Dora Lucena Ramírez
Continúo con la presentación de las ponencias del Conversatorio El desafío del teatro venezolano en la actualidad, realizado en el marco del XXII FETCOM realizado en noviembre de 2024, organizado por el Instituto de Investigación para el Desarrollo del Arte en Venezuela, (iiAVE) en la Sala Alberto Ravara, Caracas.
La ponencia que presento a continuación, titulada
Reto del teatro, fue escrita por Rodolfo Porras, escritor, articulista,
ensayista, dramaturgo, director, productor teatral, guionista de cine y
televisión.
Rodolfo Porras, es Licenciado en Letras (UCV), Exdirector General del Instituto de las Artes Escénicas y Musicales (IAEM); fue Coordinador de Teatro de la Casa Nacional de las Letras de Andrés Bello. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos en su quehacer artístico, entre ellos, en 2015 se hizo merecedor del Premio Nacional de Dramaturgia César Rengifo en su tercera edición por La Punta del Iceberg.
Reto del teatro: Rodolfo Porras
Las
expresiones teatrales modernistas y del sainete a finales del siglo XIX y
principios del XX dieron comienzo a un teatro venezolano propiamente dicho. Y
aunque la influencia foránea era determinante, las temáticas y el uso del
lenguaje caracterizaron un teatro nuestro. Cesar Rengifo consolidó ese proceso
cuando abrió las estructuras teatrales a nuestra contemporaneidad. A partir de
ese hito, se establece una presencia contundente del teatro venezolano en el
país; a finales de los años sesenta, se vivió un período de muchísima
actividad, investigación, confrontación de técnicas, conceptos, proposiciones
estéticas y de formación. La presencia del arte teatral influía de manera
contundente en el devenir cultural de Venezuela. En los años 80 comenzó un
declive lamentable, que ha continuado hasta ahora.
Es
clarísimo que el florecimiento del teatro en el período mencionado en el
párrafo anterior, está vinculado directamente al caudal de dinero que entró a
Venezuela a consecuencia del boom petrolero. Dinero que entró y que nunca se
invirtió. Se gastó y sirvió para aumentar hasta el absurdo el consumismo de los
venezolanos. Venezuela se comportaba como un país mucho más rico de lo que era,
así que atrajo a numerosa gente, cuyos países pasaban por un período de
vicisitudes económicas y políticas.
Muchos
artistas vinieron al país a quedarse o lo visitaban con frecuencia. Entre otros
fenómenos, Venezuela pasó a ser parte del circuito de ópera internacional
(Venezuela era el país que mejor pagaba).
Los grupos de teatro tenían bastantes posibilidades de salir y mostrar
su trabajo. Maestros llegaban para quedarse o para dar talleres, clínicas,
charlas, conversatorios y pare usted de contar.
Las
producciones teatrales se hacían con buenas inversiones de dinero; actores y
personal técnico recibían buenos honorarios. Los festivales eran gigantescos y
se les pagaba muy bien a los grupos. Los periódicos contaban con críticos
teatrales y carteleras de los espectáculos. No es de extrañar que hubiese
bastante y buen teatro. Publicaciones, entrevista a los protagonistas del quehacer
escénico, fundamentalmente caraqueños y, en mucho menor grado, de algunas otras
ciudades del país.
Quien
quería hacer teatro solía agruparse o integrarse a un grupo. Por ello se hacía
mucho teatro con grupos estables, que se permitían estudiar, proponer líneas de
investigación o de probabilidades estéticas. Todo ese castillo estaba
construido sobre las inmensas y coyunturales fortunas que entraban al país. Y como
en todos los demás ámbitos del país, ese dinero beneficiaba a una minoría y
dejaba por fuera a un porcentaje mucho mayor de venezolanos. Sin embargo, la
minoría beneficiada conformaba un ecosistema teatral, críticos, salas, medios
de comunicación, público, actores, directores docentes, técnicos que cumplían
con su labor de darle una existencia pública y activa al quehacer teatral.
De
todo esto quedó la publicación de la obra o parte de la obra de muchos
dramaturgos. Y la memoria, que puede dividirse en dos: la remembranza de un
teatro lleno de dinero y de posibilidades de producción, con publicidad y con
gente que tenía para pagar entradas. No era un período de oro solamente porque
se alcanzó una enorme calidad del hacer teatral en todas sus expresiones sino
porque había oro negro para sostenerlo.
La
segunda parte de esta memoria es el recuerdo de la posibilidad de crear un
discurso teatral porque se trabajaba de manera estable. Creo que recuperar esas
posibilidades económicas están lejanas y estoy seguro que no fue lo más
importante que le ocurrió a nuestro arte. Es preciso formar grupos teatrales,
que, aunque podría significar -con cierta relatividad- una consecución de
estabilidad económica, lo más importante es lograr conseguir un discurso
conceptual y estético, que abarque todas las instancias de expresión teatral.
La
polarización política provocó que, por lo menos en Caracas existiesen dos
culturas teatrales, una en el este y la otra en el centro oeste. Esta división
es contraproducente, ya que se dispersa el talento, los recursos y peor que
todo: el público. Esto sugiere la necesidad de agrupar a los teatreros,
respetando profundamente sus posiciones ideológicas, pero generando dinámicas
del sector sin que sean mundos apartes.
También
estamos separados geográficamente. Las vicisitudes que se sufre en la mayoría
del territorio de nuestro inmenso país y que queda fuera de Caracas, se
refleja, evidentemente, en la actividad teatral. Se hace muy poco teatro y sin
contar con estructuras e infraestructuras para mejorar la situación desde
iniciativas extra institucionales. También geográficamente sufrimos otra
escisión.
La
presión internacional, no me refiero a la presión económica, sino a la que se
ejerce contra toda la humanidad, está enfocada en atomizar, en que cada humano
tenga una identidad idiocéntrica, o más poéticamente que sea una isla, o un
idiota (en su sentido etimológico). Así que todo apunta a que vivamos
separados, que cuando nos juntemos sea perentoria, coyunturalmente y demasiadas
veces para criticar, quejarnos o darnos autobomba.
En
otras palabras, tenemos un reto con dos caras. Olvidarnos de la época de oro en
tanto chorros de dinero y la otra unirnos para generar procesos endógenos,
colectivos que permitan que se haga el teatro que merecemos tener -en lo
económico, en lo estético, tanto como en lo conceptual y técnico- nuestro,
propio, sano y gratificante universo teatral. Que se construya una estructura
que no dependa de circunstancias exógenas.
como diría Chimiro
Nota: Argimiro
Gabaldón,
alias Comandante Carache o Chimiro (1919 - 1964) fue un
poeta, pintor, militante del Partido
Comunista de Venezuela y guerrillero venezolano.

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