Buscar este blog

18.6.26

Teatro 3: Una montaña de mentiras y necesidades de siempre, por Miguel Flores


 por Miguel Flores

El teatro es, por naturaleza, el arte de la ficción; pero a veces la verdadera farsa ocurre fuera del escenario. La historia de Teatro 3 no es el cuento de hadas de la gestión cultural, sino la crónica de 33 años lidiando con una montaña de promesas institucionales vacías y las asfixiantes necesidades de siempre.

​Todo comenzó en 1993 bajo la urgencia de montar Los emigrados de Sławomir Mrożek. Éramos Roberto Durán, Noel Llovera, José Melchor en la escenografía, Iván Lira a cargo del diseño gráfico y yo como director y productor, enfrascados en un proceso que nos llevó ocho meses de ensayos. La primera ironía nació con nuestro propio nombre: no fue producto de una profunda revelación conceptual, sino de la prisa por llenar una planilla en una hora para inscribirnos en el III Festival de Teatro Municipal de Caracas. Que algunos nos asocien todavía con la banda de rock Zapato 3 no es más que otra de las tantas ficciones simpáticas que rodean nuestra identidad. Éramos, simplemente, la respuesta rápida a un trámite burocrático.

Nuestro debut, enmarcado en los 50 años de El Tigre, fue un espejismo de gloria. Nos internamos un mes en un antiguo hospital abandonado —hoy la Biblioteca Pública Alfredo Armas Alfonzo— que Fidel Galbán y un grupo de trabajadores intentaban rescatar de las ruinas y la basura. Allí, a pulso, construimos un universo hiperrealista: rompimos paredes, instalamos butacas y diseñamos un sistema de tuberías donde circulaba agua real. La visita del alcalde de turno, David Figueroa, a una de nuestras funciones nos hizo creer en el respaldo gubernamental. Fue una mentira piadosa; ha sido la única vez que un mandatario local se ha sentado a ver nuestro trabajo en la ciudad. La política se tomó la foto de rigor, y el teatro se quedó a solas con sus carencias.

​Luego vino la ilusión caraqueña. En el festival, Noel Llovera ganó como mejor actor y sumamos tres nominaciones en actuación, escenografía y producción, lo que nos abrió las puertas de la mítica Sala Horacio Peterson del Ateneo de Caracas para una temporada de dos meses. Tuvimos un éxito rotundo, sí, pero la cruda realidad era que llenábamos nuestro espacio con el público que se quedaba sin entradas para la exitosa comedia comercial de Fausto Verdial, Los hombres son mortales y las mujeres también, que se presentaba en la sala de arriba. Esa carambola del destino nos curtió y definió nuestra esencia. Descubrimos que nuestra estética atípica y austera no era solo una elección reflexiva, sino un mecanismo de supervivencia. El actor se convirtió en nuestro eje fundamental porque, a menudo, era lo único que la producción podía costear.


Esta ligereza de montaje nos dio una movilidad única, permitiéndonos llegar a donde casi nadie llega. Nos internamos en las comunidades más complejas; hicimos mucho teatro en los barrios de Caracas, en Gramoven y en toda esa cordillera que bordea la carretera hacia La Guaira, impulsados por proyectos con PDVSA La Estancia. Recorrimos el país hasta rincones lejanos como Puerto Ayacucho. Nuestro teatro, austero, pero jamás simplista, demostró su capacidad para existir y resistir en cualquier geografía.

En nuestra trayectoria reciente destacan la pieza Me iría de Luis Domingo González, los juguetes dramáticos de Mimonadas, y las obras que hoy integran nuestra cartelera activa: Algarabía, Rojo Empecinado y esa batalla constante por llevar a escena El juego de Mariela Romero. En nuestra ciudad hemos forjado talleres y proyectos de formación que dedicamos a figuras como Alexis Caroles, impulsando a nuevos talentos a realizar sus trabajos de grado.

Sin embargo, la paradoja de nuestro entorno se ha vuelto insostenible. Habitamos el sur de Anzoátegui, un gigante reservorio petrolero sobre la Faja del Orinoco, rodeados de inmensos acuíferos y de una rica tradición agrícola. Es un territorio que le exige a sus macroproyectos energéticos una logística de rigor casi aeroespacial. No obstante, los asuntos culturales rara vez son asumidos por las instituciones bajo esa misma óptica científica y sociológica. La desidia oficial deja a los pocos grupos teatrales de la Mesa de Guanipa debatiéndose en el dilema constante de cómo construir y hacer arte en el abandono económico.

​Por eso, hoy Teatro 3 funciona a medias. El núcleo que conformamos junto a Edgardys García —pieza fundamental en el desarrollo y gestión de nuestra organización—, José Maicabare, Hernán Rivas, Joel Padovani, Verónica García —mi colaboradora constante en los proyectos escénicos y en la vida— y mi persona, ha decidido detener la máquina de producción este año. Nos rehusamos a seguir alimentando el mito de la "producción sufrida". Estamos exhaustos del arte que termina en deudas asfixiantes, de los préstamos entre amigos para salvar una temporada y de balances en rojo.

​Hacer una pausa en este momento no es claudicar; es un acto de responsabilidad gerencial y sanidad mental contra las necesidades de siempre. Es tomarnos el tiempo para repensarnos, organizarnos y descansar, con la meta de visualizar un esquema que nos permita estar plenamente felices en la creación y no padecerla. Seguimos aquí, profundamente orgullosos de estos 33 años de trayectoria, resistiendo en la escena hasta estemos vivos.









No hay comentarios:

Publicar un comentario

Maneras de mirar

Maneras de mirar

Miradas al escenario nace como resultado  del taller de Crítica Teatral organizado por la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela durante e...