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16.6.26

Memoria: Aventura entusiasta del Grupo de Teatro Relevo, 1984.


Por Miguel Flores

​En 1984, un grupo de jóvenes encendimos en El Tigre una chispa que se convirtió en fuego: nacía el Grupo de Teatro Relevo, cobijado por el Ateneo y la Casa de la Cultura Simón Rodríguez.

​El equipo fundador lo integrábamos Candelario Mirabal, Miguel Chettik, Oscar Rodríguez, Luis Rincón y mi persona. Éramos, para decirlo con mis propias palabras, "como un grupo de evangélicos fanáticos del teatro, pero sin ningún tipo de conocimiento". Nos sobraba intuición y nos faltaban conceptos, pero las ganas de comernos el escenario eran sagradas.

La disciplina del oficio.

​Aunque amateurs, nos autoimpusimos un rigor absoluto. Diseñamos un cronograma propio: mientras la mayoría estudiaba o trabajaba, ensayábamos diariamente de 7:00 a 10:00 de la noche.

​Los sábados la jornada era intensiva, de 9:00 de la mañana a 3:00 de la tarde, llevando nuestra propia comida para no quebrar el ritmo. Solo el domingo quedaba libre.

​Esos sábados nos inventamos nuestra propia dinámica de formación: nos auto educábamos. Dedicábamos horas a la expresión corporal, la voz y la dicción. También nos aventurábamos a leer obras de teatro y a estudiar "a lo loco" algún libro de Stanislavski que nos costaba muchísimo entender, pero que devorábamos con pasión.

​Más allá del entrenamiento, ese espacio era el punto de encuentro donde compartíamos como jóvenes, como equipo y como seres humanos. Bajo esa entrega, los primeros cuatro años fuimos "una fábrica de hacer churros": producíamos tres obras al año, guiados por la pura necesidad de crear.

Promoción a pulso y pincel.

​Hay que dimensionar lo que significaba producir en aquel momento: era un mundo sin teléfonos celulares ni redes sociales. La convocatoria se hacía a pulso.

​Los diseños gráficos de los afiches se elaboraban completamente a mano, y las carteleras informativas eran lienzos en la pared pintados minuciosamente por un artista plástico o un diseñador amigo.

​Para la difusión, dependíamos del periódico impreso y de redactar las tradicionales gacetillas de prensa que llevábamos directamente a las redacciones. Si querías que la gente se enterara, había que activar la calle con pura artesanía y presencia.

El viaje de las tablas.

​Nuestra primera obra fue Despertar en un laberinto, un monólogo de Luis Rincón. Luego vino Había dos veces una, una creación colectiva que nació de una anécdota personal que me ocurrió a mí mientras dormía.

​El gran salto llegó con El sueño raro de Mark Twain, un verdadero exitazo de diez funciones que nos hizo crecer.

​Con el tiempo, el grupo buscó un carácter más serio y sumamos piezas de peso: El tigre urgente de Levi Rosell, Coloquio de hipócritas y el exigente montaje de Siempre de Heiner Müller.

Una época de alianzas.

​El teatro era un regalo: gratuito para el público. Tuvimos el privilegio de una época distinta, donde el Ateneo, bajo la dirección de Juan Manuel Muñoz "Moriche" y una junta directiva liderada por Luis Octavio Bedoya, nos respaldaba con una fluidez económica hoy impensable; eran ellos quienes nos perseguían para que entregáramos los presupuestos anuales. Nosotros solo queríamos actuar.

​Más tarde se incorporarían Rosa Noguera, Dorys Galea, Alex Almea (+), Miguel Argenis Lozada.

El fin del ciclo.

​La aventura duró una década. Partí a Caracas a estudiar y el grupo tomó otros rumbos.

​Al final, como ocurre donde la pasión desborda, la necesidad de una mayor preparación, los choques de conceptos, las dinámicas de órdenes y contraórdenes, y los inevitables temas de ego terminaron por disolvernos.

​Hoy rescato este fragmento porque la historia de nuestro teatro en El Tigre ha tenido muchas idas y venidas, pero también "muchas ganas de hacer y mucho privilegio". El país era otro y las alianzas florecían.

​A todos los que dejaron su huella en el Grupo de Teatro Relevo: gracias por la aventura. Celia Magdalena Caraballo /Jorge Guerra. 

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