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26.2.26

Acuarela: El lienzo de una herida que no cierra

Por: Maria Gabriela Arellano

Acuarela impacta a través de una sutileza que parece subrayada en negritas. Es una obra que aborda el abuso infantil utilizando una puesta en escena minimalista, cargada de símbolos semióticos que logran que la información no llegue al espectador desde el vacío, sino desde la reflexión profunda. Nos enfrenta a la herida de dos personajes que, habiendo vivido la misma historia, han decidido accionar de formas opuestas.

La coreografía del dolor

Lo épico de esta pieza es el sentir que produce: un juego de cortisol que sube y baja en quien observa. A través de una coreografía donde el cuerpo y el alma de los actores se fusionan, se representan los matices del maltrato parental. Aquí, los varones son las víctimas de una violencia intrafamiliar cruda, envuelta en juegos de luces que pintan el escenario y nos sumergen en una imagen onírica, casi dantesca, de este drama psicológico.

El uso de las puertas es el símbolo principal. Representan cada historia, la apertura al maltrato y, al mismo tiempo, la lápida de la muerte del individuo. Es un recurso maravilloso que aporta un movimiento giratorio a las escenas, marcando el ritmo de la transición de forma impecable.

Luces y sombras en la construcción del personaje

Cada niño en escena está esculpido desde los cimientos de una historia real, aunque con una caída en la construcción ficcionada de cada personaje. Si bien los textos definen bien sus diferencias, en la caracterización hay un quiebre; quizás falta ese "enganche" total del espectador con la dimensionalidad plástica del personaje individual, aunque el enganche con la temática global es absoluto gracias al juego visual.

El Escritor es quien va hilando el tejido de las historias. Sin embargo, le falta fuerza escénica; se percibe lineal y su ritmo es lento, estancándose en una planicie que no termina de dar esa explosión necesaria para conmover desde el movimiento.

Rojo (El Antagonista): sin duda, es el perpetrador que viene a movernos las vísceras. Su fuerza corporal, el manejo de los silencios y el uso de la pelota de fútbol como símbolo de la infancia masculina son magistrales. Rojo interpreta a esos demonios indomables que muchos cargan, pero que se arrodillan en una doble moral ante Dios. La imagen de Rojo crucificado los brazos abiertos, rodeados de los niños y a sus pies la representación de "La Piedad", es de una autenticidad y genialidad visual absoluta en el movimiento escénico.

Un surrealismo destruido

El juego de luces y sombras es impecable, representando la propia cárcel del escritor, de Rojo y de los niños. Es la metáfora de estar acorralados. La luz proyecta la sombra de una ejecución abominable que marca a la víctima para siempre. La rayuela, la tira burbujas y los peluches se transforman en piezas de una infancia surrealista que ha sido destruida, un lenguaje semiótico épico.

Acuarela es una obra que el mundo necesita ver.  Del sentir. Da voz a los silenciados: a los que deciden perpetrar y a los que deciden redimirse para cortar la cadena del abuso, para mostrar el drama de las victimas reales. Es una pintura que, al mezclarse, se vuelve espesa y turbia, recordándonos que el dolor no distingue a nadie. 

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