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25.10.26

Festival Internacional de teatro de Oriente

 

Miguel Flores

Mientras pedaleo en mi bicicleta por los alrededores de El Tigre, sintiendo la brisa al atravesar nuestra emblemática zona manicera y patillera, el paisaje me evoca con una fuerza ineludible los años de mi juventud. En particular, revivo la efervescencia de principios de los ochenta, una época marcada por el esplendor del Festival Internacional de Teatro de Oriente. Es de estricta justicia histórica recordar la figura de Kidio España, su director, quien durante más de cuarenta años mantuvo viva esta titánica empresa, convirtiendo a nuestra región en un auténtico epicentro de las artes escénicas para el mundo. En aquel entonces, el respaldo estructural de la empresa petrolera Corpovén fungió como el principal motor de este vibrante movimiento cultural, demostrando el profundo impacto de una gestión y producción a gran escala.

​Durante aquellos festivales, nuestra geografía se dinamizaba con una profusión de eventos de talla internacional. Tuvimos el privilegio de presenciar desde el magistral trabajo de Humberto Duvachelle con La Compañía de los Cuatro de Chile, hasta el teatro de títeres proveniente de todos los rincones de Venezuela y Latinoamérica. Los escenarios locales —los teatros de San Tomé, el auditorio de Campo de Oficina y la Casa de la Cultura— se erigieron como verdaderos templos de la creación artística y la convergencia ciudadana.

​Al continuar mi ruta en bicicleta por esta vía, observo de primera mano que la vocación agrícola sigue viva; los cultivos de patilla aún se divisan a la orilla de la carretera. Históricamente, esta zona ha sido reconocida por su producción de maní, merey y sorgo, al punto de que nuestra jerga popular llegó a equiparar la abundancia económica —y la del propio teatro— con la vasta cosecha del sorgo. Es una tierra donde la agricultura coexiste, de manera indisoluble, con la imponente actividad de la industria petrolera.

Esta coexistencia es la clave para descifrar nuestra identidad. Estamos asentados sobre reservas de crudo que abastecerán al mundo por generaciones, mucho después de que nuestros nietos ya no estén. Pero, junto a esta riqueza energética, resguardamos un recurso aún más vital: el agua. La Mesa de Guanipa es un depósito de agua dulce estratégico para Venezuela y el mundo entero; una maravilla natural tan pura que, hasta el día de hoy, sigo bebiendo de ella directamente del grifo, sin necesidad de hervirla.

​Toda esta inmensa riqueza material y humana me lleva a reflexionar sobre una deuda organizativa ineludible, y aquí es vital rescatar el pensamiento del recordado poeta venezolano Heli Colombani. Él defendía con vehemencia una idea fundamental: la necesidad de fundar el Estado de Guanipa. Su argumento, lúcido y plenamente vigente, señalaba que los recursos y los cargos públicos destinados a la cultura —y a las demás áreas estratégicas— suelen centralizarse y quedarse en Barcelona. El talento sobra en el sur de Anzoátegui, pero esta falta de autonomía administrativa asfixia nuestras posibilidades. Impulsar la creación del Estado de Guanipa garantizaría la diversidad, el desarrollo descentralizado y la justa administración de nuestra propia herencia cultural.

​En conclusión, esta es una tierra que siempre ha sabido cultivar el buen teatro. Es imperativo retomar la visión de aquellos grandes eventos internacionales y exigir el apoyo decidido de la industria petrolera. Como bien dictaminó Arturo Uslar Pietri, la misión es "sembrar el petróleo": reinvertir la renta en nuestra cultura para integrarla de manera definitiva a nuestro desarrollo. Solo mediante la valoración profunda de nuestros intelectuales, creadores y gestores, lograremos que el país, la región y este rincón oriental marchen, con paso firme, hacia un futuro superior. Pedaleando en un inmenso pozo de petróleo en la mesa de Guanipa, mineral que se puede transformar fácilmente y con inteligencia en cultura en todas sus dimensiones. 

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