Miguel Flores
Mientras pedaleo en mi bicicleta por los
alrededores de El Tigre, sintiendo la brisa al atravesar nuestra emblemática
zona manicera y patillera, el paisaje me evoca con una fuerza ineludible los
años de mi juventud. En particular, revivo la efervescencia de principios de
los ochenta, una época marcada por el esplendor del Festival Internacional de
Teatro de Oriente. Es de estricta justicia histórica recordar la figura de
Kidio España, su director, quien durante más de cuarenta años mantuvo viva esta
titánica empresa, convirtiendo a nuestra región en un auténtico epicentro de
las artes escénicas para el mundo. En aquel entonces, el respaldo estructural
de la empresa petrolera Corpovén fungió como el principal motor de este
vibrante movimiento cultural, demostrando el profundo impacto de una gestión y
producción a gran escala.
Durante aquellos festivales, nuestra geografía
se dinamizaba con una profusión de eventos de talla internacional. Tuvimos el
privilegio de presenciar desde el magistral trabajo de Humberto Duvachelle con
La Compañía de los Cuatro de Chile, hasta el teatro de títeres proveniente de
todos los rincones de Venezuela y Latinoamérica. Los escenarios locales —los
teatros de San Tomé, el auditorio de Campo de Oficina y la Casa de la Cultura—
se erigieron como verdaderos templos de la creación artística y la convergencia
ciudadana.
Al continuar mi ruta en bicicleta por esta
vía, observo de primera mano que la vocación agrícola sigue viva; los cultivos
de patilla aún se divisan a la orilla de la carretera. Históricamente, esta
zona ha sido reconocida por su producción de maní, merey y sorgo, al punto de
que nuestra jerga popular llegó a equiparar la abundancia económica —y la del
propio teatro— con la vasta cosecha del sorgo. Es una tierra donde la
agricultura coexiste, de manera indisoluble, con la imponente actividad de la
industria petrolera.
Toda esta inmensa riqueza material y humana me
lleva a reflexionar sobre una deuda organizativa ineludible, y aquí es vital
rescatar el pensamiento del recordado poeta venezolano Heli Colombani. Él
defendía con vehemencia una idea fundamental: la necesidad de fundar el Estado
de Guanipa. Su argumento, lúcido y plenamente vigente, señalaba que los
recursos y los cargos públicos destinados a la cultura —y a las demás áreas
estratégicas— suelen centralizarse y quedarse en Barcelona. El talento sobra en
el sur de Anzoátegui, pero esta falta de autonomía administrativa asfixia
nuestras posibilidades. Impulsar la creación del Estado de Guanipa garantizaría
la diversidad, el desarrollo descentralizado y la justa administración de
nuestra propia herencia cultural.
En conclusión, esta es una tierra que siempre
ha sabido cultivar el buen teatro. Es imperativo retomar la visión de aquellos
grandes eventos internacionales y exigir el apoyo decidido de la industria
petrolera. Como bien dictaminó Arturo Uslar Pietri, la misión es "sembrar
el petróleo": reinvertir la renta en nuestra cultura para integrarla de
manera definitiva a nuestro desarrollo. Solo mediante la valoración profunda de
nuestros intelectuales, creadores y gestores, lograremos que el país, la región
y este rincón oriental marchen, con paso firme, hacia un futuro superior.
Pedaleando en un inmenso pozo de petróleo en la mesa de Guanipa, mineral que se
puede transformar fácilmente y con inteligencia en cultura en todas sus
dimensiones.


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