Por Miguel Flores
La primera y más longeva temporada teatral en
la ciudad de El Tigre fue obra del desaparecido Taller de Teatro Tigre,
agrupación que en 1979 celebraba ocho años de fundación. Bajo la dirección del
recordado maestro Cheo González (+), la compañía ofreció una memorable
temporada de dos meses y medio con lo mejor de su repertorio. Entre sus
producciones más emblemáticas destacaron El Bichoscopio (obra original
de María Elena Walsh y Juan Pagés), El Monte Calvo (de Jairo Aníbal
Niño), El Redentor (de Carlos José Reyes), A Dos Manos (del
propio Cheo González), Los Hermanos (de Emilio Peña) y El Juego
(de Mariela Romero), entre otras piezas fundamentales de su trayectoria.
Tuve el privilegio de presenciar algunas de
estas obras en su mítico Teatro de Bolsillo —ubicado en la calle Bolívar, de
forma diagonal a la iglesia Virgen del Valle— y otras en el ya desaparecido
Cine Plaza. Solo lograba entrar a algunas funciones; después de todo, era un
menor de apenas 13 años. Aquellas temporadas transcurrieron entre 1979 y 1981,
una época en la que ni siquiera imaginaba que un día formaría parte de la
historia teatral de mi ciudad, y mucho menos que me convertiría en actor
egresado de la Escuela Superior de Artes Escénicas Juana Sujo.
Aquellos elencos estaban integrados por
jóvenes y apasionados protagonistas que acompañaban al señor González en sus
temporadas. Recuerdo con gran nitidez a Gledys Dimas, Adelaida Mora, Zoyla
Ramírez, Yahaira Salazar, Iraida Cuenca, Alexis Morey, Luis Nelson Mata,
Argenis Lozada y Luis Galbán, junto a muchos otros cuyos nombres el tiempo
borra, pero la memoria resguarda.
Para entender este fenómeno hay que mirar
hacia atrás. En la década de los sesenta, el maestro argentino Carlos Giménez
fundó un taller de teatro en el antiguo Ateneo de Caracas, que posteriormente,
en 1971, daría vida a la Fundación Rajatabla. Acompañado por creadores y
actores extraordinarios como Hugo Arneodo, Juan Pagés y Aníbal Grunn,
transformaron la escena nacional. Tras años de fructífera creación colectiva en
la capital, la diáspora creativa llevó a dos de ellos al interior del país:
Hugo Arneodo llegó a Cumaná y fundó el extraordinario grupo de títeres
Quijotillo —al cual disfruté en numerosas ocasiones durante sus giras en
nuestra Casa de la Cultura—, mientras que el maestro Juan Pagés se estableció
en Ciudad Guayana para fundar el Taller de Teatro La Barraca, un faro de la
teatralidad en el sur de Venezuela.
José "Cheo" González, egresado de
las filas de Pagés, regresó a El Tigre, su tierra natal, para fundar el primer
movimiento escénico con visión profesional. Con su llegada, se dejó atrás el
teatro puramente panfletario y político de los años sesenta, que se utilizaba
en la Mesa de Guanipa como una herramienta de captación partidista por los
movimientos de izquierda. El Taller de Teatro Tigre marcó el quiebre
definitivo, impulsando un quehacer centrado en el arte, suspendido en una
atmósfera poética entre lo onírico y lo profesional.
Festivales y permanencia.
Años más tarde, en 1994, Juan Manuel Muñoz
"Moriche", desde la presidencia de la Casa de la Cultura Ateneo Simón
Rodríguez, fundó la primera Confrontación de Teatro de la Mesa de Guanipa, un
hito que se realizó durante tres años consecutivos. Este festival local
convocaba a agrupaciones nacionales a presentarse tanto en el Ateneo de El
Tigre como en las comunidades vecinas. En ese mismo período dorado, germinó en
el Ateneo el primer Festival de Teatro Infantil, que en sus dos o tres
ediciones mostró el trabajo de colectivos profesionales de Caracas, Barcelona,
Puerto La Cruz, Anaco, Cantaura y creadores locales. Coincidencialmente, por
aquellos días también daba sus primeros pasos la Muestra de Teatro de Cantaura,
que hoy ya celebra más de 40 años de resistencia cultural.
Desde la segunda mitad del siglo pasado, la
ciudad de El Tigre ha respirado una rica tradición teatral y una profunda
historia escénica local. Hubo teatro, hay teatro y seguirá existiendo mientras
el mundo ruede. Como bien sentencia nuestro hermano Argenis Lozada: "Yo
conozco el güey que jala y la víbora que pica".
¡Que viva la historia del teatro en El Tigre y
la teatralidad local, regional y universal!


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