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27.9.26

Granada, Traición y Crimen: La fuerza del camino lorquiano

 


Por Maga Arellano

La herida y el pulso de una Granada rota.

Granada, Traición y Crimen, bajo la dramaturgia de Aníbal Grunn y las miradas entrelazadas de los directores Rufino Dorta, Carlos Arroyo y el propio Grunn, se despliega como un montaje teatral tan visceral que evoca los últimos días y la memoria de Federico García Lorca en su camino hacia Granada. La puesta en escena nos sumerge en la fuerza femenina de la madre, la luna, los amores, las raíces, la muerte y una transmutación poética que se niega a morir en silencio.

La profunda investigación de Aníbal Grunn nos introduce en un texto de pura fuerza del camino lorquiano, un trayecto irrevocable de herida y luz que cruza Granada para recordarnos que hay crímenes que la tierra jamás logra callar. Es sangre, pulso y destino sobre una Granada rota, un sendero de tierra y memoria donde la poesía atraviesa la sombra desafiando al olvido. Consolidado como un texto redondo y pulido, la obra nos devuelve al Lorca caminante no solo mediante la recreación de un crimen histórico, sino como el recordatorio inquebrantable de que su voz sigue desobedeciendo al silencio mientras se cuente su paso.

Lejos de la comodidad de la butaca tradicional, esta propuesta de la Compañía Nacional de Teatro se despliega de manera inmersiva donde nos despiertan los cinco sentidos. El público recorre diversas locaciones y recovecos del edificio, transformándose en un transeúnte más de esta marcha hacia la fatalidad. En una co-dirección, a tres voces uniendo los estilos distintos; pero magistrales de Dorta, Arroyo y Grunn, el montaje rescata el tránsito hacia la muerte como una huella indeleble, dotada de ese duende que Lorca siempre nombraba y que hoy sigue presente en cada espectador, tomando un rumbo de dirección muy cercano al lenguaje cinematográfico. 

Los cuadros de la memoria: Símbolos, cuerpos y poesía.

La dramaturgia se fragmenta magistralmente en seis cuadros escénicos de una potencia visual arrolladora, puro cine teatral donde la luz y la sombra esculpen el dolor:

Las lavanderas: La fuerza del útero: La escena arranca con la voz penetrante de Francis Rueda, un conjuro que atraviesa el pecho para anunciar a Lorca. De inmediato surge el actor Yoel Ramírez, en una interpretación delirante y profunda del poeta, danzando la locura y la demencia junto a un coro vibrante de fuerza ancestral de las mujeres que se entregan en escena; como el canto de gitana de Ariana León, Angelica Rinaldi, Eliné Mediastino, Sara, Escalona, Yisser Oviedo y todas que se funden como un solo útero. Un juego de luces cálidas envuelve este torbellino de agua que es la piscina espejo, el sudor y el dolor, mientras Dora Farías entona La Tarara con una danza lunática que disuelve la frontera entre la realidad y el mito. Las lavanderas con una fuerza cantan la Tarara y bailan con un movimiento circular de puro espíritu femenino, coreografía desde lo más adentro de la maestra Carmen Ortiz.  

El balcón, el canto y la poesía: Bajo el frescor nocturno, la escenografía se engrandece entre mesas, cantos y bailes que rompen la barrera con el público. Una iluminación cálida y vibrante impregna cada rincón de una atmósfera íntima, donde los Lorca aparecen descalzos, entregados a flor de piel para encarnar la palabra y la emoción del poeta, con su llegada a Nueva York, luego simulan la noche de baile y el canto, que resuena armónica en momentos donde se canta "Allá en Santiago" y desgarradora cuando los Lorca presienten "a las cinco de la tarde”. Es el respiro poético antes de que la sombra de la historia comience a cerrarse en el transcurrir de la obra. 

La batalla surrealista: Al amparo de los versos "Luna, luna del tiempo de la aceituna..." y el eco de "señor alcalde, sus niñas están mirando en la luna", la escena oscila hacia la tensión más descarnada. Se alza la figura imponente del teniente coronel de la Guardia Civil española interpretada por Jo Se, de una manera orgánica, cuya presencia se teje con los rayos de luna que cruzan la ventana, abriendo paso al desnudo del gitano, una interpretación visceral de Cesar Castillo, quien se entrega a la escena. Se exponen las contradicciones de una España criminal, la represión institucional frente al deseo prohibido y silente donde se cruza el amor clandestino del coronel frente a Lorca y una fuerza actoral femenina impecable, María Brito, Livia Méndez, Yendy Vegas y Yhan Media.

El Café de Chinitas: La atmósfera se traslada a la taberna gitana a través de un juego dinámico de sillas y una paleta cromática de rojos pasionales, azules hondos, verdes profundos y fucsias encendidos. Estalla la danza de los gitanos en una perfecta fusión de arte hondo, palabra y movimiento. Los cuerpos de las gitanas y los gitanos que se encuentran, dominando el humor negro en los personajes. Se ve la resistencia al folclorismo de postal, el flamenco aquí no es adorno, sino resistencia cultural. La fuerza de los bailes y cantos nos recuerdan que el arte de Lorca brota de la sangre y la entraña del pueblo gitano.

Bodas de sangre: El pulso dramático alcanza su cénit con la tensión del cuchillo, el desgarrador canto lírico de Omar Churion y el compás seco del cajón flamenco del gitano Miguel Ángel Treccia. En medio de un azul frío y cortante, el actor se desvanece con mirada poseída, mientras toca para dar entrada a Yurahy Castro, quien invoca la fuerza telúrica y una Yemayá León con una catarsis devastadora en su llanto. Los vestuarios de esta escena son sublimes. 

El fusilamiento y el eco eterno: Con el sonido ominoso de una marcha militar, la tragedia se precipita ante el intento infructuoso de Pepín interpretado por Sebastián Quevedo con una intención un poco inofensiva, quien avisa la ejecución. El eco de los disparos derriba a los Lorca con los ojos vendados, en los brazos de las mujeres, recreando una sobrecogedora imagen de la Piedad y la cruz. Bajo luces cálidas, entre llantos y música envolvente, la mujer contempla a cada actor, descubriendo en ellos la esencia más pura de la obra.

El hilo conductor y la trascendencia del mito.

A lo largo de este viaje visceral, la mirada del espectador es guiada por la presencia imponente del guardia civil español, interpretado con magistral autoridad por Jesús Plaza. Con una mezcla perfecta de fuerza y rigor, Plaza se convierte en el hilo conductor que vertebra la obra, transitando por los abismos de la tragedia y logrando, paradójicamente, empatizar profundamente con el público a través de su paso marcial y su mirada vigilante.

Hacia el final, el actor Aníbal Grunn, desde un ritmo de caminar pausado, invoca el sueño de las manzanas en una reflexión profunda sobre la muerte y el destino de Lorca. Es el anhelo de volver a la naturaleza, a la mirada inocente del niño en altamar y al amor de piel morena dejado en Cuba, pidiendo que sepan que el poeta no está muerto, que vive en nosotros y que todos somos Lorca.

Cada imagen se cristaliza en la figura de Lorca y la madre como una escultura viva de la Piedad de Miguel Ángel. Esta figura acoge al poeta para encarnar tanto el dolor de las madres dolientes de su dramaturgia como a la Madre Tierra y a la propia Granada, que purifican y consagran el cuerpo destrozado de su hijo más lúcido. 

La verdad viva de un mito indomable.

Este montaje no es una simple recreación biográfica; es un acto de justicia poética. Desde el primer latido, la investigación dramatúrgica y el rigor escritural de Aníbal Grunn se conjugan con una dirección de actores deslumbrante, capaz de extraer de cada intérprete una verdad tan carnal y lacerante que trasciende el hecho teatral.

Aquí hay una fidelidad absoluta al espíritu de Federico García Lorca, a su vida, a su trágica muerte, a sus batallas íntimas y a sus amores inconfesables. Pero lo que verdaderamente engrandece esta propuesta es su profundo respeto por los códigos andaluces y el alma de Granada. Lejos de cualquier estilización comercial, de vestidos de lunares, o zapatillas de flamenco sevillana, la obra se arraiga en la verdad del flamenco del Albaicín, ese que prescinde de misterios y se compone del sonido real de las pulseras al compás, del roce seco de las faldas lisas y de las camisas ondeando al compás gitano, la que se vive dentro de la taberna.

Cada elemento de esta puesta en escena, desde una escenografía viva hasta un vestuario que huele a tierra mojada, pasando por una iluminación que corta el alma y un diseño sonoro milimétrico, honra la memoria de quien supo ver el dolor del mundo con ojos de niño y comprensión de genio.

Es, sin lugar a dudas, la obra más fiel y respetuosa que se ha hecho sobre Federico García Lorca en Venezuela. Un recordatorio urgente de que su poesía, su lucha y su legado pertenecen por entero a la humanidad.

Granada, Traición y Crimen es un ejercicio de justicia poética y un triunfo de la dirección colectiva en la escena venezolana. Lejos de quedarse en la simple narración o en el drama biográfico

convencional, la obra logra que el mito de Lorca transite a flor de piel, recordándonos que su voz sigue desobedeciendo al olvido. Es un montaje redondo, visceral e imprescindible que honra la memoria de uno de los grandes creadores del siglo XX.  Es un acto de total transmutación donde el público deja de ser simple testigo para sentirse, piel adentro, parte de aquella tragedia. 

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