Por Miguel Flores
El teatro no es el lugar donde mentimos para
ser otros; es el espacio sagrado donde nos desnudamos para que el Otro habite
en nosotros.
Tras más de 45 años transitando las tablas
como actor, director y productor, sé que abordar un personaje es un viaje
místico y sensorial. No es memoria; es descifrar su impronta: descubrir su
sabor, su olor, la cadencia exacta de sus pensamientos. Es indagar qué lo anima
a vivir y qué lo entristece en lo más profundo.
Allí ocurre el milagro del tiempo suspendido:
la función dura apenas una hora en el reloj del espectador, pero en escena, la
criatura encarna y vive toda una vida. Prestamos los servicios de nuestro
cuerpo a ese rito, pero con una advertencia vital: seguimos siendo nosotros
mismos. Stanislavski sugería que retenemos solo una fracción consciente en
escena. Desde la experiencia de mi propio cuerpo, difiero. El porcentaje que
permanece es mucho mayor. Es la propia sangre, la identidad y el latido real
del intérprete —es Miguel Flores— quien sostiene y da vida a la ficción.
Sostener este universo continuo en el tiempo
—como la fe devocional del Dr. José Gregorio Hernández o la urgencia visceral
de Matando un tigre de Rubén Darío Gil— disuelve las fronteras. El
personaje se instala en la memoria celular.
Por eso, el día después del último telón nos
enfrenta al luto anímico. Cuando las luces se apagan, el vacío es existencial:
la muerte consciente de una versión de uno mismo. Despojarse de esa energía en
el camerino es una descompresión necesaria para limpiar el lienzo interior y
dejar el espacio dispuesto para el próximo habitante del alma.
Comparto este primer borrador con las nuevas
generaciones como un mapa vivencial; una invitación a mirar más allá del
aplauso y a comprender el compromiso sagrado que tenemos con la condición
humana.

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