Por: Miguel Flores
En el complejo ecosistema cultural
contemporáneo, la producción teatral ha dejado de ser una mera labor
administrativa para convertirse en un ejercicio de liderazgo estratégico y alta
gerencia. Producir, en su sentido más amplio, es el arte de hacer que las cosas
sucedan; es una constante en la vida misma, donde cada proyecto requiere una
sincronización perfecta de recursos, tiempo y talento. Sin embargo, cuando esta
práctica se traslada a la provincia y se ejerce en contextos sociales de
post-trauma o crisis latente, la gestión convencional se transforma. No se
trata de trabajar desde la carencia, sino desde la resiliencia y la audacia,
demostrando que los límites geográficos o económicos no definen el alcance de
una obra.
Para las nuevas generaciones de creadores, el
"deber ser" académico ofrece un mapa ideal: una estructura científica
donde la producción ejecutiva dibuja la visión financiera, la producción
artística blinda el concepto estético, y la producción de campo resuelve la
logística en el terreno. En la praxis de la provincia, no obstante, esos roles
no operan en departamentos aislados. La realidad nos obliga a fusionar la
producción ejecutiva con la de campo en una sola mente creadora. Quienes
llevamos alrededor de 40 años en este oficio sabemos que el productor es un
estratega integral que lo mismo negocia un patrocinio corporativo que resuelve
el montaje de un foco en el espacio de presentación.
La columna vertebral de este modelo de gestión
radica en la ingeniería de las alianzas colaborativas. Ante la ausencia de
grandes subsidios o presupuestos ideales, el intercambio masivo de bienes y
servicios se convierte en el capital más valioso. La gestión moderna en
provincia se nutre de la suma de pequeños aliados: desde la empresa privada que
aporta fondos o insumos clave mediante el fondeo corporativo, hasta el tejido
comunitario de amigos y creadores que colaboran de manera orgánica. Conseguir
elementos de la escenografía por préstamo, asociarse con creadores locales para
compartir vestuarios o negociar intercambios de difusión son herramientas
estratégicas que demuestran que el valor de una producción no se mide en lo que
se gasta, sino en la solidez de su red de apoyo.



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