Actriz Nuestra, Diana Gen… Generosa, genial, genética, otra y mil veces generosa, genética, genial…Diana Labrador hizo siempre honor a su nombre, proveniente del latín y que representa la divinidad del ser, su luminosidad, “la que brilla”. Sobre el escenario siempre fue exactamente eso: disciplinada, natural, fuerte, eficaz en la resolución de sus partes interpretativas, independiente, pero, hermosa paradoja, muy al tanto del desempeño del colectivo donde interactuaba y actuaba. Disfruté, durante cuatro décadas y dele, de su donosura estética. Mujer bella, inteligente, poseída por el don de la empatía, voladora (en el sentido que Oliverio Girondo concede al término), mil y una vez dulce en sus consejos y correcciones, multiplicada, con una disciplina cuántica. Bien pudo Max Erhmann escribir su Desiderata (“DesiDianata”, decíamos Ramón Elías Pérez, su esposo) pensando en ella y su ser:
Camina plácidamente entre el ruido y la prisa,
y recuerda la paz que puede haber en el silencio. En la medida de lo posible,
sin renunciar a tus principios, mantén buenas relaciones con todos.
Habla con calma y claridad; y escucha a los demás, incluso a los necios e
ignorantes; ellos también tienen su historia.
Evita a las personas ruidosas y agresivas; son una molestia para el espíritu.
Si te comparas con los demás, puedes volverte vanidoso o amargado, pues siempre
habrá personas mejores y peores que tú.
Disfruta de tus logros y de tus planes. Mantén el interés en tu propia carrera,
por humilde que sea; es una posesión valiosa en medio de los vaivenes del
tiempo.
Sé prudente en tus negocios, pues el mundo está lleno de engaños. Pero que esto
no te impida ver la virtud que existe; muchas personas luchan por altos
ideales, y la vida está llena de heroísmo por doquier.
Sé tú mismo. Sobre todo, no finjas afecto. Tampoco seas cínico con respecto al
amor; pues, a pesar de toda la aridez y el desencanto, es tan perenne como la
hierba.
Acepta con serenidad los consejos de los años, renunciando con gracia a las
cosas de la juventud.
Cultiva la fortaleza de espíritu para que te proteja en la adversidad. Pero no
te atormentes con pensamientos sombríos. Muchos miedos nacen del cansancio y la
soledad.
Más allá de una sana disciplina, sé amable contigo mismo. Eres un hijo del
universo, al igual que los árboles y las estrellas; tienes derecho a estar
aquí.
Y aunque no te resulte evidente, sin duda el universo se desarrolla como debe.
Por lo tanto, vive en paz con Dios, sea cual sea tu concepción de Él. Y
cualesquiera que sean tus trabajos y aspiraciones, en la ruidosa confusión de
la vida, mantén la paz en tu alma. Con toda su falsedad, su monotonía y sus
sueños rotos, sigue siendo un mundo hermoso. Sé alegre. Esfuérzate por ser
feliz…”
Pues resulta
que no había podido escribir, diagramar, redactar, perfilar, proponer,
resolver, nada, porque la muerte de Diana Labrador, mi cómplice, mi “esposa”
(fui el “Manganzón”, de su magistral “Lucrecia”, en el Profundo, de José
Ignacio Cabrujas, que estrenó Enrique León con la inolvidable Sociedad
Dramática de Aficionados de Maracaibo, en la legendaria salita de bolsillo
“Antonio García”, ahí en 5 de Julio, donde ahora el progreso erige una sede
bancaria) me convierte en un viudo total del teatro zuliano. Henry Semprún
pedía, durante las exequias, esta mañana de jueves 21 de mayo, como requisito,
que uno para optar al título de “Maestro del Teatro” debía dejar secuela y
escuela. Héla ahí, a nuestra maestra Dianita, disciplina pura del respirar,
relajarse y concentrarse, yerta y aún llenándonos de lecciones inalámbricas de
amor, disciplinado y entrega. ¡Auch! ¡Malparición! de La Parca orfebre. Yo no
puedo con toda esta avalancha de recuerdos…
Desde mi corazón escucho a su dulce sobrina, Yenny Labrador, (quien, desde
Utah, me anunció del desastre terrible), musitar un intento de alivio: “Mi
hermosa Tía Diana, ser espiritual lleno de mucha luz brillante y clara. Su bondad
la definía claramente. Su dulzura era la viva miel de una colmena. Su gran amor
por el teatro le permitió formar a miles de alumnos convirtiéndose en maestra y
madre de muchos de ellos. Su desempeño en las tablas era celestial. ¡Vivía a
plenitud sus personajes!, así mismo, su pedagogía al momento de impartir su
historia del teatro era con mucho garbo y majestuosidad. Hoy me duele muchísimo,
pero me enorgullece el legado que deja como actriz, docente, directora, madre,
abuela, tía y amiga fiel de muchos.
Te amo mi amada Tía Diana…”
Les cito Desiderata porque muchas veces dialogamos, Diana, Ramón Elías y yo, sobre el puto poema desde la bondad. Temprano hablé con un ser muy muy muy querido por ambos, bienamada como ella, Carla Isea, quien no dudó en también susurrarme, desde el ser y la nada, epitafios de sangre y tela:
Bajo el fuego eterno del sol marabino, Diana Labrador cinceló su existencia
como una estirpe única de mujer: matriz creadora que transformó el escenario en
un vientre de constante renacimiento humano. No fue solo un eco en las tablas,
sino la raíz misma donde germinó la sensibilidad de nuestro terruño, un bastión
de ternura y rigor que enseñó a Venezuela a leerse a sí misma a través del
gesto y la palabra viva. Hoy que su silueta se funde con el horizonte del
Coquivacoa, nos queda la certeza de su magisterio, ese faro que convirtió el
oficio de la cultura en un santuario de dignidad y en el mapa definitivo de
nuestra identidad.
Aquel retablo de madera que encendió los asombros de la infancia guarda hoy el
eco de tus manos, hilandera de almas. En el latido eterno del
Chímpete-Chámpata, fuiste la titiritera mayor que dio voz al trapo y al cartón,
enseñándonos que la magia habita en la mirada pura. Mujer de sol y arcilla,
útero del teatro zuliano, no solo moldeaste personajes sobre la escena;
esculpiste el porvenir en el pecho de la juventud, sembrando en cada alumno, en
cada amigo de tus amados hijos, un fuego indómito, una urgencia bendita por
abrazar la belleza y la cultura.
Hoy tus pasos se mudan a un escenario eterno, y tus amados muñecos de trapo
celebran tu danza definitiva, cobrando vida propia para aplaudir a su creadora,
mientras en Maracaibo queda tu siembra viva: una legión de creadores que aún
caminan bajo tu luz, sosteniendo el telón que tu amor dejó levantado…”
Es decir, en esa funeraria (menester es agradecer las gestiones de Giovanny Villalobos, Keyla González y Cinthya Tariche), donde estuvimos, tarde de miércoles 20 y mañana de jueves 21, despidiéndola, ofrendándola, tributándola, al lado de este muchacho roble, Luis Ricardo Pérez Labrador, su esposa, sus sendas nietecitas, así como sus sobrinas y sobrinos, así como su vecindario de “El Cují”, solidarios y nobles, junto con nosotros, su otra excelsa y bienamada familia, la gente de teatro. Estuvimos ahí casi todos, corazón en la mano y entre lágrimas, risas nostálgicas y una necesidad inmarcesible de aplaudirla y aplaudirla y aplaudirla, ad libitum…
Dylan Blanco también estuvo, despidiendo a la abuelita de Oscuro, de noche, la pieza de Pablo García Gámez, donde ambos fueron partenaires de un elenco maravilloso e inolvidable, testigo de su disciplina y voluntad de poder: siempre llegaba, amén de puntual como su tocaya inglesa Lady Di, con unas galletitas, unos pancitos, cualquier detallito rico para el compartir la siembra y el rigor frenético de cada ensayo.
Fue por ello que ahí estuvimos, en ese adiós de liturgia ateniense-maracucha, Ángel Marín, Rafael Contreras, José Davalillo, Néstor Parra, Leonardo Isea, Estefany Salas, así como otros seres del teatro agónico: las maestras, Yazmina Jiménez, Nelly Oliver, Blanquita Basabe, Juana Inciarte, María Antúnez, Yeslany Dávila, Jiolexy Santos, mi bienamada hermana Eucaris Calmón “La Nena Queipo” (en representación de Titina Blanco y de Lina Alvarado), Laura Parra, Robert Arcaya, Arnaldo Pirela, Henry Semprún, José Molero, Carlos Guevara, Carlos Valbuena, Jon Aitor Romano, Ramón Colina, Érika Rojas y Rafael Delgado. Yazmina recomendó visitar a Ilba D’Or. Si la memoria eludió algún nombre, desde el cielo Diana le enviará un detallito olímpico, sin duda. Ella es nuestra Santa Di.
Fiel hija de la técnica “maracuchista-leninista” fundamentada en la “Poetización del Colectivo Teatral llamado Maracaibo” que patentó Enrique León Luzardo con la antológica Sociedad Dramática, Diana Labrador poseía la gracia, el talento y el duende necesarios como para moverse a sus anchas, ora en el terreno de la comedia, mucho más en el siempre abrupto y peligroso de la tragedia. El último espectáculo que reseñé de ella, La noche que pasé contigo, del mismo León, y con Doris Chávez y Molero como coprotagonistas, resultó una entrañable lección de afecto y complicidad (también de sororidad) en el escenario de la sala de la casa de Ana Arapé, en la calle Carabobo. Juan Carlos Quintino me comentaba, en la funeraria, de un nuevo proyecto que ya fraguaban las dos ex actrices “Dramáticas”.
Acompañé a Diana para ver el trabajo del maestro Romer Urdaneta (también presente durante las exequias), en su salita El Brillante. Ahí ella habló, al final del monólogo que escribiera para Romer, el poeta José Javier León. Creo que endosaré ambos videos en mi edición Cara de Libro. Y ahí vuelve a aparecer el elan, la esencia, de nuestra Diana La Generosa. Vean para que la vean.
El maestro Aníbal Grunn le escribió a Leo Isea sobre sus impresiones acerca de
“Oscuro, de noche”. La mordaz mirada asertiva del maestro ex Rajatabla y
pivote estelar del proyecto de Carlos Arroyo con la Compañía Nacional de
Teatro, nos reporta la dimensión como actriz de Diana Labrador: “Yo eliminaría
todos esos monólogos y la dejaría solo a ella, resumiendo todo lo que los otros
dicen. Están a años luz de su nivel como intérprete…”.
Diana amaba la literatura tanto como el teatro. Alguna vez le regalé las Memorias
de Adriano, de Marguerite Yourcenar, quien, junto con la Beauvoir, Yazmina
Reza, Wisława Szymborska, María Zambrano, Elena Poniatowska, Elena Garro, Elisa
Lerner, Ana Enriqueta Terán, María Calcaño, Lilia Boscán de Lombardi e Indira
Páez, eran parte de una élite, mucho más amplia por supuesto, de mujeres
escritoras que a ella le encantaban. Desde Yourcenar despido este llanto en
cascada y sin cadencia. Me faltó su música.
Dianita: “Nunca sabrás que tu alma viaja dulcemente refugiada en el fondo de mi
corazón;
y que nada, ni el tiempo ni la edad ni
otros amores,impedirá jamás que hayas existido.
Que la belleza del mundo ha tomado tu rostro, Se alimenta de tu dulzura y se engalana con tu claridad. Y que este lago pensativo al fondo del paisaje me devuelve solamente tu serenidad.
Nunca sabrás que llevo tu alma conmigo Como una lámpara de oro para alumbrarme el camino; Que con un poco de tu voz he compuesto una canción.
Suave antorcha, tus rayos, dulce hoguera, tu llama, Me enseñan los caminos que has seguido, Aún vives un poco ya que yo te sobrevivo.”
Alexis Blanco (El Barroco Cronista Cuántico…22 de mayo, 2026)
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