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30.8.26

Granada, traición y crimen, por Ricardo Chacón Maldonado.

 

Un ritual estético para tiempos de urgencia. Como ejercicio crítico, la puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro se erige como una pieza de altísima complejidad semiótica, concebida como un homenaje exorcizante a García Lorca, donde la escenificación trasciende el mero hecho teatral para convertirse en un ritual de memoria histórica y desgarramiento poético.

En este sentido, la dramaturgia de Aníbal Grunn constituye un trabajo exquisito, un tejido intertextual que fusiona magistralmente la lírica lorquiana con fragmentos de sus cartas y textos, logrando una arquitectura textual donde la palabra no solo narra, sino que perfora la psique del espectador.

A esto se suma la dirección impecable de Carlos Arroyo, Aníbal Grunn y Rufino Dorta, quienes a través de un manejo quirúrgico del ritmo y del espacio, logran una segmentación perfecta de cada cuadro, articulando transiciones que funcionan como una coreografía intelectual, donde la iluminación y el sonido juegan un papel fundamental en la ruptura de la cuarta pared y la inmersión del público en la deriva emocional del drama.

En el apartado visual, el bello trabajo de dirección de arte, liderado por la escenografía de Juan Carlos Azuaje, dialoga con la tradición del constructivismo y el simbolismo, creando atmósferas opresivas y a la vez etéreas; mientras que la música, bajo la majestuosa y dramática labor de músico-dramaturgia de Julia Carolina Ojeda, ejecutada en vivo, actúa como un contrapunto operístico que amalgama la raíz gitana andaluza con la identidad sonora venezolana, dotando a la obra de una pulsión dionisíaca que impulsa la acción hacia su clímax catártico.

No obstante, es el apartado actoral el que se convierte en el verdadero eje gravitacional de la tragedia. El trabajo de las actrices, encarnando los arquetipos femeninos de Lorca, demuestra un dominio técnico asombroso que se sustenta en la intersección de diversos métodos actorales. Se observa una profunda aplicación del sistema stanislavskiano en la construcción de la memoria emotiva y las circunstancias dadas, que se fusiona con la vulnerabilidad extrema y el despojamiento físico del actor pobre de Grotowski, llegando incluso a vislumbrarse destellos de biomecánica meyerholdiana en la tensión física extrema que domina sus cuerpos.

Estas actrices no interpretan; transitan un desgarramiento físico y psicológico donde la represión se transforma en fuerza telúrica, logrando una catarsis que obliga al público a confrontar la brutalidad de la opresión con una entrega visceral absoluta. Sin embargo, y a pesar de la indiscutible solvencia técnica de esta propuesta, es imperativo realizar una reflexión crítica desde la coyuntura sociopolítica actual.

Personalmente, debo señalar que no comparto la premisa de que este sea el espectáculo que el país necesita en este momento histórico. En una Venezuela urgida por discursos de reconstrucción material, diálogo social y atención a problemáticas inmediatas, una pieza de esta naturaleza, de introspección tan profunda y estetización exquisita, podría parecer un lujo distante de las demandas más básicas de la población, o un repliegue hacia una memoria histórica ajena al dolor cotidiano local. Aun así, esta discrepancia temática no opaca la genialidad técnica del montaje.

Lejos de restar valor, se agradece y se felicita esta propuesta, pues se erige como un baluarte de excelencia artística y un acto de resistencia estética fundamental; es una obra indispensable para quienes amamos profundamente a Lorca, para quienes valoramos el teatro como un vehículo de exploración de la condición humana, y para quienes entendemos que, incluso en los momentos más crudos, el arte de primer nivel es un ejercicio necesario de espiritualidad y memoria colectiva que, aunque no resuelva las urgencias materiales, alimenta el alma de una nación sedienta de belleza y reflexión.

Ricardo Chacón Maldonado, agosto 2026

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