Texto de Miguel Flores
Dirigir teatro no es rellenar un espacio vacío
con movimientos; es coordinar una pequeña sociedad que nace, se desarrolla y
madura en torno a una idea.
Tras 45 años de práctica continua en la
dirección escénica, he aprendido que este oficio es, fundamentalmente, un hecho
sociológico. El director no solo interpreta un texto o una partitura escénica:
edifica una maquinaria humana donde convergen voluntades, disciplinas y
estéticas.
El destello de la primera idea.
Todo comienza con la chispa inicial. Ya sea un
texto dramático clásico, una partitura de acciones o un concepto contemporáneo
con música en vivo, el abordaje inicial define el destino de la obra.
Antes de que el primer actor pise el
escenario, el director ya ha trazado la cartografía del viaje: un plan de
ensayos minucioso que anticipa los tiempos, las dinámicas y los ritmos del
proceso.
Como bien planteaba Robert Wilson: La
estructura y el espacio deben estar rigurosamente diseñados de antemano; el
tiempo en el escenario es una arquitectura que se construye con precisión
matemática desde el primer día.
La intimidad y el pensamiento.
La primera fase pertenece a la reflexión.
Quince días antes del primer encuentro formal, entrego el texto o la partitura
a los actores. Es un tiempo de gracia para que el material resuene en ellos.
Luego viene el rito fundacional: la lectura en
mesa.
Sentados en torno a un café, un helado o un
batido de mango, nos despojamos de la prisa para conocer el texto a fondo. En
este espacio horizontal:
·
Definimos la época y el
conflicto.
·
Estimamos la duración de la
obra.
·
Desmontamos cada aspecto
dramático escena por escena.
Esta etapa me recuerda mucho la visión de
Heiner Müller, quien entendía el texto dramático no como una sagrada escritura
intocable, sino como un territorio de resistencia que el director y los actores
deben confrontar y "desmontar" en el ensayo para extraer su verdadera
fuerza dinamitadora. ¡Aquí es donde se siembra la ética del montaje!
Del plano teórico a la materia
Una vez asimilada la materia prima, pasamos al
cronograma de montaje, donde la teoría se vuelve carne.
·
Los personajes se encarnan.
·
El vestuario deja de ser un
boceto.
· La utilería y la escenografía empiezan a reclamar su espacio bajo una visión estructurada.
Sociológicamente, el tiempo en el teatro es relativo y se adapta a nuestras realidades:
·
Un proceso óptimo: Puede
consolidarse en 3 meses, ensayando 5 veces por semana de manera intensa.
· La realidad del teatro independiente: Dinámicas de un año entero, ensayando apenas 2 veces por semana.
Nota: Cuando no hay dinero, el tiempo se convierte en nuestro capital creativo más valioso.Es un ritmo más lento, pero permite que la maquinaria interna madure a fuego manso. (La gestión y la producción son otra disciplina inmensa, pero hoy nos enfocamos estrictamente en la creación escénica).
El umbral: proceso creativo vs. artístico.
Durante todo este viaje, lo que ocurre dentro
del salón de ensayo es el proceso creativo: el laboratorio, el error, la
construcción de los códigos y la afinación de la maquinaria.
Sin embargo, hay un instante umbral. Cuando la
obra finalmente se abre y el público ocupa su lugar en la sala, el proceso
creativo concluye y da paso, formalmente, al proceso artístico.
El espectáculo no está completo hasta que la mirada del espectador activa lo que nosotros encendimos en la oscuridad del ensayo.
En conclusión.Dirigir es, en última instancia, el arte de estructurar el caos para que, al encenderse las luces, esa pequeña comunidad que fundamos en una mesa de café sea capaz de conmover a la sociedad que nos mira desde la sala.




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