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24.9.26

El último puerto del artesano: Cuando los barcos se convirtieron en títeres.

 

Por: Jesús Eduardo Espinoza

Apareció un día en la Escuela de Títeres de la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Zulia impulsado por una convocatoria orientada a los talleres de formación para la tercera edad. Fue el primero en inscribirse. Se identificó como el señor José Rodríguez: un hombre desbordante de energía y vitalidad, con esa locuacidad inagotable propia de quien tiene mucho que decir y a quien la vida le ha otorgado suficientes credenciales conversacionales.

“¿Qué haremos aquí? ¿Qué aprenderemos?”, preguntó con una mezcla de urgencia y recelo. Al mostrarle los muñecos que habitaban la escuela, sus ojos brillaron de inmediato. Sin embargo, su primera respuesta, defensiva o condicionada por el hábito, fue mostrar su mundo conocido: los barcos. Lindos barcos, sí, elaborados con materiales de provecho con gran ingenio y destreza manual. Mostraba con orgullo fotográfico la flota artesanal que había construido en solitario, repitiendo fórmulas mecánicas, había construido barco tras barco, distintos en su forma pero idénticos en su fin utilitario.

Y es aquí donde surge la gran interrogante crítica frente al proceso creativo en la adultez mayor. Muchas veces, el culturista popular o el artesano se encierra en la monotonía de su propia producción, satisfecho con un oficio que ya domina pero que no transita hacia la escena. El taller se convierte entonces en el territorio de la ruptura: dar la oportunidad de empezar a hacer otra cosa, de arriesgarse a transitar por caminos inexplorados. No se trataba de seguir haciendo un tipo de barco más; se le dio la oportunidad de atreverse a construir un títere.

En ese tránsito fundamental jugaron un papel clave la dirección de la escuela y el rigor pedagógico. Bajo la guía del director de la institución, el profesor Richard Uzcátegui, y con el acompañamiento magistral de Carlos Aguirre ,un titiritero de dilatada trayectoria, dramaturgo y maestro de gran experiencia,el taller se transformó en un verdadero laboratorio de creación. Ellos fueron quienes cobijaron y encauzaron al señor José, ayudándole a traducir sus saberes previos hacia el lenguaje de los títeres.

Ya no se trataba de ensamblar piezas para que flotasen en el agua; se trataba de insuflarles alma, de construir un personaje. Con gran habilidad y un deseo irrefrenable de aprender, José preguntaba, proponía, debatía y contagiaba a sus compañeros. El hombre que venía aferrado a la carpintería de ribera encontró el verdadero cauce de la creatividad en el atardecer de su vida: escribió su propia historia sobre cómo aprendió a hacer barcos, montando con ello, su propio espectáculo de títeres.

El caso del señor José nos deja una lección pedagógica y humana incalculable. Demuestra que el arte no tiene edad de caducidad y que el taller institucional no es un simple pasatiempo para la tercera edad, sino un espacio de subversión creativa y rescate humano. Representa a ese artesano que llega cargado de inercias para descubrir, en su último puerto, que era un titiritero que ignoraba su propia condición.

Como una estrella fugaz pasó el señor José por la Escuela de Títeres de la Secretaría de Cultura. Se marchó físicamente, dejándonos el vacío de su ausencia, pero nos legó una estela luminosa de compromiso, de amor por el hacer y de amistad entrañable.

Hasta siempre, querido amigo José. Los titiriteros de la escuela te vamos a extrañar en la brega diaria, aunque tu huella ya forme parte de nuestra dramaturgia cotidiana. Paz a tu Alma. ¡Aplauso por siempre para ti!

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