Por: Jesús Eduardo Espinoza
Apareció un día en la
Escuela de Títeres de la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Zulia
impulsado por una convocatoria orientada a los talleres de formación para la
tercera edad. Fue el primero en inscribirse. Se identificó como el señor José
Rodríguez: un hombre desbordante de energía y vitalidad, con esa locuacidad
inagotable propia de quien tiene mucho que decir y a quien la vida le ha
otorgado suficientes credenciales conversacionales.
“¿Qué haremos aquí?
¿Qué aprenderemos?”, preguntó con una mezcla de urgencia y recelo. Al mostrarle
los muñecos que habitaban la escuela, sus ojos brillaron de inmediato. Sin
embargo, su primera respuesta, defensiva o condicionada por el hábito, fue mostrar
su mundo conocido: los barcos. Lindos barcos, sí, elaborados con materiales de
provecho con gran ingenio y destreza manual. Mostraba con orgullo fotográfico
la flota artesanal que había construido en solitario, repitiendo fórmulas
mecánicas, había construido barco tras barco, distintos en su forma pero idénticos en
su fin utilitario.
Y es aquí donde surge
la gran interrogante crítica frente al proceso creativo en la adultez mayor.
Muchas veces, el culturista popular o el artesano se encierra en la monotonía
de su propia producción, satisfecho con un oficio que ya domina pero que no transita
hacia la escena. El taller se convierte entonces en el territorio de la
ruptura: dar la oportunidad de empezar a hacer otra cosa, de arriesgarse a
transitar por caminos inexplorados. No se trataba de seguir haciendo un tipo de
barco más; se le dio la oportunidad de atreverse a construir un títere.
En ese tránsito
fundamental jugaron un papel clave la dirección de la escuela y el rigor
pedagógico. Bajo la guía del director de la institución, el profesor Richard
Uzcátegui, y con el acompañamiento magistral de Carlos Aguirre ,un titiritero
de dilatada trayectoria, dramaturgo y maestro de gran experiencia,el taller se
transformó en un verdadero laboratorio de creación. Ellos fueron quienes
cobijaron y encauzaron al señor José, ayudándole a traducir sus saberes previos
hacia el lenguaje de los títeres.
Ya no se trataba de
ensamblar piezas para que flotasen en el agua; se trataba de insuflarles alma,
de construir un personaje. Con gran habilidad y un deseo irrefrenable de
aprender, José preguntaba, proponía, debatía y contagiaba a sus compañeros. El
hombre que venía aferrado a la carpintería de ribera encontró el verdadero cauce
de la creatividad en el atardecer de su vida: escribió su propia historia sobre
cómo aprendió a hacer barcos, montando con ello, su propio espectáculo de
títeres.
El caso del señor José
nos deja una lección pedagógica y humana incalculable. Demuestra que el arte no
tiene edad de caducidad y que el taller institucional no es un simple
pasatiempo para la tercera edad, sino un espacio de subversión creativa y
rescate humano. Representa a ese artesano que llega cargado de inercias para
descubrir, en su último puerto, que era un titiritero que ignoraba su propia
condición.
Como una estrella fugaz
pasó el señor José por la Escuela de Títeres de la Secretaría de Cultura. Se
marchó físicamente, dejándonos el vacío de su ausencia, pero nos legó una
estela luminosa de compromiso, de amor por el hacer y de amistad entrañable.
Hasta siempre, querido
amigo José. Los titiriteros de la escuela te vamos a extrañar en la brega
diaria, aunque tu huella ya forme parte de nuestra dramaturgia cotidiana. Paz a tu Alma. ¡Aplauso por siempre para ti!
No hay comentarios:
Publicar un comentario