Un punto de vista
Carlos Canales:
La salsa como realidad, la locura como escenario
y la memoria como último refugio del alma en Suenan
las campanas
por Carlos Rojas*
criticarojas@gmail.com
Especial para Miradas al
Escenario
Carlos Canales. Foto: Archivo Personal del Escritor © 2026.
El teatro de Carlos
Canales (Río
Piedras; Puerto Rico, 1955), pertenece a un género que transgrede la
estructura convencional de la escritura escénica y siempre es un viaje leerlo.
Sus textos no se limitan a contar anécdotas o a construir personajes: excavan
una obsesión y van más allá de la locura.
Cada obra parece regresar al
mismo núcleo afectivo, pero desde otro ángulo, como si el autor no estuviera
narrando distintas historias sino persiguiendo una imagen que nunca termina de
revelarse por completo.
Las tres versiones que he
leído recientemente de Suenan las campanas (2026), junto
con El Candombe del Olvido II (2025), Mai y María del Rosario
y sus hermanas (2026), permiten ver con claridad ese universo. No son
piezas independientes. Forman un corpus secreto, una constelación donde la
vejez, la locura, la familia, la religión y la música popular se cruzan hasta
volverse inseparables.
Canales ha construido quizá
sin proponérselo explícitamente: una suerte de gran saga del olvido caribeño;
un teatro donde el asilo sustituye al hogar, la salsa ocupa el lugar de la
memoria y el delirio se convierte en la última forma de resistencia.
La primera gran intuición de
este conjunto es espacial. El asilo aparece una y otra vez. No como simple
escenografía, sino como símbolo total. El asilo en Canales, es el lugar donde
colapsan todas las ficciones sociales: la familia, la fama, la religión, la
cordura. Es el punto final del recorrido humano. Allí terminan los cuerpos que
ya no producen, las voces que ya no son escuchadas, los recuerdos que nadie
quiere cargar.
Por eso, resulta tan potente
que el creador haya situado allí a sus personajes centrales. El anciano de Suenan
las campanas y de El Candombe del Olvido II no está solamente en una
institución geriátrica; está en la periferia absoluta del mundo. Y, sin
embargo, desde ese margen, todavía canta, recuerda e inventa una escena.
Ese es el segundo hallazgo dramatúrgico
que encuentro: en Canales, la música no acompaña la acción; la constituye. Las
canciones de Héctor Lavoe, Willie Colón, Rubén Blades, Richie Ray, Bobby Cruz,
Ray Barretto o Johnny Pacheco no están allí por nostalgia ni por homenaje. Son
la estructura misma del pensamiento del personaje.
El anciano no recuerda
fechas, no reconstruye hechos, no narra una biografía lineal: recuerda letras.
Sonea. Monta una emisora imaginaria. Su conciencia opera como una estación
radial. WVOZ no es un recurso fortuito: es la forma en que la mente fracturada
organiza sus ruinas.
Allí reside la profundidad de las tres versiones de Suenan las campanas. Leídas en secuencia, muestran un proceso de depuración dramatúrgica extraordinario. La primera es todavía fragmentaria, casi intuitiva: un anciano en silla de ruedas, un playlist de canciones, una ruptura súbita donde la memoria se desploma y aparece el grito por la “Mai”.
Hay algo crudo, casi
documental, como si el autor hubiera descubierto la imagen, pero aún no toda su
construcción. La segunda versión introduce mayor espesor narrativo y un
desplazamiento decisivo: la irrupción del delirio religioso.
El personaje deja de ser
solamente un anciano perdido en la música y comienza a confundirse con una
figura mesiánica, una especie de predicador delirante que habla como si fuera
elegido por Dios.
La tercera, en cambio, es la
culminación y cierre de este proceso creativo: allí la repetición de voces, el
recuerdo de la madre, la fractura identitaria y la dimensión sonora alcanzan
una forma madura. Ya no se trata de un hombre que canta en un asilo; se trata
de una conciencia sitiada por voces que intenta no desaparecer.
En El Candombe del Olvido
II no se rompe ese trayecto: lo radicaliza. Es la versión más austera y
quizá la más brutal. Reduce casi todo al acto de escuchar y cantar. El
personaje apenas existe como sujeto dramático; se convierte en canal. La radio
habla. La música suena. El hombre sonea. Esa mínima acción produce un efecto
devastador: el repertorio sustituye a la biografía.
El individuo ya no tiene
historia propia; su identidad está hecha de canciones compartidas por toda una
generación. La salsa se vuelve archivo colectivo, memoria de diáspora,
testamento sentimental de una comunidad puertorriqueña que envejece entre la isla
y el exilio. El hecho de que la pieza se cierre en Norwich no es casual: el
asilo deja de ser sólo un lugar clínico para convertirse en la colonización
final del destierro.
Sin embargo, el gran salto
ocurre cuando este ciclo se conecta con Mai y María del Rosario y sus
hermanas. Allí el universo se expande y el personaje deja de ser únicamente
elegía senil y se transforma en una cartografía más amplia: la de la locura
como refugio y la familia como maquinaria de desintegración. Mai aporta
la raíz genealógica. Es el texto donde la madre-abuela deja de ser figura
privada para convertirse en símbolo de la memoria emocional.
La casa familiar aparece como mausoleo, y la remembranza doméstica como un campo minado de culpas, secretos y arbitrariedades. No es casual que el grito final del anciano en Suenan las campanas sea precisamente “Mai”. Ese llamado no es sólo a una madre; es un regreso desesperado al último nombre capaz de sostener la identidad.
María del Rosario y sus
hermanas llevan esa lógica al extremo. Allí el
desdoblamiento ya no es sugerido: es la forma total de la obra. Las hermanas no
son personajes autónomos; son fragmentos de la misma subjetividad. Voces que
brotan de una conciencia quebrada. Lo que en Mai aparecía como saga
familiar, aquí se teatraliza como escisión psíquica. La familia se vuelve coro
interno. María del Rosario no está rodeada de hermanas: está rodeada de sí
misma y de su locura.
Eso conecta de manera
directa con el anciano de El Candombe del Olvido II. A simple vista
parecen mundos distintos: un hombre inmóvil en una silla de ruedas y una mujer
internada en un manicomio estatal. Pero, ambos son la misma figura
dramatúrgica. Él reconstruye su identidad a través de la salsa; ella, a través
del delirio religioso y del teatro. Él monta una estación de radio imaginaria
en su mente. Ella organiza escenas, reparte papeles, dramatiza recuerdos,
convierte el pabellón psiquiátrico en escenario. Ambos están solos. Ambos han
sido desplazados por su familia y por la sociedad. Ambos inventan una ficción
para no disolverse para ser olvidados.
Ese detalle revela algo
central en la obra: Canales concibe el teatro como un mecanismo de
supervivencia. María del Rosario no “actúa” porque quiera entretener; actúa
porque la realidad se volvió insuficiente. Cuando dramatiza la oficina de
Energía Eléctrica o la escena del colmado, está reorganizando el caos. El
teatro surge allí como último acto de soberanía. Frente a un mundo que la
declara loca, ella produce escena, asigna personajes, crea teatralidad. Lo
mismo hace el anciano cuando convierte la radio en autobiografía. Ambos son demiurgos
de sus propias ruinas y de sus propios mundos.
La tercera gran obsesión que
encontramos en este universo de Canales, es la religión. Pero, no como fe
trascendente sino como lenguaje de los desposeídos. El delirio místico de María
del Rosario: “Soy la hija de Dios”, “soy el Tercer Testamento” no es simple
comicidad absurda. Es una estrategia de redención. Cuando todo le ha sido
arrebatado, el personaje se inventa una investidura divina. La locura se
convierte en forma extrema de dignidad.
Del mismo modo, en las
versiones de Suenan las campanas, el anciano oscila entre cantante,
predicador y profeta. En ambos casos, la religión popular aparece como
gramática de quienes ya no tienen otro lenguaje para nombrar su dolor. Lo
extraordinario es que todo esto ocurre sin caer en la solemnidad. El dramaturgo
trabaja desde un humor feroz, incómodo, donde la risa nunca funciona como
alivio sino como una forma más aguda del desgarro.
Reímos cuando María del
Rosario se proclama elegida, cuando amenaza al colmadero con la autoridad de
una profeta delirante, cuando el anciano mezcla un pregón salsero con una
prédica religiosa o cuando las hermanas replican sus frases como un coro griego
descompuesto.
Pero, esa comicidad no
suaviza la escena: la vuelve más cruel. En manos de Canales, el absurdo
caribeño no atenúa el trauma; lo desnuda sin piedad. Por eso, su teatro ocupa
un lugar singular dentro de la dramaturgia caribeña y latinoamericana contemporánea.
No sentimentaliza la locura ni convierte la vejez en estampita melancólica. Las
aborda como territorios donde la belleza todavía es posible, pero siempre una
belleza fracturada, sostenida por restos y recuerdos.
Su Puerto rico, su Caribe no
son postales ni cultura popular gratuita: es un cúmulo de recuerdos en ruinas.
Salsa, boleros, prédicas pentecostales, asilos, manicomios, colmaditos,
barrios, abuelas e hijos perdidos aparecen como fragmentos de un conocimiento que
se resiste a desaparecer incluso cuando ya ha comenzado a olvidarse a sí misma.
Entonces, una pregunta que
me hago y que atraviesa este conjunto de piezas, es una sola: -¿Qué queda de
una persona cuando la memoria deja de sostener su nombre? La respuesta de Canales, es brutal en su
sencillez: queda la repetición.
El anciano repite canciones;
María del Rosario, sermones; las hermanas, voces heredadas; la familia de Mai,
secretos que pasan de generación en generación como una enfermedad maternal.
Repetir no es aquí un síntoma clínico, sino una forma de resistencia. El sujeto
repite para no caer en el vacío, para no ser tragado por el silencio ni por el
olvido.
De ahí que estas escrituras
escénicas, bajo su apariencia íntima, sean profundamente políticas. En ellas,
Puerto Rico emerge como un gran asilo simbólico: una isla donde el pasado
colonial, la religión y la música popular sobreviven como residuos de una
identidad quebrada, pero todavía obstinada en hablar.
No es casual que los
personajes de Canales vivan rodeados de voces: en su universo, la identidad
nunca es una certeza, sino una repercusión del tiempo y de esa realidad. Y
quizá por eso la imagen más devastadora de toda esta dramaturgia no está en el
electroshock, ni en la silla de ruedas, ni en el manicomio. Está en un gesto
mínimo: una voz que, al borde de borrarse, llama a su origen.
Un anciano que, después de cantar durante horas, grita “Mai” hacia un vacío que ya no responde. Esa escena condensa Suenan las campanas y, en cierto modo, todo el universo de Canales.
Porque en esa obra las
campanas no suenan afuera: suenan dentro. No anuncian misa ni fiesta; repican
en la conciencia de un hombre que pierde el mundo mientras intenta retenerlo a
través de la música. Cada canción es una campanada de la memoria; cada pregón,
una llamada desde el pasado; cada invocación a la madre, el intento desesperado
de despertar un tiempo que ya no volverá.
Ahí reside la grandeza de Suenan
las campanas: en entender que cuando todo se ha perdido: el nombre, la
familia, la cordura, incluso el cuerpo todavía puede quedar una melodía sonando
en la cabeza. Una última campana. La prueba de que alguien existió y de que,
aun en el asilo del olvido, la memoria sigue haciendo ruido antes de apagarse.
CR (@mipuntocritico)
*Carlos Rojas. Crítico e Investigador teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).
Nota: Las referencias de diálogos que aquí se utilizan fueron extraídas de las obras citadas del dramaturgo Carlos Canales.
Carlos
Canales ha publicado las obras de teatro: María
del Rosario, Margie, Vamos a seguir bailando, La casa de los inmortales, Bony
and Kin, Luz Celeste, Salsa, tango y locura, El cine del pueblo, ¡Qué bueno
está este país!, Los intocables, Vórtice, Trilogía de los Dictadores, Ecuajey,
El generalísimo Brujillo, Teatro del lado de allá y ¡Maldita sea el
Capitán América!
En
narrativa: (Relatos) Los hombres de los rostros
tristes.
Aquí les dejo algunos enlaces para consultar más sobre el autor:
Carlos Canales Cintrón - Wikipedia, la enciclopedia libre: https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Canales_Cintr%C3%B3n
Carlos Canales Cintrón: Professor, Writer (1955-) | Biography, Facts,
Career, Wiki, Life
https://peoplepill.com/people/carlos-canales-cintron/
http://worldcat.org/identities/lccn-n96027411/
https://leamoscuentosycronicas.blogspot.com/2020/06/ni-connery-ni-bond.html
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