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| Foto: Algimiro Hernández |
Por Miguel Flores
El hecho teatral es, ante todo, un acto de
comunión y de tremenda responsabilidad pública. Cuando un director asume la
tarea de levantar un universo sobre las tablas, no solo manipula elementos
tangibles como la escenografía, el vestuario o la iluminación; está,
fundamentalmente, articulando un lenguaje visual y conceptual.
En este proceso, la estética no puede ser un
accidente ni un barniz decorativo; es la manifestación sensible de una idea, la
encarnación del tiempo, el espacio y la voluntad del texto o del creador. Por
ello, la estética no pertenece únicamente al reino de la belleza o de la
plástica: pertenece, de manera indisoluble, al territorio de la ética.
Para comprender esta relación, es imperativo
desmantelar un equívoco contemporáneo: la confusión entre la libre elección de
lo feo como categoría artística y la fealdad producto de la impericia, la
pereza o el descuido profesional.
El arte de lo feo existe y es, de hecho, una
de las vertientes más complejas y fascinantes de la creación humana. La
historia de la cultura nos ha demostrado que lo terrible, lo grotesco y lo
deforme tienen un valor estético legítimo cuando nacen de un criterio riguroso.
El filósofo Umberto Eco, en su célebre Historia
de la fealdad, ya advertía que lo feo posee una fuerza expresiva tan vasta
como la de lo bello, a menudo actuando como un espejo crítico de las
contradicciones humanas. Sin embargo, para edificar la fealdad artística se
requiere maestría. El pintor que deforma un rostro o el dramaturgo que retuerce
el lenguaje dominan primero la anatomía y la gramática a la perfección.
El ejemplo más excelso en nuestra lengua lo
encontramos en Ramón María del Valle-Inclán y su teoría del esperpento. Al
distorsionar la realidad, al mirar a los héroes clásicos a través de los
espejos cóncavos de la calle del Gato, Valle-Inclán no improvisaba. Había un
rigor geométrico en su deformación, una técnica implacable y una necesidad
ética urgente: reflejar la verdad rota de un país en crisis.
El esperpento es bello en su ejecución porque
es preciso, porque responde a una necesidad poética y a una coherencia espacial
y temporal milimétrica. Lo mismo podríamos decir del feísmo en ciertas
vanguardias o de la crudeza en el teatro de Heiner Müller; en todos ellos hay
un mapa, una brújula y un respeto absoluto por el espectador.
El problema ético surge cuando la puesta en
escena se entrega a lo que podríamos catalogar como la estética de lo
ripiante. Esto ocurre cuando el escenario se satura con lo primero que se
encuentra a mano, justificando la falta de factura bajo el cómodo paraguas de
la "experimentación" o la "ruptura".
Hoy en día, asistimos con preocupación a una
suerte de flojera intelectual y pereza productiva por parte de ciertos
directores. Escudándose en la falacia de que "lo único que importa es el
texto" o la interpretación actoral, abandonan por completo la construcción
del espacio escénico.
Esta dejadez es una profunda contradicción. El
texto dramático posee un concepto universal, una atmósfera inherente y unas
coordenadas de tiempo y espacio que exigen ser dialogadas desde la visualidad.
Dirigir no es sentarse a escuchar cómo los actores dicen las líneas; dirigir es
crear un universo.
Cuando se renuncia a la producción material y
conceptual de la obra por mera desidia, el teatro deja de ser arte para
convertirse en un hecho antiprofesional, un panfleto visualmente horripilante
que delata la deshonestidad de quien timonea el barco. Es el triunfo de la
ocurrencia sobre la idea, de lo fortuito sobre lo planificado.
El respeto por la época, por el lugar y por la
esencia de lo que se quiere comunicar —sea a favor del texto original o en una
deconstrucción consciente de este— es la primera norma ética del director de
teatro. Cada elemento que pisa el escenario debe ganarse el derecho a estar
allí.
Si se elige el vacío, debe ser un vacío
cargado de tensión; si se elige la fealdad, debe ser una fealdad que interpele,
que mueva las fibras del intelecto y de la emoción, no que cause el rechazo
estéril que produce lo mal hecho. Hacer teatro con el máximo rigor posible,
cuidando la armonía o la disonancia de cada imagen, no es un acto de vanidad:
es un pacto ético con el público y con el oficio mismo.
Por lo tanto, es momento de hacer un
llamado urgente a la acción.
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| Foto: Algimiro Hernández |
Hago un emplazamiento directo a los hacedores
de teatro, especialmente a las nuevas generaciones de directores, creadores y
productores: regresemos al rigor. No permitamos que la inmediatez de estos
tiempos ni la pereza disfrazada de vanguardia destruyan la dignidad de nuestro
oficio.
Estudiemos el texto en su universalidad,
conceptualicemos el espacio con devoción, exijamos producciones dignas y
coherentes, donde cada luz, cada utilería y cada trazo escénico respondan a una
necesidad artística real.
Frente a la proliferación de lo ripiante y lo
complaciente, el verdadero creador escénico debe dar un paso al frente y
defender las tablas. Reivindiquemos la estética como lo que realmente es: la
forma visible de la honestidad intelectual, de la disciplina y del amor sagrado
por el teatro.
¡A trabajar con rigor, que la escena nos lo
exige!


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