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23.8.25

Elías Carrillo: participante en el I Festival de Teatro Venezolano. Por Oscar Acosta

 Elías Carrillo: participante en el I Festival de Teatro Venezolano

Por Oscar Acosta

Hablamos con Elías Carrillo, un hombre de la escena que participó en el I Festival de Teatro Venezolano. A su experiencia en la radio, el teatro y la televisión, suma el mérito de haber fundado hace 45 años el grupo de títeres del Instituto Pedagógico de Caracas, un referente en todo el país dentro de esta modalidad escénica. Después de siete décadas de labores en el arte dramático, hoy sigue señalando el camino como artista, director y formador de las nuevas generaciones de teatristas y docentes. Más que una entrevista, lo que sigue a continuación es una cátedra de historia contemporánea del teatro nacional.

¿Qué nos puede comentar del I Festival de Teatro Venezolano?

El I Festival de Teatro Venezolano, en 1959, marcó un hito importante para la escena venezolana. Primero, porque entre los grupos, aunque existían conexiones amistosas —vamos a llamarlas así—, no había una relación formal y permanente. Incluso, eran comunes las rencillas a causa de algunos egos. Se hablaba no de tendencias ni propuestas, sino del grupo de tal, de la gente de fulano o de perencejo…

El hecho de coincidir todos en el evento, de que todos los grupos acordaran programarse, y de contar con suficiente público gracias a una buena promoción, fue como un arranque de lo que vino posteriormente. Allí comenzó la lucha para que el Estado se ocupara de la cultura, lo que años después derivó en la creación del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba) y luego se amplió con el Consejo Nacional de la Cultura (CONAC).

Recuerdo que en ese Festival, Cabrujas presentó su primera obra, creo que fue con el Teatro Universitario. Hubo otros grupos: el Compás, que dirigía Costea, un rumano que llegó de Europa. También estuvo Gilberto Pinto con el Duende. Podemos decir que este Festival sirvió para actualizarnos como movimiento teatral.

¿Y de la Federación Venezolana de Teatro, qué recuerda?

El I Festival surgió a raíz de la creación de la Federación Venezolana de Teatro. Siempre recuerdo que en una casita vieja que estaba en la esquina de Las Mercedes, donde había vivido Andrés Bello, se hicieron las reuniones para organizar la Federación Venezolana de Teatro. La gente se extrañaba del encuentro; hubo participantes del Ateneo, el Compás, el Duende, el Teatro Universitario… Pepe Pito, Peterson, Chalbaud…  Los demás se sorprendieron de que hubiese un grupo tan organizado como el Máscaras, que hacía unas propuestas y la mayoría las apoyaba. En nuestro caso, llamar a uno a participar era llamar al otro, y que este llamara al otro, y así sucesivamente. Había mucha cohesión. Aunque el primer presidente de la Federación fue Horacio Peterson, buena parte de la directiva quedó a cargo del grupo Máscaras o de gente bajo su influencia.

¿Cómo eran las condiciones del trabajo teatral en esos días?

Nada fáciles. Hoy día, aunque no es sencillo, puedes conseguir espacios para presentarte. En aquel tiempo eran muy pocos los escenarios en Caracas. Imagínate que los del Máscaras debíamos alquilar la sala, lo que a veces no nos resultaba complicado. El pago salía de los integrantes que tenían algún dinero, que eran muy pocos. Luego veías a cuatro o cinco espectadores en la función, casi seguro familiares. No era como ahora que puedes hacer temporadas; preparabas la obra y te presentabas un sábado, un domingo… La actividad teatral interesaba a menos gente.

Y en el grupo Máscaras, ¿Cuál fue su participación? ¿Cómo era la dinámica colectiva?

El Máscaras participó en el Festival con Soga de Niebla, de César Rengifo, dirigida por Humberto Orsini. Yo interpreté un papel menor; hice de preso. También me encargué de la realización de la escenografía, cuyo diseño estuvo a cargo de Omar Granados, un artista plástico que formaba parte de los cursos que impartía Jacobo Borges. Mi papá fue carpintero y por eso aprendí algunas habilidades que apliqué en el teatro. Como anécdota del montaje, recuerdo que César asistía de vez en cuando a los ensayos y, en un momento, surgió no sé qué problema con el primer acto. Orsini le hizo algunas observaciones a César, quien reescribió el primer acto completo de la pieza. No conservo el libreto original, sino la versión final del libro, así que sería complicado darte más detalles. A diferencia de otros grupos, y quizá porque éramos gente de izquierda, estábamos muy organizados. Se emprendían las tareas entre todos.

Fueron años de mucho trabajo para el grupo, al cual me acerqué todavía en el 57 como espectador de sus montajes. Luego, en el 58, entré cuando abrieron unos talleres de formación elementales y me quedé. El grupo, además de teatro, hizo trabajo social en los barrios, las cárceles, las zonas campesinas… Me incorporé actuando en algunas obras cortas. Recuerdo una vez que Orsini invitó a Romeo Costea al grupo a dirigir, y este montó Sancho Panza en la ínsula Barataria, de Alejandro Casona. Esas obras cortas eran como nuestros caballitos de batalla.

La primera mitad de los años 60 fue una época muy dura para el Máscaras. El gobierno de AD desapareció al teatrero y dirigente popular César Burguillos, quien fue protagonista de Soga de Niebla y también de otra pieza de Rengifo que dirigió Alfonso López, presentadas en ese primer Festival. Era militante del Partido Comunista, un tipo sencillo, disciplinado en el trabajo y de muy buen trato. Asesinaron, luego de su captura, a Oswaldo Orsini, hermano de Humberto, quien actuó con el grupo y se había incorporado a la lucha guerrillera. En esa lucha también murió un hijo de María García, actriz del grupo.

Estuve hasta mediados de los sesenta en el grupo. Humberto decidió partir a Europa buscando otros rumbos, y así culminó la etapa.

21.8.25

Rómulo Gallegos: SELVA, LLANO y palabra. Por Fanny García

 Rómulo Gallegos: SELVA, LLANO y palabra

 

Fanny García 

 

Regresa nuevamente, la producción teatral que está a cargo de la de Editorial Sarrapia y la Fundación Rajatabla, con texto de la dramaturga Yoyana Ahumada Licea y con la dirección de Marisol Martínez. Pieza que rinde homenaje a la vida y obra del escritor y político venezolano Rómulo Gallegos. La cita es el Teatro CELARG los días viernes 22, sábado 23 y domingo 24 de agosto de 2025 a las 5:00 p.m. con entrada gratuita. 

 

Desde su espacio íntimo, el público disfrutará de una experiencia artística multidisciplinaria que fusiona la puesta en escena con la esencia del autor desde su mundo real e imaginario. Un viaje en el tiempo que nos presenta los diálogos que él tenía con su esposa, Teotiste y con esos personajes de sus historias que lo invaden, que cobran vida entre la música y la danza.  

 

Esa pequeña habitación de estudio donde el escritor Rómulo Gallegos, solía crear sus obras cuenta con un sencillo mobiliario del siglo XX que resalta con luz amarilla su instrumento más valioso, una máquina de escribir. Y la ventana de herrería, que tiene al fondo, una pantalla, nos proyecta los paisajes de la selva y llano venezolano.

 

Esta obra teatral con esa perspectiva original la recomiendo porque tuve la oportunidad de apreciar ese mundo ficticio de Gallegos, en el Trasnocho Cultural el año pasado. En conclusión, considero que la pieza refleja la experiencia y la atmósfera de aquellos que tienen como oficio apasionado, el arte de escribir. 

 

Una dinámica que se enlaza con la extraordinaria interpretación del elenco donde intervienen: Jesús Das Merces, Margareth Aliendres, José Gregorio Martínez, Jessica Arminio, Nathalie Tablante y Luis Palmero junto con los bailarines Carmarys Carrasco y Michell Muccerino. 

 

Diseños sonoros y visuales a cargo del estudio de grabación Manoa Audio con Washé y Punto Azul. Diseño de iluminación: David Blanco. Diseño de vestuario: Altagracia y Marisol Martínez. Diseño escenográfico: Óscar Salomón. 

 

Si gustan sumergirse mucho más en la vida del homenajeado, también les informo que en el mismo edificio de la Fundación CELARG en Altamira, se inauguró el miércoles 20 del presente año, la exposición Gallegos: escritor presidente (1947-1948). El horario es de martes a domingo, 10:00 a.m a 4:30 p.m. 

 

Planifiquen con tiempo para que puedan disfrutar de estos dos eventos culturales. Un placer escribir estas líneas. ¡Hasta la próxima!   

 

Fanny García - 21/08/2025

La reconstrucción social desde la pedagogía teatral, por Carlos Rojas

 

Un punto de vista:

La reconstrucción social

desde la pedagogía teatral

por Carlos Rojas

criticarojas@gmail.com

Especial para Miradas al Escenario

 

Obra Discurso de Promoción (Yuyachkani) Dir. Miguel Rubio. Foto cortesía: Jorge Ochoa

En América Latina, hablar de reparación social implica adentrarse en un terreno plagado de contradicciones. Las políticas oficiales, cuando existen, suelen limitarse a un marco legal o administrativo que pretende “cerrar heridas” con indemnizaciones, programas asistenciales o comisiones de verdad.

Sin embargo, ese enfoque, aun siendo necesario, resulta insuficiente porque reduce la complejidad de la reparación a una transacción técnica o burocrática, cuando lo que está en juego es mucho más profundo: la reconstrucción de la dignidad, la recomposición del tejido comunitario y la reactivación de memorias históricas que han sido negadas o distorsionadas o invisibilizadas.

Las heridas sociales en nuestro continente no son abstractas. Tienen nombre propio: colonización, esclavitud, dictaduras militares, desplazamientos forzados, racismo estructural, violencia de género, desapariciones y genocidios culturales. Cada una de estas violencias ha dejado marcas en los cuerpos, en las lenguas, en las subjetividades y en las formas de relación entre los pueblos.

De ahí que la reparación no pueda reducirse a un expediente judicial o a un pago económico. No se trata sólo de restituir derechos en términos legales, sino de abrir un horizonte de justicia cultural y pedagógica capaz de transformar las condiciones que hicieron posible la opresión.

En este sentido, la pedagogía teatral ofrece una vía imprescindible. Paulo Freire lo advirtió con claridad: la educación nunca es neutra, siempre está situada en una relación de poder. Educar puede ser domesticar o puede ser liberar.

Bajo esta perspectiva, la reparación social pasa necesariamente por procesos educativos que no repitan las lógicas verticales del Estado o del mercado, sino que habiliten la palabra y la acción de las comunidades. Reparar es, antes que nada, devolver a los sujetos históricos la capacidad de narrarse, de decir su verdad, de ocupar un lugar en la historia.

Obra Sin título, técnica mixta (Yuyachkani) Dir. Miguel Rubio. Foto cortesía: Musuk Nolte

Aquí el arte escénico adquiere una relevancia política y pedagógica decisiva. El teatro, la danza, la música y las formas performativas comunitarias no son simples recursos de entretenimiento o conservación patrimonial; son espacios donde la memoria se actualiza, donde lo silenciado encuentra voz y donde la imaginación colectiva ensaya futuros posibles.

Una comunidad que se organiza para crear teatro no está “reviviendo tradición”, sino construyendo un espacio de resistencia frente a la historia. En ese gesto escénico se reconfiguran los vínculos, se reconocen las heridas y se ensaya la posibilidad de una vida común distinta.

Además, el arte posee una potencia particular que el derecho o la política institucional no alcanzan: la capacidad de afectar sensibilidades. El juicio dicta una sentencia, pero no necesariamente transforma la manera en que una comunidad siente, recuerda o se reconoce a sí misma.

Obra Discurso de Promoción (Yuyachkani) Dir. Miguel Rubio. Foto cortesía: Musuk Nolte

Una obra de teatro, en cambio, puede abrir grietas en la percepción, interpelar a públicos diversos y generar una experiencia compartida que moviliza emociones, preguntas y formas de acción. Esta dimensión afectiva de lo artístico es, precisamente, la que lo convierte en un vehículo de reparación más integral.

Cuando comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas o urbanas producen sus propias prácticas artísticas, lo que está en juego no es la “conservación de tradiciones” en un sentido museográfico, sino la afirmación de una voz que históricamente ha sido silenciada.

Se trata de re-narrar el mundo desde el propio lugar, de transmitir valores y cosmovisiones que han sido negadas por siglos de colonialidad, y de hacerlo en un lenguaje que combina memoria, creación y política. El escenario se convierte entonces en un territorio simbólico de reapropiación y justicia.

Obra Discurso de Promoción (Yuyachkani) Dir. Miguel Rubio. Foto cortesía: Musuk Nolte

La reparación social, desde esta perspectiva, no puede limitarse a decretos ni a cifras presupuestarias. Requiere procesos de largo respiro donde la pedagogía teatral y las prácticas artísticas se articulen como formas de resistencia y de construcción democrática.

El teatro comunitario, los rituales colectivos, los desmontajes pedagógicos o las prácticas performativas en contextos de conflicto no son “actividades secundarias”: son laboratorios de ciudadanía, espacios donde se ejercita la democracia desde abajo, donde se ensaya una política de la escucha y de la palabra compartida.

Obra Discurso de Promoción (Yuyachkani) Dir. Miguel Rubio. Foto cortesía: Jorge Ochoa

En conclusión, si la justicia social se mantiene encerrada en gabinetes y oficinas, siempre será parcial e insuficiente. Es necesario pensar una justicia cultural que actúe en paralelo, que no sustituya lo legal pero que lo complemente desde otro lugar.

Y es en ese territorio donde la pedagogía teatral y el arte escénico dejan de ser periféricos para situarse en el corazón mismo de la reconstrucción democrática. Reparar es educar, crear, narrar y resistir.

Y esa tarea, aunque nunca concluye del todo, es la única que puede devolvernos la posibilidad de un futuro común y de reconstruir socialmente el continente desde la pedagogía teatral y crítica.

CR (@mipuntocritico)

20.8.25

Estrella Negra. Por Mariajosé Escobar

 Estrella Negra

 


Por Mariajosé Escobar

El domingo 17 fuimos a ver Estrella Negra de Pablo García Gámez, dirigida por Hassane Couyaté, cuenta la historia de Marcus Garvey, luchador jamaiquino que, como se dice al principio de la obra, no unió a uno, ni a dos, sino a tres continentes.

La obra comienza con un "ensayo" que los actores escenifican aún con las luces encendidas, de acuerdo a la técnica teatral de Bertolt Brecht del distanciamiento.


Se trata de una obra musical, no podía de ser de otra manera, por toda la influencia africana en El Caribe. La música está a cargo de Dionis Bahamonde. Instrumentos de percusión, bailes de tambor, el San Juan, y comienza la historia de Marcus con una huelga del sindicato de trabajadores, reclamando sus derechos. Las reivindicaciones buscadas, las de siempre: mejor sueldo, mejoras en cuanto a sus derechos legítimos, la voz de los trabajadores que nunca se extingue. Y un personaje Mr. Doyle que representa el patronazgo, en él se personifica a toda la clase dominante, junto a un enigmático personaje que representa a la United Fruit Company que desangró a nuestros pueblos.

Marcus desde niño siempre vio de cerca la realidad de la exclusión por raza, por clase, y alzó su voz contra el desprecio y los prejuicios.

Una obra que muestra en acción, que narra contándonos la historia y que a través de la música y el baile genera un discurso en el que se pone de manifiesto la exclusión a los negros en Jamaica; una vez abolida la esclavitud, nada ha cambiado.

El cuerpo de los actores, el ritmo, la música envolvente de tambores y demás instrumentos de percusión, las luces y el vestuario, se conjugan en una propuesta artística que es síntesis, que es un todo que nos relata la historia de Marcus y, en ella, la de Jamaica.

Se volverá a presentar en los próximos días: jueves 21, viernes 22 y sábado 23 a las 6 pm y el domingo 24 a las 4:00 pm en el teatro Alberto de Paz y Mateos.


¡No se la pierdan!

El Bosque Blanco. Por Dora Lucena

 El Bosque Blanco

 


Texto y fotos: Dora Lucena

Este 15 de agosto, en el Teatro Tilingo, disfruté de una adaptación para teatro del cuento El bosque blanco, escrito por Daniel Herrera, quien es dramaturgo y guionista. Ganador de la II Bienal Nacional de Literatura César Rengifo, Mención Ensayo Teatral 2024 y premio del jurado de la II Edición del Festival de Nuevos Dramaturgos Javier Moreno 2024 por su obra Vitoquismo.

El Bosque Blanco, es una obra escrita en un lenguaje sencillo y sumamente imaginativo, que está dirigida a un público infantil entre 4 y 8 años. Narra la historia de una niña que se adentra en un bosque para practicar la flauta.  Allí entabla amistad con un árbol cuyas hojas son páginas de cuentos y con una oruga tren que transporta insectos de un lugar a otro del bosque. La obra entrelaza fragmentos de relatos de Nicanor Bolet Peraza, Óscar Guaramato y Teresa de la Parra.


El montaje de la obra está realizado por Taima Teatro. La agrupación nació en Carora, estado Lara, y desde el 2011 desarrolla sus actividades en Caracas. En sus espectáculos, han incorporado influencias de las artes escénicas de Argentina, Francia, Brasil y España.

Los integrantes de Taima Teatro son egresados de la Escuela Juana Sujo y de Unearte, con experiencia en teatro infantil y de calle. Además, varios de los integrantes cuentan con formación en docencia y en el ámbito cinematográfico.

Quiero resaltar el excelente dominio de la voz, la actuación natural, sin artificios de los actores Alfredo Timauri, Anilec Vera y Stiven Fernández, quienes demostraron una notable sensibilidad en su trabajo dirigido a los niños.

La dirección de la obra está bajo la responsabilidad del también actor y productor Gregorio Meléndez quien ha colaborado con diversas compañías y agrupaciones de teatro tanto en el país como en el extranjero.

La escenografía minimalista, los efectos de iluminación, junto con el vestuario, contribuyen a crear una atmósfera, un ambiente acorde que apoya el desarrollo de la trama.

En la asistencia a la escena se encuentra Leonardo Guilarte Lamuño, docente, dramaturgo, guionista, productor, director cinematográfico.  En la producción, Alfredo Timauri quien, además de ser actor es docente, promotor cultural con formación en locución, doblaje, oratoria.

Durante la presentación, la mayoría de los niños participaron con entusiasmo; algunas intervenciones espontáneas resultaron sumamente graciosas.

Crímenes Ejemplares de Tejedores de Sueños en el Zulia. Por Jhonathan Camacaro

 Crímenes Ejemplares de Tejedores de sueños en el Zulia 

Jhonathan Camacaro, director de Tejedores de Sueños reflexiona sobre el proceso de su próximo trabajo Crímenes Ejemplares


Montar Crímenes Ejemplares ha sido mucho más que poner en escena una obra breve, ha sido un acto de resistencia, de creación colectiva y de profunda exploración humana. En el corazón de Lagunillas, donde el teatro aún continúa despertando como costumbre cultural, este montaje se convirtió en un laboratorio vivo

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Lo breve como desafío creativo

La brevedad de la obra, lejos de ser una limitación, se transformó en un detonante de ingenio. ¿Cómo condensar una crítica feroz sobre la justicia y la condición humana en pocos minutos? La respuesta fue vincularse con artistas locales, cantantes, creadores visuales y aliados que valoran el trabajo de Tejedores. Así, cada escena se volvió una cápsula intensa, cargada de simbolismo.

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La construcción colectiva como eje

Este montaje no se hizo en soledad. Fue tejido —como su nombre lo indica— por muchas manos. La mezcla de un elenco joven en formación con actores que ya han recorrido algunos años de tablas generó un cruce de saberes, errores y aprendizajes que enriqueció el proceso. Se vivió como un laboratorio: se experimentó, se falló, se corrigió, se celebró.

Y en ese proceso, el público de Lagunillas también fue parte. Poco a poco, se está formando una audiencia más crítica, más sensible, más dispuesta a dejarse interpelar por el teatro. Y está agrupación está creando una huella de algo bien hecho, sobrio y con técnica.


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Logística, mística y comunicación

La parte logística fue, como siempre, un reto. Pero no hay montaje sin comunidad. Se sumaron manos, voluntades, talentos.  Un detalle importante: el actor no solo es actor, tiene tareas según sus habilidades: aporta en transporte, en gestión motorizando el proceso.  Se entendió que para convencer aliados, se necesita más que resultados: se necesita mística, pasión, y una comunicación clara del contenido y propósito de la obra.  La propuesta debe saber comunicarse en todos los frentes.

Además, se comenzó a protocolizar la producción en un sistema propio, adaptado a las realidades y sueños de Tejedores. Este paso es vital para sostener el trabajo en el tiempo y profesionalizar el quehacer teatral local.

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Coherencia con Max Aub y su discurso

Montar una obra de Max Aub implica responsabilidad. Su mirada sobre la justicia —frágil, ambigua, profundamente humana— exige estudio y coherencia. El equipo se sumergió en su discurso, buscando no solo representar, sino comprender. Así, se rompieron estereotipos, se expusieron deseos turbios, se cuestionó la moral y se abrió un espacio para el debate ético, a veces estas temáticas son criticadas por un público que quizás no está listo, pero si no las montamos, ¿cuándo lo estarán? Nos animamos a hacerlo.


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Tejedores de Sueños: sembrando futuro

Este montaje reafirma la misión de Tejedores: formar, transformar, provocar. Los jovencitos nobeles que se acercan al teatro encuentran aquí un espacio de crecimiento, de expresión, de comunidad; ellos están en formación continua.  Una parte con más tiempo que solidaridad monta junto a otra menos experimentada que se va fortaleciendo, esto no nos libera de equivocarnos de fallar, es el camino que hemos decidido recorrer avanzar en la experiencia que se hace costra sana y se fortalece.

Y el público, cada vez más culto, más curioso, más comprometido, es testigo y parte de ese proceso.

 
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Crímenes Ejemplares no solo se presenta: se vive. Y en cada función, se teje un nuevo hilo en la gran trama del teatro local. 





17.8.25

Reir con respeto y compromiso social. Por Daniel Herrera Malaver

Reir con respeto y compromiso social



Por Daniel Herrera Malaver

Regina Espina nos hizo reír y mantenernos activos y en movimiento el viernes 8, en la Sala Cabrujas, durante la V edición del Festival de Monólogos No Convencional.

Se suele decir que el mejor indicador para valorar la efectividad de un montaje teatral de humor, sin duda, es la risa del público; y en Actúa con Regina Espina abunda, pero no es lo único que debe tomarse en cuenta.

El propósito de la risa es un indicador fundamental. De qué se quiere que el público se ría y por qué se desea que se ría de determinadas situaciones. En el monólogo escrito por Pablo García Gámez, dirigido por Juan Bautista Maestre e interpretado por Annie Ferrer, mediante las vivencias del personaje y el juego constante con el público, se asoma una crítica social; en palabras de la Ferrer: “es la verdad disfrazada de risas para hacer digerible la realidad”.

La actriz logra otorgarle naturalidad a un personaje sumamente extravagante, lo que genera que el espectador recuerde a todas las Espina con las que ha compartido en la vida y uno dice: es igualita a fulana o se me parece a mengana.

Se trata de un humor muy nuestro, que no esconde las contradicciones y precariedades cotidianas; que critica la manera en que un sistema de falsas esperanzas, exclusiones e idealización de lo foráneo, limita y condiciona la vida cotidiana de las personas que se dedican al teatro; que buscan recetas mágicas mientras intentan aferrarse a todo para mantenerse validados por el sistema que les excluye.

En un momento histórico en el que la descalificación hacia el diferente es constante, y con frecuencia el humor es utilizado como un arma cáustica contra enemigos, encontrar espacios en los que se aborde el humor de una manera respetuosa, presentando personajes característicos no para reírnos de ellos sino para compartir sus padecimientos y acompañarles un instante de su vida de ficción, resulta refrescante.

 

16.8.25

La magia en El bosque blanco. Por Patricia Jiménez

 La magia en El bosque blanco


Por Patricia Jiménez

Curioso, muy curioso. Lo que se produjo el viernes 15 de agosto de 2025 en la sala Tilingo, ubicada en el parque Arístides Rojas de Caracas, fue un revoloteo de alegría. A las cuatro y media de la tarde comenzó la obra El bosque blanco, en la que tres personajes comparten su pasión por los cuentos. Un árbol (Alfredo Timaure), una niña (Anilec Vera) y una oruga (Stiven Fernández) se encuentran e intercambian historias que leen en hojas escritas, o las narran desde la oralidad de la memoria.

La niña, asombrada ante un árbol que habla y del que cuelgan páginas cargadas de letras, descuida su partitura y se entretiene con los relatos, mientras el tiempo transcurre. Ella deberá volver a su casa, donde su madre espera verla llegar con el papel pautado de notas musicales para practicar la flauta. En el momento de despedirse, ¿dónde está la partitura?, ¿la conseguirá?

Este conflicto sencillo bastaría para armar un hilo dramático. Sin embargo, el autor de la pieza, Daniel Herrera Malaver, no se conforma. Va tejiendo una tela que entrecruza como araña un bosque de preguntas que niños y adultos intentarán responderse. ¿Son válidas las diversas formas de vivir? ¿Cuánto nos aportan la lectura y la escucha? ¿Qué encantos guarda quien nos resulta diferente? ¿Cómo concebimos el amor genuino? ¿Cuál es el valor de la libertad?

Parecieran cuestiones filosóficas densas y no es que no lo sean, sino que están planteadas de una manera cercana, cálida. Una dramaturgia que no subestima la capacidad de comprender que todos tenemos, echando mano no solo de lo que sabemos, sino de lo que sentimos, en lo cual casi todos los niños nos ganan. Daniel Herrera privilegia al cuento venezolano como se merece, y lo hace sin omitir una línea, sin tomar el facilismo por atajo ni renunciar a las metáforas, a las honduras del lenguaje. Por momentos, tuve el temor de que algunas palabras e imágenes pudieran ser complejas o enrevesadas para los más pequeños, pero ellos andaban de ojos, oídos y sonrisas abiertos, así que me fui relajando, confiando en que aquel grupo de artistas sabía lo que hacía.

Dirigidos por Gregorio Meléndez, los integrantes de Taima Teatro mantuvieron de principio a fin la conexión con el público. Lograron deslumbrarnos con la sencillez de un tul y con el brillo de una mariposa monarca. Hubo breves pasajes en los que el sonido o los efectos de audio se tragaron un poco las voces de los actores, pero ellos sortearon hábilmente esos excesos de volumen repitiendo algunas frases para que no nos perdiéramos nada. Reí, disfruté, pensé. Me atrevería a decir que las familias que asistieron se marcharon más que contentas, inspiradas.

Trabajos como este se agradecen, se aplauden. Es responsabilidad del arte abrir a la sociedad canales nuevos que permitan explorar y transformar la realidad, para habitarla por seres cada vez más humanos. Todo eso pasó allí, en cuarenta y cinco minutos de bosque.

 

Caracas, 16 de agosto de 2025

¿Para qué un Festival Nacional de Teatro? (II entrega). Oscar Acosta

¿Para qué un Festival Nacional de Teatro? (II entrega)

"Dulces son los usos de la adversidad,
que, como el sapo, feo y venenoso,
 lleva sin embargo una joya preciosa en la cabeza." 

William Shakespeare
Como te guste (Acto II, escena I)


 Oscar Acosta

La palabra "festival" proviene del latín festus, cuyo significado originario es el de fiesta o ceremonia religiosa. En la actualidad, por fiesta podemos entender un “acto o conjunto de actos organizados para la diversión o disfrute de una comunidad”, como también una “reunión de gente para celebrar algo o divertirse” (DRAE); queda claro el carácter de entretenimiento, ocio y diversión que conlleva la denominación. Cabe destacar que los festivales siempre giran en torno a un motivo temático específico, el cual reúne a una comunidad vinculada por una costumbre, disciplina u oficio (artístico, cultural, etc.), una creencia religiosa o la conmemoración de una efeméride histórica.

Entonces, el Festival Nacional de Teatro (o Festival Venezolano de Teatro) a realizarse —octavo de la serie y motivo de estas líneas— debe ser, en principio, una gran celebración excepcional para quienes nos dedicamos al arte dramático. Digo "en principio" porque, además del encuentro fraternal, ofrece otros beneficios: una programación alternativa con talleres para interesados en las artes escénicas, junto con actividades de intercambio y exhibición (foros, debates, exposiciones gráficas, ciclo de cine, etc.), que habitualmente acompañan y enriquecen la programación principal.

Esta fiesta dramática incluye también a los espectadores. Se convoca a lo programado con un despliegue publicitario especial, por lo que la afluencia del público a las funciones es mayor que durante las temporadas regulares, con un buen número de asistentes no habituales que acuden a la convocatoria, atraídos ya sea por las novedades foráneas anunciadas o por el simple comentario entusiasmado de un familiar o conocido.

Un festival de teatro debe entenderse como parte de un proceso, un punto de llegada y a la vez de tránsito, que permite exhibir, confrontar y evaluar el esfuerzo creativo realizado durante un período determinado por sus creadores. Tal fue el caso del primero, en 1959, en el cual confluyeron las generaciones que determinaron el desarrollo dramático venezolano durante el siglo XX: el sainetero Leopoldo Ayala Michelena; César Rengifo, quien dio el salto definitivo a la contemporaneidad escénica; los emigrados renovadores de la escena Romeo Costea, Horacio Peterson, Alberto de Paz y Mateos, y Juana Sujo; y las nuevas figuras dramatúrgicas que cerraron el siglo: José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud e Isaac Chocrón.

Para los financistas, ya sean privados o estatales, los festivales representan una plataforma idónea para demostrar su apoyo al arte. Sin embargo, sus motivaciones difieren: a los primeros —en los últimos tiempos muy reacios a financiar la cultura— les interesa, claramente, la publicidad de sus productos o servicios; los segundos, por su parte, cumplen con la obligación constitucional de promoverla (arts. 99, 100 y 101 de la CRBV). No obstante, muchos decisores estatales, al margen de su color político, suelen interpretar sus deberes culturales desde una óptica electoralista, viendo en el público a potenciales votantes. Así, de manera equivocada y con una persistencia odiosa, destinan ingentes recursos hacia espectáculos masivos de música, donde la mayoría del público asiste con escaso interés por quién financia el evento. (¿Conocen o recordarán los lectores la estruendosa rechifla que se ganó el otrora alcalde caraqueño Juan Barreto cuando quiso lanzarse un speech en el concierto de Emir Kusturica? Soy testigo). Mientras, la norma para el teatro es quedar relegado como proyecto indefinido, sujeto a un "cuando se pueda" que rara vez se concreta.

Un recuento muy parcial

La mayor inversión en eventos escénicos se concentra actualmente en Caracas, focalizándose especialmente en el Festival Internacional de Teatro Progresista, que en 2025 llegó a su cuarta edición. Organizado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura a través de la Compañía Nacional de Teatro, este certamen ha extendido su alcance mediante subsedes estatales —con apoyo de gobernaciones y alcaldías—, incorporando así otras ciudades a su programación. Este año, participaron grupos de 26 países, incluyendo compañías de renombre internacional como el Teatro de Arte de Moscú, el Teatro Estatal de Turquía y Janni Younge Productions (Sudáfrica). Cabe señalar que, según lo pautado en la grilla del Festival, en las subsedes estatales el programa fue de 17 funciones distribuidas en 9 estados, en contraste con las 63 efectuadas en Caracas; un descompás de 21 % vs. 79 %, debido posiblemente a la poca disposición o previsión presupuestaria de los gobiernos regionales.

Otros certámenes de importante cobertura perdieron su continuidad o fenecieron, como el Festival Internacional de Teatro de Caracas, cuyo estreno fue en 1978, bajo la tutela del Ateneo de Caracas y la orientación del fallecido director Carlos Giménez, y cuya última edición (la 19.ª), ya bastante disminuida, tuvo lugar en 2015, propiciada por una fundación; el Festival de Teatro de Caracas, organizado por la Alcaldía del Municipio Bolivariano Libertador (o de Caracas) entre 2011 y 2020; el Festival de Teatro Popular, organizado por la Asociación de Teatro Popular Venezolano, iniciado en 1975, que nucleaba a agrupaciones de todo el país, con vocación por el teatro comunitario y callejero, y que se efectuó por última vez (la 26.ª edición) en Carúpano (Sucre), en 2012. En las regiones debemos mencionar dos importantes festivales: el de Oriente, en el estado Anzoátegui, que llegó a su 41.ª y última edición en 2016; y el de Occidente, en Portuguesa, que alcanzará la misma cifra este noviembre próximo. En oriente, la oferta festivalera fue retomada hace cuatro años por la Gobernación, con el llamado Festival Teatral Anzoátegui Te Enamora, que incluye también espectáculos de danza y música.

A estos deben sumarse otros certámenes, más focalizados o de carácter local —algunos denominados "muestras" o "encuentros"— que ya han desaparecido: el de la Colonia Tovar (Aragua); el Penitenciario, organizado en los años 80 y 90 con grupos de centros de reclusión; el Binacional, realizado en colaboración entre Táchira y Norte de Santander (Colombia); el Encuentro de Timotes, dedicado al teatro callejero; y el Festival de Teatro de La Azulita (Mérida), entre otros que se omiten en busca de la brevedad.

Actualmente siguen realizándose: el Festival de Teatro y Títeres en las Comunidades de Caracas, organizado casi exclusivamente para los barrios y urbanizaciones capitalinas, ya con 22 ediciones; el Encuentro de Creadoras en Escena, gestionado desde Caracas y que en 2025 alcanzó su octava edición, concebido para destacar la iniciativa femenina en las artes escénicas (teatro, danza y circo); y el Festival Teatral de Autor (Festea), con doce realizaciones consecutivas en la capital. Estos tres festivales son organizados por iniciativa no estatal y con base en la autogestión, con una escasa o nula ayuda financiera del Estado, lo que ha limitado su expansión, no solo por la imposibilidad de incluir un número creciente de espectáculos debido a las limitaciones logísticas, sino también por la dificultad para ocupar más salas y localidades, lo que posibilitaría una mayor afluencia de público. Repito lo que ya señaló el subtítulo: hago un recuento parcial, hay otros festivales.

En su totalidad, los organizadores de eventos autogestionados deben solucionar con gran dificultad los altos costos que implica la invitación de elencos foráneos (pasajes, alojamiento, comida), así como las necesidades de equipamiento técnico, pues, por lo general, las salas cedidas no están convenientemente dotadas. No son raros los casos en que algunos apoyos oficiales prometidos —en materia de publicidad, un refrigerio, un equipo de sonido o un transporte para trasladar a un grupo con sus implementos- no se cumplen, obligando a los organizadores a esforzarse hasta lo imposible  improvisando soluciones, con el lógico malestar de los artistas.

Es importante precisar que un evento autogestionado no se define por la ausencia de apoyo institucional o privado, sino porque su administración, identidad y programación son determinadas prioritariamente por los propios beneficiarios o participantes directos. Así, la autogestión depende fundamentalmente de quién ejerce el control y cómo se toman las decisiones (organización, programación, ejecución), no del modelo de financiamiento. El poder decisorio de los organizadores prevalece sobre el de las entidades que proveen el apoyo y la inversión, previo acuerdo sobre los objetivos comunes y la obligatoria sujeción a las normas contraloras. Retomaremos más adelante, en otro escrito, este punto clave, dada su importancia: existe una confusión generalizada al respecto, y la tendencia actual de los gestores culturales estatales es privilegiar los macrofestivales o programaciones artísticas permanentes, relegando las iniciativas del sector teatral independiente.

¿Son los festivales un muestrario del movimiento teatral en el país?

La respuesta a lo anterior no puede ser más que ambigua. En una rueda de prensa realizada en abril pasado, Carlos Arroyo, director de la Compañía Nacional de Teatro, informó que para el reciente Festival Internacional de Teatro Progresista se recibieron 400 propuestas de todo el país. No conocemos el desglose de la oferta (géneros, estados, grupos o individualidades) para deducir conclusiones objetivas, pero la cantidad no debe parecernos extraña: es un indicador del interés y entusiasmo que despierta la actividad teatral.

Aunque carecemos de datos para cuantificar el crecimiento de nuestro teatro, por razones obvias estimo que en el último bienio este —y la creación artística en general— ha repuntado luego del fin del aislamiento pandémico. Dicho impulso se ha visto reforzado por otros factores, como la expansión regional de la Unearte, la reactivación de programas como Misión Cultura Corazón Adentro, y el Festival Escolar de Teatro César Rengifo, que ha integrado a miles de niños a la práctica escénica en los centros educativos de regiones que antes no tenían una actividad cultural estable. Así que bien por ese lado.

(Digresión necesaria. Con frecuencia, los “especialistas” en teatro suelen ignorar lo que se hace fuera de lo que consideran “profesional”. No comparto ese criterio. El teatro, independientemente de la modalidad, dedicación o calidad con se practique, siempre será teatro, siempre y cuando haya una historia que se dramatice con personajes encarnados ante un público que lo presencia, en un espacio escogido para tal fin. Lo demás es pura paja y exquisitez balurda).

En sentido contrario, hay que señalar el deterioro de las condiciones de trabajo del sector teatral independiente. Muchos grupos teatrales —buena parte de ellos de larga trayectoria y conformados por artistas de excelente formación y experiencia— han desaparecido o laboran en difíciles condiciones, afectados por la migración de sus integrantes y los altos costos de producción.

Problemas tales como la dificultad para programar o acceder a las salas existentes, así como su uso sin una dotación técnica adecuada, limitan enormemente los montajes dramáticos en algunos estados.

Pese al discurso oficial de inclusión cultural, algunos edificios teatrales emblemáticos imponen tarifas diarias exorbitantes para programar temporadas. Es el caso del Teatro Municipal y el Teatro Nacional, en Caracas. O el de la Ópera en Maracay, donde el alquiler supera los 2000 dólares diarios. Cabe señalar que, en este último, la comunidad teatral aragüeña logró la cesión de un día sin costo para programación autogestionada; sin embargo, una nueva administración amenaza con revocar este logro, alegando razones financieras.

Esta situación contrasta con otros espacios. Teatros como el Teófilo Leal (Barcelona) o la sala del Centro Cultural Tulio Febres Cordero (Mérida) permiten el acceso mediante convenios basados en porcentajes de taquilla, facilitando así las producciones autogestionadas.

Lo anterior está muy alejado de ser un análisis del estado actual de la labor teatral en el país; solo indico algunos factores que la caracterizan, en el entendido de que las condiciones locales —es decir, el entorno inmediato en que se desarrolla— y, en buena parte, el apoyo gubernamental, modulan su ejercicio. Solo esa generalidad podemos deducir con la poca información comprobable que conocemos.

Para concluir, retomemos la pregunta inicial:

¿Se reflejarán estas realidades en el próximo Festival Nacional?

Como señalé previamente, el volumen de propuestas probablemente es una señal del crecimiento de la actividad escénica y pondrá de manifiesto la capacidad organizativa del MPPLC y la CNT. No obstante, estos indicadores revelarán poco sobre los aspectos esenciales del teatro venezolano y de quienes nos dedicamos primordialmente a su creación. Por ello, cualquier balance posterior a la programación que se presente resultará parcial. Y dentro de esa parcialidad, será menos que inútil si no tomamos en cuenta la realidad específica de cada grupo participante.

No veremos en las funciones del Festival facetas como las siguientes, tomadas como ejemplos:

·        El arduo día a día de los ensayos, que se deben acoplar a otras actividades laborales para garantizar la supervivencia.

·       La dificultad para atraer público, agravada por horarios de transporte nocturno restringidos tras la pandemia (ej. Táchira, Anzoátegui).

·         El "rebusque" para cumplir exigencias de producción.

·        El peregrinaje de una oficina a otra y la incertidumbre cuando buscamos  reservar un espacio para nuestros espectáculos.

·        El deplorable estado infraestructural por falta de mantenimiento de las escuelas dramáticas.

Con todo, si entendemos el Festival Nacional no como un mero programa de funciones, sino como un proceso intensivo de encuentro e intercambio, se nos revela como una oportunidad excepcional para:

1.     Inventariar las necesidades del sector y sus causas.

2.     Establecer correctivos en dos frentes:

o   Los teatristas: reconocernos, organizarnos y concertar una plataforma común de objetivos y metas.

o   Las autoridades (municipales, estadales, nacionales): cumplir efectivamente con sus funciones de fomento y apoyo a las artes escénicas, priorizando la creatividad local, la participación ciudadana y las organizaciones sociales –y por supuesto, comunales-, por encima de protagonismos burocráticos y enfoques populistas centrados prioritariamente en eventos suntuosos.

Los anteriores párrafos no son ideas acabadas, sino más bien algunas reflexiones que hemos conversado una y otra vez cuando hemos compartido un café en un encuentro casual después de un ensayo o una función. Se trata de superar las quejas de siempre y debatir las posibles soluciones, de lograr la unidad de acción, a pesar de la diversidad de caminos estéticos y diferencias geográficas.

Dado que, muy positivamente, después de más de tres décadas el Estado ha retomado la organización del Festival Nacional de Teatro, cabe preguntarse: ¿cómo podemos accionar para garantizar su sostenibilidad y realización futura? Además, ¿será posible lograr y mantener la continuidad del evento a través de la autogestión del movimiento teatral?


(Sigue en el próximo…) 

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