Por:
Maria Gabriela Arellano
Acuarela
impacta a través de una sutileza que parece subrayada en negritas. Es una obra
que aborda el abuso infantil utilizando una puesta en escena minimalista,
cargada de símbolos semióticos que logran que la información no llegue al
espectador desde el vacío, sino desde la reflexión profunda. Nos enfrenta a la
herida de dos personajes que, habiendo vivido la misma historia, han decidido
accionar de formas opuestas.
La
coreografía del dolor
Lo
épico de esta pieza es el sentir que produce: un juego de cortisol que sube y
baja en quien observa. A través de una coreografía donde el cuerpo y el alma de
los actores se fusionan, se representan los matices del maltrato parental.
Aquí, los varones son las víctimas de una violencia intrafamiliar cruda,
envuelta en juegos de luces que pintan el escenario y nos sumergen en una
imagen onírica, casi dantesca, de este drama psicológico.
El uso
de las puertas es el símbolo principal. Representan cada historia, la apertura
al maltrato y, al mismo tiempo, la lápida de la muerte del individuo. Es un
recurso maravilloso que aporta un movimiento giratorio a las escenas, marcando
el ritmo de la transición de forma impecable.
Luces
y sombras en la construcción del personaje
Cada
niño en escena está esculpido desde los cimientos de una historia real, aunque
con una caída en la construcción ficcionada de cada personaje. Si bien los
textos definen bien sus diferencias, en la caracterización hay un quiebre;
quizás falta ese "enganche" total del espectador con la
dimensionalidad plástica del personaje individual, aunque el enganche con la
temática global es absoluto gracias al juego visual.
Rojo
(El Antagonista): sin duda, es el perpetrador que viene a movernos las
vísceras. Su fuerza corporal, el manejo de los silencios y el uso de la pelota
de fútbol como símbolo de la infancia masculina son magistrales. Rojo
interpreta a esos demonios indomables que muchos cargan, pero que se arrodillan
en una doble moral ante Dios. La imagen de Rojo crucificado los brazos
abiertos, rodeados de los niños y a sus pies la representación de "La
Piedad", es de una autenticidad y genialidad visual absoluta en el
movimiento escénico.
El
juego de luces y sombras es impecable, representando la propia cárcel del
escritor, de Rojo y de los niños. Es la metáfora de estar acorralados. La luz
proyecta la sombra de una ejecución abominable que marca a la víctima para
siempre. La rayuela, la tira burbujas y los peluches se transforman en piezas
de una infancia surrealista que ha sido destruida, un lenguaje semiótico épico.
Acuarela
es una obra que el mundo necesita ver. Del sentir. Da voz a los silenciados: a los
que deciden perpetrar y a los que deciden redimirse para cortar la cadena del
abuso, para mostrar el drama de las victimas reales. Es una pintura que, al
mezclarse, se vuelve espesa y turbia, recordándonos que el dolor no distingue a
nadie.
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