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12.5.26

El arte de estar solo en escena: Monólogos, soliloquios y unipersonales del Caribe, por Carlos Rojas

 Un punto de vista
El arte de estar solo en escena:
Monólogos, soliloquios y unipersonales del Caribe

por Carlos Rojas*

Especial para Miradas al Escenario

Alejandro Miguez en Salsa, tango y locura de Carlos Canales.

Para hablar del arte de colocar una voz en soledad, de habitar un cuerpo sin la presencia del otro, de resistir el espacio vacío sin más herramientas que la palabra, el gesto y la memoria, este género teatral encuentra en el Caribe una zona de intensidad particular que desmonta cualquier lectura superficial del monólogo, soliloquio y en especial del unipersonal.

Estas tres dramaturgias provenientes de Cuba, República Dominicana y Puerto Rico, revelan un teatro que no se conforma con entretener, sino que se instala en la incomodidad, en la fractura, en ese lugar donde el intérprete deja de representar para exponerse.

Hablemos del monólogo, en estos casos, no es un recurso práctico ni una solución de producción: es una decisión estética y política que obliga a mirar de frente aquello que el discurso colectivo suele disolver.

Y si algo queda claro al atravesar obras como Salsa, tango y locura, Las penas saben nadar y A veces grito que aquí analizamos, cuando están sostenidas por una escritura rigurosa y una visión escénica consciente, se convierte en un dispositivo de disección brutal de la identidad, la memoria y la locura, entendida no como patología aislada sino como síntoma social.

En Salsa, tango y locura, del dramaturgo puertorriqueño Carlos Canales (Río Piedras, Puerto Rico; 1955), lo que se construye no es simplemente la historia de un individuo, sino una maquinaria dramatúrgica que tensiona constantemente al espectador entre la empatía y el juicio, entre la risa y el desasosiego, evitando con precisión lingüística cualquier tentación de convertir el relato en una lección moral.

La obra, ganadora del Premio Nacional de Teatro y Dramaturgia de Puerto Rico, no se instala en el didactismo ni en la comodidad del mensaje cerrado, sino que apuesta por la complejidad de un personaje llamado: Freddy Nivelito que encarna, en su desmesura, una acumulación de fracturas sociales, resentimientos históricos y pulsiones autodestructivas que lo convierten en algo más que un individuo: en una metáfora viva del colapso.

Canales demuestra nuevamente una notable capacidad para seducir desde su escritura, pero no desde la palabra complaciente, sino desde la precisión irónica, desde un manejo del humor que no busca aliviar sino tensar, revelando cómo lo grotesco y lo trágico coexisten en una misma respiración.

La estructura de la teatralidad se configura como un rompecabezas emocional que rehúye la linealidad y se instala en una lógica fragmentaria, donde los recuerdos, las justificaciones y los fantasmas del personaje se entrelazan hasta construir una atmósfera asfixiante que obliga al lector/espectador a tomar una posición.

No hay absolución posible, pero tampoco condena explícita: la obra delega en el público la responsabilidad de decidir quién es Freddy, y en ese gesto se produce uno de sus mayores aciertos, desde la inestabilidad emocional de un personaje que se desplaza entre la confesión y la negación, entre la lucidez y el delirio.

Salsa, tango y locura se instala, así como un unipersonal que no se agota en su anécdota, sino que persiste como una experiencia incómoda, como un espejo que devuelve una imagen deformada, pero reconocible de una sociedad que no logra reconciliarse consigo misma, pero ha aprendido a vivir con ella.

Olga Bucarelli en Las penas saben nadar. Foto: Dantes-Castillo.

Por su parte, Las penas saben nadar, del dramaturgo cubano Abelardo Estorino (1925-2013), se sitúa en un registro distinto, pero igualmente incisivo, desplazando el foco hacia el interior del propio teatro para desmontar sus mitologías y exponer, sin concesiones, la fragilidad de quien lo habita.

Aquí la figura central es una actriz en decadencia que irrumpe en escena, botella en mano, interrumpiendo la representación prevista de La voz humana de Jean Cocteau para apropiarse del espacio y convertirlo en un territorio de confesión donde lo autobiográfico y lo ficcional se contaminan hasta volverse indistinguibles.

El autor construye un texto que oscila con una madurez notable entre la comedia amarga y la tragedia íntima, evitando cualquier clasificación simplista de género y apostando por una dramaturgia que se sostiene en la tensión constante entre el humor y el dolor, entre la lucidez y la autocompasión.

La protagonista no busca redimirse ni justificar su caída; se expone, se contradice, se exhibe en su vulnerabilidad más cruda, obligando al lector/espectador a confrontar no sólo la decadencia de una artista, sino la precariedad misma de la vocación cuando el reconocimiento desaparece.

El alcohol, lejos de ser un elemento anecdótico, funciona como un dispositivo simbólico que atraviesa la obra, evidenciando la necesidad de anestesiar una memoria que insiste en aparecer fragmentada, cargada de frustraciones, amores fallidos y decisiones irreversibles.

La relación con el público es directa, casi violenta en su honestidad, eliminando cualquier distancia protectora y convirtiendo al espectador en testigo incómodo de un proceso de desmoronamiento que no se resuelve en catarsis sino en una forma de lucidez devastadora.

En ese sentido, Las penas saben nadar se configura como un ejercicio de verdad escénica que desmitifica el teatro desde dentro, revelando que detrás del aplauso y la representación existe una humanidad frágil, contradictoria y profundamente sola.

Freddy Ginebra autor de A veces grito. Foto Cortesía Casa de Teatro.

Finalmente, A veces grito, del dominicano Freddy Ginebra (Santo Domingo; 1944), introduce una dimensión aún más visceral al colocar al personaje en un límite donde la razón y el delirio se entrelazan sin posibilidad de separación clara, construyendo un relato que se sostiene en la urgencia existencial y en la necesidad desesperada de encontrar sentido en medio del caos.

Juan, el protagonista, no se presenta como un caso clínico ni como un símbolo abstracto, sino como un ser atravesado por una historia personal y colectiva marcada por la violencia, la represión y la fractura familiar, en un contexto que remite a las sombras del régimen de Rafael Trujillo.

Monólogo de carácter minimalista, lejos de empobrecer la experiencia, concentra la atención en el cuerpo del intérprete y en su capacidad para transitar entre estados emocionales extremos, utilizando elementos aparentemente simples: un banco, unos zapatos como extensiones de una subjetividad en constante tensión, sino que expone con mayor crudeza la fragilidad de un sujeto que intenta aferrarse a los restos de su infancia como única zona de sentido posible.

La estructura argumental del texto se articula como un proceso de exorcismo donde el personaje se enfrenta a sus propios fantasmas, negando y afirmando simultáneamente cualquier posibilidad de creencia, en una tensión que atraviesa toda la obra y que evita caer en soluciones simplistas o discursos redentores.

Lo más inquietante de A veces grito es su capacidad para desplazar la mirada del lector/espectador, obligándolo a cuestionar la noción misma de locura y a reconocer que el verdadero extravío no radica en perder la razón, sino en perder todo aquello que da sentido a la existencia, a la vida misma.

En ese desplazamiento se produce el verdadero impacto de la escritura dramática, que deja de ser la historia de un individuo para convertirse en una interrogación abierta sobre los límites de la cordura y la responsabilidad colectiva frente al sufrimiento ajeno.

***

Como conclusión diré que, estas tres piezas caribeñas no sólo confirman la vigencia del monólogo como género teatral, sino que lo reivindican como uno de los espacios más radicales para la exploración de la condición humana, despojándose de cualquier connotación menor y devolviéndole su potencia como herramienta social y teatral.  

En ellas, el unipersonal no es un refugio ni un atajo, sino un terreno de riesgo donde la escritura, la dirección y la interpretación escénica se ven obligadas a sostenerse sin artificios, exponiendo con crudeza las tensiones sociales, políticas y emocionales que atraviesan sus contextos y sus propias realidades.

Lejos de la superficialidad o del entretenimiento fácil, estas tres escrituras escénicas fundamentales en la dramaturgia contemporánea caribeña proponen una experiencia que interpela, incómoda y permanece, recordándonos que el teatro, cuando se asume con rigor y compromiso, sigue siendo un lugar donde es posible pensar, sentir y confrontar aquello que preferimos evitar sin importar de qué latitud provenga. Así de claro, es el arte de estar solo en escena, querido lector.

CR (@mipuntocritico)

*Carlos Rojas. Crítico e Investigador teatral venezolano en tránsito por Bogotá (Colombia).  

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