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3.10.26

Yazmina Jiménez: 76 años de una vida consagrada al teatro zuliano

 


La actriz, directora, dramaturga y formadora celebra este 3 de octubre un nuevo aniversario rodeada del legado que construyó sobre las tablas de Maracaibo.

Por Luis Perozo Cervantes

Corría el año 1949. El mismo en que se colocaba la primera piedra del Hotel del Lago, en que se fundaba el Club Náutico de Maracaibo, en que Jorge Luis Borges publicaba El Aleph y Simone de Beauvoir sorprendía al mundo con El segundo sexo. El 3 de octubre de aquel año nació en Maracaibo una niña que, sin saberlo entonces, se convertiría en una de las voces fundamentales del teatro zuliano: Yazmina Jiménez.

Hoy, 76 años después, su nombre resuena como uno de los pilares de las artes escénicas en el Zulia. Actriz, directora teatral, dramaturga y promotora cultural, Jiménez representa —como ella misma lo dice— "la memoria viva del teatro" en la región. Su historia, recogida en el primer episodio de la serie documental Historia hablada del Teatro Zuliano, es también la historia de una ciudad que aprendió a mirarse a través del arte.

Una vocación que nació en el patio de una casa.

"Dicen que uno nace con lo que va a hacer en la vida. Yo creo que yo nací", confiesa Jiménez al inicio del documental. Hija de un cantante de tango y de uno de los grandes deportistas que ha tenido Venezuela, creció en un hogar donde el arte y la disciplina eran moneda corriente: Víctor "Chinito" Jiménez.

Sus primeros escenarios no fueron tablas profesionales, sino el patio de su casa. Entre los cinco y los siete años, junto a sus hermanos, montaba obras que su madre —maestra de escuela— les contaba: Caperucita Roja, La Bella Durmiente, historias de Las mil y una noches. "Armábamos un tablado en el patio y ahí hacíamos teatro. Y yo dirigía, porque yo era la que armaba", recuerda con una sonrisa que atraviesa la pantalla.

Pero fue una noche en Ondas del Lago la que selló su destino. Tenía apenas cinco años cuando su padre la llevó a la emisora. Allí vio a dos mujeres bellísimas bailando con vestidos ajustados, hablando, girando sobre sí mismas. "Yo me quedé mirando y dije: eso quiero ser yo. Cantante, bailarina... me quedé así, pequeñita, no dije nada". No se atrevió a confesarlo entonces: su padre, hombre de radio y publicista, no veía con buenos ojos que una hija suya se dedicara al espectáculo.

La escuela que cambió su vida.

La adolescencia la encontró participando en grupos de teatro liceístas, casi siempre frustrados por la falta de tiempo y continuidad. "Yo me quedé medio frustrada", admite. Hasta que un día, a los 16 o 17 años, se topó con Homero Montes, actor y docente que se convertiría en una figura clave de su formación.

"Homero era encantador, uno de los hombres más extraordinarios que yo conocí, desde el punto de vista humano y teatral. Con una disciplina y una organización extraordinarias", rememora. Fue él quien la animó a inscribirse en la Escuela de Arte Escénico de la Universidad del Zulia, dirigida entonces por Inés Laredo.

La entrevista de admisión fue reveladora. La maestra, sentada sola en una silla, le preguntó por qué quería hacer teatro. "Porque yo quiero ser actriz", respondió Yazmina. "¿Y usted sabe lo que es una actriz?", insistió Laredo. "Sí, alguien que representa personajes, que estudia literatura, que prepara el cuerpo y la voz". La respuesta convenció a la maestra, quien le advirtió: "Usted va a ser una mujer de teatro. No se junte con malas juntas".

Entre 1966 y 1968, Jiménez se formó bajo la guía de maestros como César David Rincón, el profesor Maldonado en psicología del teatro, Homero Montes en técnicas de actuación y Mario Barrios en expresión corporal. Eran años de efervescencia política y cultural: el Mayo francés había sacudido las universidades latinoamericanas, y el teatro no era ajeno a esa convulsión.

Clemente Izaguirre y el teatro universitario.

Tras la salida de Inés Laredo, llegó a la dirección de la escuela Clemente Izaguirre, un hombre formado en la Alemania Oriental, estudioso de la literatura marxista, que transformó por completo la concepción del teatro en la universidad.

"Él incorporó nuevas materias: esgrima, análisis del teatro político. Nos enfrentó a la realidad del país", explica Jiménez. Se empezaron a montar escenas sobre la droga, sobre las instituciones carcelarias, sobre los hospitales. El teatro dejó de ser solo un ejercicio literario para convertirse en un espacio de reflexión social.

"El teatro forma desde el momento en que el actor se levanta y se presenta en escena. El público te oye, oye tu dicción, tu expresión, oye el cuento que le hablas. Y aprende. El actor debe tener siempre una actitud frente a lo que vive".

Entre 1970 y 1981, Jiménez actuó con el Teatro Universitario de la Universidad del Zulia bajo la dirección de Izaguirre. Fueron años de disciplina férrea: "Se llegaba a las 2 de la tarde y eran las 11 de la noche, y nosotros trabajando". Viajaron por toda Venezuela, participaron en encuentros de teatro universitario, montaron obras como La Matraca, que llenaba el teatro por su fuerte cuestionamiento social.

"Los festivales no eran como ahora, que vas y te presentas. Eran lugares para discutir sobre la estética, sobre las corrientes teatrales, sobre el actor y su función. Había una profundidad en lo que hacíamos".

El Pequeño Teatro: cuando la actuación empezó a ser profesión.

En 1977, Izaguirre fundó El Pequeño Teatro, un grupo que marcaría un antes y un después en la historia del teatro zuliano. Yazmina Jiménez asumió la dirección en 1979, cuando Izaguirre dejó el mando ante las exigencias de la Universidad del Zulia.

"Empieza a haber otra visión: que los actores tienen que ganar dinero, que los actores tienen que vivir de esto". Se creó la Federación de Teatros Independientes, y por primera vez los grupos teatrales empezaron a legalizarse, a tener voz ante los gobiernos y las instituciones que antes los veían como "un poco de charlatanes".

El montaje de La noche de los asesinos marcó un hito: consiguieron una productora, Carolina Ferreira, que logró el financiamiento para la producción, el montaje y el pago de los actores. "Por primera vez recibimos los primeros pagos. Cosas que nos entusiasmaron y fueron buenos pagos".

Una vida dedicada a la formación.

La labor de Yazmina Jiménez como formadora es quizás su legado más perdurable. Fue fundadora del grupo de títeres Tachón en el Colegio Universitario de Maracaibo, tuvo a su cargo el Taller de Teatro y la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia entre 1981 y 1983, y —su participación más importante— fue directora de la Escuela de Teatro Inés Laredo entre 1984 y 1995.

"Esa ha sido una gran escuela", dice con orgullo. Cuando asumió la dirección, la institución había sido desmantelada: "No había nada. Habían dejado una biblioteca pequeña con unos libritos, porque ella tenía una tremenda biblioteca cuando Izaguirre la formó. Desapareció todo. No tenía vestuario, no tenía nada. Cuatro profesores".

Once años después, la escuela era una institución organizada, con un pensum de formación revisado cada año, una sala de teatro para 350 personas con funciones de jueves a domingo, una sala de exposiciones, un centro de documentación y asesoramiento. "Todo eso lo hicimos nosotros. Autogestión".

Pero el Estado, reflexiona Jiménez, nunca valoró realmente el esfuerzo: "Al Estado le interesaba la destrucción. Acabaron con todo".

Mampara: el sueño hecho realidad.

En 1984 fundó el grupo de teatro Mampara, pero no fue sino hasta 1995 cuando se dedicó por completo a su desarrollo. El grupo nació de un taller que Jiménez dictaba a estudiantes de periodismo de la Universidad del Zulia. "Eran puros muchachos brillantes: Jesús Moreno, Gustavo Fes, Gloria Ávila... gente muy brillante que hoy son cineastas, periodistas, profesionales en otros países".

El nombre y la sede tienen una historia casi mágica. Cierto día, el maestro Ildebrando Rosi los invitó a hacer un performance en el casco central de Maracaibo, en la calle Carabobo, porque decían que iba a ser derrumbado. "Lo montamos en la casa que años después es el espacio nuestro. Muchos años después. Estaba escrito que así fuera".

Hoy, la sede del Teatro Mampara en la calle Carabobo sigue siendo un espacio que alumbra las posibilidades de hacer teatro en Maracaibo. Por sus tablas han pasado obras como El inmigrante, Las flores que no te di y la versión de Los llamados del amor de César Chirinos.

La dramaturga.

Jiménez también ha dejado su huella como dramaturga. En 1999 publicó Las flores que no te di y otros textos dramatúrgicos, convirtiéndose en una de las pocas voces femeninas de la dramaturgia zuliana. En 2020, la editorial Sultana del Lago publicó Loa en honor a nuestra madre santísima Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá y un rey es un rey.

"Tiene una obra dramatúrgica en constante crecimiento", señala el documental. Su escritura es una extensión de su pensamiento teatral: profunda, crítica, comprometida con la realidad.

El miedo a perder la fuerza.

A sus 76 años, Yazmina Jiménez no oculta sus temores: "A mí me preocupa perder la fuerza. Si yo pierdo la fuerza, ya no puedo gritar, ya no puedo confrontar, ya de pronto no podré escribir. Si se me va la memoria... que no creo, porque cuando uno escribe, la memoria vuelve".

Pero también mantiene viva la esperanza. Cree en una "escuela libertaria" del conocimiento, donde cada uno comparta lo que sabe: "Si Milton Ferrer sabe escribir, yo lo traigo para que me hable de la experiencia y enseñe al otro. Si él es bailarín, que forme. Que la gente venga a formarse y haya un reciclaje en la formación".

Critica la soberbia de quienes creen tener la razón absoluta: "Cada quien cree que es el que sabe más, que los demás no saben. Y eso no es verdad. A medida que veo crecer a mi bisnieto, que me enseña, que es el maestro y me dice: 'Abuela, estás equivocada, eso no es así'... entonces yo tengo que escuchar a las nuevas memorias, a las memorias puras".

"¿Por qué crees tú que pasa lo que pasa en este país? Porque ellos creen que tienen la razón y no la tienen. Porque nos estamos muriendo".

"El teatro es para vivir".

La reflexión final de Yazmina Jiménez en el documental es una síntesis de su filosofía de vida:

"De eso se trata: de construir un mundo de la creación y tener sentido de lo que es la profesión. O si no la quieres llamar profesión, dile oficio. El electricista tiene un oficio, y hay electricistas buenos y excelentes, y hay electricistas malos que trabajan para ver si se ganan un bolívar. El teatro es para vivir. Y el vivir no es solo comer, porque compartir la miseria no es vivir. Últimamente es lo que estamos haciendo. Pero sí creo, y creo que es posible, un mundo mejor".

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Hoy, 3 de octubre, cuando Yazmina Jiménez cumple 76 años, su vida se alza como un testimonio de resistencia, disciplina y amor por el teatro. Desde aquel patio de una casa maracaibera donde dirigía a sus hermanos, hasta la sede de Mampara en la calle Carabobo, su historia es la de una mujer que nunca dejó de creer en el poder transformador del arte.

Como ella misma dice: "El juego está en la escena. La alegría es cuando yo me monto en el teatro. Ahí es donde entra la verdadera realidad del arte".

Feliz cumpleaños, maestra.

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