Buscar este blog

20.10.26

La paradoja del oficio: El peso del proceso.

Tercera parte de la trilogía sobre la apreciación de la actuación

Por Miguel Flores

​I. La memoria viva y el archivo del espectador

​Llegar a una conclusión sobre el propio oficio exige desprenderse de las complacencias y mirar la trayectoria con absoluta severidad. Al examinar el camino recorrido, reconozco que mi dimensión como actor no se sostiene únicamente sobre el aula académica, sino sobre una inmensa y privilegiada experiencia vivencial, formativa y visual. Soy el resultado de una época y de un paisaje teatral irrepetible.

​Formado en escuelas rigurosas y bajo la tutela de docentes de excepción, mi verdadera escuela fue también la calle, la sala a oscuras y el encuentro cotidiano con los referentes de nuestra escena. Viví la efervescencia teatral de los años ochenta, consumiendo hasta cinco espectáculos por día, devorando funciones maratónicas los sábados y siguiendo de cerca el trabajo del maestro Carlos Jiménez a lo largo de veinte años, a quien admiré profundamente como espectador constante de su obra, aunque nunca integrara el elenco directo de sus espectáculos.

​Tuve la fortuna indiscutible de recibir clases, trabajar y cultivar la cercanía del gran maestro Mariano Álvarez. Acumulé vivencias imborrables que moldearon mi sensibilidad: la fascinante maestría de ver representar el Fausto de Goethe a través del arte de los títeres; la libertad poética de caminar descalzo por el centro de Caracas junto al inolvidable maestro Lindsay Kemp; la explosión de arte urbano al presenciar a Mano Negra en plena Avenida Bolívar; y la lección magistral de disciplina vivida al trabajar bajo la dirección del maestro Ugo Ulive. Aunque mi tarea física en aquella producción consistiera sencillamente en mover una silla en escena, los cuatro meses de proceso me marcaron para siempre: presenciar un cronograma de ensayos milimétrico, donde cada jornada estaba estructurada con precisión matemática y donde nada se dejaba a la improvisación, fue una revelación absoluta sobre el rigor metodológico del teatro.

​Sin embargo, frente a la inmensidad de lo que el arte escénico exige, surge una certeza incómoda: la vivencia acumulada no siempre basta si el instrumento carece de la polivalencia técnica que el teatro contemporáneo demanda.

​II. El mito de la suficiencia y el arte del cuerpo polifacético

​Es en la confrontación con las destrezas técnicas donde aparece la noción del actor incompleto. Un actor debería ser un organismo integral, un territorio de habilidades múltiples: no solo la corporalidad del clown, el mimo y el arte circense, sino también el dominio de la voz a través del canto en sus variadas tesituras y estilos, y la versatilidad del baile en sus distintas formas de expresión corporal. A esto se suma la destreza para dominar un caballo, una motocicleta, un vehículo de carga o cualquier requerimiento específico de la escena.

​Especial atención merece el dominio de disciplinas como la lucha escénica, la esgrima o el boxeo teatral. La lucha escénica es, en esencia, la paradoja perfecta del teatro: el arte de construir una mentira técnica rigurosa para entregar una verdad visceral. No se trata de agredirse, sino de dominar la ilusión de la violencia mediante la distancia, el ritmo, el impulso y la complicidad física. Es una coreografía de engaños calculados al milímetro que deben ejecutarse con tal precisión orgánica que el espectador sienta el impacto, el peligro y el dolor como verdades incontestables. Si el actor no domina esa técnica, la simulación se desmorona o se convierte en un riesgo real.

​A esto se suma la necesidad de dominar idiomas, poseer un bagaje de lecturas complejas y mantener un entrenamiento permanente. En nuestro contexto, lamentablemente, abunda la autoproclamación de la maestría: un entorno donde la figura de «maestro» se otorga con ligereza tras un taller fortuito o una figuración efímera. Guardar distancia del ego y asumir nuestras carencias es un deber ético. Las limitaciones materiales de nuestra realidad económica han fragmentado a menudo la continuidad formativa, alimentando la prisa y la brecha con las nuevas generaciones, quienes hoy irrumpen con un ímpetu e instrumentos tecnológicos que a muchos adultos de la escena nos han tomado por sorpresa.

​III. La inmediatez contra la decantación: El actor de proceso

​El conflicto medular del intérprete radica en la brevedad de los períodos de transición. En las dinámicas actuales del cine y del teatro, los lapsos de preparación se han reducido drásticamente: llamados a rodaje con un mes de antelación para abordar un guión complejo, o montajes teatrales que pretenden consolidar el texto en quince días y estrenar en dos meses.

​Cuando el tiempo de investigación es escaso, el actor se ve obligado a improvisar la adquisición de habilidades técnicas sobre la marcha. Si el personaje exige manejar un camión o adentrarse en la lógica de una plataforma digital (streamer), la búsqueda acelerada de un entrenamiento rápido distrae al intérprete de lo verdaderamente crucial: la construcción psicológica y orgánica de la criatura escénica. Se prioriza el adiestramiento externo por encima de la arquitectura interna del personaje, fracturando la verdad de la representación.

​Frente a la velocidad acelerada del director moderno, el actor de proceso se percibe lento. Asumir la composición de un personaje requiere tiempo para asimilar la estructura, para digerir la palabra y evitar la lectura mecánica de las primeras lecturas de mesa. Construir una entidad capaz de deconstruirse en escena —de habitar con coherencia giros temporales complejos, como empezar por la propia muerte— exige una lentitud reflexiva que choca frontalmente con la urgencia del espectáculo mercantilizado.

​IV. Conclusión: Hacia una ética de la preparación continua

​Si la lentitud para abordar la prisa y la exigencia de una preparación más rigurosa me sitúan en la incómoda categoría de la mediocridad, asumo esa etiqueta no como un juicio destructivo, sino como una toma de conciencia ética. Esta autoevaluación revela una verdad fundamental del arte dramático: un actor nunca está suficientemente preparado.

​La labor interpretativa no admite complacencias ni títulos heredados. Requiere una entrega técnica implacable, un conocimiento interdisciplinario constante y la valentía de reconocer las propias limitaciones frente al escenario o la cámara. Cerrar esta trilogía sobre la apreciación de la actuación implica reafirmar que el compromiso con el arte exige tiempo, rigor y una búsqueda incesante de la verdad, aun cuando la inmediatez del mundo circundante intente imponer lo contrario. Yo soy un actor mediocre...

​Hasta aquí esta serie de reflexiones que conforman mi trilogía sobre la actuación. Me gustaría abrir la conversación con ustedes: ¿Cómo ven la formación del actor hoy en día? ¿Creen que la prisa actual devora el proceso orgánico del intérprete, o forma parte del lenguaje inevitable del arte contemporáneo? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Maneras de mirar

Maneras de mirar

Miradas al escenario nace como resultado  del taller de Crítica Teatral organizado por la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela durante e...