno como director, comprende la obra al dedillo y la puesta en escena refleja ese combate externo e interno que viven Cipriana y Renata. La atmósfera que crea es asfixiante, por eso le funcionan unos pocos metros y uno que otro elemento escenográfico. El hogar como representación de la sociedad, de sus condicionamientos, insensateces, impotencias e incertidumbres. En ese hogar todo encaja, la iluminación, la dirección de arte, el sonido, el ritmo con el que se mueven, con el que hablan.  El presente teatral nos arrastra al postmodernismo, en otro contexto, con más presupuesto, si todo lo de dirección de arte fuese de una sola época, esta obra lograría una factura más alta.

Yulizay Rada interpreta a una Renata a la que le falta el recorrido de las funciones para completarse; ojo que no estoy señalando que el personaje está por hacerse, todo lo contrario; el teatro, a diferencia del cine y las series, está vivo y los personajes crecen en la medida que sus intérpretes tienen la posibilidad de hacer funciones, este es el crecimiento al que me refiero, el que brinda el contacto con el público, el de la posibilidad de seguir encontrando matices en cada representación.

Laura Marquina como Cipriana, empezó con el ímpetu contenido que posee el personaje, pero en el primer tercio de la obra, andaba corriendo con los diálogos, eso la alejó del personaje. Cuando logró controlar el ritmo, entramos en el mundo interior de Cipriana, sus dudas, el anhelo por un futuro de bien para su hija, su desesperación, angustia y preocupación como madre, esa gran necesidad de romper con un patrón de relaciones tóxicas. Laura consigue momentos brillantes, se convierte en esa madre que termina siendo todas las madres. Esa que queriendo ayudar termina dañando.

Ambas mujeres -personajes- actrices llegaron al corazón del público, lo prueban los aplausos del final y los rostros de satisfacción y grata sorpresa.

Queda entonces la Compañía de Teatro Estable Casa del Artista para mucho más, si las líneas de investigación y propuesta narrativa y estética son pasado como conector con el presente, mujer como universo de exploración e interpretación de la realidad, y difusión de la dramaturgia venezolana contemporánea, estaremos con una alta motivación para hacerle seguimiento a las propuestas de esta Compañía.

FICHA

Agrupación: Compañía de Teatro Estable Casa del Artista.
Dramaturgia: Benjamín Farías.
Dirección: Edison Querales.
Actuación: Laura Marquina y Yulizay Rada.
Coordinación de Producción: Fabiana Gómez.
Diseño de Iluminación: José Medina.
Realización Escenográfica: José Félix Álvarez.
Producción: Dante Lombardi.

Leonardo Guilarte Lamuño @leonardoguilartel

Es dramaturgo, guionista, docente, director y publicista. Con más de 30 años en el mundo audiovisual, también participa en experiencias teatrales. El año pasado, en julio, estrenó como dramaturgo y director: Extraños en el Subte, en el Festival de Autores In-visibles”, y posteriormente en noviembre, ¿Qué vaina esta?. Actualmente escribe la trilogía de monólogos “Sentir las cadenas”. Forma parte de “Taima Teatro” y dirige el emprendimiento educativo Cursos Solidarios @cursos.solidarios .

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