Alexis Blanco
“No
se cuenta lo que no se ve”, dice Jairo a Dimas, en una escena crucial de la
versión cinematográfica que el actor y realizador Luis Fernández ha hecho de la
obra cumbre de Román Chalbaud, El Pez que Fuma, la cual entra hoy a las
carteleras de todas las salas de cine en Venezuela. Esta crónica intentará
revisar cómo el teatro permea el sentido ético y estético de esta obra de arte
venezolana.
Contradiciendo el referido diálogo entre los protagonistas masculinos de El
Nuevo Pez que Fuma, esto es, la película inspirada en la obra cumbre de la
llamada “Edad de Oro del Cine Criollo”, El Barroco Cronista Cuántico(BCC), alter
ego de quién escribe esta historia, pretenderá contar lo que se ve y lo que no
se ve en este filme signado por sus indudables virtudes escénicas: el riesgo
grupal que toda compañía asume cuando monta un espectáculo, llámese Nuevo
Grupo, Gente de Cine o, como en este caso, de la versión de Luis Fernández, la
compañía española El Sueño Eterno Pictures, en coproducción con Divarte Cine.
En 1968, con el histórico Nuevo Grupo, el maestro merideño Román Chalbaud
escribe, dirige y estrena su obra teatral El Pez que Fuma. Ahí aparece,
totalmente desnuda, en una atrevidísima (para la época) brevísima escena, una
exuberante muchacha de 18 años llamada Mimí Lazo, haciendo de Zobeida, un cameo
para la núbil Ana María Mercedes Lazo Domínguez, quien ya había tomado clases
de actuación en Italia y Estados Unidos. La dulce voz de Chalbaud abre la
película que, dentro de su película, aquí se propone de manera magistral para
manifestar su asombro ante la hipocresía reinante entonces.
Porque, sí, Luis Fernández esgrime elementos que, desde la última fila, al BCC
le permiten referir este gran trabajo desde la interpretación del filósofo
francés Jacques Derrida, para quien “la palabra deconstrucción (déconstruction)
no significa destruir ni demoler, sino desarmar, descomponer y analizar
analíticamente las estructuras ocultas que dan forma a nuestro pensamiento, al
lenguaje y a los textos. Derrida revolucionó el análisis crítico en la década
de 1960, develando su “estrategia de lectura crítica”, cuyo objetivo era
“demostrar que ninguna idea, texto o institución política es ‘natural’ o posee
una verdad absoluta, sino que todas son construcciones históricas plagadas de
contradicciones internas…”. Román aplaudiría…
El espíritu de cuerpo, o “esprit de corps” (gracias a la Alianza Francesa de Maracaibo y a Mexy de Donato y Viviana Márquez por la invitación a la premiere para la prensa, el miércoles pasado), el espíritu gregario, constituye el pilar fundamental que sostiene el éxito de cualquier producción artística colectiva, ya sea una puesta en escena teatral o el rodaje de una película. Por definición, el teatro y el cine son artes de colaboración y convivencia. Quienes asistan a las salas de cine a ver El Nuevo Pez que Fuma en esta muy creativa versión, debe comprender que se trata de una compañía que está produciendo una película que cuenta otra película y, al mismo tiempo, se está contando a sí misma. Cine dentro del cine dentro del cine. Matrioshka bendita que nos conmoverá. Y mucho…
Necesito insistir en la espléndida naturaleza teatral de todo lo que involucra el estreno de esta versión de El Pez que Fuma. Tenía once años no cumplidos, cuando se estrenó, el jueves 11 de julio de 1968, en el entrañable Alberto de Paz y Mateos, producida por El Nuevo Grupo. El elenco signa la historia del teatro venezolano: La Garza: Gloria Mirós; Dimas: Herman Vallenilla; Juan: José Luis Silva; El Bagre: Humberto Buonocuore; Ganzúa: Julio César Lucena; Selva María: Hercilia López; La Argentina: Mayra Chardiet; Tobías: Rafael Briceño; Jacinto: José Salas (quien además fue el escenógrafo de la obra); El Profesor: Rodolfo Parra; Marlene: Norma Prieto; Batman: Alexander Milic; Robin: Raúl Medina; Muñeco: William Moreno; Hombre 1: Jairo Gómez; Hombre 2: José Antonio Espinoza. Intérpretes sublimes de aquella estética emergente.
Mimí Lazo es una extraordinaria actriz de teatro. Su monólogo, El Aplauso va por dentro, escrito por Mónica Montañés, es una de las obras más vistas en la historia del teatro venezolano. También Luis Fernández, su marido, tiene en su haber un palmarés muy importante, no solo por sus estudios en Harvard o por haberse formado dentro de la estética del Grupo Theja, sino porque además de haber hecho más de 600 funciones de su unipersonal No eres tú soy yo, también es escritor y productor teatral de gran categoría. Mucho de esa dinámica como pareja creativa constituye el alma y el sentido de esta versión libre que recupera para la cultura nacional ese prostíbulo excelso llamado El Pez que Fuma. “No se cuenta lo que no se ve”, pero, “si se puede ver, hay que contarlo”, dice el BCC.
Entre líneas se advierte, en la versión de Fernández del clásico de Chalbaud, algunas citas teatrales muy interesantes, configuradas, por ejemplo, desde Nora, que fue el título original que el dramaturgo noruego Henrik Ibsen a su célebre obra Casa de Muñecas. Hay alguna línea de semejanza entre La Garza/Ana y Nora Helmer: el despertar de la conciencia y la ruptura del rol: ella descubre que ha vivido en una "casa de muñecas" siendo tratada solo como un objeto decorativo y de entretenimiento por su esposo Torvaldo. Así, el BCC descubre que “el enfoque de Luis Fernández se centra en el despertar emocional e intelectual de la mujer (La Garza). La película plantea cómo la protagonista asimila la violencia patriarcal extrema a su alrededor y decide romper con las falsas estructuras de protección masculina…”. Por otra parte, también aparece otro detalle:
“La ilusión del poder frente a la ‘sumisión’": mientras que en la obra original de Román Chalbaud el burdel es gobernado por una dinámica de machos en competencia (Dimas y Jairo desplazándose mutuamente), la versión de Fernández alude a Ibsen al poner en duda la supuesta sumisión de la mujer. La trama propone que los hombres son circunstanciales y que es la perspectiva de La Garza —quien sobrevive y navega la opresión— la que verdaderamente ejerce el control, tal como Nora operaba en las sombras protegiendo las finanzas de su hogar antes de dar su portazo final”. Vaya ironía…
De manera análoga, “la meta-ficción en El nuevo pez que fuma alude a este conflicto al retratar el viaje de la actriz protagonista (Mimí Lazo), cuyo cuerpo y carrera se convirtieron en un "campo de batalla por la moralidad" tras realizar el primer desnudo icónico en los años setenta. Ambas historias funcionan como una fuerte contestación hacia el juicio público y el puritanismo social”. Luego, el clímax de la propuesta de Luis Fernández pone a la protagonista frente a la misma disyuntiva existencial que a Nora Helmer: aceptar un liderazgo compartido bajo las reglas del juego de los hombres, o asumir en solitario el control de su propia vida y destino, desprendiéndose de los roles impuestos.”. Fuerza de la tragedia.
Disfrutar en pantalla grande la divina presencia del magno maestro José Torres y, como exquisito corollarium, la presencia de mi favorita actriz, Francis Rueda, eleva la calidad intrínseca de este trabajo múltiple y multiplicado de Fernández y su equipo: además de la mil y otra vez bella Garza, digo, Ana, digo, Mimí Lazo, encontramos, además del talentoso español Fran Berenguer, como Jairo; un poderoso Jorge Reyes, honrando de modo extraordinario a su antecesor, Miguel Ángel Landa y su Dimas; luego un estupendo Rafael Romero, haciendo un Director creativo de raza superior (esa escena donde detiene toda la grabación y se lanza un discurso sobre la fragilidad del arte como necesidad nacional promueve un cierto guiño brechtiano, una suerte de “distanciamiento” que concede razón al BCC y sus metáforas teatralísticas, y verga).
Entonces uno descubre que una cámara es lo que convierte a Claudia Rojas en esa gata sobre el tejado de zinc caliente que ella es durante sus preciosas escenas eróticas, luego Carlota Sosa impone su ley de veterana mujer de la vida intensa; Karina Velásquez y la legendaria cantante Estelita del Llano son imágenes impolutas de un ambiente lleno de suspiros, gemidos, vahídos y sortilegios. Hugo Carregal aporta una sutil referencia de ese otro mundo.
Durante la semana y a partir de distintos eventos, este BCC ha conversado mucho con el director general del Teatro Baralt, Jesús Lombardi Boscán, acerca de la recurrente presencia del Realismo Mágico en todo nuestro quehacer cultural y estético. En El Nuevo Pez que Fuma, La Garza muestra una insólita pecera, un acuario donde un pez negro y monstruoso, vigila a las figuritas que representan a cada uno de los miembros de esta corporación de placer y decadencia. Humedad que, desde la ciencia, permite al BCC referir: para el siquiatra suizo Carl Gustav Jung, “el concepto de lo húmedo o la humedad (humiditas) no se refiere a un estado climático, sino a un concepto alquímico fundamental que simboliza la vida, la emoción, el inconsciente y la fluidez del alma […] Para Jung, lo húmedo está íntimamente ligado al principio femenino y al Eros (la función de relación y conexión). Representa el estado líquido de la psique: las emociones, los sentimientos y el flujo de la vida…”. No señor: el de Román Chalbaud nunca fue un prostíbulo cualquiera. Noooo…
Otro detalle comentado con el arquitecto especialista del Teatro Baralt tuvo que ver con el set escenográfico, donde una escalera de caracol permite desarrollar una inteligente plantilla de desplazamientos que, en sus movimientos de ascenso/descenso, habilita en la mirada del espectador cinéfilo la representación de esa gracia real-maravillosa que subyace en cada toma y encuadre. Ello apuntala el trabajo de fotografía realizado por Antonio García (un nombre u homónimo histórico teatral aquí en Maracaibo). Esa estupenda Dirección de Arte que él mismo Fernández apuntala apoyado en Angélica Burgos Colls. En una escena, el actor Jorge Reyes/Dimas se pone unos lentes de sol y le pregunta a Gabriela Martínez, la vestuarista, “¿con o sin?”, a lo que ella le responde: “¡Con!”. Valga este detalle para reconocer este preciosista trabajo de vestuario, de lo cual, la actriz Carlota Sosa hablará antes, cuando menciona el imponente vestido con el cual la protagonista consumará su gloriosa tragedia final. Les repito: este cine es de otra raza.
Y no es para menos, según apunta con sapiencia el relator de esta crónica lujuriosamente impregnada de posverdad: “La película fue votada como la mejor película venezolana de todos los tiempos con 22 votos en una encuesta de 1987 a 29 expertos organizada por la revista 'Imagen'. También fue votada como la mejor película venezolana de todos los tiempos con 33 votos en una encuesta de 2016 de 41 expertos organizada por la Cinemateca Nacional. Forma parte de una de las 15 películas consideradas patrimonio cinematográfico de Venezuela por la UNESCO, e incluida en Memoria del Mundo: Patrimonio Cinematográfico Nacional…”
Vayan a verla.
Y cómo esta historia intenta contar las referencias sobre El Pez que Fuma,
desde su propia dimensión teatral, nadie mejor que el bienamado maestro José
Ignacio Cabrujas para cerrarla:
“El pez que fuma no es la historia de un prostíbulo; es la metáfora exacta de
un país que vive de la renta, donde el poder cambia de manos, pero las
dinámicas de corrupción, ambición y vasallaje permanecen idénticas […] En El
pez que fuma nadie produce nada, todos administran la ganancia ajena. Jairo
no llega con ideales, llega a sustituir a Dimas en el usufructo del burdel. Es
la viveza criolla elevada a estructura de Estado”. Nos vemos en el cine.
(Alexis Blanco. El Barroco Cronista Cuántico.
Las fotos provienen de la productora)
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