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20.9.26

Apuntes sobre la Materia y el Espíritu del Teatro Independiente

 

Miguel Flores

​Hacer teatro independiente es, en su esencia más pura, un acto de fe. Pero la fe, si no se encarna en el verbo y en la acción concreta, se diluye en la retórica. Desde Teatro 3, aquí, habitando el calor del sur de Anzoátegui, en El Tigre, nuestro latido es orgánico. Nuestro camino nace de la autogestión y el esfuerzo propio, sumando voluntades desde el afecto y el trabajo continuo. Nuestro pacto es con esa gente que todavía cree y sueña; con aquellos que conciben un universo íntimo y desean que la vida, a través del arte, se desarrolle y nos abrace a todos.

Nuestra SUR es la formación. Apostamos a que nuestra ciudad respire más teatro, que existan más talleres, que el oficio del actor se afile. ¿Cómo forjamos esto? Descubriendo senderos, coordinando, dialogando con transparencia; buscando que en cada alianza todos crezcamos, que cada quien ponga su grano de arena para que este ecosistema artístico siga evolucionando y dando frutos.

​Y es aquí donde la academia y la comunidad se encuentran. Queremos invitar a maestros de verdad, a profesores que carguen consigo el peso de una trayectoria, de una categoría incuestionable. Queremos entregar esa información vital para la escena. Pero esa información, como todo lo que tiene un valor profundo en la vida, conlleva una responsabilidad compartida. Y esa responsabilidad se traduce en una inversión económica necesaria.

​Hemos normalizado la inversión monetaria en el teatro de lo cotidiano. Vemos sin asombro cómo un taller técnico –pongamos por caso, un taller de estética de uñas, con toda su técnica y validez– requiere una inversión justa de 120 dólares. Y está bien, porque el aprendizaje lo vale. Sin embargo, cuando se trata de la escena, a veces surge la inquietud: "¿Por qué se requiere una inversión para un taller de actuación o para disfrutar de una obra?"

​Es vital recordar, entonces, la dignidad de la profesión artística. Al igual que un médico, un abogado o un científico dedican su vida a la investigación y a la práctica rigurosa de su oficio, un actor, un director, un profesor de teatro y toda esa gente maravillosa que hace posible el hecho escénico, son profesionales integrales. Su arte no brota espontáneamente de la nada; es el resultado de años de disciplina, de estudio constante y de entrega absoluta. Merecen ejercer su oficio con la misma dignidad, respeto y respaldo con el que la sociedad honra a las ciencias o a las leyes.

​Por eso, el aporte por una entrada o la inscripción a un taller es, ante todo, una inversión en nuestra propia cultura. Esa inversión se transmuta como una alquimia luminosa, en bienes, servicios y honorarios. Es la energía que irriga el proyecto. Si un artista viaja desde otra latitud para compartir su fuego con nosotros, la matemática es transparente: hay que invertir en sus traslados, en el transporte, en su alimentación y, fundamentalmente, honrar la dignidad de su trabajo con el pago de sus honorarios.

​A esto se suma el engranaje de la producción: la publicidad que convoca, los refrigerios que sostienen las pausas, los certificados, la atención meticulosa de cada salón. Incluso cuando una institución amiga nos brinda amablemente su espacio, hay una inversión invisible que se asume: el agua, la electricidad, el mantenimiento, el personal dispuesto, el estacionamiento. Todo requiere cuidado; y si el espacio es alquilado, la inversión es directa y vital para el desarrollo de la actividad.

​Este es el verdadero andamiaje del teatro. Nuestro norte es, y siempre será, entregar teatro de calidad. Pero para que esa verdad resuene en el escenario, la sociedad debe comprender que la cultura es un ecosistema de inversión, desarrollo y progreso. Reconocer y asumir esta realidad no le resta magia al arte; al contrario, le otorga la dignidad del trabajo honesto garantizando que el telón de nuestra ciudad se siga levantando con excelencia. 

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