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21.5.26

Sobre el Congreso Iberoamericano de Educación: Artes para la Paz, por Carlos Rojas

 Un punto de vista

Sobre el Congreso Iberoamericano de Educación:
Artes para la Paz

por Carlos Rojas
criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía Mincultura*

Desde el 13 al 15 de mayo del 2026, el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella y el Teatro Colón de Bogotá se convirtieron en el epicentro de un encuentro continental que intentó instalar una discusión urgente sobre el presente de la educación artística y cultural en Iberoamérica.

El Congreso Iberoamericano de Educación y Formación Artística y Cultural -Artes para la Paz- reunió ministros, delegaciones oficiales, organismos multilaterales, investigadores, docentes, gestores, críticos y agentes comunitarios de más de dieciséis países en una programación que alternó paneles políticos, laboratorios pedagógicos, mesas técnicas y espacios de intercambio territorial.

El evento aspiró a consolidarse no sólo como un encuentro académico, sino también como una plataforma política para pensar el arte como herramienta de cohesión social y construcción de paz. La dimensión institucional del congreso fue evidente desde el inicio.

Conviene desconfiar del entusiasmo automático que suelen producir estas cumbres. Mientras más solemne se vuelve el discurso oficial, más visible aparece la distancia entre las declaraciones y las condiciones reales de las comunidades.

Ese fue quizá el gran núcleo silencioso del encuentro. Porque si algo quedó claro en Bogotá es que la educación artística sigue ocupando un lugar paradójico en Iberoamérica: todos la celebran simbólicamente, pero muy pocos Estados la sostienen con continuidad, infraestructura y políticas duraderas.

3ª Panel ministerial: Formar formadores para una agenda regional de educación artística. Foto: cortesía MPPC**

Las mesas ministeriales insistieron una y otra vez en conceptos como inclusión, diálogo regional, memoria, saberes ancestrales y convivencia. Nadie parecía dispuesto a cuestionar la importancia del arte dentro de los procesos educativos. Justamente allí apareció una contradicción reveladora: cuando el consenso es absoluto, el conflicto desaparece del discurso y reaparece en otro lugar mucho más incómodo.

La discusión ya no pasa por defender el valor del arte, sino por decidir quién lo financia, quién garantiza su permanencia y quién asume su presencia real fuera de los centros urbanos privilegiados.

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía Mincultura

La presencia de organismos como la UNESCO, la OEI y la CAF reforzó una visión regional donde el arte aparece asociado al desarrollo sostenible, la innovación social y la convivencia democrática.

El enfoque posee valor estratégico, aunque deja una tensión inevitable: cuando el arte necesita justificarse exclusivamente por su utilidad social, comienza también a perder aquello que lo vuelve imprevisible, incómodo y críticamente cuestionador.

Esa tensión atravesó silenciosamente todo el encuentro: el arte entendido como herramienta frente al arte entendido como experiencia irreductible. Se habló muchísimo de mediación, inclusión, metodologías pedagógicas y bienestar emocional. Mucho menos del arte como conflicto, memoria crítica, disenso o fractura simbólica.

Una formación verdaderamente transformadora no debería limitarse a producir sujetos funcionales, sino ciudadanos capaces de cuestionar los relatos que organizan el poder.

Uno de los aportes más visibles fue el de Colombia, país anfitrión y principal impulsor de la agenda “Artes para la Paz”. La ministra de Cultura y la delegación colombiana defendieron con insistencia la idea de la educación artística como derecho ciudadano y herramienta de reconstrucción del tejido social.

Raúl Cazal ministro de Cultura de Venezuela. Foto: cortesía MPPC

La creación de la Red Iberoamericana de Educación y Formación Artística y Cultural (RedArtes), así como la llamada Declaración de Bogotá, fueron presentadas como parte de una estrategia regional orientada a integrar memoria, pedagogía y participación comunitaria.

Resultó evidente que Colombia intenta posicionarse como epicentro diplomático de una nueva agenda iberoamericana. Detrás del optimismo institucional persiste una pregunta inevitable:

¿Puede una narrativa de paz sostenerse en territorios todavía atravesados por desigualdades profundas y múltiples formas de violencia?

Brasil aportó una de las perspectivas más lúcidas del encuentro. La recuperación de la Política Nacional de Cultura Viva y el fortalecimiento de los llamados “Puntos de Cultura” evidenciaron una apuesta donde la formación artística se entiende menos como instrucción técnica y más como construcción colectiva de ciudadanía y convivencia.

Las experiencias vinculadas al cordel, la xilografía y las prácticas populares del nordeste recordaron algo fundamental: las comunidades producen resistencia simbólica mucho antes de que las instituciones decidan legitimarla. Brasil defendió con claridad una idea poderosa: el arte puede convertirse en una forma de reconstrucción afectiva y política de la vida colectiva.

La presencia de Corea del Sur introdujo un contraste particularmente interesante. Frente a muchos modelos latinoamericanos centrados en memoria, violencia y desigualdad social, Corea presentó una visión altamente institucionalizada de la educación artística vinculada al bienestar emocional, la inclusión digital y la cohesión ciudadana.

A través de organismos como la Fundación Cultural Asia-Iberoamérica, dirigida por Samil Yang, el país asiático mostró cómo la formación artística puede integrarse estratégicamente a políticas públicas sobre salud mental, envejecimiento poblacional y transformación tecnológica en varias regiones de Colombia. Resultó especialmente llamativo el énfasis coreano en medir científicamente el impacto de la educación artística mediante investigaciones multidisciplinarias.

Allí apareció otra pregunta incómoda:

¿Hasta qué punto la obsesión contemporánea por medir resultados termina reduciendo la experiencia estética a indicadores de productividad emocional o eficiencia social?

España presentó quizás una de las intervenciones más sólidas en términos legislativos y académicos. La consolidación de la Ley de Enseñanzas Artísticas y el reconocimiento del Estatuto del Artista mostraron un proceso de institucionalización sostenido. La delegación española insistió en el arte como motor de inclusión, regeneración barrial y salud emocional, especialmente en contextos vulnerables.

También resultó notable el interés por responder críticamente al impacto de la inteligencia artificial y los nuevos modelos tecnológicos sobre la producción creativa y educativa. Detrás de ese avance persiste una tensión no resuelta: mientras las enseñanzas superiores ganan reconocimiento jurídico, las disciplinas artísticas continúan perdiendo espacio dentro de buena parte de la educación obligatoria.

Raúl Cazal ministro de Cultura de Venezuela. Foto: cortesía MPPC

La participación de Venezuela, encabezada por el ministro de Cultura Raúl Cazal, estuvo marcada por una narrativa de resistencia simbólica y despliegue comunitario. El discurso venezolano insistió en la democratización de la enseñanza artística, la expansión territorial y la formación cultural como mecanismo de cohesión social. La experiencia de la Misión Cultura, UNEARTE y el Sistema Nacional de Orquestas apareció constantemente como ejemplo de intervención estatal sostenida.

Más allá de las tensiones ideológicas que inevitablemente atraviesan cualquier lectura sobre el modelo venezolano, resultó interesante observar cómo Venezuela sigue defendiendo una visión donde la práctica cultural no aparece subordinada al mercado, sino vinculada a la identidad nacional y a la participación colectiva.

El riesgo, naturalmente, es que toda narrativa oficial termine convirtiéndose en un discurso autosuficiente sino permite también espacios reales para la crítica, la autonomía y el disenso.

El énfasis constante en saberes ancestrales, transmisión intergeneracional y memoria colectiva dejó momentos de enorme potencia simbólica. Asimismo, apareció una sospecha inevitable: existe siempre el riesgo de convertir esas experiencias en recursos de representación dentro de vitrinas diplomáticas cuidadosamente diseñadas. Transformar lo popular en una estética de exhibición además puede convertirse en una forma de neutralizar su potencia crítica.

Los talleres prácticos y laboratorios comunitarios fueron probablemente la dimensión más viva del encuentro. Lejos del protocolo ministerial, estos espacios permitieron observar metodologías concretas, pedagogías corporales y experiencias situadas. Allí muchas iniciativas recordaron una verdad elemental que las instituciones suelen olvidar: la educación artística no nace en los ministerios; apenas puede ser acompañada por ellos.

La creación de RedArtes fue presentada como uno de los grandes logros del congreso. La iniciativa promueve circulación regional, intercambio académico, programas de becas y cooperación pedagógica entre artistas, docentes y estudiantes de toda Iberoamérica.

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía MPPC

La OEI y la UNESCO entregaron a Colombia la presidencia y, a Portugal la vicepresidencia de la red como reconocimiento al programa Artes para la Paz. El anuncio fue recibido con entusiasmo.

Aunque conviene recordar que América Latina posee una larga tradición de plataformas impecablemente redactadas que desaparecen lentamente entre burocracias, falta de presupuesto y agotamiento institucional. Las redes no existen por decreto presidencial o ministerial. Existen cuando producen circulación real, investigación compartida y continuidad política.

La llamada Declaración de Bogotá deberá observarse con la misma cautela. Los documentos multilaterales suelen dominar un lenguaje cuidadosamente equilibrado: dicen lo suficiente para parecer transformadores y lo suficientemente poco para no incomodar demasiado a nadie.

La dimensión real de este encuentro sólo podrá evaluarse con el tiempo, cuando sea posible saber si logró traducirse en políticas sostenidas o si terminará incorporándose al extenso archivo latinoamericano de encuentros llenos de entusiasmo y escasa transformación concreta.

3ª Panel ministerial: Formar formadores para una agenda regional de educación artística. Foto: cortesía MPPC

Lo más valioso del congreso no estuvo necesariamente en sus ceremonias ni en sus consensos, sino en la evidencia de una necesidad urgente: Iberoamérica está replanteándose sus modelos de formación porque las estructuras tradicionales ya no logran responder a las transformaciones sociales y humanas del presente.

Hoy los territorios son más complejos, las comunidades viven nuevas formas de fractura y exclusión, y las tensiones contemporáneas exigen otros lenguajes pedagógicos y sensibles adecuados a la realidad y, a sus necesidades.

En medio de ese escenario, el arte aparece como uno de los pocos espacios todavía capaces de producir imaginación colectiva. Imaginar no basta. También hace falta transformar las estructuras que limitan esa posibilidad. Tal vez esa sea la imagen más honesta para cerrar este encuentro: no la de una celebración triunfalista, sino la de una suspensión crítica.

Congreso Iberoamericano Artes para la Paz. Foto: cortesía MPPC

Durante tres días, ministros, organismos multilaterales, gestores y académicos coincidieron en defender el valor del arte como herramienta de cohesión social y construcción de ciudadanía. Detrás de ese acuerdo apareció una evidencia incómoda: la educación artística continúa siendo celebrada en el discurso mientras sigue ocupando un lugar secundario en las prioridades presupuestarias y en la vida concreta de millones de personas.

Ese desfase entre el reconocimiento simbólico y la fragilidad estructural sigue definiendo buena parte del destino de la educación artística en Iberoamérica. Porque el verdadero dilema nunca ha sido declarar que el arte importa. El conflicto aparece después: cuando toca decidir si merece presupuesto, continuidad, formación docente y presencia efectiva fuera de los grandes centros institucionales.

El arte puede contribuir a la paz, sí. Pero, pierde sentido cuando se le exige únicamente producir armonía, bienestar emocional o consenso. Conserva su potencia cuando incómoda, interrumpe relatos dominantes y hace visibles las fisuras que las instituciones públicas y privadas prefieren administrar antes que resolver.

Carlos Rojas y Raúl Cazal ministro de Cultura de Venezuela. Foto: cortesía MPPC

RedArtes y la Declaración de Bogotá abren una posibilidad importante para la cooperación regional. Ninguna red sobrevive gracias al entusiasmo de su inauguración. Sobreviven aquellas capaces de sostener circulación real, pensamiento compartido y políticas culturales que resistan el desgaste burocrático y los cambios de gobierno.

Desde Bogotá me despido y cierro esta bitácora con una impresión que atravesó silenciosamente todo el encuentro: quizás la discusión de fondo ya no sea únicamente cómo financiar la educación artística, sino qué tipo de sociedad necesita justificar el arte exclusivamente por su utilidad social. Porque toda política cultural termina revelando, inevitablemente, una idea de ciudadanía, de memoria y de poder.

Y tal vez esa sea la pregunta más incómoda que dejó este congreso: si Iberoamérica realmente dice apostar por la paz, la inclusión y la democracia formativa, ¿está preparada para sostener una educación artística capaz no sólo de reconciliar, sino también de cuestionar las estructuras que producen exclusión, desigualdad y silencio?

 CR (@mipuntocritico)

Agradecimientos al Congreso Iberoamericano Artes para la Paz; al Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia y a la ministra Yannai Kadamani; al Ministerio del Poder Popular para la Cultura de Venezuela y al ministro Raúl Cazal; a Mónica Sánchez por las fotos, a Prensa MPPC; a Katherine Hinojosa; a Ignacio Barreto; a Universidad Nacional Experimental de las Artes; y a Jhoel Hiram Arellano Carrero, por la colaboración y el acompañamiento durante la cobertura del congreso.

Todas las fotografías son cortesía de prensa: *Mincultura y del **MPPC © 2026.

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