Miguel Flores
Hacer teatro independiente es, en su esencia
más pura, un acto de fe. Pero la fe, si no se encarna en el verbo y en la
acción concreta, se diluye en la retórica. Desde Teatro 3, aquí, habitando el
calor del sur de Anzoátegui, en El Tigre, nuestro latido es orgánico. Nuestro
camino nace de la autogestión y el esfuerzo propio, sumando voluntades desde el
afecto y el trabajo continuo. Nuestro pacto es con esa gente que todavía
cree y sueña; con aquellos que conciben un universo íntimo y desean que la vida,
a través del arte, se desarrolle y nos abrace a todos.
Y es aquí donde la academia y la comunidad se
encuentran. Queremos invitar a maestros de verdad, a profesores que carguen
consigo el peso de una trayectoria, de una categoría incuestionable. Queremos
entregar esa información vital para la escena. Pero esa información, como todo
lo que tiene un valor profundo en la vida, conlleva una responsabilidad
compartida. Y esa responsabilidad se traduce en una inversión económica
necesaria.
Por eso, el aporte por una entrada o la
inscripción a un taller es, ante todo, una inversión en nuestra propia cultura.
Esa inversión se transmuta como una alquimia luminosa, en bienes, servicios y honorarios.
Es la energía que irriga el proyecto. Si un artista viaja desde otra latitud
para compartir su fuego con nosotros, la matemática es transparente: hay que
invertir en sus traslados, en el transporte, en su alimentación y,
fundamentalmente, honrar la dignidad de su trabajo con el pago de sus
honorarios.
Este es el verdadero andamiaje del teatro.
Nuestro norte es, y siempre será, entregar teatro de calidad. Pero para que esa
verdad resuene en el escenario, la sociedad debe comprender que la cultura es
un ecosistema de inversión, desarrollo y progreso. Reconocer y asumir esta
realidad no le resta magia al arte; al contrario, le otorga la dignidad del
trabajo honesto garantizando que el telón de nuestra ciudad se siga levantando
con excelencia.






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